|
MIS PROCESOS PARA FORMAR OPINIONES FILOSÓFICAS archivo del portal de recursos
para estudiantes |
enlace
de origen
Charles S. Peirce (1903)
Traducción castellana de Sara F. Barrena (2004)
En 1903 Charles S. Peirce dictó sus conocidas Harvard Lectures on Pragmatism. Entre sus manuscritos se encuentran varias versiones de los borradores de aquellas conferencias. En uno de los borradores de la quinta conferencia se encuentran estas interesantes reflexiones suyas acerca de su método de trabajo. El título que hemos asignado a este fragmento procede de una expresión del propio Peirce.
Posiblemente, algunos de ustedes pueden señalar alguna discordancia entre lo
que digo ahora acerca de esta materia [el objeto de las ciencias normativas] y
algunas expresiones anteriores. Mas vale que explique que mis opiniones acerca
de ética y estética no son tan maduras como mis opiniones sobre lógica. Mis
procesos para formar opiniones filosóficas son excesivamente lentos. Creo que
tengo una reputación de poseer un intelecto vivo que no es merecida. Se vería
claramente hasta qué punto es así si les describiera mi método de discutir
conmigo mismo una opinión filosófica. Quizás podría ser útil que esbozara
brevemente ese método. En primer lugar, intento evitar, hasta donde es posible,
acometer cuestiones que parece posible que dependan de cuestiones que no haya
considerado ya completamente al menos una vez. Después pongo mi cuestión por
escrito de forma tan exacta como puedo, tarea que a veces es en sí misma difícil
y dudosa. Una vez hecho eso anoto en los términos más breves, pero más completos
y exactos, cada argumento que he leído, escuchado o incluso imaginado que puede
sostenerse, primero a favor de un lado de la cuestión y luego en favor del otro.
Algunos de estos argumentos admiten refutaciones breves y decisivas que también
anoto. Después reflexiono acerca de la materia y, sin entrar en sus ventajas,
expongo lo que me parece que es la naturaleza general de las consideraciones de
las que debería depender la decisión, con las razones. Añado la indicación, o a
veces un exposición completa, de otros modos de considerar la cuestión que sé
que han sido empleados o que podrían ser empleados de forma natural, y muestro
tan claramente como puedo qué peso debería atribuirse a cada uno y por qué.
Frecuentemente me parece que no hay sino un modo en que la cuestión puede
discutirse decisivamente, y procedo a poner por escrito los puntos de esa
discusión, junto con todas las dudas que puedan surgir. Si encuentro que la
cuestión depende de alguna otra que no he considerado completamente, aparto todo
el asunto hasta que la otra cuestión haya sido considerada. Frecuentemente la
cuestión original tomara una forma nueva y más amplia, de modo que corrijo lo
que he escrito o comienzo otra vez. O puede ser que mientras una cuestión mas
amplia es sugerida y anotada, la discusión se complete en sus líneas originales.
A veces encuentro indicaciones de que hay alguna otra forma de considerar la
cuestión sin que yo sea capaz de formular esa otra manera. En ese caso tendré
una masa de notas provisionales que pueden resultar útiles cuando llegue a
comprender mejor la cuestión. Finalmente corrijo una y otra vez, revisando cada
parte del argumento tan críticamente como puedo. Sucede entonces muy a menudo
que, además de este modo preferido de tratamiento, algunos otros merecen
atención, especialmente si resulta que tienden a modificar la conclusión.
Escribo cualquier cosa que parezca que merece la pena señalar respecto a cada
uno de esos modos. Vuelvo entonces a mis dos listas de argumentos escritas
primero, que para este momento probablemente habrán aumentado, y señalo
brevemente respecto a cada una lo que parece determinar que se acepte o se
rechace. Llegado a este punto, dejo a un lado mis notas y paso a otra cosa. Pero
con el tiempo volveré a la cuestión original, probablemente en una forma algo
diferente, y desde un punto de vista diferente. Y estoy siempre dispuesto a ser
escéptico acerca del valor de mi discusión anterior. De hecho, lo que me lleva
de vuelta a la cuestión es con frecuencia alguna nueva luz bajo la que veo, o
sospecho, que hay alguna consideración cuya importancia no he apreciado, y me
encuentro dispuesto, y cultivo la disposición, a considerar mi anterior
discusión como inflexible y poco inteligente. Entonces rehago toda la cuestión
otra vez sin consultar mis notas anteriores, de las que no guardo ningún
recuerdo preciso. Una vez completado este segundo examen, saco mis notas
anteriores y las compongo críticamente. Incluso donde coincidan habrá a veces
una ligera diferencia que bajo una consideración cuidadosa sugerirá alguna duda.
Ahora bien, son precisamente las dudas lo que en esta etapa estoy tratando de
desarrollar. Combinando las dos discusiones hago justicia lo mejor que puedo al
problema y de nuevo lo aparto. Después de un tiempo, usualmente un tiempo largo,
la materia vuelve a aparecer por tercera vez, y entonces encuentro
invariablemente que, como si dijéramos, mis ideas se han convertido en una masa
más compacta, conectada y generalizada. Vuelvo sobre mis notas una vez más,
elaboro hasta el final todas las dudas que soy capaz de resolver, y alcanzo una
comprensión completa de mis propias opiniones. Prefiero no tener que cargar con
aquello que para ahora no esté ya indeleblemente impreso en mi mente, pues ha de
comenzar un largo camino de cultivo de las concepciones que hasta ahora he
obtenido. Este proceso lo sigo realizando, en su mayor parte, con la pluma en la
mano. Redacto mi exposición de nuevo, omitiendo lo que parece de un valor
demasiado pequeño para conservarlo. Lo critico en cada aspecto filosófico que me
parece justo. Intento ampliarlo y especialmente hacer que se una de forma
homogénea a otros resultados. De esa manera, exposiciones que pueden imprimirse
y que a los lectores que las toman por inspiraciones momentáneas pueden
parecerles del todo brillantes, para mí, que recuerdo cuántas docenas de veces
las he sufrido, son bien conocidos como los monumentos a mi estupidez que
realmente son.
Fin de "Mis procesos para formar opiniones filosóficas", C. S. Peirce (1903). Traducción castellana de Sara F. Barrena (2004). Fuente textual en MS, 311.