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Meditación primera
De las cosas que pueden ponerse en duda
He advertido hace ya algún tiempo que, desde mi más
temprana edad, había admitido como verdaderas muchas opiniones falsas,
y que lo edificado después sobre cimientos tan poco sólidos
tenía que ser por fuerza muy dudoso e incierto; de suerte que me
era preciso emprender seriamente, una vez en la vida, la tarea de deshacerme
de todas las opiniones a las que hasta entonces había dado crédito,
y empezar todo de nuevo desde los fundamentos, si quería establecer
algo firme y constante en las ciencias. Mas pareciéndome ardua dicha
empresa, he aguardado hasta alcanzar una edad lo bastante madura como para
no poder esperar que haya otra, tras ella, más apta para la ejecución
de mi propósito; y por ello lo he diferido tanto, que a partir de
ahora me sentiría culpable si gastase en deliberaciones el tiempo
que me queda para obrar.
Así pues, ahora que mi espíritu
está libre de todo cuidado, habiéndome procurado reposo seguro
en una apacible soledad, me aplicaré seriamente y con libertad a
destruir en general todas mis antiguas opiniones. Ahora bien, para cumplir
tal designio, no me será necesario probar que son todas falsas, lo
que acaso no conseguiría nunca; sino que, por cuanto la razón
me persuade desde el principio para que no dé más crédito
a las cosas no enteramente ciertas e indudables que a las manifiestamente
falsas, me bastará para rechazarlas todas con encontrar en cada una
el más pequeño motivo de duda. Y para eso tampoco hará
falta que examine todas y cada una en particular, pues sería un trabajo
infinito; sino que, por cuanto la ruina de los cimientos lleva necesariamente
consigo la de todo el edificio, me dirigiré en principio contra los
fundamentos mismos en que se apoyaban todas mis opiniones antiguas.
Todo lo que he admitido hasta el presente como más seguro y verdadero,
lo he aprendido de los sentidos o por los sentidos; ahora bien, he experimentado
a veces que tales sentidos me engañaban, y es prudente no fiarse
nunca por entero de quienes nos han engañado una vez.
Pero,
aun dado que los sentidos nos engañan a veces, tocante a cosas mal
perceptibles o muy remotas, acaso hallemos otras muchas de las que no podamos
razonablemente dudar, aunque las conozcamos por su medio; como, por ejemplo,
que estoy aquí, sentado junto al fuego, con una bata puesta y este
papel en mis manos, o cosas por el estilo. Y ¿cómo negar que
estas manos y este cuerpo sean míos, si no es poniéndome a
la altura de esos insensatos, cuyo cerebro está tan turbio y ofuscado
por los negros vapores de la bilis, que aseguran constantemente ser reyes
siendo muy pobres, ir vestidos de oro y púrpura estando desnudos,
o que se imaginan ser cacharros o tener el cuerpo de vidrio? Mas los tales
son locos, y yo no lo sería menos si me rigiera por su ejemplo.
Con todo, debo considerar aquí que soy hombre y, por consiguiente,
que tengo costumbre de dormir y de representarme en sueños las mismas
cosas, y a veces cosas menos verosímiles, que esos insensatos cuando
están despiertos. ¡Cuántas veces no me habrá
ocurrido soñar, por la noche, que estaba aquí mismo, vestido,
junto al fuego, estando en realidad desnudo y en la cama! En este momento,
estoy seguro de que yo miro este papel con los ojos de la vigilia, de que
esta cabeza que muevo no está soñolienta, de que alargo esta
mano y la siento de propósito y con plena conciencia: lo que acaece
en sueños no me resulta tan claro y distinto como todo esto. Pero,
pensándolo mejor, recuerdo haber sido engañado, mientras dormía,
por ilusiones semejantes. Y fijándome en este pensamiento, veo de
un modo tan manifiesto que no hay indicios concluyentes ni señales
que basten a distinguir con claridad el sueño de la vigilia, que
acabo atónito, y mi estupor es tal que casi puede persuadirme de
que estoy durmiendo.
Así, pues, supongamos ahora que estamos
dormidos, y que todas estas particularidades, a saber: que abrimos los ojos,
movemos la cabeza, alargamos las manos, no son sino mentirosas ilusiones;
y pensemos que, acaso, ni nuestras manos ni todo nuestro cuerpo son tal
y como los vemos. Con todo, hay que confesar al menos que las cosas que
nos representamos en sueños son como cuadros y pinturas que deben
formarse a semejanza de algo real y verdadero; de manera que por lo menos
esas cosas generales —a saber: ojos, cabeza, manos, cuerpo entero— no son
imaginarias, sino que en verdad existen. Pues los pintores, incluso cuando
usan del mayor artificio para representar sirenas y sátiros mediante
figuras caprichosas y fuera de lo común, no pueden, sin embargo,
atribuirles formas y naturalezas del todo nuevas, y lo que hacen es sólo
mezclar y componer partes de diversos animales; y, si llega el caso de que
su imaginación sea lo bastante extravagante como para inventar algo
tan nuevo que nunca haya sido visto, representándonos así
su obra una cosa puramente fingida y absolutamente falsa, con todo, al menos
los colores que usan deben ser verdaderos.
Y por igual razón,
aun pudiendo ser imaginarias esas cosas generales —a saber: ojos, cabeza,
manos y otras semejantes— es preciso confesar, de todos modos, que hay cosas
aún más simples y universales realmente existentes, por cuya
mezcla, ni más ni menos que por la de algunos colores verdaderos,
se forman todas las imágenes de las cosas que residen en nuestro
pensamiento, ya sean verdaderas y reales, ya fingidas y fantásticas.
