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LA
FILOSOFÍA Y LA POESÍA A PARTIR DE FERNANDO SAVATER archivo del portal de recursos
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MARCOS GARCÍA CABALLERO (*)
Cuando terminé la lectura de los textos breves “La soledad solidaria
del poeta”y “Angustia y secreto” incluidos en el libro “La tarea del
héroe” de Fernando Savater, los percibí como si fueran susurros o
pequeños encantamientos dirigidos hacia los jóvenes escritores que
quieren usar el verbo y el verso como recurso propio (claro, para
enloquecer, propiamente hablando) y entonces me asaltaron muchas dudas:
La Filosofía….con aparente rivalidad con la Poesía…. ¿entonces qué fue
primero: el huevo o la gallina? Respuesta: la verdad es que fue una
gallina, pero una menos evolucionada, menos adaptada, nunca el ideal de
gallina porque ¿acaso el producto (el huevo) salió al mundo de nada o
fue parido por la nada? Todavía peor, en materia filosófica ¿es “la
nada” o se dice a secas “nada”? Éstas y otras incertidumbres
metafóricas inventadas en la aurora de Grecia, o quizá simplemente
porque Fernando Savater nos tiene acostumbrados a sus escritos
filosóficos principalmente, me hicieron pensar que quizá sea cierto que
la filosofía encuentra y cuestiona con más verdad la realidad de la
existencia humana que la poesía. Pero por sí sola, ésta afirmación me
parece sólo aparente y no tan precisamente formulada desde el punto de
vista evolutivo, dicho sea de paso para seguir reflexionando a partir
de esos breves pero muy lúcidos textos.
La verdad es que todos los grandes filósofos que han indagado o
cuestionado el fenómeno poético, desde los filósofos clásicos como
Platón (el eterno enojo de Platón contra los poetas es sólo contra
algunos poetas, los falseadores, como queda indicado con muy buen
énfasis en una parte del Fedro que no se nota tanto en la edición de
Porrúa como en la de Herder: el político-policía Platón, no siendo
ningún necio, sabía que lo que hacía Homero era peligroso para la
armonía psíquica de la polis, vamos, tenía conciencia de que la poesía
era un peligro porque habla de esa furia y ese instinto diabólico que
llamamos deseo) pasando por Nietzsche en el siglo XIX y hasta Heidegger
en el siglo XX, han terminado quitándose el sombrero ante los grandes
poetas, los han alabado en su propio terreno, pero dicha reverencia no
significa que la culminación de la filosofía sea la poesía ni
viceversa. Para saber algo más de este embrollo o mutua digresión
aparentemente amistosa entre pensadores y poetas, tendríamos que
recorrer un poco lo que comparten ambos caminos, aún por ultrajante que
le parezca a algunos cuantos y esto es gracias a que los más grandes
temas del hombre son tocados por prosa filosófica y la significación
más acertada de esos temas es a la vez tocada por el verso poético
(mención aparte merece la novela o el teatro, pero no hay duda que en
la Historia de la tribu humana fue primero la palabra sagrada, la
palabra que decía o reformulaba algo más que una simple orden o grito y
contenía un elemento tipo primitivamente poético, digamos chamánico o
palabra de mago, algo más propiamente significativo como un conjuro que
las narraciones y los recursos teatrales).
