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LA LENGUA Y LA LITERATURA archivo del portal de recursos
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Amado Nervo
ÍNDICE
Primera parte
-I-. Del florecimiento de la poesía lírica en Italia, Portugal y España
-II-. El catalán y la supremacía del castellano
-III-. De los nuevos metros y las nuevas combinaciones métricas en la literatura moderna
-IV-. La cuestión de la ortografía
-V-. Del estilo exuberante
-VI-. El movimiento intelectual en Madrid
-VII-. Bolsas de viaje para los escritores y poetas. -Conveniencia de crearlas en el Ministerio de Instrucción Pública.-Lo que se ha hecho en Francia
-VIII-. Libros de niños. -Libros para niños. -Los niños en la vida y en el arte
-IX-. La Universidad Popular de Madrid
-X-. Los estudios histórico-literarios en España. -La poesía. -La novela histórica. -Literatura anecdótica. -Cultivo entusiasta de un noble género
-XI-. Programas, horarios y métodos seguidos en Francia para la enseñanza de la lengua nacional
-XII-. La enseñanza de la lengua y de la literatura en Francia
-XIII-. Observaciones en cuanto a la enseñanza de las lenguas vivas en Europa
-XIV-. La enseñanza de las lenguas modernas en Inglaterra
-XV-. Cómo se habla el español en España
-XVI-. El castellano en América
-XVII-. La enseñanza de las lenguas modernas en Francia
-XVIII-. El castellano en México. -Filología comparativa
-XIX-. Ateneo iberoamericano. -Conferencias autocríticas. -La crónica general de Alfonso el Sabio
-XX-. El teatro y el idioma en España y América
- I -
Del florecimiento de la poesía lírica en Italia, Portugal y España.
El Liberal ha abierto una nueva sección, entre las muy interesantes que lo integran. Llámase «Poetas del día, auto-semblanzas y retratos», y me hace la honra de iniciarla con mi fotografía y unos versos más o menos personalistas que tuvo la gentileza de pedirme. Pero no es esta circunstancia la que me mueve a hablar de tal sección, sino los conceptos que el importante diario expresa en ella, a guisa de proemio, y que me parece muy oportuno copiar, por que encierran afirmaciones categóricas y llenas de optimismo, relativas al actual movimiento literario y poético:
«El Liberal -dice el mismo- rechaza esos juicios, tan extendidos como chabacanos, que han sentenciado a muerte a la actual poesía española.
Tiene, al revés, el meditado convencimiento de que la lírica española entra en los bellos días de su renacimiento y esplendor.
»Como Portugal y como Italia, los dos países que hoy se honran con mejor y mayor número de poetas, España cuenta hoy día con una lucidísima generación de poetas jóvenes.
»Tampoco El Liberal admite esa creencia baja y torpe de que en España nadie lee versos. Por el contrario, piensa que hoy más que nunca, es cuando se leen versos en España.
»Y para comprobar el segundo extremo, esto es, que en España hay bastantes devotos de la poesía, El Liberal prepara una colaboración de poetas, en la seguridad de que ha de ser muy del gusto de los lectores».
Varias afirmaciones, en efecto, contienen los párrafos anteriores, y quisiera yo recoger y glosar algunas, ampliándolas con juicios propios, por hallar que ésta es materia idónea y harto interesante para mi Informe.
¿Es cierto que Italia y Portugal son los dos países que se honran en la actualidad con mejor y mayor número de poetas?
De Italia, qué duda cabe que atraviesa por un floreciente período poético! Bastaría Gabriel d’Annunzio, con su alta y fecunda labor para glorificar a la tierra de Leopardi y de Carducci.
Su Nave recorrerá en breve tiempo el mundo, dejando la más lujosa estela de triunfos. Desde el monarca italiano hasta las turbas romanas, todos han sabido comprender esa pieza que exaltando el viejo poderío marítimo del Lacio, señala también a un pueblo ansioso de supremacías el camino del porvenir.
«El Rey Víctor Manuel -decía una reciente noticia-, después de asistir a varias representaciones de La Nave, de D’Annunzio, obra por la cual siente profunda admiración, ha donado a la empresa del teatro Argentina diez mil liras en prueba de la satisfacción con que ve el rumbo que sigue su dirección artística, para bien de la dramática nacional.
»Hay que tener en cuenta que al fundarse la compañía Stábile, que explota el teatro, el monarca, la subvencionó espontáneamente, al conocer su programa, con veinte mil liras.