De ese género es la naturaleza corpórea en general, y su extensión,
así como la figura de las cosas extensas, su cantidad o magnitud,
su número, y también el lugar en que están, el tiempo
que mide su duración y otras por el estilo.
Por lo cual, acaso
no sería mala conclusión si dijésemos que la física,
la astronomía, la medicina y todas las demás ciencias que
dependen de la consideración de cosas compuestas, son muy dudosas
e inciertas; pero que la aritmética, la geometría y demás
ciencias de este género, que no tratan sino de cosas muy simples
y generales, sin ocuparse mucho de si tales cosas existen o no en la naturaleza,
contienen algo cierto e indudable. Pues, duerma yo o esté despierto,
dos más tres serán siempre cinco, y el cuadrado no tendrá
más de cuatro lados; no pareciendo posible que verdades tan patentes
puedan ser sospechosas de falsedad o incertidumbre alguna.
Y, sin embargo,
hace tiempo que tengo en mi espíritu cierta opinión, según
la cual hay un Dios que todo lo puede, por quien he sido creado tal como
soy. Pues bien: ¿quién me asegura que el tal Dios no haya
procedido de manera que no exista figura, ni magnitud, ni lugar, pero a
la vez de modo que yo, no obstante, sí tenga la impresión
de que todo eso existe tal y como lo veo? Y más aún: así
como yo pienso, a veces, que los demás se engañan, hasta en
las cosas que creen saber con más certeza, podría ocurrir
que Dios haya querido que me engañe cuantas veces sumo dos más
tres, o cuando enumero los lados de un cuadrado, o cuando juzgo de cosas
aún más fáciles que ésas, si es que son siquiera
imaginables. Es posible que Dios no haya querido que yo sea burlado así,
pues se dice de Él que es la suprema bondad. Con todo, si el crearme
de tal modo que yo siempre me engañase repugnaría a su bondad,
también parecería del todo contrario a esa bondad el que permita
que me engañe alguna vez, y esto último lo ha permitido, sin
duda.
Habrá personas que quizá prefieran, llegados a
este punto, negar la existencia de un Dios tan poderoso, a creer que todas
las demás cosas son inciertas; no les objetemos nada por el momento,
y supongamos, en favor suyo, que todo cuanto se ha dicho aquí de
Dios es pura fábula; con todo, de cualquier manera que supongan haber
llegado yo al estado y ser que poseo —ya lo atribuyan al destino o la fatalidad,
ya al azar, ya en una enlazada secuencia de las cosas— será en cualquier
caso cierto que, pues errar y equivocarse es una imperfección, cuanto
menos poderoso sea el autor que atribuyan a mi origen, tanto más
probable será que yo sea tan imperfecto, que siempre me engañe.
A tales razonamientos nada en absoluto tengo que oponer, sino que me constriñen
a confesar que, de todas las opiniones a las que había dado crédito
en otro tiempo como verdaderas, no hay una sola de la que no pueda dudar
ahora, y ello no por descuido o ligereza, sino en virtud de argumentos muy
fuertes y maduramente meditados; de tal suerte que, en adelante, debo suspender
mi juicio acerca de dichos pensamientos, y no concederles más crédito
del que daría a cosas manifiestamente falsas, si es que quiero hallar
algo constante y seguro en las ciencias.
Pero no basta con haber hecho
esas observaciones, sino que debo procurar recordarlas, pues aquellas viejas
y ordinarias opiniones vuelven con frecuencia a invadir mis pensamientos,
arrogándose sobre mi espíritu el derecho de ocupación
que les confiere el largo y familiar uso que han hecho de él, de
modo que, aun sin mi permiso, son ya casi dueñas de mis creencias.
Y nunca perderé la costumbre de otorgarles mi aquiescencia y confianza,
mientras las considere tal como en efecto son, a saber: en cierto modo dudosas
—como acabo de mostrar—, y con todo muy probables, de suerte que hay más
razón para creer en ellas que para negarlas. Por ello pienso que
sería conveniente seguir deliberadamente un proceder contrario, y
emplear todas mis fuerzas en engañarme a mí mismo, fingiendo
que todas esas opiniones son falsas e imaginarias; hasta que, habiendo equilibrado
el peso de mis prejuicios de suerte que no puedan inclinar mi opinión
de un lado ni de otro, ya no sean dueños de mi juicio los malos hábitos
que lo desvían del camino recto que puede conducirlo al conocimiento
de la verdad. Pues estoy seguro de que, entretanto, no puede haber peligro
ni error en ese modo de proceder, y de que nunca será demasiada mi
presente desconfianza, puesto que ahora no se trata de obrar, sino sólo
de meditar y conocer.
Así pues, supondré que hay, no
un verdadero Dios —que es fuente suprema de verdad—, sino cierto genio maligno,
no menos artero y engañador que poderoso, el cual ha usado de toda
su industria para engañarme. Pensaré que el cielo, el aire,
la tierra, los colores, las figuras, los sonidos y las demás cosas
exteriores, no son sino ilusiones y ensueños, de los que él
se sirve para atrapar mi credulidad. Me consideraré a mí mismo
como sin manos, sin ojos, sin carne, ni sangre, sin sentido alguno, y creyendo
falsamente que tengo todo eso. Permaneceré obstinadamente fijo en
ese pensamiento, y, si, por dicho medio, no me es posible llegar al conocimiento
de alguna verdad, al menos está en mi mano suspender el juicio. Por
ello, tendré sumo cuidado en no dar crédito a ninguna falsedad,
y dispondré tan bien mi espíritu contra las malas artes de
ese gran engañador que, por muy poderoso y astuto que sea, nunca
podrá imponerme nada.