Ahí donde el filósofo actual discute sobre la ética, el poeta hace
crítica del tiempo y de la actualidad, lo cual significa asumir un tipo
especial de moral —o ética, como se quiera, disciplina que Nietzsche,
por cierto, consideraba el pilar de toda la filosofía—; una poética que
a nadie juzga, a nadie reduce, pero que a todos llama y los interpela
precisamente en el secreto de la lectura solitaria al cobijo del
silencio, uno por uno, considerándolos irrepetibles y únicos: es decir,
rescatándolos, sacándolos de la infelicidad de la disipación
televisiva. “La verdadera solidaridad sólo es posible entre solitarios”
—José Bergamín dixit. El poeta, si es realmente tal, inventa a sus
semejantes en la lectura gracias a la llamada polisemia; la multitud de
significados de temas y lecturas de la poesía que pueden arribar en
cualquiera que considere con perspicacia y con atención, que el
lenguaje que usamos para adentro y para afuera de nosotros mismos, es
realmente un hecho estético ajeno a la realidad de todos los días,
ajeno a la “pura sencillez y crueldad del mundo”. Esto lo saben muy
bien los lingüistas: toda lengua es convencional y el espíritu sopla
donde quiere, pero tal convención de lenguas parte también de que entre
todos nos entendemos por, las asumimos y nos gustan las metáforas, las
relaciones entre significados con los cuales convivimos día con día en
nuestros trayectos y nuestro ocio, desde los más peregrinos chistes
arcaicos o albures de doble sentido que denotan ambigüedad sin
atreverse a decir las cosas por su nombre hasta los más complejos
fraseos de las citas citables. V. gr. ¿Qué es un faro?: “rubio pastor
de barcas pescadoras” (José Gorostiza). V. gr. “Aquél tiene cáncer
mamario”. Respuesta: “Pero en la boca”. ¿Y qué decir de la Picardía
mexicana ya lengendaria de la cual está hecho el pensamiento del
mexicano de las clases bajas o sin acceso a las élites culturales? Si
por en cambio se propone lenguaje poético, es que será falso, dirán
algunos prejuiciosos carentes de pensamiento libre, curiosamente
siempre cínicos y clínicos con esa mentalidad taaan moderna de archivar
casos y sacar expedientes, porque la poesía parte de las visiones y las
exaltaciones, las euforias, las transgresiones pasionales y todo lo que
huela al diablo, a la libertad o lo revulsivo. Pero es que, realmente
¿cómo diablos pueden surgir las uniones insólitas entre los vocablos,
los significados radicalmente nuevos que todos necesitamos darle al
lenguaje para dárnoslo a su vez a nosotros mismos? La poesía es la
gloria de la lengua, la poesía es la prueba de fuego del lenguaje, su
más depurado logro. La poesía, si hubiera triunfado la Cultura nacida
en Grecia debería demostrar que hemos abandonado hace ya mucho la
obscenidad del protolenguaje: el chiflido, la mueca, la risa loca, el
eructo o el claxonazo, qué lástima que la prosa Occidental del día con
día se haya enamorado de su propia decadencia idílica del arte por el
arte, el progreso por el progreso mismo, los sueños guajiros
revolucionarios y se haya olvidado de la importancia de la continuidad
de lo que por sí mismo es la gran cuestión: la reinvención del sujeto
como obligación propia por medio del lenguaje. Cuando los centros y
receptáculos del lenguaje son atacados y denostados, nos alejamos de
nuestro propio concepto de civilización y la ignorancia se generaliza.
(En su pequeña Utopía analizada en un fragmento de su autobiografía
intelectual, Bertrand Russell también, siguiendo la traza del
pensamiento platónico, decía que la poesía se debería prohibir a los
adultos mayores de 35 años. Entonces, siguiendo al neo Voltaire del
siglo XX, supuestamente a la juventud con propensión al acto poético
sólo le quedaría un camino: el genio, la locura, y pasados los 35
¿cobrar pensión gubernamental cada quincena? ¿Aguinaldo poético y vales
de despensa? Ni madres. Creo que el viejo Bertie se equivocó o se
asustó con los hippies.) Por supuesto las palabras por sí mismas no son
malas ni buenas, pero la fibra de las palabras se gasta ante la falta o
el sobre exceso hueco que les damos detrás de los dientes, es decir si
no respetamos su significado primigenio, y además… ¡la fibra del
espíritu es la palabra! La palabra o la ausencia de palabra nos tiene
guardado algo oculto para cada uno, un mensaje que nos puede llevar a
la desesperación, la indiferencia o la alegría, como decía Freud, y
hablando del padre del psicoanálisis, debemos de recordar que el mundo,
ante todo, es una experiencia psicológica: racional/irracional= poética
y filosófica.