»La Nave sigue triunfando diariamente. Ha producido ya un beneficio líquido de ochenta mil liras.»
Cito hasta el fin esta noticia para que se aquilate mi afirmación anterior respecto de cómo en Italia las masas están, al par del Rey, identificadas con su gran poeta. Bastaría tan admirable indicio para concluir que hay en ese país un verdadero florecimiento poético y literario.
A él ayudan, por otra parte, circunstancias diversas; dos especialmente: el firme propósito que con fruto tan alentador está mostrando Italia de reconquistar su categoría mental de primer orden en el mundo, y el carácter tan personal y tan individual de la literatura y de la poesía italiana.
Respecto de esta segunda circunstancia, recordaremos aún las palabras pronunciadas no ha mucho en Francia por Matilde Serao en una interview:
«Al contrario de la literatura francesa -dijo-, la nuestra no tiene escuela, y como nuestro país está en cierto modo desmenuzado en provincias, cada una sigue sus tendencias, sus tradiciones, sus orígenes; en una palabra: cada una se queda en su concha. Quizá esta situación tiene sus defectos, pero también tiene sus cualidades, porque asegura a la literatura italiana más variedad y más color local.
»Sin embargo, hay una tendencia de concentración, cuyo foco es Roma, pero el movimiento puede considerarse aún como embrionario. No madurará sino dentro de veinte o veinticinco años».
Por lo demás, no es sólo literariamente como Italia progresa, en opinión de la señora Serao (opinión que habrán de compartir todos los que sigan con atención el movimiento mental de la Península), sino en Historia, en crítica y, sobre todo, en Sociología, de la cual hay una importante escuela, el creador de la cual es Enrico Ferri, jefe del partido socialista, a cuyo claro nombre fuerza es añadir, no por analogía de tendencias, sino por paralelismo de mérito, el del gran historiador Ferrero, autor de trabajos importantísimos sobre la grandeza y la decadencia de Roma.
En cuanto a Portugal, la afirmación del diario español citada al principio de este informe, es igualmente exacta. En el reino lusitano, probado en estos momentos por tan grandes infortunios, hay un vigorosísimo y substancioso movimiento poético y literario.
De él me he ocupado ya en alguno de mis informes, aunque muy someramente, y recuerdo por cierto que hablaba de esa vaga filosofía, de esa tristeza céltica que flota sobre la lírica portuguesa, toda trémula de saudades y nostalgias.
Justamente después de la afirmación mía, un crítico español muy versado en todo lo que atañe al arte y a la mentalidad lusitanos, decía:
«Los portugueses son poco dados a las disciplinas metafísicas. La filosofía sistemática de escuela no es planta que arraigue en el Portugal contemporáneo; a cambio de esto, por la poesía de nuestros vecinos vaga una filosofía nómada, vaporosa, sentimental. Su lirismo, esencialmente amatorio, se enamora algunas veces con apasionados transportes y casi siempre con melancólica ternura; se enamora de las mujeres y de las ideas.
De las ideas, como si fuesen mujeres. Y estas apariciones femeninas son figuras de plásticos encantos o sombras misteriosas. Son flores o nada más que fragancia de flores. Ensueños panteístas de diferente clase, según que animen a la naturaleza o según que la espiritualicen».
Que Portugal se honra, según la afirmación de El Liberal que venimos glosando, con mejor y mayor número de poetas, lo comprobará simplemente esta enumeración que voy a haceros:
Entre los líricos figuran y pueden ser considerados, sin hipérbole, como grandes poetas, Eugenio de Castro, Guerra Junqueiro, Correa d’Oliveira y Augusto Gil.
Entre los dramáticos, con el mismo calificativo de grandes, están Julio Dantas, autor de Céia dos cardeaes, Rosas de todo o anno, Palacio de Veiros, Mater Dolorosa, y de tantos otros primores; López de Mendoça, y Lacerda. Si retrocedemos un poco, nos encontramos con temperamentos tan privilegiados como Castilho, Joas de Lemos, Loares de Passos, Méndez Leal, Preira da Cunha, Limoes Díaz, Tomás Ribeiro y Gonçalves Crespo.
Me he entretenido, para dar más autoridad a este informe, en preguntar a dos literatos españoles, muy versados en letras portuguesas, cuáles eran sus poetas preferidos.
Nombela y Campos, el primer interrogado, me respondió: Joao de Deus, Anthero de Quental y Antonio Nobre son los verdaderos maestros de la poesía portuguesa y tres poetas que pueden hombrearse con los mejores de otros países.
