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LA
ÚNICA DEUDA DE AMÉRICA LATINA archivo del portal de recursos
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Buenos Aires- Argentina
Por José Pablo Feinmann
Por ahí, por 1830, en la Universidad de
Berlín, Hegel les decía a sus deslumbrados (y con frecuencia
atónitos) alumnos: “América es el país del porvenir.
En tiempos futuros se mostrará su importancia histórica, acaso
en la lucha entre América del Norte y América del Sur”. Tenía
razón: el poder imperial, que residía en Europa en el siglo
XIX, se desplaza a América en el XX y sigue ahí en el XXI.
Pero “América” ha pasado a ser América del Norte. Y América
del Sur es “América del Sur” o “Latinoamérica”. Esta apropiación
semántica indica que la guerra pronosticada por Hegel ya se libró
y que de esa guerra surgieron un ganador y un perdedor. El ganador se quedó
con el nombre. El perdedor tiene que añadirle al nombre sus propias
características raciales para pertenecer a él. El perdedor
ha permanecido americano, pero “latino”. El ganador se apropió enteramente
del entero nombre. América del Norte es “América” y lo es
porque esa guerra de Hegel se libró y la ganaron ellos, los del Norte.
Tanto, que los latinos del sur les deben una deuda descomedida, impagable.
Una deuda que eleva la derrota a la temporalidad de lo eterno. La relación
Norte-Acreedor/Sur-Deudor ha eternizado un proceso histórico, cristalizándolo.
Esa relación no es histórica porque no transcurre, evita el
transcurrir; porque no deviene, evita el devenir. Esa relación es
un resultado, pero, a la vez, reproduce constantemente ese resultado, congelándolo.
En suma, el ser de la deuda es sostener la deuda. El ser de la deuda es
inmovilizar un momento de la historia absolutizándolo. Nosotros debemos,
ellos exigen. Una relación Amo-Esclavo sostenida por un mecanismo
cuantificable llamado Deuda. Una relación que sólo puede quebrarse,
historizarse, des-eternizarse, eludiendo el mecanismo que la eterniza, la
Deuda.
Veamos cómo empezó esta asimetría. Hegel
mismo señala las diferencias entre los colonizadores del Norte y
los conquistadores del Sur. En el Mayflower llegaron colonos a crear un
país. En los barcos de Colón, Cortés y Pizarro llegaron
aventureros en busca de fortuna, saqueadores. Evitar aquí toda consideración
relativa a la “raza”. Ni superioridad sajona, ni pereza hispánica.
Fueron sajones los que se instalaron en el Sur de América del Norte
y generaron una sociedad basada en el monocultivo, la esclavitud y la exportación
de productos primarios. Los del Norte dieron inicio al capitalismo más
dinámico de la historia; basado, coherentemente, en la industria.
Podríamos tomar como elemento de partida el azúcar de Cuba,
el café colombiano, el cobre chileno o el estaño de Bolivia.
Voy a utilizar los “ganados y las mieses” de la pampa húmeda argentina.
El objetivo es el siguiente: una economía que se condena al monocultivo,
pierde. Pierde como perdió el Sur contra el Norte industrialista
en Estados Unidos. El destino que las oligarquías criollas le impusieron
a la América del Sur fue el que el Sur quería imponerle a
la América del Norte: el goce de la abundancia fácil, el monocultivo
y el latifundio. La Guerra de Secesión no se hizo para liberar a
los desdichados esclavos del Sur. Un senador de Carolina del Sur les señala
a los hombres de Lincoln que los obreros de New York la pasan peor que los
esclavos de los campos de algodón. “¡Señor! Si se topa
uno con más mendigos en cualquier calle aislada de la ciudad de New
York que los que encontraría en toda una vida en el Sur”. Para colmo,
insiste, los esclavos de New York son blancos, “gente de vuestra propia
raza”. Los nuestros, al menos, “pertenecen a una raza inferior”. Pero ésta
no era la cuestión. ¿Por qué el Sur quiere separarse
de la Unión y desata esa guerra sanguinaria entre 1860-1865? Porque
los aristócratas sureños son exportadores de materias primas.
Producen, pero no para el mercado interno sino para el externo. No necesitan
“un país”. Necesitan sus campos, sus esclavos y compradores externos.
El resto, todo lo elaborado, todo lo producido por la industriahabrán
de importarlo. Viven, así, de la naturaleza. No trabajan, trabajan
sus esclavos. No producen, produce el suelo. Viven de “la abundancia fácil”.
El Norte es industrialista. Produce manufacturas, ergo: necesita un mercado
interno. Tiene que crearlo. Para crearlo tiene que colonizar su propio territorio.
Tenemos, aquí, la Conquista del Oeste. Las carretas de los colonos.
