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PERSPECTIVAS
IMPERIALES archivo del portal de recursos
para estudiantes |
Buenos Aires- Argentina
Edward W. Said
Ensayista.
Profesor de Literatura Comparada en la Universidad de Columbia
Los grandes imperios modernos nunca se han mantenido
unidos sólo gracias al poder militar, sino gracias al motor que activa
dicho poder, que refuerzan mediante el ejercicio diario de la dominación,
la convicción y la autoridad. Gran Bretaña gobernó
los vastos territorios de la India con unos cuantos miles de oficiales coloniales
y unos cuantos miles más de soldados, muchos de ellos indios. Francia
hizo lo mismo en el norte de Africa e Indochina; los holandeses, en Indonesia;
los portugueses y los belgas, en Africa. El elemento clave es la perspectiva
imperial, esa forma de contemplar una realidad distante y extranjera subordinándola
a nuestra mirada, construyendo su historia desde nuestro punto de vista, viendo
a su gente como súbditos cuyo destino no es el que ellos deciden, sino
el que consideran mejor unos remotos administradores. Esa perspectiva
deliberada produce ideas reales, como la teoría de que el imperialismo
es una cosa benigna y necesaria. En uno de los comentarios más
perspicaces que se han escrito sobre la cola conceptual que mantiene unidos
a los imperios, el extraordinario novelista anglopolaco Joseph Conrad dijo:
"La conquista de la tierra, que significa fundamentalmente arrebatársela
a quienes tienen una piel diferente o narices algo más chatas que nosotros,
no es nada agradable cuando se examina con detalle. Lo único que
la redime es la idea. Una idea de fondo; no una pretensión sentimental,
sino una idea, y una fe desinteresada en esa idea, algo que podemos crear, ante
lo que podemos inclinarnos y a lo que podemos ofrecer sacrificios".
Durante un tiempo el sistema funcionó porque muchos dirigentes coloniales
creyeron erróneamente que no tenían más remedio que cooperar
con la autoridad imperial. Ahora bien, dado que la dialéctica entre
la perspectiva imperial y la local es inevitablemente conflictiva, llega un
momento en el que es imposible seguir conteniendo el conflicto inevitable entre
gobernante y gobernado, que estalla en una guerra colonial declarada.
Todavía queda mucho para que llegue ese momento en el caso del dominio
estadounidense sobre el mundo árabe y musulmán. Al menos
desde la Segunda Guerra Mundial, los intereses estratégicos de Estados
Unidos han consistido en garantizar (y controlar cada vez más) los abastecimientos
de petróleo y respaldar, con un costo enorme, el poder y el dominio regional
de Israel sobre todos sus vecinos.
Todos los imperios, incluido el de Estados Unidos, se dicen sin cesar a sí
mismos y al mundo que son distintos de los demás imperios y que su misión
no consiste en saquear y dominar, sino en educar y liberar a los pueblos y lugares
que gobiernan de forma directa o indirecta. Sin embargo, son ideas que
no comparten en absoluto los pueblos gobernados, cuyas opiniones son, en muchos
casos, radicalmente opuestas. Pero eso no ha impedido que la maquinaria
estadounidense de la información, la estrategia y la política
relacionadas con el mundo árabe e islámico imponga sus puntos
de vista no sólo a árabes y musulmanes, sino a sus propios ciudadanos,
cuyas fuentes de información son trágicamente insuficientes.
La diplomacia estadounidense ha tenido siempre el lastre de la agresión
sistemática del lobby israelí contra los llamados arabistas. De
los 150.000 soldados norteamericanos presentes hoy en Irak, sólo hay
un puñado que sabe árabe. David Ignatius lo destaca en el
excelente artículo Washington paga la falta de arabistas (www.dailystar.com.lb),
en el que cita a Fukuyama: el problema es que "los arabistas no sólo
adoptan la causa de los árabes, sino su tendencia a engañarse
a sí mismos". En este país se ha logrado que hablar
árabe, tener cierto contacto con la vasta tradición cultural árabe
y mostrar comprensión hacia ella parezcan una amenaza para Israel. Los
medios de comunicación publican los peores estereotipos racistas sobre
los árabes (véase, por ejemplo, un artículo hitleriano
de Cynthia Ozick en The Wall Street Journal, en el que dice que los palestinos
han "difamado la fuerza de la vida, un cultismo elevado a espiritualismo
siniestro").