Francisco Villaespesa, el segundo interrogado, me respondió ampliamente en estos términos:
«Para mí el más grande de los poetas portugueses es Eugenio de Castro, porque ha sabido fundir, mejor que ningún otro poeta, todos los elementos e innovaciones de la poética moderna, con el carácter de su pueblo y de su raza. Creo más: que fuera de D’Annunzio y Maeterlinck, es el primer poeta de la raza latina.
Señor del ritmo y de la imagen, sabe prodigarlos con la sobriedad y la elegancia de un ateniense del siglo de Pericles. Aun en aquellas de sus poesías más simbolistas, las imágenes son claros prismas tallados, griegas siempre, y el ritmo musical sin retorceduras, sin rechinamientos. Además, en todas ellas se ve al poeta portugués un poco melancólico y lleno de una íntima religiosidad por la naturaleza. Sagramor es uno de los más grandes poemas humanos que se han escrito, desde el Fausto. Constanza es toda el alma portuguesa simbolizada en aquella mujer engañada, que al morir perdona. Sus líricos son admirables y aun en aquellos de sus primeros versos, influidos por las recientes escuelas, se ve una gran nobleza de emoción y de estilo y se nota al gran poeta. Su influencia es enorme en la literatura portuguesa. Con Antonio Nobre, un poeta muerto en plena juventud, cuyo único libro So es lo más portugués, a pesar de todas las innovaciones métricas y rítmicas que se han escrito desde los admirables sonetos de Camoens, Eugenio de Castro constituye toda la poesía nueva de Portugal.
Hasta en Guerra Junqueiro se ve esta influencia, notada ya por críticos tan expertos como el novelista Abel Bothello. Guerra Junqueiro es el poeta más popular de su país, el de más prestigio; su obra es una evolución continua. A los veintidós años publicó La muerte de Don Juan y La vejez del Padre Eterno, dos libros demoledores, terribles, en los cuales parecía resonar aún la gran trompa del Hugo de los Castigos.
Después, La Patria, un panfleto espantoso, formidable, el mayor éxito de la poesía en Portugal, a raíz del ultimátum inglés. Luego dejó todos estos embates y escribió La Musa y Los simples, este último un gran libro, el más bello de todos, sencillo, lleno de amor y de paz, y sobre todo de naturaleza.
Por último, su panteísmo filosófico se tradujo en su oración al pan y en la oración a la luz, libros de gran exaltación imaginativa. Otro gran poeta portugués es Gómez Leal, el más querido acaso de la juventud. Su primer libro Claridades de Sal es una maravilla. Poeta interno, algo diabolista, ha publicado más tarde libros terribles, como La mujer de Luto, y unas divinas estrofas a la muerte de Jesús. Desarreglado, poeta de saltos y de lagunas, es, sin embargo, el más genial de todos.
Después de estos tres grandes poetas universalmente consignados, vienen los jóvenes, los de nuestra edad, es decir, de veinticinco a treinta y cinco años: Alfonso López Vieira, cuyos libros El encubierto, Ar livre y El poeta Saudade, son de un lirismo, verdaderamente portugués.
Poeta del mar, de las viejas leyendas, pero modernizándolas al subjetivarlas, es para mí el que mejor sigue la tradición de Antonio Nobre. Antonio Patricio, poeta también del mar, y de las íntimas complejidades de la vida moderna, el más atormentado, el más inquieto, el que acaso refleja mejor el estado de su época, y al decir época me refiero solamente a la época vista a través de un temperamento de poeta y no a lo que de social pueda significar. Patricio es un aristócrata nitzscheano, cincelador de joyerías raras y complicadas, pero fuerte e intenso. Su libro Océano fue un acontecimiento. Otros dos grandes poetas que dentro de los modernos procedimientos siguen la tradición sentimental y popular de la poesía portuguesa, son: Antonio Correia d’Oliveira (de quien hablo ya al principio de este informe) y Riveiro de Carvalho, más delicado, más sutil el primero, pero más fuerte y más intenso el segundo. El primero ha cantado el campo, con una sencillez virgiliana. Aparte de éstos, un gran poeta popular, autor de cuadros (coplas) para todos, Augusto Gil. Y ese admirable poeta íntimo, el más subjetivo de todos, que se llama Fausto Guedes Texeira, el más amado de las mujeres y de todos los sentimientos.
