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MEMORIA, OLVIDO, DECISIÓN archivo del portal de recursos
para estudiantes |
Ed. Traç Dep.Legal B-31092-86
©José
Luis Catalán Bitrián
En la antigüedad existieron mitos acerca de la memoria, como
por ejemplo las series dedicadas a Mnemosine entre los griegos. Platón,
en su República, nos habla de una versión, de tradición
pitagórica, en la que las almas de los muertos beben en el agua del
Leteo y así ocurre que olvidan sus vidas anteriores antes de renacer.
Este mito apunta a la experiencia de renacimiento que implica recordar (1). Efectivamente, eran una práctica
común en los círculos pitagóricos los ejercicios de
memoria para recordar los sucesos diarios y así llegar a tener presente
la vida transcurrida, incluso vidas anteriores, como una forma, atenuada
si se quiere, de inmortalidad.
Paralelamente a las distintas construcciones
mitológicas se desarrollaba en Grecia una tecné del recuerdo,
de la que representa un hito Simónides, con su arte de ordenar el
material a memorizar de los discursos en el ágora. (2) Se hacía cada vez más
decisivo el desarrollo de la nemotecnia en la medida que se complicaba la
cultura. Estas técnicas fueron retomadas por la tradición
latina y más tarde por la escolástica.
En cada momento
histórico, por supuesto, la función de la memoria se ha visto
según las coordenadas socio-intelectuales del momento.
Nosotros
en particular, somos herederos de una versión mecanicista de la memoria
que arranca de los asociacionistas, experimentalistas de primeros de siglo,
que por lo general soñaban con ser los Newton de la psicología.
Según esta versión recibimos impresiones cuyas huellas o impactos
se imprimen como en una tablilla de cera. Hoy nos vendría bien para
expresar la misma idea, la imagen de la memoria como una cinta de video,
en la que ningún detalle que pasase por el ojo de la cámara
dejara de grabarse.
Nuestra posición en este punto es la de
romper con esta tradición mecanicista. Contemplamos la memoria dentro
de un conjunto más complejo que llamaremos sistema de almacenamiento,
recuperación y decisión.
Hay que contemplar el mecanismo
de manipulación de conocimiento como una globalidad. El sujeto humano
lo que realiza son acciones, por lo tanto los datos necesarios para la acción
estarán a su servicio, y ello incluido el caso especial en el que
la acción de la que se trata sea precisamente la de recordar por
el gusto de darnos un placer o derivar una utilidad especial de ello.
Si tomo la decisión de presentarme a un desconocido, surgirá
automáticamente mi nombre, mi edad, y los demás datos necesarios.
Si lo que quiero es averiguar el coste de 5 paquetes a 80 pts. cada uno,
rápidamente aparecerá en la pantalla de la conciencia cuanto
son 8x5, dato necesario para realizar el cálculo. elementos imprescindibles
para llevar a cabo los actos en curso realizativo.
Es imprescindible
tener en cuenta que todo lo que se olvida o se recuerda tiene que ver con
lo que nos está interesando hacer en el presente.
Los temas
tradicionales de atención, memoria a corto y largo plazo, memoria
visual, auditiva, etc., para nosotros, que pertenecemos a la era informática,
necesitan una nueva conceptualización.
El sistema de la memoria
está subordinado al de las intenciones o decisiones. Lo que haga
referencia a la memoria lo tenemos que considerar siempre desde el aquí
y ahora, desde nuestro presente. Es desde el instante presente que el sujeto
humano recompone otro tiempo imaginario que existe en tal presente en forma
de imagen (visual, acústica, esquema dinámico o aquello que
sea).
La obligación de pensar las cosas en nuestro presente
y tomar las decisiones oportunas en presente subordina toda la serie de
datos. No se puede decir que ninguna imagen del pasado nos asalte, sino
que los datos los traemos según las necesidades actuales.
Si
ahora decido acordarme de mi abuelo, dibujo mentalmente un primer plano
de su cabeza, o si quiero acordarme mejor trato de construir la imagen completa
de mi abuelo en un día señalado. Si estudio a fondo estas
imágenes me llevaré sorpresas: a qué segundo exactamente
obedece tal imagen? cómo es posible, si es que la imagen real está
grabada en alguna parte, que pueda recortarle la cabeza? llevaba precisamente
tal vestido el día de que se trata? en qué fondo se encuentra
la imagen? cuál fue exactamente mi estado de ánimo al fijar
aquel segundo?...
No tendremos otro remedio que reconocer que no existe
túnel del tiempo, no existe forma de estar realmente allí,
frente al abuelo, siendo los que éramos entonces. En cambio, a pesar
de la inexactitud, tenemos la sensación de que las imágenes
son verídicas y precisas.