Recientemente en entrevista (Versos Comunicantes II, ediciones Alforja
2005), José Vicente Anaya declaró que la palabra, como elemento
taumatúrgico, no está simplemente aguardándonos en el libro de equis
autor o poeta, sino en el énfasis de la conversación y hasta en el
propio sonido de lo que decimos, postura mística que él denomina para
su poesía como: “Mística encubierta”. La cita entera dice: “Pienso que
la palabra no es sólo el sonido que expresamos, el signo que escribimos
o el concepto que determinamos con tales recursos, sino algo más, la
consecuencia de un fenómeno aún más profundo. Creo en la comunicación
no verbal. Lo experimenté cuando viví en la sierra Tarahumara (más
correcto sería decir sierra Rarámuri) y conviví con un chamán de un
nivel muy alto, cuyo grado de sabiduría recibe el nombre de Sipiáame.
Yo aprendí muy poco de su idioma y él hablaba poco español. No
obstante, tuvimos largas conversaciones que se desprendían no sólo de
lo que nos expresábamos con palabras, sino de lo que pensábamos y
sentíamos […] Pero debo aclarar que la palabra para la poesía es
instrumento y es materia.” O sea que el poeta, además de componer
también narra y platica en el aire, como dice el dicho, pero como desde
hace rato ese aire está podrido, al convertirlo en arte el Poeta se
llena de complejidad, el Poeta es el gran enfermo: deja fermentar las
palabras antipoéticas y las convierte en palabras domingueramente
enciclopédicas par excellence. Lo cierto es que la poesía, núcleo del
arte, no se revoluciona a pasos agigantados, pero el arte cambia vidas,
modifica e inspira nuevas actitudes y conductas. Los Poetas, es sabido,
escriben sobre lo que no saben y la verdad es que nunca renuncian a ese
no-saber para entender al mundo, ese no-saber es su enfermedad y si son
grandes poetas, será su única victoria, (además de la vanidad y la
fama, que nunca son del todo una victoria) ya que en Poesía, la
victoria verdadera es continuar intentando, no abandonar la lucha
contra la resistencia que opone la palabra exacta y en sus términos
estéticos. Es continuar exigiendo que nos toque musa. En cambio, la
indagación filosófica busca la sencillez de la existencia o la
sabiduría, sí y sólo si después de atravesar la complejidad del
pensamiento y, sobretodo, para poner ese conocimiento al servicio del
silencio.
La filosofía y la poesía parten del hecho obvio: ambas están fincadas
en las palabras, la filosofía las vuelve un pedernal de idea pura; el
poeta pareciera trascenderlas creando sus propios mundos verbales, pero
ninguno de los dos puede abandonar el lenguaje en los dos sentidos: en
la obra que es su producto final y en el de la polémica, pero más en el
sentido de compartir las propias ideas que en el de sobajar o apabullar
al que tenemos enfrente con deslumbrantes teorías sacadas de la manga o
“de juntar el marxismo con la mariguana”, (el pecado cardinal del
filósofo), es decir que toda gran teoría se puede resumir al habla
normal en 15 o 20 palabras. Esta responsabilidad la encarna más el
maestro que el alumno y era comprendida y asumida con verdadero coraje
por Sócrates, el primer sabio de la historia, porque la sabiduría
pertenece más al sentido espiritual que al intelectual; pero sobre la
enseñanza y la práctica de la filosofía, ninguna advertencia mejor que
la de Kierkegaard ya que muchas veces en el aula académica la Razón
hablando y dialogando es lo menos luminoso:
“Lo que dicen los filósofos sobre la realidad es a menudo tan
decepcionante como un cartel colocado en un escaparate de una tienda en
la que se lee: “Aquí se plancha ropa.” Si llevas tu ropa a planchar, te
llevarás un chasco, porque el cartel está a la venta.” (1)
En estos comienzos del siglo XXI, cuando la pregunta por la misma
identidad humana resulta de suma urgencia entre intelectuales,
estudiantes, trabajadores, etcétera, el diálogo entre filosofía y
poesía no puede reducirse a un análisis de la poética de tal autor o
tal corriente literaria; sin duda, en estos inicios del siglo XXI, el
conocimiento de la identidad humana necesariamente pasa —se escanea—
por una o unas lecturas ontológicas y se percibe por una voz o voces
poéticas, en modo shuffle.