Su Mocedad perdida es un bello libro. Este poeta no tiene filiación con ninguno de los de su época; es el más original y su poesía psicológica es quizás única en Europa. Joao Lucio es un poeta de color y medio día. Es del Algarve y refleja su país como ningún otro. Aparte de éstos, que son los principales, existen multitud de «poetas verdaderamente notables sin contar a los grandes muertos».
Queda por tratar el capítulo relativo a España:
¿Es cierto que cuenta con una delicadísima generación de poetas jóvenes?
Es cierto, siempre que se mencione entre ellos, como, por lo demás, lo hace El Liberal, a nuestros líricos hispanoamericanos, que son poetas de lengua y de cultura española o en todo caso latinos.
Entiendo, en efecto, que puede sentirse honrada la nación, raza o lengua que cuenta, en número y calidad, con poetas como Rubén Darío, uno de los más indiscutibles príncipes de la lira moderna: ágil, singular, vario, culto y maestro indiscutible de la técnica; Salvador Díaz Mirón, altísimo en sus dos formas: la de brioso epicismo y la tersa y refinada forma actual; Leopoldo Lugones, el más original y personal de los poetas jóvenes de habla castellana; Antonio Machado, el más alto poeta lírico de la España joven.
Francisco Villaespesa, el más humano, el que más cerca está de la inquieta y melancólica alma contemporánea.
Luis G. Urbina, el más noble retoño de la poesía romántica en América, con un sentimentalismo de buena y bella cepa y una hondura de pensamiento notable: un cerebral completo.
Ramón del Valle Inclán, que no ha necesitado escribir sus versos para ser considerado con justicia como uno de los grandes poetas españoles de ahora.
Jesús E. Valenzuela, de una personalidad tan sugestiva e intensa.
Guillermo Valencia, pensador y artista incomparable.
Manuel Machado, cuyo último libro ha hecho exclamar a Unamuno:
«Manuel Machado consigue no pocas veces dejar de ser el hombre que es en la vida ordinaria -esta pobre vida que no debe ser sino pretexto para la otra- para convertirse en una cosa ligera, alada y sagrada, en un intérprete de la divinidad. Ocasiones hay en que le cuadra el viejo y ya tan gastado símil de abeja ática; ocasiones hay en que es clásico en el más estricto sentido».
José Santos Chocano, en cuya desbordante lírica hay todas las pompas y todas las frescuras de América.
Ricardo Jaimes Freire, cuya Castalia Bárbara fue una verdadera revelación en América.
José Juan Tablada, que ha logrado ser siempre raro y precioso.
Balbino Dávalos, cuya cultura es tan grande como su buen gusto, musa aristocrática y exquisita, parca, pero diamantina en la labor.
Antonio de Zayas, que ha acertado revivir en el duradero esmalte de sus versos serenos, las más nobles figuras de la historia de España.
Francisco M. de Olaguíbel, que supo en Oro y Negro dar una nota tan singular y tan bella.
Salvador Rueda, cuyo numen es como un lujoso surtidor irisado.
Efrén Rebolledo, el más artista y culto de los poetas del último barco... Y otros aún que alargarían esta enumeración más de lo debido.
Concluyamos, pues, afirmando que El Liberal está en lo justo y que la lírica española entra en los bellos días de su renacimiento y esplendor.
- II -
El catalán y la supremacía del castellano
Una de las muchas formas con que se manifiesta el catalanismo agudo, se refiere a la lengua. Los catalanistas à outrance han resuelto, por lo que se ve, proscribir en absoluto del principado la lengua castellana y hasta el recuerdo de los que con mayor brillo la han cultivado en España.
Su más vivo deseo sería que el catalán dominase no sólo en las cuatro provincias, sino que, trasponiendo líneas divisorias, lograse imponerse en toda la Península y ¡quién sabe si hasta sueñan con que derrote por completo en Castilla misma al idioma de Cervantes!
Tal tendencia, que se manifiesta en Cataluña, entre los exaltados, de todos los modos posibles, al grado de que en la última visita del Rey el discurso de bienvenida que ante él se pronunció fue en catalán, da lugar a interesantes debates y a estudios muy dignos de leerse.
Ahora quiero especialmente referirme a uno de estos últimos, a las páginas que acaba de publicar don Baltasar Champsaur, quien hace, a propósito de la futura suerte de la lengua catalana, observaciones de peso.
En realidad, según el señor Champsaur, esta cuestión del catalán, como todas las que se refieren a las lenguas, es de simple mecánica biológica. La lucha de las lenguas es como la lucha de las especies.