Igual sucedería si describimos
en veinte minutos lo que sucedió en una hora: lo podemos hacer de
tal forma, que tengamos la sensación de decir exactamente lo que
sucedió. Pero evidentemente, aquí exactitud quiere decir otra
cosa que una medida al pie de la letra, en la cual estuviera reflejado cada
milisegundo de lo sucedido. Todo ello confirma que la memoria no es un video
literal sino una especie de habilidad cinematográfica de resumir
lo sucedido de una manera verosímil.
Un guionista que quisiera
describir una escena representativa de la vida rutinaria de un matrimonio,
elegiría un prototipo, una secuencia determinada de planos, un diálogo,
una escenografía. Con todo ello trataría de ser verosímil,
no testigo neutro, ni periscopio indiscreto que refleje los hechos sucedidos
para que el espectador los vea tal como son. Los escritores lo saben bien
cuando emplean el imperfecto (había un matrimonio, que hacía,
que era, etc.) para transmitir una tipicidad.
El saber es una capacidad
de procesar la realidad, que puede ser utilizado después de adquirido
para codificarlo de nuevo en algún tipo de medio expresivo: en imágenes
más o menos vivas (coloreadas, animadas), música, postura
corporal, dibujo, escritura, etc.
Lo que sabe un pintor de una batalla
lo puede plasmar bajo forma de pintura sobre un lienzo, percibido a continuación
por el espectador del cuadro, quien, como interpretador de símbolos,
dará movimiento a los trazos inmóviles de la tela, postulando
antecedentes y consecuentes al momento expresado, es decir, que imaginará
a su modo, una batalla de la cual averiguará algo, independientemente
de que en el cuadro sólo existan pinceladas de óleo.
Sabiendo -en código semántico- podemos acudir a distintas
áreas del cerebro donde hay procesamiento de caras, de sonidos, de
oraciones sintácticamente bien construidas, etc.., y en todo ese
río revuelto pescar los materiales suficientes para construir de
nuevo, ahora, una escena. No haremos entonces otra cosa que rellenar, ampliar
el esquema inicial utilizado como sentido último y simular que una
presencia sucede (justo al revés de lo que hacemos cuando percibimos
una presencia análoga en la realidad). De esta forma podremos construir
imágenes que tengan cierto parecido con la realidad, aunque no son
la realidad, sino bajo forma de re-presentación.
En la alucinación,
en cambio, está claro que construimos una imagen de realidad que
pasa como la misma realidad presente ahora frente a mí. Si aquí
en medio de la habitación alucinase una serpiente, para mí
existiría esa serpiente de la misma forma que la silla o la ventana,
aunque de una forma mucho más inesperada, desde luego. Sucede algo
que en programación de redes neuronales se llama retropropagación
que consiste en configurar un input (perceptual en este caso) según
un output (resultado deseado). Esto es, de qué manera se tendría
que percibir una realidad para ver en ella una serpiente.
El pasado
se recrea cada vez que recordamos. Recordar es una forma de representarnos
algo que sabemos y no precisamente una mecánica del retrato, un revelado
exacto de lo sucedido.
Por otro lado, cuando decimos que sabemos lo
sucedido en nuestro pasado, no tenemos que entenderlo forzosamente, aunque
ocurra a veces, como que tenemos imágenes en el sentido fuerte del
término, sino que se parece más al pensamiento verbal. Muchas
veces vemos una imagen, supongamos una señal de tráfico, y
lo traducimos a términos lingüísticos (v.g.. prohibido
el paso). Esto último es evidente en la lectura, en la que vemos
una /p/ pero la traducimos como fonema "p". Las experiencias que
vemos, que sentimos, las podemos memorizar mediante métodos de almacenamiento,
esto es, descompuestas por un análisis que deducirá los elementos
últimos de sentido. Esta especie de estructura profunda del significado,
puede ser retomada parcialmente y las partes pueden ponerse en relación
mutua o con otros conocimientos previos, o ser traducidas a diferentes formas
simbólicas distintas a la original.
Teniendo tales reglas, nos
permitimos un despegue respecto de la materialidad de lo acontecido y podemos
ser como esos dramaturgos que edifican a su gusto un guión, un teatro,
para transmitir una realidad vista por ellos.
Si nosotros miramos con
detalle una de tales escenas, síntesis de muchos acontecimientos,
veremos que se trata de algo similar a lo que decíamos de aquella
imagen del abuelo, en plano americano, en primer plano o plano completo
que valía por el abuelo.