Pareciera que el poeta quiere producir humanidad en su público…
¡Producir humanidad! ¿No significa ello mismo producir en un mismo
escucha una multitud de polisemias? Es decir: palabras que otorgarán
sentido vital (aunque por otros medios ajenos a la Razón Mayúscula) a
la vorágine diaria que significa la convivencia en las sociedades
modernas y, sobretodo, de manera crítica, literalmente significativa.
El poeta inicia su recorrido (lo que será la elaboración de su propia
Poética) como materia prima lo real, pero lo real dado y no merecido:
de ahí que el primer acercamiento del poeta sea Natura interna-externa
tomada como nostalgia del paraíso y, paradójicamente, de quien mejor
aprende el poeta sus lecciones —cómo no— es del Diablo, de los diablos,
del abismo, del hueco que ha dejado en la Tierra el fin del Paraíso y
el comienzo del trabajo junto a la ilusión del Progreso. El poeta es el
que juega con no querer ser útil; está malo y es maldito y es un mala
leche que no trabaja, para burlarnos de Melaine Klein, quien
seguramente recordaría que todo poeta lleva al niño que fue en su
interior.
Mientras tanto, el filósofo lo que quiere con denuedo, lo que ansía y
lo que lo devora es el estatuto del merecimiento, merecimiento de haber
llegado ahí, al hallazgo donde ya sabía que podría llegar. Al
enfrentarse a la razón y tomar al toro por los cuernos está ciego, solo
frente a la inmensidad diciéndose: “Yo pienso”, actitud de Descartes
citada por Milan Kundera y que Hegel llamó, con razón, heroica. Al
poner en tela de juicio al conocimiento tentativamente “coloquial” o
“desacralizado” es decir, principalmente al conocimiento freudiano,
socrático y shakesperiano que está en la calle —o en el cine, que es lo
mismo— en estos tiempos, el filósofo sabe que sólo ganará lo que logre
por su propio empeño, incluso luchando contra su propio bagaje cultural
o reexaminarlo todo. Al crear verdad entre más y más se aleja de la
misma realidad para verla desde arriba, el filósofo queda solo igual
que el poeta: pensar es alejarse, hacerse un poco monstruoso, perder
referentes y perder creencias, suelo qué pisar, caer en el desasosiego
gracias al afán de querer saberlo todo, y ese precio, efectivamente, es
la perdición del filósofo. Filosofía=hambre= angustia.
Poesía=enfermedad=nostalgia. Pero ojo: sería un error creer que el
desasosiego filosófico en busca de la sabiduría se lleva a la poesía
como compañera de viaje. Allá en esa región donde ya no alcanza la
mente del filósofo se diría: es la irracionalidad futura, no
precisamente el quehacer poético del presente. O en ésta era posmoderna
diríamos: si dada una visión cualquiera, que fue entender la razón a
partir de la sinrazón o viceversa, definitivamente llegan a la misma y
última frontera (aunque en sus propios terrenos) el filósofo y el
poeta, parafraseando la fórmula de Eckhart. Ahí donde el filósofo
especula y se abre paso entre la opinión de su tiempo y de las nociones
de la época, para indagar, por ejemplo, sobre la ontología, el poeta ya
ha llegado primero y como prueba irrefutable tenemos la poesía épica
con uno de sus mejores representantes: el gran poeta Homero. Los Poetas
cuentan historias de hombres que actúan, y que actúan una cantidad de
cosas como Aquiles. Homero no se preguntaba por los modos y las
abstracciones del Ser, simplemente fundó lo que llamamos Cultura
Occidental. En otras palabras la representó. Todo inicio académico en
la filosofía es con La Odisea. Y por otro lado, todo poeta tiene su
