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Samir Amin
Revista Globalización
Este artículo es una reconstrucción de notas de una conversación que se dio con ocasión de la reunión del Foro Social Mundial en Porto Alegre, en enero del 2001.
El imperialismo no es una etapa, ni siquiera
la etapa más alta del capitalismo: desde el comienzo es inherente
a la expansión del capitalismo. La conquista imperialista del planeta
por los europeos y sus hijos norteamericanos, se realizó en dos fases,
y quizás esté entrando en la tercera
La primera fase de
esta empresa en desarrollo, se organizó en torno a la conquista de
las Américas, dentro del marco del sistema mercantil de la Europa
Atlántica de aquella época. El resultado claro fue la destrucción
de las civilizaciones indígenas y la Hispanización /Cristianización
o simplemente el genocidio total sobre el que se construyó los EEUU.
El racismo fundamental de los colonos Anglo-Sajones explica por qué
el modelo se reprodujo en todas partes, en Australia, en Tasmania (el genocidio
más completo de la historia), y en Nueva Zelandia. Pues si los católicos
españoles actuaban en nombre de la religión que debía
ser impuesta a los pueblos conquistados, los protestantes anglo-sajones
derivaban de su particular lectura de la Biblia el derecho a eliminar a
los "infieles". La infame esclavitud de los negros, que se hizo
necesaria tras el exterminio de los indios, se impuso bruscamente para asegurar
que las partes útiles del continente pudieran ser explotadas. Nadie
hoy día puede dudar de los motivos reales de todos estos horrores,
al menos que se ignora su relación íntima con la expansión
del capital. Sin embargo, los europeos contemporáneos aceptaron el
discurso ideológico que los justificaba-y las voces de protesta como
la del Padre Las Casas—no encontraron muchos simpatizantes.
Los desastrosos
resultados que produjo este primer capítulo de la expansión
capitalista mundial, hizo que más tarde las fuerzas de liberación
desafiaran la lógica de su producción. La primera revolución
del hemisferio Occidental fue la de los esclavos de Santo Domingo (lo que
hoy es Haití) , a fines del siglo XVIII, seguida más de un
siglo después por la revolución mexicana de la década
de 1910, y cincuenta años después por la revolución
Cubana. Y si no cito aquí la famosa "revolución Americana"
o las de las colonias de España que la siguieron, es porque éstas
sólo transfirieron el poder de decisión de las metrópolis
a los colonos de modo que éstos continuaron haciendo lo mismo, persiguiendo
los mismos proyectos aún con mayor brutalidad, sólo que sin
tener que compartir las ganancias con "la madre patria".
La
segunda fase de la devastación imperialista se basó en la
revolución industrial y se manifestó en la sujeción
colonial de Asia y de África. "Para abrir los mercados"—como
el mercado del opio que fue impuesto a los chinos por los puritanos de Inglaterra—y
apoderarse de los recursos naturales del globo fueron los motivos reales
aquí, como ya todos saben. Pero una vez más, la opinión
europea –incluyendo al movimiento obrero de la Segunda Internacional—no
ve estas realidades y acepta el nuevo discurso legitimador del capital.
En esta ocasión se trató de la famosa "misión
civilizadora". Las voces que expresaron el pensamiento más claro
de la época fueron las de los burgueses cínicos, como Cecil
Rhodes, que apreció la conquista colonial como un antídoto
a la revolución social en Inglaterra. Una vez más, las voces
de protesta—desde la Comuna de Paris a los bolcheviques—tuvieron poca resonancia.
Esta segunda fase del imperialismo está en el origen del más
grande problema con el que se ha enfrentado la humanidad: la inmensa polarización
que ha aumentado la desigualdad entre las gentes de una proporción
de dos a uno en los alrededores del 1800, a la de 60 a 1 en nuestros días,
en donde sólo el 20% de la población mundial queda incluída
en los centros que se benefician con el sistema. Al mismo tiempo, esos prodigiosos
logros de la civilización capitalista dieron lugar a las más
violentas confrontaciones entre los poderes imperialistas que el mundo haya
visto. La agresión imperialista otra vez produjo las fuerzas que
resistieron ese proyecto: las revoluciones socialistas que ocurrieron en
Rusia y en China (de un modo nada de accidental, todas ocurrieron en periferias
que eran víctimas de la expansión polarizadora del capitalismo
realmente existente) y las revoluciones de liberación nacional. Su
victoria dio medio siglo de respiro, tras la Segunda Guerra Mundial, que
alimentó la ilusión de que el capitalismo, obligado a ajustarse
a las nuevas situaciones, al menos se las había arreglado para llegar
a civilizarse.
La cuestión del imperialismo (y tras ésta,
su opuesto—la liberación y el desarrollo) han continuado pesando
en la historia del capitalismo hasta el presente. Así la victoria
de los movimientos de liberación que justo después de la Segunda
Guerra Mundial gana la independencia política de naciones de Asia
y de Africa, no sólo pusp fin al sistema del colonialismo sino que,
también, de cierta manera llevó al final de la era de la expansión
Europea que había comenzado en 1492. Durante cuatro siglos y medio,
desde 1500 a 1950, esa expansión había sido la forma adoptada
por el desarrollo del capitalismo histórico, de modo que estos dos
aspectos de la misma realidad habían llegado a ser inseparables.
Para ser más exactos, el "sistema mundial del 1492" ya
había sido roto a finales del siglo XVIII y a comienzos del XIX por
la independencia de las América. Pero esta quiebra había sido
sólo aparente, ya que la referida independencia se alcanzó,
no por los indígenas o los esclavos importados por los colonos (excepto
en Haití) sino por los mismos colonos, que intentaron transformar
a América en una segunda Europa. La independencia reconquistada por
los pueblos de Asia y África buscó un significado diferente.
Las clases dirigentes de los países coloniales de Europa no dejaron
de entender que se había dado vuelta una página en la historia.