Cuando se habla de la memoria empleando
metáforas fotográficas, habría que tener en cuenta
que la foto vale por la persona. Hace las veces de la persona cuando a través
de ella nos ayudamos para, dado un cierto vacío de formas, reconstruir
el infinito continuo del tiempo. La foto, bien mirado, no se corresponde
con nada de lo que exactamente pasó. Aunque nos asombre la información
que puede llegar a proporcionarnos nunca deberemos confundirla con una repetición
de algo ya sucedido. Por la misma razón, podemos generalizar estos
ejemplos diciendo que en la memoria no hay repetición posible, sino
una síntesis más o menos rica en información.
La llamada memoria fotográfica se tiene que entender como una habilidad
de la acción presente. Pongamos el ejemplo de la mnemotécnica
de Simónides: decido ahora imaginar que paseo por una mansión
con columnas y estatuas, y hago como si dejase cosas en cada lugar por el
que paso: la inventio del discurso la dejó debajo de Venus, la dispositio
en la columna que le sigue, luego la elocutio a los pies de Atenea, y así
sucesivamente... (3) Se trata de simular acciones, y aun siendo ficticias, tienen
la suficiente intencionalidad como para subordinar los datos que se posan
aquí y allá como medios de llevarlas a buen término,
y susceptibles de ser recordadas como podría recordar un acontecimiento
sucedido o el argumentos de una película. Similar técnica
era la utilizada por el hombre prodigio que nos describe Luria en Pequeño
libro de una gran memoria: recorría una calle muy familiar e iba
colocando números y objetos en distintos sitios; más tarde
sólo tenía que simular mentalmente el mismo paseo.
Podríamos
preguntarnos, las acciones y cosas que se quieren memorizar cómo
se dejan en olvido de forma que luego las podamos recuperar? Para contestar
a esto vamos a referirnos a una acción de cierto nivel de complejidad.
Aceptemos el caso de que pretenda acudir al abogado para ser aconsejado
sobre un litigio. Como la acción en cuestión comprende gran
número de pasos (salir de casa, llevar papeles en un portafolios,
mirar el número de la calle, etc.) también se multiplica el
número de veces que se toman decisiones a lo largo del trayecto de
la acción. Esto último quiere decir que no sólo elegimos
ir a un abogado para ser aconsejados, sino también qué ropa
nos ponemos ese día -no vamos a ir desnudos por la calle y arriesgarnos
a que nos detenga la policía local-, qué papeles vendría
bien enseñarle, y en definitiva hasta caminar por la calle a un ritmo
u otro, teniendo en cuenta la hora a la que hemos quedado. En resumen hay
muchas cosas aparentemente al margen de pedir consejo que están,
en cambio, en estrecha dependencia a la hora de realizar concretamente la
acción anticipada.
Esto quiere decir que hemos de tomar una
cierta distancia respecto a lo que nos interesa y tener en cuenta el conjunto
de cosas que nos atañen. Aunque en un momento dado queremos realizar
la acción de que se trata, no es sólo eso lo que nos preocupa.
Estamos decantados, es cierto, pero no tanto que olvidemos tener en cuenta
un máximo rendimiento junto a un mínimo coste en relación
al conjunto de proyectos que nos llevamos entre manos.
Así es
como, junto a lo que nos interesa en un momento realizar, y que para llevarlo
a cabo elegimos sus pasos adecuados, están siendo mantenidas las
demás características en suspenso activo: permitiendo aquellas
cosas que ni favorecen ni estorban a la acción, aprovechando aquellas
otras que lo favorecen, y tratando de neutralizar las que perjudican.
La amabilidad y simpatía del abogado favorecen la relación
de ayuda al cliente, mejorando la transmisión y efectividad del consejo,
pero de todas formas no puede decirse que sea siempre imprescindible. Si
el abogado está serio porque tiene un familiar enfermo igual puede
aconsejarnos con suficiente eficacia. La simpatía del abogado es
percibida y procesada de alguna forma como conveniente, aunque en el foco
de la atención lo que prime sea el consejo que buscamos. También
pueden surgir inconvenientes. Por ejemplo, si el abogado me pide que le
haga el nudo de la corbata, qué decisión tomaré? Puede
ser que su petición se convierta en un elemento tan inconveniente
que hasta prefiera renunciar al consejo del abogado con tal de no fracasar
en el mantenimiento de mi orgullo personal por culpa de la realización
de un acto excesivamente servil.
Todos los datos que se van procesando
mientras se actúa, son ordenados y agrupados, los unos como foco
de lo que interesa y los otros como neutros o bien como elementos a potenciar
porque favorecen o bien como elementos que hay que contrarrestar porque
perjudican a la acción de que se trate (o a otra colateral que se
vería afectada si no se toman las medidas oportunas).
Siempre
hay un poco de todo, porque nosotros simplemente pretendemos imprimir un
cierto orden a una realidad completa que siempre nos envuelve.
Algunas
personas fracasan en el control de las inconveniencias de las acciones,
de tal forma que, excesivamente concentradas en lo troncal, no pueden prestar
atención al curso complejo de sus acciones y con ello siembran futuros
desvíos y descarrilamientos.