filósofo de cabecera, pero traducir en versos lo escrito por un
filósofo es falsear la magia que la poesía necesita como poder de
convocatoria, si no, piénsese en cantar entre relámpagos y océanos “el
ser no es lo que es y es lo que no es…” o: “la concomitante presencia
de lo Otro bajo la espuma del mar”. El pensamiento y el canto no están
peleados per se, como tampoco los filósofos serios creen en el ritmo
del pensamiento, que no del discurso, porque hablan y hablan, que da
gusto. En sus orígenes, poesía y filosofía eran indisolubles y
escarbaban en lo mismo, por ejemplo a este respecto, me parece
significativo que para Hesíodo, el gran poeta griego autor de la
Teogonía, la palabra Caos (el inverso de Cosmos, ya se sabe) tal y como
la conocemos ahora, significara “abertura”; (Y recordemos que esto fue
escrito mucho antes del Génesis de la Biblia) vaya curiosidad todavía
mayor que veintiocho siglos después Gaston Bachelard insinuara que
escribir (o leer) poesía significa “descubrir” nuestras habitaciones
internas por medio de la ensoñación cuando nuestras casas están más
pletóricas de sueños, dioses lares y hechas con tabiques que parecieran
sudar. Eso es el caos: la abertura interna de la casa-universo que sólo
abre la llave polisémica de la poesía. Si la analogía entre Hesíodo y
Bachelard es tolerable, podemos decir que la poesía y la filosofía
nacieron en el hombre por la misma incógnita pero que tomaron caminos
diferentes; filosofar para preguntarse ante todo y ante todos: ¿por qué
de ésto? ¿En qué fundar la vida? Y en esa pregunta del por qué irse
como si se nos fuera la vida misma, y la poesía, en su necedad
taumatúrgica, transmitir lo que en el hombre se oculta tras las
bambalinas de la razón, quizá para en la irracionalidad pura, encontrar
la verdadera entraña del misterio de la invención de la voz, del hablar
y el decir, el enunciar, lo que se dice: “darle aire al poema”. Hablar
es cobrar vida: espantar. Y el análisis clásico del terror y de la
risa, en filosofía hay subrayadas muchas correspondencias. Hesíodo
habla de los albores del Universo y cuando se pregunta por él, se da
cuenta, es decir, tiene autoconciencia. La Poesía es el Caos que el
Universo tiene dentro de sí. La Filosofía nació por una jaqueca que
tuvo el padre de los dioses, pero permitió que los hombres pudieran
pensar. Y con ello, nació la antropología filosófica, el
antropomorfismo. El hombre comenzó a caminar reflexionando, lo que lo
volvió la medida de todas las cosas. Hesíodo es el padre de los grandes
metafísicos del siglo XX y sus preguntas famosas: ¿Por qué hay algo y
no mas bien nada? Todos los grandes poetas, de una u otra forma, han
asumido estas preguntas con fascinación, prefieren no contestar y
rodearlas con una idea parcial de la nada en correlación solidaria con
el ser humano. (Es decir, es idea parcial de la nada porque la nada
absoluta, según la concepción clásica, sólo es un “ente de razón” es
decir, algo impensable. La idea parcial de la nada es completamente
humana y subjetiva y es, por citar la frase del famoso argumento de
Heidegger en Ser y tiempo, cuando el espíritu se encuentra: “flotando
en el suspenso”, es decir, cuando te angustias). Por esto, el mensaje
más profundo del poeta es: “Hay misterio y anda por ahí, y no solamente
hay misterio sino hay lenguaje para llamarlo, para recorrerlo, para
percibirlo, incluso para atraerlo.” Lo otro es la angustia filosófica:
soledad pensante… los dioses se han ido, nos dice Martin Hiedegger.