Se dieron cuenta que debían abandonar el punto de vista tradicional
de que el crecimiento de su economía capitalista doméstica
estaba unido al éxito en la expansión imperial. Era el punto
de vista que había sido mantenido no sólo por los poderes
coloniales—primordialmente Inglaterra, Francia y Holanda—sino también
por los nuevos centros capitalistas formados en el siglo XIX—Alemania, EEUU
y Japón. De acuerdo a esto, los conflictos intra-Europeos e internacionales
eran primordialmente luchas por las colonias del sistema imperialista de
1492. Se entendía que los EEUU se reservaba para sí los derechos
exclusivos sobre todo el nuevo continente.
La construcción de
un gran espacio Europeo –desarrollado, rico, que contara con un potencial
tecnológico y científico de primera clase, y fuertes tradiciones
militares—pareció constituir una sólida alternativa sobre
la que se podía basar el nuevo crecimiento de la acumulación
capitalista, "sin colonias"--.esto es, sobre la base de un nuevo
tipo de globalización, diferente a la del sistema de 1492. El problema
que quedaba en pie, era cómo, de qué manera, este nuevo sistema
mundial podía diferenciarse del antiguo, si continuaba siendo tan
polarizado como el anterior, aún con una nueva base, o si dejara
de ser así.
Sin duda, esta construcción, que está
muy lejos de terminarse, pero que sí está atravesando una
crisis que pone en cuestión su significado a largo plazo, sigue siendo
una tarea difícil. No se han encontrado todavía fórmulas
que hagan posible la reconciliación de las realidades históricas
de cada nación, que tanto pesan sobre la formación de una
Europa políticamente unida. Agréguese a eso, la visión
de cómo este espacio económico y político europeo pueda
calzar con el nuevo sistema global, que tampoco está construido,
lo hace que todo permanezca ambiguo, para no decir nebuloso. ¿Será
este espacio económico el rival del otro gran espacio, el que fue
creado en la segunda Europa por los EEUU? De ser así, ¿de
qué modo esta rivalidad afectará las relaciones de Europa
y de los EEUU con el resto del mundo? ¿O actuarán en concierto?
En este caso, ¿los europeos aceptarán participar como socios
en esta nueva versión del sistema imperialista de 1492, manteniendo
sus opciones políticas en conformidad con Washington? ¿Bajo
qué condiciones la construcción de Europa podría ser
parte de una globalización que pusiera fin definitivo al sistema
de 1492?
Hoy presenciamos el comienzo de una tercera ola de devastación
del mundo por una expansión imperialista, apoyada por el colapso
del sistema Soviético y de los regímenes nacionalistas populares
del Tercer Mundo. Los objetivos del capital dominante siguen siendo los
mismos –el control de la expansión de los mercados, el saqueo de
los recursos naturales de la tierra, la superexplotación de las reservas
de trabajo en la periferia—aún cuando todo esto se persiga bajo condiciones
que son nuevas y en muchos respectos muy diferentes de las que caracterizaron
la fase precedente del imperialismo. El discurso ideológico diseñado
para asegurar el predominio de pueblos de la tríada central (EEUU.Europa
Occidental y Japón), ha sido remozado y ahora se funda en "el
derecho a intervenir", que supuestamente se justifica en "la defensa
de la democracia", "los derechos de los pueblos" y en el
"humanitarismo" . Los ejemplos de duplicidad son tan flagrantes
que para Africanos y Asiáticos llega a ser obvio el cinismo con que
se usa este lenguaje. La opinión occidental, sin embargo, ha respondido
con el mismo entusiasmo como frente a las justificaciones de las primeras
fases del imperialismo.
Todavía más: para alcanzar este
fin, los EEUU lleva a cabo una estrategia sistemática diseñada
para asegurar su absoluta hegemonía mediante una demostración
de poder militar que consolida tras él a todos los socios de la Tríada.
Desde este punto de vista, la guerra de Kosovo cumplió con una función
crucial, obtener la total capitulación de los estados de Europa,
que apoyaron la posición americana sobre los nuevos "conceptos
estratégicos" adoptados por la OTAN, inmediatamente después
de "la victoria" en Yugoslavia en abril23-25, de 1999. En este
"nuevo concepto" (referido rudamente al otro lado del Atlántico
como "la doctrina Clinton"), la misión de la OTAN queda,
para todos los fines prácticos, extendida a toda el Asia y el África
( LOS EE.UU, ya desde la Doctrina Monroe, se reservaba el derecho a intervenir
en América), lo que viene a ser una admisión de que la OTAN
ya no es una alianza defensiva sino un arma ofensiva de los EEUU. Al mismo
tiempo, esta misión es definida en los términos más
vagos que se pudiera imaginar, para incluir nuevas "amenazas"
(crimen internacional, "terrorismo", el "peligroso"
armamento de países que están fuera de la OTAN,etc.), lo que
llanamente hace posible justificar casi cualquier agresión que pudiera
antojársele a los EEUU. Clinton, no se hizo de rogar para referirse
a "estados deshonestos", a los que habría que atacar "preventivamente",
sin especificar lo que quería decir por la tal deshonestidad.
Agréguese que la OTAN se libera de toda obligación para actuar
sólo bajo un mandato de las Naciones Unidas, que es tratada con un
desprecio similar al que mostraron los poderes fascistas con la Liga de
las Naciones (hay una asombrosa similitud en los términos utilizados).
La ideología americana es cuidadosa en empacar su mercancía,
el proyecto imperialista, en el inefable lenguaje de "la misión
histórica de los EEUU". Una tradición heredada desde
los comienzos por "los padres fundadores", seguros de su inspiración
divina. Los liberales americanos –en el sentido político del término,
los que se consideran a "la izquierda" en su sociedad—comparten
esta ideología. De acuerdo con esto, presentan la hegemonía
americana como necesariamente "benigna", la fuente del progreso
en escrúpulos morales y en la práctica democrática,
que necesariamente están ahí para dar ventajas a quienes,
a sus ojos, no son víctimas de este proyecto, sino sus beneficiarios.