Varias generaciones de estadounidenses consideran al mundo árabe como
un lugar peligroso en el que brotan el terrorismo y el fanatismo religioso,
y donde unos clérigos antidemocráticos y violentamente antisemitas
inculcan maliciosamente a los jóvenes un antiamericanismo gratuito. En
estos casos, la ignorancia se convierte directamente en conocimiento. Lo
que no siempre se advierte es que, cuando aparece un dirigente que nos gusta
-como el sha de Irán o Anuar el Sadat-, Estados Unidos supone que es
un valiente visionario que ha hecho cosas por nosotros no porque haya comprendido
el juego del poder imperial, sino porque lo han convencido unos principios que
compartimos. El hecho de que tanto a Sadat como al sha les sucedieran
en el poder unos gobernantes todavía más desagradables no es señal,
como nos gustaría creer, de que teníamos razón, sino de
que las distorsiones de las perspectivas imperiales producen distorsiones aún
mayores en la sociedad del Cercano Oriente, que prolongan el sufrimiento y engendran
formas extremas de resistencia.
Este es especialmente el caso de los palestinos, de los que ahora se piensa
que se han reformado por dejar que los gobierne Mahmud Abbas (Abu Mazen) en
vez del vilipendiado Arafat. Pero ésa es una cuestión de
interpretación imperial, no una realidad. Israel y Estados Unidos
consideran a Arafat un obstáculo para lograr imponer a los palestinos
un acuerdo que borrará todas sus reivindicaciones anteriores y representará
la victoria definitiva de Israel sobre lo que algunos israelíes denominan
su pecado original: haber destruido la sociedad palestina en 1948 y haber dispuesto
de la nación de los palestinos, ciudadanos que todavía hoy siguen
bajo la ocupación.
Además, ahora existe un grupo palestino independiente y coherente (la
Iniciativa Nacional Independiente) que se opone tanto al gobierno de Arafat
como a los islamistas, pero que no recibe ninguna atención porque los
estadounidenses y los israelíes prefieren a un interlocutor complaciente
que no pueda causarnos problemas. Así de miope y arrogante es la
mirada imperial. Lo malo de tales concepciones es que no ofrecen a los
estadounidenses ideas sobre los árabes y musulmanes, sino opiniones sobre
cómo les gustaría que fueran.
Que un gran país, inmensamente rico, pueda producir una ocupación
tan poco preparada como la que se está realizando en Irak es una farsa
intelectual, y que un funcionario inteligente como Paul Wolfowitz pueda elaborar
políticas tan incompetentes y al mismo tiempo convencer a todo el mundo
de que sabe lo que hace es asombroso.
La base de esta particular perspectiva imperial es una antigua concepción
orientalista que no deja que los árabes ejerzan su derecho a la autodeterminación
nacional y los considera diferentes, incapaces de emplear la lógica,
turbulentos y con instintos asesinos. Pero nos hemos acostumbrado tanto
a las lisonjas de asesores corno Bernard Lewis y Fouad Ajami -que han arrojado
su veneno contra los árabes de todas las formas posibles-, que casi pensamos
que actuamos como es debido porque los árabes son así. Con
el añadido de que además se trata de un dogma israelí que
comparten incondicionalmente los neoconservadores del gobierno de Bush. Por
todo eso, nos quedan todavía muchos años de confusión y
miseria en una zona del mundo en la que uno de los principales problemas es,
sencillamente, el poder de Estados Unidos. Pero ¿a qué precio,
y con qué fin?
Domingo 24 de agosto de 2003
Extraído de LA NACIÓN REVISTA
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