¿Entonces qué queda? La anomia, el olvido del ser de la Globalización
para las muchedumbres sin futuro. Es claro, entonces, que la Filosofía
y la Poesía eran y han sido la búsqueda del comienzo, lo primigenio y,
por supuesto, el fundamento racional e irracional que precede a todo
saber y que a todo saber posibilita: el lenguaje, el lenguaje que
empleará la conciencia para aceptar su propia pérdida y en resumidas
cuentas la muerte, de ahí que tantos poetas y pensadores hayan buscado
“la salvación” en el budismo o cualesquiera otras prácticas
alternativas como el sexo desaforado o abandonado el arte en nombre de
la consigna política como le pasó a André Bretón.
En últimas décadas, en Estados Unidos la filosofía analítica ha seguido
el camino marcado por el Tractatus, curiosamente escrito en fechas
parecidas al Altazor de Huidobro en donde también hay una clara ruptura
con el habla y el lenguaje que después intentó reconstruir Julio
Cortázar en 1963 en su novela Rayuela, en ese famoso capítulo 68:
pedazos de palabras junto con otros pedazos de palabras hacían el
verdadero significado o, por lo menos, a ningún lector ni académico le
pasaba inadvertido.
El misterio del nacimiento del lenguaje no se refiere a lo que el ser
es en tanto ser, cosa sumamente abstracta y en la que no profundizaré,
pero sospecho que se parece más a una enunciación poética (es decir,
metafórica), sea del tipo que en su día haya sido. La permanente
situación de crisis en las Humanidades no puede deberse a otra cosa que
no sea la crisis en la que vive la filosofía, en tanto que es un
discurso con visión responsable sobre la totalidad de la realidad y por
otro lado, las reiteraciones y el estancamiento en que se encuentra la
poesía. Quizá la Poesía sea cada vez más una forma de comunicación ya
demasiado cargada de historia… Pero a mi entender, poesía y filosofía
engloban y perfilan con mayor amplitud de significación a lo inmanente
en cada hombre, (lo “universal” de la condición humana), en tanto que
es un ser simbólico inmerso en la comunidad de los semejantes, donde
todos pueden y deben hacerse oír, pero a sabiendas de lo que significa
sentir el peso de esta semejanza y asumir la diferencia, la pequeña
diferencia, —como escribió el propio Savater— en que nos jugamos la
vida. Poesía y filosofía: Inicio de eso que llamamos ciencias humanas y
que es en estas dos ramas del saber desde donde intelectualmente
entenderemos mejor el mundo, pero a estas alturas, un mundo lleno de
rupturas de paradigmas en eso que llamamos “la Razón de ser de las
Humanidades”. Ya sean razones antropológicas, psicoanalíticas,
filosóficas, literarias o históricas. Quizá porque: “la entera verdad,
como la entera razón, ya no son de este mundo”, como nos recuerda María
Zambrano.
Ella misma definió a la realidad simplemente como “lo que me circunda y
me resiste”. Octavio Paz escribió: “El espíritu es una invención del
cuerpo/ el cuerpo una invención del mundo/ el mundo una invención del
espíritu”. Más allá de nuestros gustos o disgustos con Paz y Zambrano,
ahí está el conocimiento y el legado poético de la humanidad y también
el legado filosófico, y la tragedia es que no llega del todo y no
llegará nunca hacia el todo.
Actualmente, en las universidades la creación poética se mira con
recelo y para esto hay una razón, te dicen: “¿Para qué escribes poesía?
Mejor forma tu grupo de rock”. Todos los ninguneadores de la poesía
sospechan que la poesía puede ser todo lo que ellos quieran, menos algo
muy manejable: al poeta se le puede alejar, se le puede vilipendiar,
pero no manipular, es de los que saben… por principio el profesor
universitario moderno, igual que el segundo filósofo realmente grande
(Platón), adivina una semejanza entre absoluto=lenguaje=poesía, lo cual
es parcialmente verdad, solo porque parcialmente hay verdaderos poetas.
El profesor universitario no quiere ver alumnos poetas porque desde
hace mucho tiempo se cree que los poetas somos el binomio dorado del
siglo XIX: poetas=bohemios, o lo que es lo mismo: flojos y alcohólicos.