Hay por lo general, muchos inconvenientes
para todo lo que hacemos, y nos pasamos gran parte del tiempo liquidándolos.
Cuando nos va bien, la reina de la atención es la línea recta,
y si no, lo es la línea quebrada del problema, que es aquella que
aparece cuando el coeficiente de resistencia de la realidad contradice frontalmente
nuestras expectativas.
Sucede lo mismo con el goce del amor. Cuando
falla en la pareja, sus miembros discuten sobre el amor, el que se les debe,
el herido, el perdido, etc. y si la relación va sobre ruedas, se
olvidan de hablar sobre el amor y simplemente disfrutan de lo que realizan
juntos.
Nada hay en la vida que no tenga inconvenientes y desorden.
Hasta los mismos átomos poseen dentro de su aparente configuración
de punto perfecto un caos de subpartículas en constante y loca ebullición.
La memoria no refiere sólo a lo que una persona aislada pretende
archivar para la conveniencia de sus propios asuntos, sino que también
puede ser colectiva. Sabemos cosas sobre nosotros, que también sabemos
de las demás personas, individualmente o configurando organizaciones
sociales. Por ejemplo, sabemos que si cometemos un delito puede que nos
persiga la policía, o que cada cuatro años hay elecciones,
o que en el siglo diecisiete los señores a la moda usaban peluca,
o que se dice que un tal Guillermo Tell atravesó con una flecha una
manzana que tenía un niño puesta en la cabeza.
Memoria,
olvido y decisión, en contra de la tradición de ciertos psicólogos
y fisiólogos, no son temas que puedan contemplarse por separado.
Son cosas que en el mundo de los actos van juntas. Si decido acudir al curso
a las siete, y sólo si lo decido, puedo olvidarme durante el día
de este asunto con la seguridad de que en el momento oportuno, como un puntual
despertador, y quizá justo cuando podría pensar en ir al cine
después de salir del trabajo, la nota a las siete tienes curso aparece
por arte de magia para guiarme benévolamente hacia donde había
ordenado antes ir.
La afluencia de datos necesarios para el desarrollo
de la acción funciona en régimen de confianza: confiamos simplemente
en que los sistemas automáticos se desenvolverán a gusto de
nuestras necesidades. Suponemos que la memoria esclava cumplirá puntualmente
nuestras órdenes. Es lo que normalmente sucede, aunque de tanto en
tanto se rebela, para volver luego a su cauce. Es más, si desconfiamos
es posible que la memoria no de su máximo rendimiento, o al menos
no nos salva de las contradicciones de darle ordenes contradictorias que
igualmente cumple.
La memoria del pasado no se puede tomar de forma
literal como si existiese un revival de la sucedido. Lo que ocurrió
no puede volver a repetirse igual, ya que desde entonces al ahora hay el
abismo del tiempo que ya no existe. Las imágenes del pasado son eso,
re-presentaciones. Hay una diferencia entre presentación inmediata
de las cosas que se da cuando estamos aquí y ahora en el mundo, de
una re-presentación o seudo-presencia. Las imágenes del pretérito
son más pobres en cuanto a densidad que las actuales, aunque afectivamente
pudiera ser al revés. Aun pareciéndonos los recuerdos sumamente
vivos, no van a dejar de ser construcciones a posteriori, y su sentido partirá
siempre de la acción actual.
Si escribimos un libro de historia
de la antropología, al igual que decíamos que la imagen del
abuelo era construida según una intención actual, sucederá
que reconstruimos un pasado antropológico para algo: no se podrá
desligar el contenido de la historia pasada de la decisión intencional
de reconstruir un pasado. Al lado de los contenidos del libro que trate
sobre el Imperio Romano, existirán las razones por las que se escribe:
rebatir, confirmar, contribuir a un campo del conocimiento, divulgar, opinar...
No se puede olvidar, por consiguiente, que al pensar el pasado, también
hay una finalidad por la que se hace tal cosa. Constantemente hacemos un
resumen de lo que ha sido nuestra vida, nos situamos al vernos en una posición,
y por eso necesitamos, como al leer historietas que continúan, resúmenes
provisionales del estado de las cosas, por ejemplo, si vamos siendo felices
o si nos torcemos por mal sitio.
Cuando preguntamos a alguien cómo
le ha ido el día nos contesta que bien, mal o regular. A lo largo
del día atravesamos multitud de pequeños incidentes: tropezamos,
nos alegramos, nos entristecemos. Hay muchas situaciones realmente diferentes,
por lo tanto un resumen de la sucedido en el día no puede ser otra
cosa que un balance según algún tipo de criterio personal.