Pero un designio tal es arduo y penoso,
y cierta desidia me arrastra insensiblemente hacia mi manera ordinaria de
vivir; y, como un esclavo que goza en sueños de una libertad imaginaria,
en cuanto empieza a sospechar que su libertad no es sino un sueño,
teme despertar y conspira con esas gratas ilusiones para gozar más
largamente de su engaño, así yo recaigo insensiblemente en
mis antiguas opiniones, y temo salir de mi modorra, por miedo a que las
trabajosas vigilias que habrían de suceder a la tranquilidad de mi
reposo, en vez de procurarme alguna luz para conocer la verdad, no sean
bastantes a iluminar por entero las tinieblas de las dificultades que acabo
de promover.
Meditación segunda
enlace de origen
De la naturaleza del espíritu humano; y que es más fácil de conocer que el cuerpo
Mi meditación de ayer ha llenado mi espíritu de
tantas dudas, que ya no está en mi mano olvidarlas. Y, sin embargo,
no veo en qué manera podré resolverlas; y, como si de repente
hubiera caído en aguas muy profundas, tan turbado me hallo que ni
puedo apoyar mis pies en el fondo ni nadar para sostenerme en la superficie.
Haré un esfuerzo, pese a todo, y tomaré de nuevo la misma
vía que ayer, alejándome de todo aquello en que pueda imaginar
la más mínima duda, del mismo modo que si supiera que es completamente
falso; y seguiré siempre por ese camino, hasta haber encontrado algo
cierto, o al menos, si otra cosa no puedo, hasta saber de cierto que nada
cierto hay en el mundo.
Arquímedes, para trasladar la tierra
de lugar, sólo pedía un punto de apoyo firme e inmóvil;
así yo también tendré derecho a concebir grandes esperanzas,
si por ventura hallo tan sólo una cosa que sea cierta e indubitable.
Así pues, supongo que todo lo que veo es falso; estoy persuadido
de que nada de cuanto mi mendaz memoria me representa ha existido jamás;
pienso que carezco de sentidos; creo que cuerpo, figura, extensión,
movimiento, lugar, no son sino quimeras de mi espíritu. ¿Qué
podré, entonces, tener por verdadero? Acaso esto solo: que nada cierto
hay en el mundo.
Pero ¿qué sé yo si no habrá
otra cosa, distinta de las que acabo de reputar inciertas, y que sea absolutamente
indudable? ¿No habrá un Dios, o algún otro poder, que
me ponga en el espíritu estos pensamientos? Ello no es necesario:
tal vez soy capaz de producirlos por mí mismo. Y yo mismo, al menos,
¿no soy algo? Ya he negado que yo tenga sentidos ni cuerpo. Con todo,
titubeo, pues ¿qué se sigue de eso? ¿Soy tan dependiente
del cuerpo y de los sentidos que, sin ellos, no puedo ser?
Ya estoy
persuadido de que nada hay en el mundo; ni cielo, ni tierra, ni espíritus,
ni cuerpos, ¿y no estoy asimismo persuadido de que yo tampoco existo?
Pues no: si yo estoy persuadido de algo, o meramente si pienso algo, es
porque yo soy. Cierto que hay no sé qué engañador todopoderoso
y astutísimo, que emplea toda su industria en burlarme. Pero entonces
no cabe duda de que, si me engaña, es que yo soy; y, engáñeme
cuanto quiera, nunca podrá hacer que yo no sea nada, mientras yo
esté pensando que soy algo. De manera que, tras pensarlo bien y examinarlo
todo cuidadosamente, resulta que es preciso concluir y dar como cosa cierta
que esta proposición: «yo soy», «yo existo»,
es necesariamente verdadera, cuantas veces la pronuncio o la concibo en
mi espíritu.
Ahora bien, ya sé con certeza que soy, pero
aún no sé con claridad qué soy; de suerte que, en adelante,
preciso del mayor cuidado para no confundir imprudentemente otra cosa conmigo,
y así no enturbiar ese conocimiento, que sostengo ser más
cierto y evidente que todos los que he tenido antes.