La hegemonía Americana, la paz universal, la democracia y el progreso
material se juntan como términos inseparables. Por supuesto, la realidad
queda en cualquier otra parte.
La increíble extensión
en que la opinión pública europea ( y particularmente la opinión
de la izquierda, en lugares en donde tiene la mayoría) se ha juntado
en torno a este proyecto –la opinión pública en los EEUU es
tan ingenua que no plantea ningún problema—es una catástrofe
que no dejará de tener consecuencias. Las intensas campañas
de los medios, enfocadas hacia regiones hacia donde se dirige la intervención
americana, sin duda explica este amplio acuerdo. Pero más allá
de eso, la gente en Occidente está persuadida de eso porque los EEUU
y los países de la Unión Europea son "democráticos",
sus gobiernos son incapaces de tener "malas intenciones", algo
que queda reservado solamente a los sangrientos "dictadores" del
Oriente. Están tan cegados por esta convicción que olvidan
la influencia decisiva de los intereses del capital dominante. Y así,
una vez más los pueblos de los países imperialistas se niegan
una conciencia clara.
Desarrollo y Democracia: los aspectos
inseparables de un mismo movimiento.
La democracia
es uno de los requerimientos absolutos del desarrollo. Pero todavía
tenemos que explicar por qué, y bajo qué condiciones, porque
es sólo muy recientemente que esta idea ha sido, al parecer, generalmente
aceptada. Hasta hace poco el dogma dominante en Occidente, en el Oriente
y en el Sur, era que la democracia era un "lujo" que sólo
podía llegar cuando "el desarrollo"hubiera solucionado
los problemas materiales de la sociedad. Esa fue la doctrina oficial compartida
por los círculos dirigentes del mundo capitalista (por los EEUU para
justificar su apoyo a los dictadores militares de América Latina,
y a los Europeos para justificar sus propios regímenes autocráticos
en África); por los estados del Tercer Mundo (en donde el desarrollismo
latinoamericano se expresó tan claramente); y por Costa de Marfil,
Kenya, Malawi, y muchos otros países que demostraron que los países
socialistas no fueron los únicos en gobernarse con partidos únicos;
y por los gobernantes del sistema soviético.
Pero ahora, de la
noche a la mañana, la proposición se ha invertido en su opuesto.
En todas partes, o en casi todas partes, hay un discurso oficial cotidiano
acerca de la preocupación por la democracia, la certificación
de la democratización, otorgada en debida forma, es una "condición"
`para obtener ayuda de las grandes y ricas democracias, etc. La credibilidad
de esta retórica es particularmente dudosa cuando el principio de
"doble estándar", que es aplicado en perfecto cinismo,
de un modo tan liso y llano revela en la práctica la verdadera prioridad
dada a otros objetivos no dados a conocer, que los círculos dominantes
intentan alcanzar por pura y simple manipulación. Esto no es negar
que ciertos movimientos sociales, aunque no todos, realmente pueden tener
objetivos democráticos, o que la democracia es realmente la condición
del desarrollo.
Democracia es un concepto moderno, en el sentido de
que coincide con la misma definición de modernidad –si, como sugiero,
entendemos por modernidad la adopción del principio de que los seres
humanos individual y colectivamente (esto es, como sociedades) son responsables
de su historia. Antes de que formularan tal concepto, los pueblos tuvieron
que liberarse de las alineaciones características de las formas de
poder que precedieron al capitalismo, fueran estas las alineaciones de la
religión o las que tomaban la forma de las "tradiciones"
concebidas como permanentes, como hechos transhistóricos. Las expresiones
de la modernidad, y de la necesidad de democracia que se implicaba, datan
de la Edad de la Ilustración. La modernidad en cuestión es
por eso sinónimo de capitalismo, y la democracia que él produjo
es limitada como el resto, como lo es el mismo capitalismo. En sus formas
históricas burguesas—que son las únicas conocidas y practicadas
hasta ahora—se constituye sólo como un "estadio". Ni la
modernidad ni la democracia han alcanzado el extremo de su desarrollo potencial.
Es por eso que prefiero el término "democratización",
que enfatiza el aspecto dinámico de un proceso todavía no
terminado, al término "democracia", que refuerza la ilusión
de que podemos dar con una fórmula definitiva para él.
El pensamiento social burgués se ha basado desde sus comienzos, desde
la Ilustración, en la separación entre los diferentes dominios
de la vida social – entre otros, su manejo económico y su manejo
político—y la adopción de diferentes principios específicos
que se suponen son la expresión de demandas particulares de la "razón"
en cada uno de estos dominios. De acuerdo con este punto de vista, la democracia
es el principio razonable de la buena administración política.
Desde que los hombres (en aquella época, no había ninguna
razón para incluir a las mujeres), o , más precisamente, ciertos
hombres (aquellos que estaban bien educados o bien acomodados), son razonables,
ellos tendrían la responsabilidad de hacer leyes bajo las cuales
vivir y de seleccionar, por elección, a aquellas personas que se
encargaran de ejecutar tales leyes. Por otra parte, la vida económica,
es dirigida por otros principios que también eran concebidos como
la expresión de demandas de la "razón" (sinónimo
de naturaleza humana): la propiedad privada, el derecho a ser empresario,
la competencia en los mercados. Conocemos este grupo de principios como
los del capitalismo, que en si mismos nada tienen que ver con los principios
de la democracia. Este es el caso especialmente si pensamos la democracia
como implicando igualdad ---la igualdad de los hombres y las mujeres, por
supuesto, pero también la de todos los seres humanos (teniendo en
mente que la democracia Americana olvidó a sus esclavos hasta 1865
y olvidó todos los más elementales derechos civiles para sus
descendientes hasta 1960), de los propietarios y los no propietarios (nótese
que la propiedad privada sólo existe cuando es exclusiva, esto es,
cuando hay quienes no tienen nada).