Condiciones y circunstancias diversas dan a unas la vida y a otras la muerte. Flourens dice que a la naturaleza lo mismo le importan los individuos que las especies. Las oleadas de la vida llevan y traen formas variadísimas sin que parezcan tener predilección por ninguna. Nadie se entristece hoy por la desaparición del celta y del latín, ni mucho menos por la de tantas lenguas que ya no se oyen ni en América ni en África, perdidas para siempre y sin remedio. Han desaparecido el etrusco, el dacio, el antiguo prusiano, y en el siglo XVII el cornuallés o cornico, sin que hayan perdido nada los descendientes de los pueblos que los hablaron, porque es bien cierto, como afirma el señor Ruibal en su tratado de filología comparada, «que no existe relación necesaria entre lenguas y pueblos y países y lenguas, por lo mismo que jamás concuerdan el carácter de los países y el de los habitantes con el de sus idiomas respectivos».
El idioma, por otra parte, no constituye la nacionalidad. Los imperios se forman y deshacen sin tener para nada en cuenta los idiomas, como se formó el imperio de Alejandro, como se formó Roma y como se ha formado Austria. La identidad de lenguas, dice Bry en su conocido libro de derecho internacional público, es sin duda un elemento importante de la nacionalidad, pero no es decisivo. En Suiza, el francés, el italiano y el alemán se reparten la supremacía y yo no creo que la confederación helvética, a pesar de su diversidad de origen y de lengua, está dividida en sus sentimientos nacionales y en su patriotismo, del cual son testimonio las páginas de su historia.
Cataluña podría, pues, seguir siendo tan regionalista como quisiera, sin dejar por eso de aprender el castellano, que es la lengua no sólo de Castilla, sino de diez y siete Estados americanos, y su pretensión de abolir el idioma en que han pensado todos sus hombres ilustres resulta, tras de ser vana, ilógica.
Pero sigamos leyendo a Champsaur, en concepto del cual, el catalán está forzosamente destinado a morir.
En esta mecánica biológica de las lenguas, dice, uno de los dialectos se impone y domina a los demás y se constituye en lengua oficial y literaria como sucedió en Francia con el dialecto de la Isla de Francia o lengua oil, que convirtió en patuás el picardo, el borgoñón, el walón y el provenzal.
«Es una ley natural, ineludible y, además, útil y sana. ¿Qué haríamos si todas las especies y todas las lenguas hubieran vivido fuertes y fecundas en toda la sucesión de los siglos? En este punto la Naturaleza no necesita rectificación.
»Por esta misma ley están condenados a muerte los dialectos o lenguas -da lo mismo- que se hablan en España, y así lo reconocen todos los lingüistas.
»El español concluirá pronto con el vasco», dice Hovelaque. El acantilado lingüístico del catalán se ve roído constantemente por el empuje vigoroso del oleaje castellano, hasta el punto de haber perdido ya gran parte de Aragón, en donde se hablaba constantemente su idioma o su dialecto. Y este poder invasor del castellano penetra también por Valencia, y se enseñorea de toda la región, amenazando la entraña misma del dialecto, el Ampurdán. La mujer catalana, espontáneamente, prefiere siempre el castellano; lo encuentra más armonioso, más distinguido, más culto, y por esta ancha brecha siempre abierta, a pesar de los terribles esfuerzos de todos los catalanistas, la lengua oficial y literaria penetra e invade el territorio rebelde. Inútil hacer diccionarios catalanes.
Inútil pronunciar discursos en catalán. Inútil la infantil manía de escribir sus cartas en catalán. Esa ley invulnerable de mecánica biológica lo ha condenado a muerte irremediablemente, como están condenados a muerte la ballena, el elefante y los monos de Gibraltar».
Como se ve, estas afirmaciones no pueden ser más categóricas. ¿Son asimismo justas? Yo creo que sí, quitándoles algo de su rigor. El catalán estará destinado o no a morir, pero lo que sí es un hecho es que el castellano habrá de dominar siempre en el principado, a pesar de todos los pesares.
¿Por qué? Por cuestión de intereses; porque los mejores clientes de Cataluña, los únicos clientes quizás, somos los españoles y los hispanoamericanos, y para vender sus productos el catalán tiene que hablarnos en nuestro idioma.