Por ello, examinaré
de nuevo lo que yo creía ser, antes de incidir en estos pensamientos,
y quitaré de mis antiguas opiniones todo lo que puede combatirse
mediante las razones que acabo de alegar, de suerte que no quede más
que lo enteramente indudable. Así pues, ¿qué es lo
que antes yo creía ser? Un hombre, sin duda. Pero ¿qué
es un hombre? ¿Diré, acaso, que un animal racional? No por
cierto: pues habría luego que averiguar qué es animal y qué
es racional, y así una única cuestión nos llevaría
insensiblemente a infinidad de otras cuestiones más difíciles
y embarazosas, y no quisiera malgastar en tales sutilezas el poco tiempo
y ocio que me restan. Entonces, me detendré aquí a considerar
más bien los pensamientos que antes nacían espontáneos
en mi espíritu, inspirados por mi sola naturaleza, cuando me aplicaba
a considerar mi ser. Me fijaba, primero, en que yo tenía un rostro,
manos, brazos, y toda esa máquina de huesos y carne, tal y como aparece
en un cadáver, a la que designaba con el nombre de cuerpo. Tras eso,
reparaba en que me nutría, y andaba, y sentía, y pensaba,
y refería todas esas acciones al alma; pero no me paraba a pensar
en qué era ese alma, o bien, si lo hacía, imaginaba que era
algo extremadamente raro y sutil, como un viento, una llama o un delicado
éter, difundido por mis otras partes más groseras. En lo tocante
al cuerpo, no dudaba en absoluto de su naturaleza, pues pensaba conocerla
muy distintamente, y, de querer explicarla según las nociones que
entonces tenía, la hubiera descrito así: entiendo por cuerpo
todo aquello que puede estar delimitado por una figura, estar situado en
un lugar y llenar un espacio, de suerte que todo otro cuerpo quede excluido;
todo aquello que puede ser sentido por el tacto, la vista, el oído,
el gusto o el olfato; que puede moverse de distintos modos, no por sí
mismo, sino por alguna otra cosa que lo toca y cuya impresión recibe;
pues no creía yo que fuera atribuible a la naturaleza corpórea
la potencia de moverse, sentir y pensar: al contrario, me asombraba al ver
que tales facultades se hallaban en algunos cuerpos.
Pues bien, ¿qué
soy yo, ahora que supongo haber alguien extremadamente poderoso y, si es
lícito decirlo así, maligno y astuto, que emplea todas sus
fuerzas e industria en engañarme? ¿Acaso puedo estar seguro
de poseer el más mínimo de esos atributos que acabo de referir
a la naturaleza corpórea? Me paro a pensar en ello con atención,
paso revista una y otra vez, en mi espíritu, a esas cosas, y no hallo
ninguna de la que pueda decir que está en mí. No es necesario
que me entretenga en recontarlas. Pasemos, pues, a los atributos del alma,
y veamos si hay alguno que esté en mí. Los primeros son nutrirme
y andar; pero, si es cierto que no tengo cuerpo, es cierto entonces también
que no puedo andar ni nutrirme. Un tercero es sentir, pero no puede uno
sentir sin cuerpo, aparte de que yo he creído sentir en sueños
muchas cosas y, al despertar, me he dado cuenta de que no las había
sentido realmente. Un cuarto es pensar: y aquí sí hallo que
el pensamiento es un atributo que me pertenece, siendo el único que
no puede separarse de mí. Yo soy, yo existo; eso es cierto, pero
¿cuánto tiempo? Todo el tiempo que estoy pensando: pues quizá
ocurriese que, si yo cesara de pensar, cesaría al mismo tiempo de
existir. No admito ahora nada que no sea necesariamente verdadero: así,
pues, hablando con precisión, no soy más que una cosa que
piensa, es decir, un espíritu, un entendimiento o una razón,
términos cuyo significado me era antes desconocido.
Soy, entonces,
una cosa verdadera, y verdaderamente existente. Mas, ¿qué
cosa? Ya lo he dicho: una cosa que piensa. ¿Y qué más?
Excitaré aún mi imaginación, a fin de averiguar si
no soy algo más. No soy esta reunión de miembros llamada cuerpo
humano; no soy un aire sutil y penetrante, difundido por todos esos miembros;
no soy un viento, un soplo, un vapor, ni nada de cuanto pueda fingir e imaginar,
puesto que ya he dicho que todo eso no era nada. Y, sin modificar ese supuesto,
hallo que no dejo de estar cierto de que soy algo.
Pero acaso suceda
que esas mismas cosas que supongo ser, puesto que no las conozco, no sean
en efecto diferentes de mí, a quien conozco. Nada sé del caso:
de eso no disputo ahora, y sólo puedo juzgar de las cosas que conozco:
ya sé que soy, y eso sabido, busco saber qué soy. Pues bien:
es certísimo que ese conocimiento de mí mismo, hablando con
precisión, no puede depender de cosas cuya existencia aún
me es desconocida, ni por consiguiente, y con mayor razón, de ninguna
de las que son fingidas e inventadas por la imaginación. E incluso
esos términos de «fingir» e «imaginar» me
advierten de mi error: pues en efecto, yo haría algo ficticio, si
imaginase ser alguna cosa, pues «imaginar» no es sino contemplar
la figura o «imagen» de una cosa corpórea. Ahora bien:
ya sé de cierto que soy y que, a la vez, puede ocurrir que todas
esas imágenes y, en general, todas las cosas referidas a la naturaleza
del cuerpo, no sean más que sueños y quimeras. Y, en consecuencia,
veo claramente que decir «excitaré mi imaginación para
saber más distintamente qué soy», es tan poco razonable
como decir «ahora estoy despierto, y percibo algo real y verdadero,
pero como no lo percibo aún con bastante claridad, voy a dormirme
adrede para que mis sueños me lo representen con mayor verdad y evidencia».
Así pues, sé con certeza que nada de lo que puedo comprender
por medio de la imaginación pertenece al conocimiento que tengo de
mí mismo, y que es preciso apartar el espíritu de esa manera
de concebir, para que pueda conocer con distinción su propia naturaleza.