Al profesor universitario se le abre de pronto el discurso poético y
evidentemente esto causa terror, (¿acaso no sabíamos desde el principio
del riesgo de ser poetas?) realmente como dijo Zambrano, la poesía es
el infierno, el terreno de lo ilimitado, donde todo puede ser contrario
a lo que se dijo en un primer disparo o todavía mejor: que el disparo
dé donde debe dar: el corazón humano, ahí donde el ser humano se
reconoce como algo más que herramienta, un servir para algo o alguien,
ahí donde el ser humano sabe que no se agota en categorías políticas,
jurídicas o simplemente de un horario de trabajo, y esto no es que
signifique tener mucha alma o ser sensiblero, sino simplemente tener
capacidad de asombro ante la obra artística poética. En este asombrarse
del público o del lector, coincidiríamos con Fernando Savater al decir
que el arte, antes que nada, reclama nuestra atención. Nos saca de la
vorágine del mundo para mirarnos un poco de reojo o confrontarnos a
nosotros mismos, de ahí también le vienen a la poesía su rango de
logos, su poiesis, (Aristóteles), o en términos freudianos, su eros y
tanatos. El problema no radica en la no tan novísima idea de la
desacralización de la poesía, —tal desacralización vendría desde el
momento mismo en que las mayorías descreyeran de la poesía, lo cual,
como es obvio, ha ocurrido siempre— ni en el hecho de que en la radio
se oigan canciones juveniles de lo más triviales asumidas como: “la
poesía para la juventud” (ni siquiera en que los jóvenes más snobs lo
crean), sino en el hecho mismo de que hemos desatendido esa
desacralización —a mi juicio, es un hecho patente desde el movimiento
estudiantil de 1968 por lo menos en México, inicio de la Postmodernidad
mexicana— de la poesía y hemos seguido escribiéndola sin tomar eso en
cuenta, tomar en cuenta la vulgaridad implícita y lo mangoneado de la
línea creativa. Quizá sería mejor darnos a entender ante los
consumidores de poesía con la misma poesía de nuestra tradición pero
mezclándola y reciclándola al mismo tiempo con lenguaje elevado,
académico, lenguaje de la calle, lenguaje que involucre la tecnología
(¿Quién hoy no escribe sus poemas en una computadora o los manda por
internet ante su editor?), lenguaje corporal, lenguaje erótico,
lenguaje bucólico y “natural”, lenguaje de tepis y lenguaje del
inmigrante, del zapatista, lenguaje del “yo soy fresa”, del “soy
chilango” “soy cool o soy punk”, etcétera y cantarle de esa manera, lo
mismo a todo el ancho espectro de lo poético: digamos, a la fotografía
artística de vuelos casi sublimes de la española Cristina García
Rodero, que a la cerveza de lata, que por cierto, gracias al pueblo San
Juan Luvina, siempre le sabe “a meados de burro” a los escritores
mexicanos. Ya ni modo… ya lo dije… pero es la verdad, lástima que su
complejidad no tenga un sabor muy filosófico o poético.
Aquí otro parecido entre la Filosofía y la Poesía: toda poesía es
crítica, emite un juicio sobre determinado evento o conducta. Es
socrática también, ya que le apuesta a la mayéutica: a hacer que el
alumno o el público descubran lo que ya estaba en ellos y permanecía
dormido. ¿Por qué? Porque la filosofía griega y con ella toda la
historia de la Filosofía, aunque no se nos contagie y se base en un
estudio empeñoso, también es una capa del pensamiento humano,
afortunadamente. La filosofía le dice al que quiere ir por su camino:
reconóceme, acuérdate que ya me conocías. La Poesía no, o no tanto, al
menos sin salir del lugar común: “En cada uno de nosotros existe el más
hondo sentimiento”. La filosofía es un discurso en cuyo punto de
partida se encauza su búsqueda, es decir, va a resolver o a tratar de
resolver las preguntas de su estudio desde lo más general posible: ¿Qué
es el arte? ¿Qué es la belleza? ¿Qué somos? ¿A dónde vamos y por qué?