Ahora bien: el espíritu industrial y de expansión comercial es tan poderoso o más en Cataluña que el espíritu de secta, y el más furibundo separatista, si es fabricante o representante de fábricas, tiene que aprender velis nolis el idioma de sus parroquianos, ya que sin duda no serán ellos quienes se pongan a aprender el suyo.
Champsaur explica que el resurgimiento actual del catalán, como el del flamenco, es pura obra de literatos, y por consiguiente, añade, «cosa artificial y pasajera, sin verdadero arraigo en la muchedumbre, que se mueve siempre por necesidades concretas y tangibles y presta muy poca atención a las juglerías de los literatos».
En esto, naturalmente, no estoy de acuerdo con Champsaur. Todos sabemos que hay en los idiomas dos tendencias diversas e igualmente poderosas, que contribuyen a formarlos: la docta y la popular, y que ninguna de las dos vive sin la otra. No es sólo el pueblo el que hace o deshace los idiomas. Son también los sabios y los literatos, que dan a cada sentimiento, a cada sensación, a cada idea, a cada objeto nuevo, una denominación adecuada. Si el catalán ha vivido, es justamente gracias a la literatura: ¿quién podría negar la formidable influencia de las Siete Partidas, de la Estoria de España o Crónica General y de los libros exemplos en la formación de nuestra lengua? ¿Quién osaría disputar al Arcipreste de Hita, autor «de la epopeya cómica de una edad entera, de la comedia humana del siglo XIV», como dice Menéndez y Pelayo, no sólo el mérito de ser la fuente histórica por excelencia, merced a la cual averiguamos lo que en las historias no está escrito, sino la decisiva influencia que tuvo en la futura abundancia y gallardía de nuestro léxico?
Y a Boscán y a Garcilaso ¿quién puede quitarles su legítimo timbre de fertilizadores y suavizadores de la lengua castellana?
La ciencia de hablar, como expresa muy bien el sabio Benot, no debe buscarse en las palabras aisladas, como lo profesan generalmente las gramáticas, aun las que más presumen de razonadas y científicas. Tanto valdría buscar la arquitectura en los ladrillos. Los vocablos son la condición del hablar, pero no la esencia del hablar. Con palabras no se habla, sino con su «combinación elocutiva». Ahora bien: el pueblo suele crear palabras, de hecho crea muchas, pero en las combinaciones elocutivas resulta por lo general poco feliz y éstas no trascienden de cierta esfera de modismos bajos, que no logran vida larga. En cambio, los literatos y los poetas sí crean continuamente combinaciones elocutivas. Ellas son una de las condiciones del estilo de cada escritor: y de los libros, en los países que leen mucho, especialmente como Francia, Alemania, Inglaterra, pasan a las conversaciones, al idioma corriente.
Si la literatura de un país suele ser el reflejo de su vida, el idioma de un país muestra casi siempre el reflejo de su literatura.
El autor dramático, por ejemplo, si bien es cierto que muchas veces se apodera de las locuciones populares, en cambio las idealiza, las corrige y las fija de un modo definitivo en los oídos del público. Es un creador de idioma de los más efectivos.
Si el esperanto, como es muy presumible, llega a ser el idioma intermedio de los pueblos modernos, la lengua de las relaciones internacionales, se deberá a los literatos, y sólo a ellos, que empiezan a usarlo en las Asambleas, en los Congresos, y, sobre todo, en los teatros, en los periódicos y en las novelas y poesías.
Mas tiempo es ya de que vuelva yo al trabajo de Champsaur, quien dice para concluir cosas que merecen reproducirse y meditarse, como las siguientes:
«Por muchas cosas que escriban en catalán los catalanes, el oleaje del castellano continuará royendo todo el acantilado del dialecto, desde Lérida hasta Alicante, y seguirá penetrando en Cataluña con paso firme, amparado por el buen gusto y la predilección de la mujer catalana, para la que el castellano es siempre, y a pesar de la tiranía del catalanista, la lengua armoniosa, signo de distinción y de cultura. Y no es extraño, porque las lenguas dominadoras han revestido en todas partes estos significativos caracteres, razón de su imperio y de su triunfo. Es sólo cuestión de tiempo. Si el peligro no fuera tan real, los catalanistas no se hubieran acordado de lamentarse y enfurecerse, como por temporadas se lamentan y se enfurecen, haciéndose la ilusión de que las leyes naturales se ablanden con cándidos sentimentalismos. De aquí a ofrecer dádivas y sacrificios al dios San Jorge no hay más que un paso. Para bien de la cultura patria es bueno que no lo den.