¿Qué soy, entonces? Una cosa que piensa. Y ¿qué
es una cosa que piensa? Es una cosa que duda, que entiende, que afirma,
que niega, que quiere, que no quiere, que imagina también, y que
siente. Sin duda no es poco, si todo eso pertenece a mi naturaleza. ¿Y
por qué no habría de pertenecerle? ¿Acaso no soy yo
el mismo que duda casi de todo, que entiende, sin embargo, ciertas cosas,
que afirma ser ésas solas las verdaderas, que niega todas las demás,
que quiere conocer otras, que no quiere ser engañado, que imagina
muchas cosas —aun contra su voluntad— y que siente también otras
muchas, por mediación de los órganos de su cuerpo? ¿Hay
algo de esto que no sea tan verdadero como es cierto que soy, que existo,
aun en el caso de que estuviera siempre dormido, y de que quien me ha dado
el ser empleara todas sus fuerzas en burlarme? ¿Hay alguno de esos
atributos que pueda distinguirse en mi pensamiento, o que pueda estimarse
separado de sí mismo? Pues es de suyo tan evidente que soy yo quien
duda, entiende y desea, que no hace falta añadir aquí nada
para explicarlo. Y también es cierto que tengo la potestad de imaginar:
pues aunque pueda ocurrir (como he supuesto más arriba) que las cosas
que imagino no sean verdaderas, con todo, ese poder de imaginar no deja
de estar realmente en mí, y forma parte de mi pensamiento. Por último,
también soy yo el mismo que siente, es decir, que recibe y conoce
las cosas como a través de los órganos de los sentidos, puesto
que, en efecto, veo la luz, oigo el ruido, siento el calor. Se me dirá,
empero, que esas apariencias son falsas, y que estoy durmiendo. Concedo
que así sea: de todas formas, es al menos muy cierto que me parece
ver, oír, sentir calor, y eso es propiamente lo que en mí
se llama sentir, y, así precisamente considerado, no es otra cosa
que «pensar». Por donde empiezo a conocer qué soy, con
algo más de claridad y distinción que antes.
Meditación tercera
enlace de origen
De Dios; que existe
Cerraré ahora los ojos, me taparé los oídos,
suspenderé mis sentidos; hasta borraré de mi pensamiento toda
imagen de las cosas corpóreas, o, al menos, como eso es casi imposible,
las reputaré vanas y falsas; de este modo, en coloquio sólo
conmigo y examinando mis adentros, procuraré ir conociéndome
mejor y hacerme más familiar a mí propio. Soy una cosa que
piensa, es decir, que duda, afirma, niega, conoce unas pocas cosas, ignora
otras muchas, ama, odia, quiere, no quiere, y que también imagina
y siente, pues, como he observado más arriba, aunque lo que siento
e imagino acaso no sea nada fuera de mí y en sí mismo, con
todo estoy seguro de que esos modos de pensar residen y se hallan en mí,
sin duda. Y con lo poco que acabo de decir, creo haber enumerado todo lo
que sé de cierto, o, al menos, todo lo que he advertido saber hasta
aquí.
Consideraré ahora con mayor circunspección
si no podré hallar en mí otros conocimientos de los que aún
no me haya apercibido. Sé con certeza que soy una cosa que piensa;
pero ¿no sé también lo que se requiere para estar cierto
de algo? En ese mi primer conocimiento, no hay nada más que una percepción
clara y distinta de lo que conozco, la cual no bastaría a asegurarme
de su verdad si fuese posible que una cosa concebida tan clara y distintamente
resultase falsa. Y por ello me parece poder establecer desde ahora, como
regla general, que son verdaderas todas las cosas que concebimos muy clara
y distintamente.
Sin embargo, he admitido antes de ahora, como cosas
muy ciertas y manifiestas, muchas que más tarde he reconocido ser
dudosas e inciertas. ¿Cuáles eran? La tierra, el cielo, los
astros y todas las demás cosas que percibía por medio de los
sentidos. Ahora bien: ¿qué es lo que concebía en ellas
como claro y distinto? Nada más, en verdad, sino que las ideas o
pensamientos de esas cosas se presentaban a mi espíritu. Y aun ahora
no niego que esas ideas estén en mí. Pero había, además,
otra cosa que yo afirmaba, y que pensaba percibir muy claramente por la
costumbre que tenía de creerla, aunque verdaderamente no la percibiera,
a saber: que había fuera de mí ciertas cosas de las que procedían
esas ideas, y a las que éstas se asemejaban por completo. Y en eso
me engañaba; o al menos si es que mi juicio era verdadero, no lo
era en virtud de un conocimiento que yo tuviera.
Pero cuando consideraba
algo muy sencillo y fácil, tocante a la aritmética y la geometría,
como, por ejemplo, que dos más tres son cinco o cosas semejantes,
¿no las concebía con claridad suficiente para asegurar que
eran verdaderas? Y si más tarde he pensado que cosas tales podían
ponerse en duda, no ha sido por otra razón sino por ocurrírseme
que acaso Dios hubiera podido darme una naturaleza tal, que yo me engañase
hasta en las cosas que me parecen más manifiestas. Pues bien, siempre
que se presenta a mi pensamiento esa opinión, anteriormente concebida,
acerca de la suprema potencia de Dios, me veo forzado a reconocer que le
es muy fácil, si quiere, obrar de manera que yo me engañe
aun en las cosas que creo conocer con grandísima evidencia; y, por
el contrario, siempre que reparo en las cosas que creo concebir muy claramente,
me persuaden hasta el punto de que prorrumpo en palabras como éstas:
engáñeme quien pueda, que lo que nunca podrá será
hacer que yo no sea nada, mientras yo esté pensando que soy algo,
ni que alguna vez sea cierto que yo no haya sido nunca, siendo verdad que
ahora soy, ni que dos más tres sean algo distinto de cinco, ni otras
cosas semejantes, que veo claramente no poder ser de otro modo, que como
las concibo.