Constantemente necesitamos situarnos en nuestra propia historia. Por
otra parte se trata de una historia colectiva, en la que funcionamos como
agentes y como pacientes respecto a otros prójimos. Dicho de otro
modo, hacemos balance de como ha ido y va nuestra vida social. Para nadie
la vida es algo que se aísla del exterior, se mete debajo de la piel
y lo demás no cuenta, sino que la persona tiene presente a la hora
de realizar balance todas las relaciones en las cuales se involucra en el
mundo en general a o largo de su vida.
Debido a que un individuo puede
hacer un balance a propósito de su posición en la sociedad,
otros individuos -que también a su vez hacen tal cosa- pueden darle,
como resultado contable, balances negativos. Puede suceder que una familia,
un grupo, una institución o sociedad entera estén deprimidos
debido a tal suerte de juicios adversos. Se habla entonces de clima, atmósfera
de grupo, en vez del cómo te va.
Cada cual tiene un centro desde
donde contempla a los demás, y los demás están, respecto
a ese centro, en la periferia. Para cada uno de los miembros varía
ese centro, y de la noticia que tenemos tod
os de los distintos centros podemos hacer dibujos colectivos,
como por ejemplo una reunión en círculo de amigos o una pirámide
jerárquica, las asambleas circulares del ágora griega, el
modelo cosmogónico de la antigüedad como una serie de círculos
concéntricos, o la imagen actual de un hombre-punto minúsculo
sumergido en un espacio infinito en expansión.
El balance de
resultados es un elemento básico de las estrategias de acción.
Constantemente nos vemos obligados a realizar ajustes y evaluaciones para
imprimir un curso favorable a los acontecimientos. Lo que podemos entender
por mejorar, aquello en que se basa el ánimo expansivo, no consiste
precisamente en el que el desarrollo de las acciones se dé al azar
o en aceptar lo que venga, sino que más bien, lo que nos proponemos
todos es situarnos por encima del renglón que las experiencias vividas
nos han dejado como poso en la memoria del conjunto de nuestra lista de
méritos, posesiones y goces.
El paso del tiempo que vamos resumiendo
constantemente nos da una posición de lo que hemos conseguido, hasta
donde hemos llegado. Esto lo necesitamos para saber qué es para nosotros
mejorar o degradarnos. Saber lo que es mejorar o empeorar es tener una regla
con la que regular las experiencias de expansión y reducción.
Cuando uno desea y realiza su deseo, está a gusto, pero ese
gusto tiene que ver más que con la mera realización, con la
apuesta de mejora que tiene para la persona su deseo. Por el contrario,
cuando la persona ve que se degrada, reduce sus posibilidades, su saber,
su poder, ello le crea una sensación de frustración o depresión.
Aunque ocurriese que por lo demás hace las cosas normalmente, comer
pasear, etc. va a sentir una profunda inquietud, cierta melancolía
y tristeza porque sabe que no está mejorando sino que está
corriendo el peligro de deteriorarse. Aparece la sombría posibilidad
de que muera su aspiración social, que es parte de la vida humana,
y agoniza por adelantado mientras se devana en el estudio de cómo
salir del atasco.
Los grandes planes de vida sintetizan el pasado al
mismo tiempo que predican determinado rumbo de ascenso para lo que queda.
De esta forma siempre tenemos un criterio para enjuiciar nuestra posición
actual.
Los ancianos tienen mucho pasado por sintetizar pero poco futuro
para darse esperanza. Si su vida está llena de fracasos y conflictos
les resultará muy difícil alimentar una buena solución
a ese panorama. Están amenazados por otro lado con la pérdida
de poder que representa un deterioro físico y una disminución
de las vinculaciones sociales. En resumen: verse perdedor es morir un poco.
Los animales agonizan cuando mueren físicamente, pero el ser humano
comienza a agonizar cuando muere su dignidad social, de forma que alcanzando
al nivel de vida puramente animal o vegetal se considera semi cadáver.
La síntesis que produce la memoria tiene que estar subordinada
a la acción, pero esta acción muy bien puede referirse a otra
de la que a su vez depende. Proyectos inmediatos que tenemos, por ejemplo
durante el día, están subordinados a planes semanales que
a su vez lo están de otros a largo plazo. Así, un chico pide
el número de teléfono de una chica. Acordarse del número
de teléfono es un elemento necesario para llevar a cabo un posible
contacto posterior, que a su vez forma parte -el contactar- de la necesidad
de encontrar una pareja con la cual formar una familia, es un supuesto.
Cuando se trate de momentos electivos claves, como formar una pareja, tener
niños, comenzar una nueva profesión, etc. tendremos que memorizar
cosas fundamentales de nuestra vida (4), y no tan sólo un número de teléfono. Incluso
a la hora de morir parece ser que muchos moribundos, para morir bien, necesitan
hacer un último balance de lo que ha sido su vida.