»Pero hay más. Los mismos catalanes hombres están convencidos, y así lo sienten, de que el castellano tiene algo de superior que atrae y seduce. Su vocalización es mucho más armoniosa, más delicada y al mismo tiempo más enérgica y viril. Esta influencia sugestiva no depende del carácter de lengua oficial y de las grandezas que evoca por sí mismo: es algo esencial el mecanismo fonético del idioma, que el oído de propios y extraños ha tenido ocasión de apreciar en todos los tiempos. Escritores catalanes de verdadero mérito han escrito siempre en castellano, conformándose en esto a la acción real de las leyes naturales. Quadrado, el ilustre menorquín, escribió siempre en esta lengua, y entre sus obras, su hermoso libro Forenses y ciudadanos; Balmes, su Filosofía fundamental, correctísima, cosa que no había conseguido en sus primeras producciones; Pi y Margall, cuya corrección nada tiene que envidiar a ningún autor castellano, tiene un puesto muy distinguido en nuestra literatura. Y hoy descuella en nuestra oratoria el castizo y vibrante Maura, hijo de Mallorca. Puede asegurarse también que los catalanes que han escrito y escriben en catalán no están a mayor altura que los que escribieron en castellano. Pero ¿no era bretón Chateaubriand? ¿No fue provenzal Daudet?
¿Acaso Guimerá no escribiría con la misma valentía en castellano? ¿Hemos de repetir la verdad lingüística que las lenguas nada tienen que ver con el carácter, ni con la espiritualidad, ni con la filiación etnológica de los pueblos que las hablan? El hecho fatal es que la lengua castellana ha sido y sigue siendo la dominadora en España en este momento. Por consiguiente, hay que acostumbrarse a la idea de una descatalanización lenta, pero inevitable. Al vasco y al gallego le sucederá lo que al bable, que apenas se habla. Y hasta el portugués tendrá que rendirse ante la acción dominadora del castellano.
Las leyes naturales son sordas a las súplicas, a las lamentaciones y a los enfurecimientos.
»Es, pues absolutamente lógico, porque está conforme con la mecánica natural de las lenguas, que nuestros Gobiernos continúen con firmeza la acción castellanizadora de nuestra lengua, en la escuela, en el Instituto, en la Universidad, en los Tribunales de justicia, en todas partes adonde llegue su poderío, ya directa o ya indirectamente, y convénzanse de una vez para siempre los catalanistas, los vascos y los gallegos: hablando castellano seguirán siendo lo que son y lo que deben ser, porque las lenguas no tienen relación alguna ni con el carácter, ni con la mentalidad, ni con la raza de los pueblos.
¡Cuán grato nos sería a nosotros, que tanto amamos nuestro admirable idioma, hacer extensiva a Hispano-América la vibrante profecía del señor Champsaur!
¡Cómo desearíamos creer que también en nuestro joven continente la lengua castellana seguirá siendo la dominadora! Desgraciadamente, influencias enormes pesan sobre ella; su unidad es muy difícil, dada la inmensa extensión de nuestras comarcas y las débiles comunicaciones que éstas mantienen entre sí, y otra profecía desconsoladora que el ilustre Cuervo estampa en su gramática nos dice que es inminente un desmoronamiento del castellano en dialectos diversos. ¿De hecho no es ya un dialecto lo que se habla en la Argentina? ¿Y no va para tal la lengua española que se habla en Chile? Dos corrientes formidables, la sajona y la indígena, aportan de continuo vocablos que dan al traste con la elegante pureza del viejo idioma. Los literatos, los modernos sobre todo, hemos extraído del Diccionario y de los viejos libros cuanta belleza hemos encontrado, oponiendo a un criollismo de mal gusto y a una angliparla desastrada, verdaderos antemurales de piedras preciosas: todas las que ocultaban las arcas del castellano. Pero nuestra labor va siendo impotente contra el alud, porque luchan en desigualdad de condiciones. Un ferrocarril a través de todas nuestras tierras latinas y merced a él un vigoroso intercambio intelectual, salvarían a nuestra lengua de esa terrible amenaza de desmoronamiento en patuás feos e incultos. También sería gran aliada la baratura del libro. De otra suerte, muy en breve un mexicano ni entenderá a nadie ni se hará entender en el Perú, ni un peruano en Chile, ni un chileno en Buenos Aires, y tendremos que traducirles además a nuestros hijos, no sólo el Quijote, sino nuestros propios libros de fines del siglo XIX y principios del siglo XX.
