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CULTURA
Y TRAGEDIA - ENSAYO SOBRE LA CULTURA archivo del portal de recursos
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de origen
Roland Barthes
Traducido por Roberto Hernández Montoya
Philippe
Roger, autor de un ensayo sobre Roland Barthes, ha encontrado este
texto olvidado del escritor. Fue publicado en 1942 en una revista de
estudiantes. Roland Barthes tenía entonces veintisiete años.
Nota de le Monde, viernes 4 de abril de 1986.
Philippe Roger, Roland Barthes, roman, París, Grasset, 1986.
De todos los géneros literarios, la tragedia es el que más marca un
siglo, el que le da más dignidad y profundidad. Las épocas de
esplendor, indiscutidas, son las épocas trágicas: siglo V ateniense,
siglo isabelino, siglo xvii francés. Fuera de esos siglos, la tragedia
—en sus formas constituidas— se calla. ¿Qué pasaba en esas épocas, en
esos países, para que la tragedia fuese posible, fácil incluso? La
tierra parecía ser tan fecunda que los autores trágicos nacían por
montones, llamándose y provocándose unos a otros. Es fácil percibir que
tal conexión entre la calidad del siglo y su producción trágica no es
arbitraria. Es que en realidad esos siglos eran siglos de cultura.
Pero aquí debemos definir la cultura no como el esfuerzo de adquisición
de un saber más grande, ni siquiera como el mantenimiento ferviente de
un patrimonio espiritual, sino sobre todo, según Nietzsche, como «la
unidad del estilo artístico en todas las manifestaciones vitales de un
pueblo».
Así, comprenderemos que en las grandes épocas trágicas, el esfuerzo de
los genios y del público se ocupaba no tanto del enriquecimiento de los
conocimientos y experiencias como del despojo cada vez más riguroso de
lo accesorio, la búsqueda de una unidad de estilo en las obras del
espíritu. Era necesario obtener de y dar al mundo una visión sobre todo
armoniosa —aunque no necesariamente serena—, esto es, abandonar
voluntariamente un cierto número de matices, de curiosidades, de
posibilidades, para presentar el enigma humano en su delgadez esencial.
Esta definición permite pensar que la tragedia es la más perfecta y
difícil expresión de la cultura de un pueblo, es decir, una vez más, de
su aptitud para introducir el estilo allí donde la vida no presenta
sino riquezas confusas y desordenadas. La tragedia es la más grande
escuela de estilo: ella enseña más a despejar que a construir, más a
interpretar el drama humano que a representarlo, más a merecerlo que a
sufrirlo. En las grandes épocas de la tragedia la humanidad supo
encontrar una visión trágica de la existencia y, por una vez quizás, no
fue el teatro el que imitó la vida, sino la vida la que recibió del
teatro una dignidad y un estilo verdaderamente grandes. Así, en esas
épocas, por este intercambio mutuo de la escena y del mundo, encontróse
realizada la unidad del estilo que, según Nietzsche, define la cultura.
Para merecer la tragedia es necesario que el alma colectiva del público
alcance un cierto grado de cultura, esto es, no de saber, sino de
estilo.
Las masas corrompidas por una falsa cultura pueden sentir en el destino
que las abruma el peso del drama; se complacen en el despliegue del
drama, e impulsan este sentimiento hasta poner drama en cada uno de los
pequeños incidentes de la vida. Aman en el drama la ocasión de
desbordar un egoísmo que permite apiadarse indefinidamente de las más
pequeñas particularidades de su propia infelicidad, de bordar de
patetismo la existencia de una injusticia superior, lo que aparta muy
oportunamente toda responsabilidad.
En este sentido la tragedia se opone al drama; ella es un género
aristocrático que supone una alta comprensión del universo, una
claridad profunda sobre la esencia del hombre. Las tragedias del teatro
no han sido posibles sino en países y épocas en que el público
presentaba un carácter eminentemente aristocrático, sea por rango
(siglo XVII), sea por una cultura popular original (entre los griegos
del siglo V). Si el drama (cuyo género decadente fue el melodrama, y
uno se aclara por el otro) procede de la ganga cada vez más desbordante
de las desdichas humanas, frecuentemente en lo que tienen de más
pusilánime, la tragedia no es más que un esfuerzo ardiente de despojar
el sufrimiento humano, reducirlo a su esencia irreductible, apoyarlo
—estilizándolo en una forma estética impecable— sobre el fundamento
primero del drama humano, presentado en una desnudez que sólo el arte
puede alcanzar.
La tragedia no es tributaria de la vida; es el sentimiento trágico de
la vida el que es tributario de la tragedia. He allí por qué las
tragedias de teatro no han seguido esa suerte de evolución histórica
que hace que de un estadio primero surja un estadio segundo más
perfeccionado, y así sucesivamente. Para ello se hubiera requerido que
la tragedia del teatro se implicase estrictamente en la lenta evolución
de los siglos, imitase la transformación de las vidas y de las
mentalidades y que, en las épocas de falsa cultura, prefiriera
corromperse que morirse. No ha obrado así la tragedia; su historia no
es sino una sucesión de muertes y resurrecciones gloriosas. Ella puede
decrecer y desaparecer con la misma desenvoltura sublime con que
apareció: después de Eurípides la tragedia se pierde (admitiendo que
Eurípides fuese un verdadero trágico, lo que no hizo Nietzsche).