La separación de los dominios
políticos y económicos inmediatamente alza la cuestión
de la convergencia o divergencia de los resultados de las lógicas
específicas que los gobiernan. En otras palabras, ¿podría
la "democracia" ( signo taquigráfico que se pone por gobierno
de la vida política) y el "mercado" (signo taquigráfico
por el gobierno de la actividad económica), ser vistas como convergentes
o divergentes? El postulado donde se funda el discurso en uso, y que es
elevado al estatus de verdad tan auto-sustentada y evidente que no hay necesidad
de discutirla, afirma que los dos términos convergen. La democracia
y el mercado supuestamente se engendran recíprocamente, la democracia
requiere al mercado y visi-versa. Y nada puede estar más lejos de
la verdad, como lo demuestra la historia real.
Los pensadores de la
Ilustración eran sin embargo más exigentes que el común
de nuestros contemporáneos. Al revés de estos últimos,
se preguntaban por qué había convergencia y bajo qué
condiciones. Su respuesta a la primera pregunta se inspiraba en su concepto
de "Razón", el común denominador de los modos de
gobierno intentados para la democracia y el mercado. Si los hombres son
razonables, entonces los resultados de sus opciones políticas podían
sólo venir a reforzar los resultados producidos por el mercado. Esto,
entonces, bajo la condición, obviamente, de que el ejercicio de los
derechos democráticos esté reservada a seres provistos de
razón, es decir, ciertos hombres –no mujeres, quienes, como sabemos,
son guiadas solamente por sus emociones y no por la razón; no, por
supuesto, los esclavos, los pobres, y los desposeídos (los proletarios)
, que sólo obedecen a sus instintos. La Democracia debe pues basarse
en calificaciones de propiedad, y quedar reservada a aquellos que simultáneamente
son ciudadanos y empresarios. Entonces, naturalmente, es probable que sus
opciones electorales sean siempre, o casi siempre, consistentes con sus
intereses como capitalistas. Pero eso al mismo tiempo significa que en su
convergencia con la economía, por no decir su subordinación,
la política pierde su autonomía. La alineación economicista
funciona aquí en plenitud, ocultando este hecho.
La ulterior
extensión de los derechos democráticos a otros más
allá de los ciudadanos empresarios, no fue el resultado espontáneo
del desarrollo capitalista o la expresión de un requisito de tal
desarrollo. Muy por el contrario, esos derechos fueron ganados gradualmente
por las víctimas del sistema—la clase obrera, y más adelante,
las mujeres. Fue el resultado de luchas contra el sistema, y aún
si el sistema se las arreglaba para adaptarse a ellas, para "recuperar"
sus beneficios, como se dice. ¿Cómo y a qué costo?
Esa es la pregunta que debemos hacer aquí.
Esta extensión
de los derechos necesariamente revela una contradicción expresada
a través del voto democrático entre la voluntad de la mayoría
(los explotados por el sistema) y el destino que el mercado tiene reservado
para ellos; el sistema corre el riesgo de tornarse inestable, aún
explosivo. Al menos, existe el riesgo –y la posibilidad—de que el mercado
en cuestión deba someterse a la expresión de los intereses
sociales, que no coincide con el máximo de beneficio del capital,
al cual el dominio económico da prioridad. En otras palabras, existe
el riesgo para algunos (el capital) y la posibilidad para otros (los obreros-ciudadanos)
de que el mercado sea regulado en términos diferentes de esos que
trabajaban con la estricta lógica unilateral: Eso es posible, por
supuesto, y bajo ciertas condiciones llegó a ocurrir, como en el
estado de bienestar de la posguerra.
Pero ese no es el único
modo posible de apaciguar la divergencia entre la democracia y el mercado.
Si la historia concreta produce circunstancias tales que los movimientos
de crítica social lleguen a estar fragmentados e impotentes, y que
la consecuencia llegue a ser no tener alternativas frente a la ideología
dominante, entonces la democracia es vaciada de todo contenido que la lleve
hacia el camino del mercado, y puede llegar a ser peligrosa para él.
Usted puede votar libremente, de la manera que se le antoje: blanco, azul,
verde, rosado o rojo. Haga lo que haga, no surtirá efecto, ya que
su destino es resuelto en otra parte, fuera de los recintos del parlamento,
en el mercado. La subordinación de la democracia al mercado (y no
su convergencia) se refleja en el lenguaje de la política. La palabra
"alternancia" (cambiar la cara del poder mientras se sigue haciendo
lo mismo) ha reemplazado a la palabra "alternativa" (que significa
hacer algo diferente).
Esta alternancia que implica solamente a un remanente
insignificante dejado por la regulación del mercado, es en los hechos
un signo de que la democracia está en crisis. Debilita la credibilidad
y la legitimidad de los procedimientos democráticos y puede rápidamente
llevar a un reemplazo de la democracia por un consenso ilusorio basado,
por ejemplo, en el chauvinismo religioso o étnico. Desde el comienzo,
la tesis de que habría una convergencia "natural" entre
la democracia y el mercado contenía el peligro de que llegáramos
a este punto. Presupone una sociedad reconciliada consigo misma, una sociedad
sin conflicto, como lo sugiere alguna interpretación posmodernista.
Pero la evidencia es concluyente en el sentido de que las relaciones del
mercado capitalista global han generado aún más grandes desigualdades.
La teoría de la convergencia – la noción de que el mercado
y la democracia convergen—es hoy puro dogma: una teoría para una
política imaginaria. Esta teoría es, en su propio dominio,
la contrapartida de la "economía pura", que es la teoría,
no del capitalismo realmente existente, sino de una economía imaginaria.