Los ferrocarriles. Todo se orienta hacia “adentro”. (Comparar el trazado
de los ferrocarriles argentinos con los de Estados Unidos. Los argentinos
apuntan todos al Puerto: salen de él y regresan a él. Los
de Estados Unidos apuntan a la tierra, a lo nuevo, a la nada, a lo que hay
que hacer, inventar: un mercado interno, un país. Por cada piel roja
que masacraba el furibundo general Custer o quienes fueran como él
(el Ejército yanki, en suma) se ponían cien colonos. Por cada
tres mil indios que mataba Roca, dos o tres o cuatro familias recibían
enormes territorios para explotación latifundista, oligárquica.
Para goce privado y poder político.
El Sur del general Lee se
opone al trazado de ferrocarriles al Oeste, a la colonización. ¿Por
qué habrían ellos de destinar sus impuestos para eso? ¿Qué
podía importarles? Secesión, entonces. El Sur no va a financiar
los proyectos expansionistas del Norte. El Sur no necesita expandirse. Sus
mercados los tiene afuera, no tiene que crearlos. El Norte, sí. Estados
Unidos se mantiene durante casi todo el siglo XIX fuera de la corriente
colonialista porque está consagrado a colonizar su propio territorio.
Estalla la Guerra y gana el Norte: gana la industria, el mercado interno,
la producción, las manufacturas, en suma: el capitalismo industrial.
Ya en 1895 América del Norte invierte 47.000 millones de dólares
en establecimientos industriales. Gran Bretaña: 21.000. Alemania:
17.000. Francia apenas 14.000. En la Argentina, por el contrario, Carlos
Pellegrini y Vicente Fidel López, que protagonizan un debate en favor
del proteccionismo y la industrialización contra el librecambio y
la economía agroexportadora, han sido totalmente derrotados. José
Hernández (“Instrucción del Estanciero”) dice que vale lo
mismo un vellón de oveja que una máquina. Y propone, coherentemente,
tratar bien a los gauchos, que saben mucho de vacas, de ovejas, esas esencias
de la patria.
Una simetría impecable: la Guerra de Secesión
norteamericana termina en 1865. Ahí, exactamente ahí, Mitre
y el Brasil inician la campaña contra el Paraguay manufacturero de
los López. “En vuestras bayonetas lleváis el librecambio”,
dice Mitre a sus soldados. Mitre es el anti-Lincoln. Aquí, la guerra
la ganó el Sur. La ganó el país agroexporador, oligárquico,
el país del monocultivo, enemigo de la industrialización,
del mercado interno. ¿Para qué quería Buenos Aires
un mercado interno? La burguesía porteña no era manufacturera
como la burguesía de Lincoln. No era productora, importaba mercaderías
y las metía en el mercado interno arruinando todo posible intento
de surgimiento manufacturero. Para entendernos: basta de decir que alguna
vez la Argentina fue un gran país. Para que tal cosa sea posible
es necesaria una clase productora progresiva, moderna, industrialista, con
la mirada vuelta hacia adentro y no hacia afuera. Nosotros tuvimos una oligarquía
agrícola ganadera que hizo una ciudad y un puerto: Buenos Aires.
El país funcionó en tanto funcionó ese esquema precario,
elemental: el de la abundancia fácil. El granero del mundo. Esa es
la “nostalgia” argentina. No bien los términos de intercambio se
inclinaron decididamente en favor de los productos industriales; no bien,
luego de la crisis del ‘29, los viejos compradores de la silvestre riqueza
argentina decidieron no comprar, la “grandeza nacional” se hizo añicos.
¡Si habrá sido vano y arrogante y hueco ese festejo del Centenario!
Un país construido por una clase ociosa, sin ningún horizonte
de grandeza, ligada a la producción elemental de la tierra, “a los
ganados y a las mieses” que tristemente cantó Darío, cortesano
de Buenos Aires, ésa fue nuestra “grandeza”. Y bien, aquíestamos.
Los yankis lo mataron a Lincoln, pero Lincoln ya había ganado la
guerra. Aquí lo matamos porque la perdió, porque lo derrotamos,
y con él a nosotros mismos. En América latina las oligarquías
criollas mataron el sueño bolivariano y mataron al glorioso vencedor
de Ayacucho, a Sucre. El Norte ganó la guerra e hizo la Unión.
América latina se diseminó en naciones pobres, monoproductoras.
Entonces, la Deuda. Entonces, el presente. La historia es la que fue, nada
puede ya modificarla. Somos eso porque eso hicimos. Hay que hacer otra cosa.
Lo Otro, hoy, tiene nombre. Se llama Mercosur. Ojalá estas líneas
contribuyan en algo a su consolidación, a su fundamentación
ideológica. La única deuda de América latina es consigo
misma. Y el primer paso de su futuro radica en la negación de su
pasado.
SÄBADO 14 de junio de 2003
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