Después de Racine no hay más que tragedias muertas, hasta el día en que
nazca una nueva forma trágica —radicalmente distinta, a menudo
irreconocible de la primera.
En las tragedias del teatro el interés no es el de la curiosidad, como
en los dramas. El público no sigue, jadeante, las peripecias de las
historias para saber cuál será el final. En las bellas tragedias el
desenlace se conoce por anticipado; no puede ser otra cosa que lo que
es: ni el poder del hombre, ni a veces el del Dios (y esto es
propiamente trágico) pueden mejorar ni modificar la suerte del héroe. Y
sin embargo el alma del espectador se aferra con pasión a la marcha de
la pieza. ¿Por qué?
Es el milagro de la tragedia; nos indica que nuestra búsqueda más
íntima no va al resultar de las cosas sino a su por qué. Poco importa
saber cómo terminará el mundo; lo que importa saber es qué es lo que
es, cuál es su verdadero sentido —no en el Tiempo, poder bien
cuestionable y cuestionado, sino en un universo inmediato, despojado de
las puertas mismas del Tiempo.
De todas las tragedias del teatro se desprendería, pues, la lección
siguiente —si es que el arte puede enseñar algo—: el hombre, ese
semidiós, tiene en el universo como marca distintiva su pensamiento, su
deseo y su poder de conocimiento, fuente de riquezas sensibles y de
sutiles acciones. Pero esa potencia electiva del pensamiento, al
distraer gloriosamente al hombre del ritmo universal de los mundos, sin
igualar sin embargo la omnipotencia divina, sumerge al alma humana en
un sufrimiento indecible e incurable. Es de este sufrimiento que está
formado nuestro mundo, el de nosotros los hombres.
La tragedia del teatro nos enseña a contemplar este sufrimiento bajo la
luz sangrante que proyecta sobre él; o, mejor, a profundizar este
sufrimiento, despojándolo, purificándolo; a sumergirnos en ese
sufrimiento humano, bajo el cual estamos carnal y espiritualmente
moldeados, a fin de recuperar en ella no sólo nuestra razón de ser, lo
que sería criminal, sino nuestra esencia última y, con ella, la plena
posesión de nuestro destino de hombre. Habremos entonces dominado el
sufrimiento impuesto e incomprendido por el sufrimiento comprendido y
consentido; e inmediatamente el sufrimiento se vuelve alegría. Así,
Edipo Rey, el corazón abrumado por el raro dolor de haber
involuntariamente matado a su padre y casado con su madre, porque
acepta ese dolor sin dejar de sentirlo, porque lo contempla y lo medita
sin intentar desprenderse de él, poco a poco se transfigura e irradia,
él, el criminal, un brillo sobrehumano casi divino (en Edipo en Colono).
Sobre los escenarios griegos los autores llevaban coturnos, que los
elevaban por encima de la talla humana. Para que tengamos derecho de
ver tragedia en el mundo, es necesario que ese mundo calce coturnos y
se eleve un poco más alto que la mediocre costumbre.
Todos los pueblos, todas las épocas, no son igualmente dignas de vivir
la tragedia. Ciertamente, el drama es generosamente dispensado a través
del mundo. La tragedia es más rara, pues no existe en estado
espontáneo: se crea con sufrimiento y arte; presupone de parte del
pueblo una cultura profunda, una comunión de estilo entre la vida y el
arte. Lo propio del héroe trágico es que mantiene en sí, tanto más por
cuanto que es gratuito, «el ilustre encarnizamiento de no ser vencido»
(Hugo).
Hace falta, pues, una gran fuerza de heroica resistencia a los destinos
o, si se prefiere, de heroica aceptación de los destinos, para poder
decir que es tragedia lo que un hombre o un pueblo crean en su vida.
Así, nuestra época, por ejemplo: ella es ciertamente dolorosa, hasta
dramática. Pero nada dice aún que sea trágica. El drama se sufre; la
tragedia, en cambio, se merece, como todo lo grande.
Nota de Philippe Roger a la reedición de este trabajo en le Monde:
«Este texto, intitulado Cultura y tragedia. Ensayos sobre la cultura,
aparece catalogado en la bibliografía de Communications, establecida
según el cuaderno-repertorio llevado por el propio Barthes, como el
primero jamás publicado por el escritor. El lugar de publicación
(Existences) es erróneo: ¿olvido? ¿Confusión? Este texto era
considerado, pues, como perdido. Una sucesión de azares y de pesquisas
ha permitido restablecer la pista en las publicaciones estudiantiles
del desaparecido COPAR. En ese número especial de la primavera de 1942
de les Cahiers de l'étudiant, la firma de Roland Barthes aparece al
lado de las de André Passeron, Paul-Louis Mignon y Edgar Pisani».
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