El poeta en cambio, lo que no sabe es a dónde va a llegar, que
territorio conquistará gracias al viento impetuoso de la poesía (no
existen los “fabricantes” poéticos, es decir, no deben de tener estilo,
se les debe de reconocer por la longitud de su veneno y de su vino). El
filósofo lo que no sabe es a dónde ha llegado con su fidelidad a la
inmanencia del concepto y del discurso que brota de la exploración
ontológica (no existen los filósofos “salvajes”, a lo más que llegan es
a filosofar afuera del templo). El filósofo es el que pretende haber
conocido y aprehendido siempre; el poeta es el que perpetuamente quiere
estar detrás de lo que la mayoría conoce o sospecha. La tradición
filosófica obliga a discrepar a los pensadores entre sí: ya Aristóteles
al inicio de nuestra tradición intelectual cita a más de cincuenta
autores y refuta las aporías de Aquiles y la tortuga, (los llamados
pseudoproblemas filosóficos), pero a ninguno, ni actual como el
italiano Evandro Agazzi ni canónico como Schopenhauer, se le hubiera
ocurrido nunca improvisar. La filosofía tal vez en lo profundo lo que
mejor enseña es a convivir con la idea de la muerte y a no perderla de
vista nunca, pero por eso mismo, la filosofía o el filósofo debe
encarnar ante lo social una visión de conjunto necesariamente
responsable. Algunos poetas ya han apuntado que la poesía puede verse
como una exploración al infinito, pero que nace del hombre y a él debe
volver, pero éste es un darse cuenta hasta después, después de “salir a
revolcar la voz” como dice el mismo José Vicente Anaya. Mientras la
poesía va perdiendo métrica y los sonetos y otras formas clásicas caen
en desuso despojadas de esa magia que tal vez alguna vez tuvieron, la
filosofía se encierra en las universidades y parece no tener ámbito de
acción fuera de las aulas. La generalización es exagerada, pero es que
poetas y filósofos deben serlo para no gritar verdades eternas en el
desierto mar de la ignorancia generalizada. “Las cosas no son tan
sencillas”, se dice el Bien al final del monólogo monterroseano: es
decir, las Humanidades, en tanto que interpelan a la identidad y buscan
generar valores como la solidaridad, la hospitalidad, el respeto a la
dignidad propia y ajena, sólo son rentables por su
permanente-contingente estado de crisis y, si no fuera así, ¿para qué
demonios íbamos a poder leer a Baudelaire, o a Kafka, o a Bioy Casares
o a los filósofos socráticos o a los antisocráticos como si no fueran
indiscutiblemente modernos o, mejor dicho: vigentes? La Filosofía y la
Poesía son, pues, cimiento, base y sobretodo invención profunda una, de
la razón; razón que no puede sino ser compartida por todos; la otra, de
lo no racional, que no puede sino ser disfrutada por todos, aunque
finalmente con ellas pasa igual que con la gastronomía: no todos los
autores son los mejores chefs, los buenos restaurantes escasean, el
fast food se generaliza y como la verdad para las tortillas ni alcanza…
guardemos provisiones y prevengamos a los más jóvenes a que se laven
las manos después de hacer poesía.
Marzo 2007
(1) A. C. Danto ¿Qué es filosofía?, Alianza Editorial, Madrid, 1976, p. 12.
(*) Marcos García Caballero (1973) es egresado de la Escuela de
Escritores de la SOGEM. Tiene publicado el libro de poemas Infinitos
dispersos (Alforja 2001), ganó el premio “Salvador Gallardo Dávalos”
2002 por su primera novela, Edad en el alba. Ha colaborado en distintas
publicaciones como La Jornada Semanal; Laberinto de Milenio y en varias
revistas de circulación nacional. Ha sido jurado literario en el III
Concurso Valladolid a las Letras 2006. Actualmente es representante en
Aguascalientes de la Revista de Poesía ALFORJA..
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