Justo como el dogma del fundamentalismo del mercado, en todas partes se
adelgaza frente a la realidad, ya no podemos tampoco aceptar la noción
popular que hoy se propaga de que la democracia converge con el capitalismo.
Por el contrario, ya estamos con los ojos muy abiertos ante el potencial
autoritario latente en el capitalismo. La respuesta del capitalismo al reto
presentado por la dialéctica del individuo versus el colectivo (social)
contiene, efectivamente, este peligroso potencial.
La contradicción
entre el individuo y el colectivo, que es inherente en cualquier sociedad
a cualquier nivel de su realidad, fue superada, en todos los sistemas sociales
antes de los tiempos modernos, mediante la negación del primer término—esto
es, por la domesticación del individuo por la sociedad. El individuo
es reconocible sólo, por y a través de su estatus en la familia,
el clan, y la sociedad. En la ideología del mundo (capitalista) moderno,
los términos de la negación se revierten: la modernidad se
declara a si misma en los derechos de los individuos, aún en oposición
a la sociedad. En mi opinión, esta reversión es solamente
una precondición de la liberación, el comienzo de la liberación.
Porque al mismo tiempo libera un potencial para la agresividad permanente
en las relaciones entre los individuos. La ideología capitalista
expresa esta realidad mediante su ética ambigua: larga vida a la
competencia, dejemos que sobreviva el más fuerte. El efecto devastador
de tal ideología se contiene a veces por la coexistencia de otros
principios éticos, la mayoría de orígenes religiosos
o heredados de otras formas sociales más tempranas. Pero dejen caer
estas represas, y la ideología unilateral de los derechos del individuo
–sea en las versiones popularizadas por De Sade o Nietzsche, o en su versión
americana—sólo producirá horror empujada hasta sus límites,
autocracia y fascismo suave o duro.
Pienso que Marx subestimó
este peligro. Quizás al no preocuparse en desarrollar ilusiones que
estimularan las adicciones por el pasado, no habría previsto todo
el potencial reaccionario de la ideología burguesa del individuo.
Dirigió sus preferencias a la sociedad Americana, en el pretexto
de que no sufría de los vestigios del pasado feudal que frenaba el
progreso en Europa. Quisiera sugerir, por el contrario, que el pasado de
la Europa feudal rinde cuentas de algunas características relativamente
positivas en su favor. Baste ver el grado de violencia que domina la vida
diaria en los EEUU, que está fuera de toda proporción con
lo que ocurre en Europa... ¿podría eso atribuirse a la ausencia
de antecedentes pre-modernos en los EEUU? Para ir más lejos, ¿no
podríamos atribuir a estos antecedentes –donde existan—un papel positivo
en la emergencia de elementos de una ideología pos-capitalista que
enfatice valores de generosidad y de solidaridad humana? ¿Su ausencia,
no estará reforzando la sumisión al poder dominante de la
ideología capitalista? ¿Es mera casualidad que, precisamente,
el autoritarismo "blando" (alternándose con fases de autoritarismo
duro, como la experiencia del McCartismo podrá hace recordar a todos
aquellos que la han borrado de su memoria de la historia reciente) es una
de las características permanentes del modelo americano? ¿Es
pura casualidad que por esta razón los EEUU provea el modelo de democracia
de baja intensidad, al punto que la proporción de gente que se abstiene
de votar no se ve en ninguna parte y que ---otro hecho que no es accidental—sean
precisamente los desheradados los que quedan al margen de las votaciones
en masse?
¿De qué modo una síntesis dialéctica
más allá del capitalismo pudiera hacer posible reconciliar
los derechos del individuo con los de la colectividad? ¿ De qué
modo esta posible reconciliación pudiera dar más trasparencia
a la vida individual y a la vida de la sociedad? Estas son preguntas que
no intentaremos contestar aquí, pero que definitivamente se proponen
solas, y que por supuesto son un reto al concepto burgués de democracia
e identifican sus límites históricos.
Si, entonces, no
hay convergencia, ni menos una convergencia "natural", entre el
mercado y la democracia, debemos concluir que el desarrollo –entendido en
su sentido corriente de crecimiento económico acelerado a través
de la expansión de los mercados ( y hasta ahora ha habido escasamente
alguna experiencia de desarrollo de una clase diferente)--¿es compatible
con algún grado avanzado de democracia?
No faltan hechos que
apoyen esta tesis. Los "éxitos" de Corea, de Taiwán,
de Brasil bajo la dictadura militar, y de los populismos nacionalistas en
su fase de ascenso (Nasser, Boumadienne, el Irak del Baath, etc.) no se
cumplieron por sistemas que tuvieran mucho respeto por la democracia. Más
atrás, Alemania y Japón, en la fase en que capturaron el momento,
fueron ciertamente menos democráticos que sus rivales Británicos
o Franceses. Los experimentos socialistas modernos, fuero escasamente democráticos,
y ocasionalmente registraron altos índices de crecimiento. Pero por
el otro lado, uno pudo observar que la Italia democrática de la posguerra
se modernizaba con una rapidez y una profundidad que el fascismo, con toda
su fanfarronería, nunca alcanzó, y que la Europa Occidental,
con su socialdemocracia avanzada (el estado de bienestar de la posguerra),
experimentó el más prodigioso crecimiento en la historia.
Uno puede fortalecer la comparación a favor de la democracia enumerando
incontables dictaduras que sólo engendraron estancamiento y aún
masas devastadoras de dificultades interconectadas.