De hecho,
procesar la cultura recibida es vital para sobrevivir y orientarnos, para
tomar posición, para ver qué hacemos y dejamos de hacer. Los
datos que manejamos tienen que ver con la amplitud que para nosotros tenga
la cultura vivida. A mayor cultura más complejidad, más trabajo
vamos a realizar de síntesis, más fino y sutil.
Cuando
una persona no construye su propio orden no sabe bien hacia donde dirigirse.
El ordenamiento es para el hombre sus normas, su ideología, que a
su vez son apropiaciones de propuestas culturales para el deseo. Así,
querer formar una pareja, obtener una digna jubilación.
No tenemos
ideologías para salir perdiendo, sino que estamos convencidos, tenemos
confianza en que esas grandes propuestas resumidas para planificar la vida
son las mejores lecciones que podemos haber sacado de nuestra experiencia.
De llegar a descubrir la indignidad de la misión a la que son llamadas,
trataremos de realizar un trabajo de cambio.
Aceptamos ordenamientos
que provienen en gran parte de la cultura heredada, de la tradición.
Asumir una cultura nos parece bien porque nos proporciona una posibilidad
de goce que creemos buena.
Las ideologías nos llegan porque
se difunden, bien sea a través de libros, por la prensa u otros medios
de comunicación, bien por medio de la tradición oral del ambiente
que nos ha rodeado.
El ser humano necesita un empleo especial del tiempo
para sobrevivir y para poder ejecutar y sostener su vida social.
Necesitamos
del tiempo pasado y futuro para poder dar un sentido al presente y podernos
desenvolver en el presente según programas previos o teniendo en
cuenta expectativas de futuro.
Dónde están el pasado
y el futuro? El único lugar donde esa clase de tiempo puede estar
es en el presente. En presente estamos haciendo algo. El sentido que tiene
esa cosa que hacemos no lo vamos a encontrar jamás ateniéndonos
al hecho observable de los ojos. Supongamos que vemos a alguien que está
con el tirador de la ventana en la mano, qué hace? cierra o abre
la ventana?. Aunque no hayamos visto el inicio de tal acción, si
vemos que la persona se retira soltándolo, podemos deducir que antes
estaba cerrada.
El presente actual, inmediato, es intencionado, a diferencia
de otro actuar que fuese movido por otro tipo de reglas, como podría
ser la del empuje del viento.
Algunos sabios griegos, preocupados por
el estudio de los elementos que componían al hombre, al preguntarse
qué movía al hombre, su alma-motor, especulaban si se trataba
de un fuego o del éter.
Nosotros decimos hoy que lo que guía
la acción humana es la información. No son otra cosa los tiempos
imaginarios de futuro y pasado de los que estamos hablando.
Esta clase
de tiempos imaginarios nos ayudan a podernos guiar en el presente a nuestro
gusto, según nuestros deseos. Igualmente podríamos añadir,
que esto quiere decir tener intención o bien ser libres de hacer.
A veces se discute tontamente acerca de si tenemos libertad absoluta,
como si la pregunta por la libertad fuese acerca de si podemos hacer todo
lo que queremos. Evidentemente hay muchas cosas imposibles para nosotros,
como pueda ser reducirnos de tamaño a capricho, correr a la velocidad
de la luz, estar en dos sitios al mismo tiempo, por poner algunos ejemplos.
En el vocabulario ordinario ser libres quiere decir que entre varias
posibilidades, aquella que finalmente elijo no la escojo empujado por alguna
enfermedad que me obligue ineludiblemente a ello, ni por casualidad. Al
decir que hago libremente distingo el modo de hacer de estos dos que acabamos
de nombrar.
Libertad es un concepto que tiene sentido en un contexto
de varios términos ordenados, como cuando hablamos de temperatura
y distinguimos entre lo frío y lo caliente, situándonos de
esta manera. Teniendo la serie completa, y compartiéndola con los
demás, sabemos decir si hace frío o calor. De la misma forma
podríamos comunicarnos diciendo que las acciones las hacemos por
obligación, por posesión diabólica, por providencia
divina, por sugestión hipnótica o trastorno cerebral, o bien,
ello sería un extremo de la serie, por libertad, porque queremos
voluntariamente.
También la sociedad nos aprovisiona de conceptos-polos.
Para un mediterráneo la serie del frío acaba en lo gélido
y helado, pero para un groenlandés se extiende una larga serie de
matizaciones respecto del frío y la nieve.
Cada sociedad tiene
su tesoro lingüístico a la hora de describir su conocimiento
de la realidad. El pensamiento verbal es de fundamental importancia para
fijar lo que sabemos de las cosas.