Ciertamente, supuesto que no tengo razón alguna
para creer que haya algún Dios engañador, y que no he considerado
aún ninguna de las que prueban que hay un Dios, los motivos de duda
que sólo dependen de dicha opinión son muy ligeros y, por
así decirlo, metafísicos. Mas a fin de poder suprimirlos del
todo, debo examinar si hay Dios, en cuanto se me presente la ocasión,
y, si resulta haberlo, debo también examinar si puede ser engañador;
pues, sin conocer esas dos verdades, no veo cómo voy a poder alcanzar
certeza de cosa alguna.
Y para tener ocasión de averiguar todo
eso sin alterar el orden de meditación que me he propuesto, que es
pasar por grados de las nociones que encuentre primero en mi espíritu
a las que pueda hallar después, tengo que dividir aquí todos
mis pensamientos en ciertos géneros, y considerar en cuáles
de estos géneros hay, propiamente, verdad o error.
De entre
mis pensamientos, unos son como imágenes de cosas, y a éstos
solos conviene con propiedad el nombre de idea: como cuando me represento
un hombre, una quimera, el cielo, un ángel o el mismo Dios. Otros,
además, tienen otras formas: como cuando quiero, temo, afirmo o niego;
pues, si bien concibo entonces alguna cosa de la que trata la acción
de mi espíritu, añado asimismo algo, mediante esa acción,
a la idea que tengo de aquella cosa; y de este género de pensamientos,
unos son llamados voluntades o afecciones, y otros, juicios.
Pues bien,
por lo que toca a las ideas, si se las considera sólo en sí
mismas, sin relación a ninguna otra cosa, no pueden ser llamadas
con propiedad falsas; pues imagine yo una cabra o una quimera, tan verdad
es que imagino la una como la otra.
No es tampoco de temer que pueda
hallarse falsedad en las afecciones o voluntades; pues aunque yo pueda desear
cosas malas, o que nunca hayan existido, no es menos cierto por ello que
yo las deseo.
Por tanto, sólo en los juicios debo tener mucho
cuidado de no errar. Ahora bien, el principal y más frecuente error
que puede encontrarse en ellos consiste en juzgar que las ideas que están
en mí son semejantes o conformes a cosas que están fuera de
mí, pues si considerase las ideas sólo como ciertos modos
de mi pensamiento, sin pretender referirlas a alguna cosa exterior, apenas
podrían darme ocasión de errar.
Pues bien, de esas
ideas, unas me parecen nacidas conmigo, otras extrañas y venidas
de fuera, y otras hechas e inventadas por mí mismo. Pues tener la
facultad de concebir lo que es en general una cosa, o una verdad, o un pensamiento,
me parece proceder únicamente de mi propia naturaleza; pero si oigo
ahora un ruido, si veo el sol, si siento calor, he juzgado hasta el presente
que esos sentimientos procedían de ciertas cosas existentes fuera
de mí; y, por último, me parece que las sirenas, los hipogrifos
y otras quimeras de ese género, son ficciones e invenciones de mi
espíritu.
Pero también podría persuadirme de que
todas las ideas son del género de las que llamo extrañas y
venidas de fuera, o de que han nacido todas conmigo, o de que todas han
sido hechas por mí, pues aún no he descubierto su verdadero
origen. Y lo que principalmente debo hacer, en este lugar, es considerar,
respecto de aquellas que me parecen proceder de ciertos objetos que están
fuera de mí, qué razones me fuerzan a creerlas semejantes
a esos objetos.
La primera de esas razones es que parece enseñármelo
la naturaleza; y la segunda, que experimento en mí mismo que tales
ideas no dependen de mi voluntad, pues a menudo se me presentan a pesar
mío, como ahora, quiéralo o no, siento calor, y por esta causa
estoy persuadido de que este sentimiento o idea del calor es producido en
mí por algo diferente de mí, a saber, por el calor del fuego
junto al cual me hallo sentado. Y nada veo que me parezca más razonable
que juzgar que esa cosa extraña me envía e imprime en mí
su semejanza, más bien que otra cosa cualquiera.
Ahora tengo
que ver si esas razones son lo bastante fuertes y convincentes. Cuando digo
que me parece que la naturaleza me lo enseña, por la palabra «naturaleza»
entiendo sólo cierta inclinación que me lleva a creerlo, y
no una luz natural que me haga conocer que es verdadero. Ahora bien, se
trata de dos cosas muy distintas entre sí; pues no podría
poner en duda nada de lo que la luz natural me hace ver como verdadero:
por ejemplo, cuando antes me enseñaba que del hecho de dudar yo podía
concluir mi existencia. Porque, además, no tengo ninguna otra facultad
o potencia para distinguir lo verdadero de lo falso, que pueda enseñarme
que no es verdadero lo que la luz natural me muestra como tal, y en la que
pueda fiar como fío en la luz natural. Mas por lo que toca a esas
inclinaciones que también me parecen naturales, he notado a menudo
que, cuando se trataba de elegir entre virtudes y vicios, me han conducido
al mal tanto como al bien: por ello, no hay razón tampoco para seguirlas
cuando se trata de la verdad y la falsedad.