¿Podríamos
entonces adoptar una posición reservada y relativista, rehusar establecer
cualquier clase de relación entre el desarrollo y la democracia,
y decir que si son compatibles o no, eso dependería de condiciones
concretas específicas? Esa actitud es aceptable si nos contentamos
con la definición "ordinaria" de desarrollo, identificado
con el crecimiento acelerado dentro del sistema. Pero eso ya no es aceptable,
si nosotros atendemos a la segunda de las tres proposiciones establecidas
al comienzo de este estudio. Entender que el capitalismo globalizado es
por naturaleza polarizador y que ese desenvolvimiento es un concepto crítico,
que implica que el desarrollo debe ocurrir dentro del marco de la construcción
de una alternativa, la sociedad pos-capitalista. Esa construcción
sólo puede ser el producto de la voluntad y de la acción progresiva
del pueblo. ¿Hay allí una definición de democracia
diferente a lo que está implícito en esa voluntad y en esa
acción? Es en este sentido que la democracia es verdaderamente la
condición del desarrollo. Pero esta es una proposición que
ya no tiene nada que ver con lo que el discurso dominante intenta decir
sobre este tema. Nuestra proposición concluye diciendo que en efecto
no podrá haber socialismo ( si usamos este término para designar
una alternativa poscapitalista mejor) sin democracia, pero también
que no puede haber progreso en democratización sin una transformación
socialista.
El observador "realista" que estaba esperando
esto de mí, no perderá tiempo en señalar que la experiencia
del socialismo realmente existente alega en contra de la validez de mi tesis.
Verdad. La versión popular del marxismo histórico soviético
efectivamente decreta que la abolición de la propiedad privada significa
derechamente que ha sido reemplazada por la propiedad social. Ni Marx ni
Lenin jamás llegaron a tal simplificación. Para ellos, la
abolición de la propiedad privada del capital y de la tierra era
sólo el primer acto necesario para iniciar una posible larga evolución
hacia la constitución de la propiedad social. La propiedad social
llega a ser una realidad sólo desde el momento en que la democratización
ha realizado tales poderosos progresos que los ciudadanos-productores han
llegado a ser amos de todas las decisiones tomadas a todos los niveles de
la vida social, desde el lugar de trabajo a las cumbres del estado. El más
optimista de los seres humanos no podría imaginar que este resultado
pudiera alcanzarse en cualquier parte del mundo –se trate de los EEUU, de
Francia o del Congo—en "unos pocos años", como en los pocos
años al final de los cuales se proclamó que en algún
lugar o en otro se había completado la construcción del socialismo.
Ya que la tarea es nada menos que la construcción de una nueva cultura,
que requiere de generaciones sucesivas que gradualmente se transforman a
si mismas mediante su propia acción.
El lector captará
rápidamente que hay una analogía, y no una contradicción,
entre 1) el funcionamiento en el capitalismo histórico, de la relación
entre el liberalismo utópico y la dirección pragmática,
y 2), el funcionamiento en la sociedad soviética, de la relación
entre el discurso ideológico socialista y la dirección real.
La ideología socialista en cuestión es la bolchevique que,
siguiendo la de la socialdemocracia europea anterior a 1914 (y sin tener
ninguna quiebra con ella en este punto fundamental), no criticó la
convergencia "natural" de las lógicas entre los diferentes
dominios de la vida social y dio un "significado" a la historia
sobre una interpretación lineal y fácil de su curso "necesario".
Esa era sin duda una manera de leer el Marxismo histórico, pero no
era la única manera de leer a Marx (de todos modos, no es la mía).
La convergencia es expresada aquí de la misma manera: vista desde
el punto de vista impuesto por el dogma, la dirección de la economía
por el Plan (substituido por el mercado) obviamente produce una respuesta
apropiada a las necesidades. La Democracia sólo puede reforzar las
decisiones del Plan, oponérsele es irracional. Pero aquí el
socialismo demasiado imaginativo corre en contra de las demandas de la dirección
del socialismo realmente existente, que se enfrenta a problemas reales y
serios, entre otros, por ejemplo, desarrollar las fuerzas productivas para
"capturar el momento". Los poderes en presencia proveen para eso
prácticas cínicas que no son ni pueden ser aceptadas. El totalitarismo
es común a ambos sistemas y se expresan de la misma manera, mediante
la mentira sistemática. Si sus manifestaciones fueron más
violentas en la URSS, es porque el retraso que debía superarse era
un peso tan grande, mientras el progreso que se realizaba en Occidente tenía
confortables cojines en donde descansar ( de ahí el frecuente "totalitarismo
light" o blando, como en el caso del consumismo de los períodos
de crecimiento fácil).
Abandonar la tesis de la convergencia
y aceptar la del conflicto entre las lógicas de los diferentes dominios,
es el prerrequisito para interpretar la historia de una manera que potencialmente
reconcilie la teoría con la realidad. Pero es también el prerrequisito
para diseñar estrategias que hagan posible llevar a cabo acciones
efectivas –esto es, realizar progresos en todos los aspectos de la sociedad.
La íntima relación entre el desarrollo social real y la democratización,
tan cercana que son inseparables, nada tiene que ver con la cháchara
sobre el tema ofrecida por los proponentes de la ideología dominante.
Su pensamiento es siempre de segunda clase, confuso, ambiguo, y al final,
a pesar de lo que a veces sea aparente, reaccionario. Como consecuencia,
llega a ser la herramienta perfecta del poder dominante del capital.
La democracia es necesariamente un concepto universalista, y no puede tolerarse
ningún lapsus de esa virtud esencial. Pero el discurso dominante
–aún ese que emana de fuerzas que subjetivamente se clasifican como
"de izquierda"—da una interpretación sesgada de democracia
que al final niega la unidad de la especie humana a favor de "razas",
"comunidades", "grupos culturales",etc. La política
de identidad de los Anglo-Sajones, cuya expresión agregada en el
"comunitarismo", es un ejemplo sobresaliente de esta negación
de la igualdad real de los seres humanos. Desear ingenuamente, aún
con las mejores intenciones, formas específicas de "desarrollo
comunitario"—que serán reclamadas después, es algo que
se produjo por voluntad expresada democráticamente, en comunidades
(de las Indias Occidentales en los suburbios de Londres, o entre los Nor
Africanos en Francia, o entre los negros de los EEUU, etc)—lo que significa
encerrar a los individuos dentro de esas comunidades y encerrar esas comunidades
dentro de los límites de hierro de las jerarquías que impone
el sistema. Es nada menos que un tipo de apartheid que no es reconocido
como tal.