En dos polos extremos iniciales
podemos incluir terceros o cuartos términos (como entre lo blanco
y lo negro podemos insertar lo que es gris), y pasar de una simple oposición
a una graduación matizada, como al añadir lo templado y lo
fresco al frío-calor. También podemos, respecto a la manera
de darse la acción, enriquecer matizadamente su descripción
como forma de dar cuenta de distintas circunstancias.
Así, junto
a lo hecho voluntariamente u obligatoriamente, una corriente cultural como
la psicoanalítica añadiría el actuar inconscientemente,
o bien una religiosa el actuar por inspiración divina, o una conductista
el actuar determinado por las contingencias de refuerzo o en cierto marxismo
el actuar por los dictados económicos. Este conjunto de problemáticas
de la intención las podemos agrupar en torno a la imputabilidad del
acto, esto es, los problemas de autoría y responsabilidad, y ello
siguiendo la regla de que el funcionamiento normal de actos que se cuestionan:
a) pueden devolverse a la normalidad diciendo que son voluntarios.
b) puede establecerse alguna variante, diciendo entonces que son involuntarios,
inconscientes, etc.
Se comprenderá entonces lo importante que
es memorizar los méritos y deméritos de las cosas buenas o
malas que nos vienen ocurriendo. De esta forma podemos estar dispuestos
en cualquier momento a dirimir qué cosas son nuestras, cuáles
podemos utilizar como medios de conseguir finalidades, en qué debemos
corregirnos para creer que somos interesantes a los demás, o que
merecemos cierto beneplácito de los otros. Por todas estas razones,
y otras muchas más que dejamos en el tintero, nos interesa mucho
hacer exactas listas de méritos, y por ello aparece ineludiblemente
la cuestión de la imputabilidad de tales acciones.
Baste recordar
lo importante que resulta en los juicios a presuntos criminales esclarecer
la imputabilidad de los actos que se le atribuyen, su grado de responsabilidad,
las atenuantes y agravantes. En resumen, las consecuencias sociales y personales
que tiene una acción dependen en buena medida, a la hora de significarla,
de cómo creemos que se desarrolla esa acción en lo referente
a su imputabilidad.
Cuando estamos en el curso de una acción,
el pasado cuenta por todo lo recorrido provisionalmente. Supongamos un novio
que ha tomado la decisión de comprar un piso. En un momento comienza
a dar los primeros pasos, leer los reclamos del periódico, visitar
una agencia... Cuando decide por primera vez comprar el piso no había
pasado de ese deseo, sólo existía la pura expectativa. Fue
un punto del presente real en el que hizo nacer un futuro, abrió
una historia.
En el ahora, en el que no ha decidido nada más
que decidir-hacer, es el punto de máxima anticipación y de
mínima densidad real, pero aun con todo, necesariamente, algo real.
Porque algo está en su cuerpo, algo hace, el estar precisamente
en puro embelesamiento, lo que es un tipo de acción a igual título
que pudiera serlo divagar o estar pensando sesudamente. Está anclado
a la realidad a través del cuerpo que palpita, que se conmueve.
Por otra parte, como se está prometiendo un futuro goce, que se caracteriza
por obtenerlo imaginariamente por anticipado, hay ahí el mayor goce
por algo que se realiza en casi nada.
Si tuviese ya algo entre las
manos, por ejemplo papeles, llaves, ya habría una pequeña
tradición, a la que desde luego le quedaría todavía
el anuncio de lo que falta por conseguir. Hay también, estando a
medio camino, un goce real de estar disfrutando de un trocito de piso, como
pueda ser la llave de la puerta. Es un consumo directo, aunque parcial.
El día en el que consigue el piso, ese día ya no puede
gozar más de la expectativa de tener un piso, porque ya lo tiene.
De lo que puede gozar es del éxito final y real, y tras ese final
no puede volver a desearlo, ni gozar anticipadamente de llegar a obtenerlo.
La acción de compra se ha acabado, aunque puede ser seguida
por el entusiasmo de un nuevo deseo, por la fiebre de nuevos horizontes
y amplitudes, por ejemplo decorar el apartamento, lo cual le compromete
de nuevo con una aventura de confort y de estética.
Después
de acabar una acción comienza otra, de tal manera que pasa de un
entusiasmo a otro. En vez de conformarse con lo que ha ganado o bien deprimirse
por lo que todavía queda, está alegre porque se las arregla
para estar siempre saboreando por adelantado, imaginariamente, goces que
vendrán.
Se da la paradoja de que, en el caso de que nos vayan
bien las cosas, estamos la mayor parte del tiempo gozando de lo que estamos
realizando con éxito, y gozando por anticipado del éxito futuro
que -dada la buena marcha de los acontecimientos- gozaremos más aun
que en el presente. Para aumentar el goce parece que no exista forma más
adecuada que animar deseos de los que volver a gozar en el futuro. En conjunto
tendremos muchas ocasiones de estar en una expectativa y menos bloqueados
en un consumo de algo deseado previamente.