En cuanto a la otra razón
—la de que esas ideas deben proceder de fuera, pues no dependen de mi voluntad—,
tampoco la encuentro convincente. Puesto que, al igual que esas inclinaciones
de las que acabo de hablar se hallan en mí, pese a que no siempre
concuerden con mi voluntad, podría también ocurrir que haya
en mí, sin yo conocerla, alguna facultad o potencia, apta para producir
esas ideas sin ayuda de cosa exterior; y, en efecto, me ha parecido siempre
hasta ahora que tales ideas se forman en mí, cuando duermo, sin el
auxilio de los objetos que representan. Y en fin, aun estando yo conforme
con que son causadas por esos objetos, de ahí no se sigue necesariamente
que deban asemejarse a ellos. Por el contrario, he notado a menudo, en muchos
casos, que había gran diferencia entre el objeto y su idea. Así,
por ejemplo, en mi espíritu encuentro dos ideas del sol muy diversas;
una toma su origen de los sentidos, y debe situarse en el género
de las que he dicho vienen de fuera; según ella, el sol me parece
pequeño en extremo; la otra proviene de las razones de la astronomía,
es decir, de ciertas nociones nacidas conmigo, o bien ha sido elaborada
por mí de algún modo: según ella, el sol me parece
varias veces mayor que la tierra. Sin duda, esas dos ideas que yo formo
del sol no pueden ser, las dos, semejantes al mismo sol; y la razón
me impele a creer que la que procede inmediatamente de su apariencia es,
precisamente, la que le es más disímil.
Todo ello bien
me demuestra que, hasta el momento, no ha sido un juicio cierto y bien pensado,
sino sólo un ciego y temerario impulso, lo que me ha hecho creer
que existían cosas fuera de mí, diferentes de mí, y
que, por medio de los órganos de mis sentidos, o por algún
otro, me enviaban sus ideas o imágenes, e imprimían en mí
sus semejanzas.
Mas se me ofrece aún otra vía para averiguar
si, entre las cosas cuyas ideas tengo en mí, hay algunas que existen
fuera de mí. Es a saber: si tales ideas se toman sólo en cuanto
que son ciertas maneras de pensar no reconozco entre ellas diferencias o
desigualdad alguna, y todas parecen proceder de mí de un mismo modo;
pero, al considerarlas como imágenes que representan unas una cosa
y otras otra, entonces es evidente que son muy distintas unas de otras.
En efecto, las que me representan substancias son sin duda algo más,
y contienen (por así decirlo) más realidad objetiva, es decir,
participan, por representación, de más grados de ser o perfección
que aquellas que me representan sólo modos o accidentes. Y más
aún: la idea por la que concibo un Dios supremo, eterno, infinito,
inmutable, omnisciente, omnipotente y creador universal de todas las cosas
que están fuera de él, esa idea —digo— ciertamente tiene en
sí más realidad objetiva que las que me representan substancias
finitas.
Ahora bien, es cosa manifiesta, en virtud de la luz natural,
que debe haber por lo menos tanta realidad en la causa eficiente y total
como en su efecto: pues ¿de dónde puede sacar el efecto su
realidad, si no es de la causa? ¿Y cómo podría esa
causa comunicársela, si no la tuviera ella misma?
Y de ahí
se sigue, no sólo que la nada no podría producir cosa alguna,
sino que lo más perfecto, es decir, lo que contiene más realidad,
no puede provenir de lo menos perfecto. Y esta verdad no es sólo
clara y evidente en aquellos efectos dotados de esa realidad que los filósofos
llaman actual o formal, sino también en las ideas, donde sólo
se considera la realidad que llaman objetiva. Por ejemplo, la piedra que
aún no existe no puede empezar a existir ahora si no es producida
por algo que tenga en sí formalmente o eminentemente todo lo que
entra en la composición de la piedra (es decir, que contenga en sí
las mismas cosas, u otras más excelentes, que las que están
en la piedra); y el calor no puede ser producido en un sujeto privado de
él, si no es por una cosa que sea de un orden, grado o género
al menos tan perfecto como lo es el calor; y así las demás
cosas. Pero además de eso, la idea del calor o de la piedra no puede
estar en mí si no ha sido puesta por alguna causa que contenga en
sí al menos tanta realidad como la que concibo en el calor o en la
piedra. Pues aunque esa causa no transmita a mi idea nada de su realidad
actual o formal, no hay que juzgar por ello que esa causa tenga que ser
menos real, sino que debe saberse que, siendo toda idea obra del espíritu,
su naturaleza es tal que no exige de suyo ninguna otra realidad formal que
la que recibe del pensamiento, del cual es un modo. Pues bien, para que
una idea contenga tal realidad objetiva más bien que tal otra, debe
haberla recibido, sin duda, de alguna causa, en la cual haya tanta realidad
formal, por lo menos, cuanta realidad objetiva contiene la idea. Pues si
suponemos que en la idea hay algo que no se encuentra en su causa, tendrá
que haberlo recibido de la nada; mas, por imperfecto que sea el modo de
ser según el cual una cosa está objetivamente o por representación
en el entendimiento, mediante su idea, no puede con todo decirse que ese
modo de ser no sea nada, ni, por consiguiente, que esa idea tome su origen
de la nada. Tampoco debo suponer que, siendo sólo objetiva la realidad
considerada en esas ideas, no sea necesario que la misma realidad esté
formalmente en las causas de ellas, ni creer que basta con que esté
objetivamente en dichas causas; pues, así como el modo objetivo de
ser compete a las ideas por su propia naturaleza, así también
el modo formal de ser compete a las causas de esas ideas (o por lo menos
a las primeras y principales) por su propia naturaleza. Y aunque pueda ocurrir
que de una idea nazca otra idea, ese proceso no puede ser infinito, sino
que hay que llegar finalmente a una idea primera, cuya causa sea como un
arquetipo, en el que esté formal y efectivamente contenida toda la
realidad o perfección que en la idea está sólo de modo
objetivo o por representación. De manera que la luz natural me hace
saber con certeza que las ideas son en mí como cuadros o imágenes,
que pueden con facilidad ser copias defectuosas de las cosas, pero que en
ningún caso pueden contener nada mayor o más perfecto que
éstas.