El argumento avanzado por los promotores de este modelo de
"desarrollo comunitario" pareciera ser a la vez pragmático
("hacer algo por los desposeídos y las víctimas, que
se han juntado en estas comunidades") y democrático ("las
comunidades están dispuestas a afirmarse como tales"). Sin duda
una gran cantidad de decires universalistas han sido y siguen siendo pura
retórica, que no llama a ninguna estrategia por una acción
efectiva que cambie el mundo, la que obviamente significaría considerar
formas concretas de lucha contra la opresión sufrida por estos grupos
particulares. De acuerdo. Pero la opresión en cuestión no
puede ser abolida si al mismo tiempo le imponemos un marco dentro del cual
se reproducirá a si misma, aún en formas más suaves.
La vinculación que los miembros de una comunidad oprimida pudieran
sentir por su propia cultura de opresión, por mucho que respetemos
sus sentimientos en abstracto, es sin embargo el producto de la crisis de
la democracia. Es porque la efectividad, la credibilidad, y la legitimidad
de la democracia han sido horadadas, que los seres humanos buscan refugio
en la ilusión de una identidad particular que los pueda proteger.
Entonces nos topamos en la agenda con el culturalismo, esto es, la afirmación
de que cada una de estas comunidades (religiosas, étnicas, sexuales,
u otras) tiene sus propios valores irreductibles (esto es, valores que no
tienen significación universal). El culturalismo, como he dicho antes,
no es un complemento de la democracia, una manera de aplicarla concretamente,
sino todo lo contrario, una contradicción a ella.
La globalización de las luchas
sociales: Condiciones para una reanudación del Desarrollo.
Los escenarios del futuro dependen extensamente de nuestra
visión sobre las relaciones entre las fuertes tendencias objetivas
y las respuestas que los pueblos, y las fuerzas sociales de que están
compuestos, den a los retos que representan esas tendencias. Así
pues, hay un elemento de subjetividad, de intuición, que no puede
eliminarse. Y eso está bien, ya que significa que el futuro no está
programado de antemano, y que el producto de la imaginación inventiva,
para usar la fuerte expresión de Castoriadis, tiene su lugar en la
historia.
Es especialmente difícil hacer predicciones en un período
como el nuestro, cuando todos los mecanismos políticos e ideológicos
que gobiernan la conducta de los diversos actores han desaparecido. Cuando
llegó a su fin el período de la post-Segunda Guerra Mundial,
la estructura de la vida política colapsó.
Tradicionalmente
las luchas políticas y la vida política se conducían
en el contexto de los estados nacionales cuya legitimidad no era cuestionada
(la legitimidad de un gobierno podía cuestionarse, pero no la del
estado). Detrás y dentro del estado, los partidos políticos,
los sindicatos, y unas cuantas grandes instituciones—como las asociaciones
nacionales de empleadores y los círculos que los medios llamaban
"la clase política".. constituían la estructura
básica del sistema en el que los movimientos políticos,
las luchas de clases y las corrientes ideológicas venían a
expresarse. Pero ahora nos encontramos con que casi en todos los lugares
del mundo estas instituciones han perdido en un grado u otro gran parte,
sino toda, su legitimidad. La gente "ya no cree en ellas". Así,
en su lugar, han surgido "movimientos" de diversa suerte, movimientos
centrados en las demandas de los Verdes, o movimientos de las mujeres, movimientos
por la democracia o la justicia social, y movimientos de grupos que afirman
su identidad como comunidades étnicas o religiosas. Esta nueva vida
política es por eso altamente inestable.
Valdría la pena
discutir concretamente la relación entre esas demandas y movimientos
y la crítica radical de la sociedad (esto es, del capitalismo realmente
existente) y de la dirección neoliberal globalizada. Ya que algunos
de estos movimientos se juntan –o pueden juntarse—en el rechazo consciente
de la sociedad proyectada por los poderes dominantes, otros, al contrario,
no se interesan en esto y no hacen nada por oponerse a eso. Algunos movimientos
son manipulados y apoyados (por los poderes dominantes, tr.), abierta o
encubiertamente, a otros los combaten resueltamente –esa es la regla en
la nueva y aún no bien establecida vida política.
Hay
una estrategia política global para el gobierno mundial. El objetivo
de esta estrategia es producir la más grande fragmentación
posible de fuerzas potencialmente hostiles al sistema, apadrinando la atomización
de las formas estatales de organización de la sociedad. ¡Que
haya tantas y tantos Eslovenias, Chechenias, Kosovos y Kuwaits como sea
posible! En conexión con esto, se da la bienvenida la posibilidad
de manipular demandas basadas en las identidades separadas. La cuestión
de la identidad de la comunidad—étnica, religiosa, o de cualquier
otra clase—es por eso uno de los problemas centrales de nuestro tiempo.
El principio democrático básico, que implica el respeto real
por la diversidad (nacional, étnica, religiosa, cultural e ideológica),
no puede tolerar ninguna excepción. La única manera de sostener
la diversidad es mediante la práctica de una genuina democracia.
Fallando esto, llega a ser inevitablemente un instrumento que el adversario
puede usar (menos a menudo ella) para sus propios fines .Pero a este respecto
las diversas izquierdas en la historia a menudo han estado faltando. No
siempre, por supuesto, y mucho menos de lo que con frecuencia se dice. Un
ejemplo entre otros: la Yugoslavia de Tito fue casi un modelo de coexistencia
de nacionalidades, sobre una base de igualdad, pero no ciertamente Rumania!