En la suma total de lo que
consumimos realmente y lo que nos falta a lo largo de un día tiene
que sobrar expectativa para no estar liquidados por algún peligroso
hastío o vacío de consumo.
Este es el pequeño
secreto de la ambición. Con ella siempre vamos a estar comprometidos
en algo que desborda nuestra capacidad presente y real, de manera que nos
arrancaremos hacia las diversas etapas o conquistas que, planteándonoslas,
nos permiten estar cuasi-teniéndolas.
La depresión representa
la marca cognitiva que tenemos para desatender la marcha de la ambición.
Damos en ella por imposible una acción, y es un duelo del reconocimiento
de la ruina de un futuro goce que esa acción pudiera reportar.
Si se muere un ser querido, la vida es nueva para mí, tendré
que renunciar a compartirla con él. Puede que esa novedad sea difícil
de digerir: algunas cosas me surgirá desearlas como si estuviera
viva la otra persona, porque he puesto en el mecanismo activo del olvido
programas para la consecución de goces que tenía que ver con
ella. He ideologizado mi cerebro, he dispuesto horas de cenar, asuntos pendientes,
planes a largo plazo. Cómo podré borrar todas esas órdenes
que he dejado en olvido? Esta es la función del duelo, la de ser
un borrador, un tachador que pone la cruz de imposible a los deseos para
que se re-codifiquen como no volver a surgir o no realizarse ya. Desanimar
un deseo, que es todo lo contrario de animarlo, requiere operaciones igualmente
activas, una laboriosidad sistemática de desactivación y parálisis
de los deseos.
Cada vez que se inmoviliza un deseo que todavía
tenemos se da el dolor de esa descarga sobre el cuerpo que justo en ese
momento se encendía. El grado de dolor dependerá del número
de deseos que liquidemos y cuan importantes sean para nosotros.
Si
no se tachasen los deseos, se darían como absurdas pretensiones,
como al querer dormir abrazados con la pareja que ha muerto, como era nuestra
costumbre.
Cortar con una relación afectiva que temporalmente
ha dado poca ocasión a tener expectativas a largo plazo dolerá
poco, pero un vínculo consolidado y profundo, con una memoria rica
en programas que canalizan el orden de la sensibilidad, el sistema perceptivo,
ritmos, valores, hábitos, todo un mare-magnum de cosas arraigadas,
todo eso no desaparece en un momento en el que digo si, ha muerto. No es
suficiente, se necesita más trabajo, múltiples operaciones
de borrado.
Lo que la persona quiere es muy amplio, y las vinculaciones
por las que puede dolerse si fracasan tan ampliadas como sus deseos. están
los vínculos y relaciones sociales de trabajo, de amistad, familiares,
de intereses, de ambientes y aquellas ideas reconfortantes que se vienen
a pique.
En ocasiones es difícil remontar una crisis de cambio
personal o social. Puede que con ese afán de no sufrir no queramos
del todo darnos por enterados, renunciando a medias, como un alcohólico
no del todo convencido a renunciar a su bebida consoladora..
Referencias
1. Con los ejercicios de rememoración, el pitagorismo pretendía
suministrar un medio de autoconocimiento, un modo de saber qué cosa
es nuestra alma, de reconocer a través de la multiplicidad de sus
encarnaciones sucesivas la unidad y continuidad de su historia Ignacio Gómez
de Liaño, El idioma de la imaginación, Ed. Taurus 1982, pág.
60.
2.
Este logro de Simónides parece haber dado nacimiento a la observación
de que la memoria se ve auxiliada si se estampan lugares en la mente, lo
que todos pueden creer comprobándolo experimentalmente. Pues cuando
regresamos a un lugar tras una ausencia considerable, reconocemos no sólo
el propio lugar, sino que recordamos cosas que allí hicimos, y comparecen
las personas que encontramos y aún los indecibles pensamientos que
pasaron por nuestras mentes cuando allí estuvimos. Quintiliano, Institutio
oratoria III, iii, 4
3. Cicerón dice que se debe emplear un amplio número
de lugares, que han de estar bien iluminados, clara y ordenadamente construidos
y separados por intervalos moderados; y las imágenes han de ser activas,
punzantemente definidas, desacostumbradas y con capacidad de salir rápidamente
al encuentro y de impresionar la psique De oratore, II,lxxxvii, 358.
4. De ahí
esa cara de despiste que podemos poner cuando nos hablan del el señor
y la señora, su hijo, su marido y tardamos en darnos cuenta de que
se refieren a nosotros.