Y cuanto más larga y atentamente examino todo
lo anterior, tanto más clara y distintamente conozco que es verdad.
Mas, a la postre, ¿qué conclusión obtendré de
todo ello? Ésta, a saber: que, si la realidad objetiva de alguna
de mis ideas es tal que yo pueda saber con claridad que esa realidad no
está en mí formal ni eminentemente (y, por consiguiente, que
yo no puedo ser causa de tal idea), se sigue entonces necesariamente de
ello que no estoy solo en el mundo, y que existe otra cosa, que es causa
de esa idea; si, por el contrario, no hallo en mí una idea así,
entonces careceré de argumentos que puedan darme certeza de la existencia
de algo que no sea yo, pues los he examinado todos con suma diligencia,
y hasta ahora no he podido encontrar ningún otro.
Ahora bien:
entre mis ideas, además de la que me representa a mí mismo
(y que no ofrece aquí dificultad alguna), hay otra que me representa
a Dios, y otras a cosas corpóreas e inanimadas, ángeles, animales
y otros hombres semejantes a mí mismo. Mas, por lo que atañe
a las ideas que me representan otros hombres, o animales, o ángeles,
fácilmente concibo que puedan haberse formado por la mezcla y composición
de las ideas que tengo de las cosas corpóreas y de Dios, aun cuando
fuera de mí no hubiese en el mundo ni hombres, ni animales, ni ángeles.
Y, tocante a las ideas de las cosas corpóreas, nada me parece haber
en ellas tan excelente que no pueda proceder de mí mismo; pues si
las considero más a fondo y las examino como ayer hice con la idea
de la cera, advierto en ellas muy pocas cosas que yo conciba clara y distintamente;
a saber: la magnitud, o sea, la extensión en longitud, anchura y
profundidad; la figura, formada por los límites de esa extensión;
la situación que mantienen entre sí los cuerpos diversamente
delimitados; el movimiento, o sea, el cambio de tal situación; pueden
añadirse la substancia, la duración y el número. En
cuanto las demás cosas, como la luz, los colores, los sonidos, los
olores, los sabores, el calor, el frío y otras cualidades perceptibles
por el tacto, todas ellas están en mi pensamiento con tal oscuridad
y confusión, que hasta ignoro si son verdaderas o falsas y meramente
aparentes, es decir, ignoro si las ideas que concibo de dichas cualidades
son, en efecto, ideas de cosas reales o bien representan tan sólo
seres quiméricos, que no pueden existir. Pues aunque más arriba
haya yo notado que sólo en los juicios puede encontrarse falsedad
propiamente dicha, en sentido formal, con todo, puede hallarse en las ideas
cierta falsedad material, a saber: cuando representan lo que no es nada
como si fuera algo. Por ejemplo, las ideas que tengo del frío y el
calor son tan poco claras y distintas, que mediante ellas no puedo discernir
si el frío es sólo una privación de calor, o el calor
una privación de frío, o bien si ambas son o no cualidades
reales; y por cuanto, siendo las ideas como imágenes, no puede haber
ninguna que no parezca representarnos algo, si es cierto que el frío
es sólo privación de calor, la idea que me lo represente como
algo real y positivo podrá, no sin razón, llamarse falsa,
y lo mismo sucederá con ideas semejantes. Y por cierto, no es necesario
que atribuya a esas ideas otro autor que yo mismo; pues si son falsas —es
decir, si representan cosas que no existen— la luz natural me hace saber
que provienen de la nada, es decir, que si están en mí es
porque a mi naturaleza —no siendo perfecta— le falta algo; y si son verdaderas,
como de todas maneras tales ideas me ofrecen tan poca realidad que ni llego
a discernir con claridad la cosa representada del no ser, no veo por qué
no podría haberlas producido yo mismo.
En cuanto a las ideas
claras y distintas que tengo de las cosas corpóreas, hay algunas
que me parece he podido obtener de la idea que tengo de mí mismo;
así, las de substancia, duración, número y otras semejantes.
Pues cuando pienso que la piedra es una substancia, o sea, una cosa capaz
de existir por sí, dado que yo soy una substancia, y aunque sé
muy bien que soy una cosa pensante y no extensa (habiendo así entre
ambos conceptos muy gran diferencia), las dos ideas parecen concordar en
que representan substancias. Asimismo, cuando pienso que existo ahora, y
me acuerdo además de haber existido antes, y concibo varios pensamientos
cuyo número conozco, entonces adquiero las ideas de duración
y número, las cuales puedo luego transferir a cualesquiera otras
cosas.
Por lo que se refiere a las otras cualidades de que se componen
las ideas de las cosas corpóreas —a saber: la extensión, la
figura, la situación y el movimiento—, cierto es que no están
formalmente en mí, pues no soy más que una cosa que piensa;
pero como son sólo ciertos modos de la substancia (a manera de vestidos
con que se nos aparece la substancia), parece que pueden estar contenidas
en mí eminentemente.