En el Tercer Mundo del período de Bandung, los movimientos de liberación
nacional a menudo se las arreglaron para unir a diferentes grupos étnicos
y comunidades religiosas contra el enemigo imperialista. Muchas clases dirigentes
en la primera generación de los estados africanos, eran realmente
trans-étnicas. Pero pocos poderes fueron capaces de administrar la
diversidad democráticamente o, cuando se ganaba con ello, de mantenerla.
Su débil inclinación por la democracia produjo resultados
deplorables tanto en este dominio como en la administración de otros
problemas de sus sociedades. Cuando llegó la crisis, las clases dirigentes
muy presionadas, y sin poderes para confrontarlos, hasta llegaron a jugar
un rol decisivo en el recurso de alguna comunidad étnica particular
para separarse, lo que fue usado como un medio para prolongar su "control"
de masas. Aún en muchas auténticas democracias burguesas,
la diversidad entre las comunidades está lejos de haber sido administrada
correctamente. Irlanda del Norte es un claro ejemplo.
El culturalismo
ha sido exitoso en la medida en que ha fallado la administración
democrática de la diversidad. Por culturalismo quiero significar
la afirmación de que las diferencias en cuestión son "primordiales",
que debe dárseles a éstas "prioridad" (sobre las
diferencias de clase, por ejemplo), e incluso que estas diferencias son
"Transhistóricas", esto es, basadas en invariables históricas.
(Esto último es a menudo el caso con los culturalismos religiosos,
que fácilmente se deslizan hacia el oscurantismo y el fanatismo).
Para salir de este atolladero de las demandas basadas en la identidad, propondría
lo que pienso es un criterio esencial. Esos movimientos cuyas demandas están
conectadas con la lucha contra la explotación y por una más
amplia democracia en cualquier dominio, son progresivos. Por el contrario,
esos que se presentan a si mismos, como carentes de un "programa social"
(ya que suponen que eso no es importante!)— que se declaran "no hostiles
a la globalización" (porque eso tampoco es importante!)—a fortiori
esos que se declaran ajenos al concepto de democracia (que acusan de ser
un invento Occidental)—son abiertamente reaccionarios y sirven los fines
del capital dominante a la perfección. El capital dominante sabe
esto, y al caso, apoya sus demandas ( aún cuando la media saca ventajas
de su bárbaro contenido para denunciar a los pueblos que son sus
víctimas!), usando y manipulando estos movimientos.
La democracia
y los derechos de los pueblos, que invocan hoy los mismos representantes
del capital dominante, escasamente pueden concebirse salvo como medios políticos
de la dirección neoliberal en la crisis contemporánea mundial,
como un complemento a los medios económicos. La democracia en cuestión
depende de los casos. Lo mismo es verdad con respecto al "buen gobierno",
del que también hablan. En adición, porque esto queda enteramente
al servicio de las prioridades que imponen las estrategias de EEUU/Tríada,
y entonces es también cínicamente usado como instrumento.
De ahí la extensa aplicación del doble estándar. Por
ejemplo, nada de intervenciones a favor de la democracia en Afganistán
o en los países del Golfo Pérsico, así como no se metieron
ayer en los caminos de Mobutu, u hoy, en los de Svabimbi, y de muchos otros,
mañana. En algunos casos, los derechos de los pueblos son sagrados
( hoy en Kosovo, mañana en Tibet), y en otros casos son olvidados
( en Palestina, el Kurdistán, Chipre, los Serbios de Krajina ,a los
que los croatas expulsaron por la fuerza,etc.) Incluso el terrible genocidio
de Rwanda no ocasionó ninguna investigación seria sobre la
parte de responsabilidad de los estados que dieron su apoyo diplomático
a los gobiernos que lo prepararon abiertamente. Sin duda la abominable conducta
de ciertos regímenes facilita la tarea al proveer pretextos que son
fáciles de explotar. Pero el silencio cómplice en otros casos
le quita toda credibilidad a estos discursos sobre la democracia y los derechos
de los pueblos. Uno no puede menos que cumplir con los requerimientos de
la lucha por la democracia y el respeto de los pueblos, sin los cuales no
hay progreso.
Este es afortunadamente el caso, en esta nueva fase que
estamos presenciando de ascenso de las luchas en que está envuelto
el pueblo trabajador victima del sistema. Los campesinos sin tierra en Brasil;
asalariados y desempleados, en algunos países de Europa; sindicatos
que incluyen a la gran mayoría de los que perciben un salario (en
Corea del Sur o en Sud África) ; jóvenes y estudiantes que
traen consigo a las clases trabajadoras urbanas (como en Indonesia) –y la
lista crece cada día. Estas luchas sociales están destinadas
a expandirse. Serán seguramente muy pluralistas, lo que es una de
las características positivas de nuestro tiempo. Sin duda este pluralismo
surge de los resultados acumulados de los llamados "nuevos movimientos
sociales"—los movimientos feministas, los movimientos ecologistas,
los movimientos democráticos. Por supuesto, tendrán que enfrentar
diferentes obstáculos a su desarrollo, dependiendo del tiempo y del
lugar.
El problema central aquí es cuál es la relación
que se dará entre los conflictos dominantes, por lo que quiero decir
los conflictos globales entre diversas clases dominantes –esto es, los estados—cuya
posible geometría he tratado de delinear más arriba. ¿Quién
vencerá? ¿Las luchas sociales estarán subordinadas,
contenidas en el más amplio contexto imperial-global de los conflictos,
y por ello, serán controladas por los poderes dominantes, movilizadas
para sus propósitos si es que no simplemente manipuladas? ¿O,
por el contrario, las luchas sociales ganarán autonomía y
forzarán a los poderes a adaptarse a sus demandas?
Samir Amin es director de la Oficina Africana (con sede en Dakkar, Senegal) del Tercer Foro Mundial, una asociación no gubernamental internacional para la investigación y el debate. Es autor de numerosos libros y artículos, incluyendo Spectres of Capitalism, recientemente publicado por Monthly Review Press,