- III -
De los nuevos metros y las nuevas combinaciones métricas en la literatura moderna.
Estrenóse, en los primeros días de este mes, en el Teatro Español, la leyenda trágica del poeta Eduardo Marquina, intitulada Las hijas del Cid.
Esta pieza, que es un decoroso intento dramático, tuvo uno de esos éxitos de estima que el público discierne a obras que no lo entusiasman, pero en las que descubre nobles fines y serias cualidades. La leyenda explota aquel episodio terrible de la vida del Cid en que éste, ya viejo, ve afrentadas a sus hijas de la más vil manera por los Condes de Carrión:
De concierto están los condes
hermanos Diego y Fernando;
afrentar quieren al Cid,
y han muy gran traición armado;
quieren volverse a sus tierras,
sus mujeres demandando,
y luego les dice el Cid
cuando las hubo entregado:
-«Mirad, yernos, que tratades
como a dueñas hijasdalgo
mis hijas, pues que a vosotros
por mujeres las he dado».
Ellos ambos le prometen
de obedecer su mandado.
Ya cabalgaban los condes
y el buen Cid ya está a caballo
con todos sus caballeros,
que le van acompañando.
Por las huertas y jardines
van riendo y festejando;
por espacio de una legua
el Cid los ha acompañado;
cuando d’ellas se despide
lágrimas le van saltando.
Como hombre que ya sospecha
la gran traición que han armado,
manda que vaya tras ellos
Alvar Fáñez, su criado.
Vuélvense el Cid y su gente,
y los condes van de largo;
andando con muy gran priesa
en un monte habían entrado
muy espeso y muy oscuro,
de altos árboles poblado.
Mandan ir toda su gente
adelante muy gran rato;
quédanse con sus mujeres
tan sólo Diego y Fernando.
De sus caballos se apean
y las riendas han quitado.
Sus mujeres que lo ven
muy gran llanto han levantado;
apéanlas de las mulas
cada cual para su lado;
como las parió su madre
ambas las han desnudado
y luego a sendas encinas
las han fuertemente atado.
Cada uno azota la suya
con riendas de su caballo;
la sangre que de ellas corre
el campo tiene bañado;
mas no contentos con esto
allí se las han dejado.
Su primo que las hallara,
como hombre muy enojado
a buscar los condes iba;
y como no los ha hallado
volviese presto para ellas
muy pensativo y turbado:
en casa de un labrador
allí se las ha dejado.
Vase por el Cid su tío.
Todo se lo ha contado
con muy gran caballería
por ellas han enviado.
De aquesta tan grande afrenta
el Cid al Rey se ha quejado;
el Rey como aquesto vido
tres cortes había armado.
He aquí, pues, el núcleo del drama; pero como la escena capital, de un interés rudo, de una trágica y salvaje belleza, no puede representarse, la obra resulta lánguida.
La escena que precede a la afrenta, hácela pasar el poeta en una tienda de campaña, ya en pleno bosque. Doña Sol y doña Elvira aguardan a los condes de Carrión para seguir su camino. Todos sus acompañantes amigos hanlas dejado ya. Se sienten muy solas y un angustioso presentimiento las acosa.
En esto un pobre romero anciano pasa por allí y se acerca a hablarles y trata de hacerles compañía. Su voz tiembla de ternura y también de presentimientos dolorosos. Es el Cid, el Cid que ostensiblemente no puede ya acompañar a sus hijas, a quien su carácter, su penacho, su leyenda misma como si dijéramos, prohíbenle mostrarse humano; pero que en el fondo tiembla por la suerte de sus hijas y, padre amantísimo, ronda por cuidarlas aquel claro de la selva.
Sangre del Cid ella sola se guarda, dícele orgullosamente doña Elvira, rehusando su compañía; doña, Elvira, que ha conocido acaso a su padre, tras del piadoso disfraz, y que con una frase altiva del mismo aprendida, quiere darle valor...
El Cid a esto nada puede responder y se aleja cubierto con la esclavina constelada de veneras, se aleja estremecido de piedad paterna, se aleja; pero no sin decir a las infantas que en el hueco de un árbol cercano deja un caramillo. Que en cuanto ellas requieran ayuda lo hagan sonar, y que a la voz aguda de la caña quienes velan por ellas vendrán a socorrerlas...
¡Ay! el caramillo suena; pero demasiado tarde, cuando los infantes de Carrión, ebrios y brutales, han afrentado ya a las míseras.
La escena ésta que describo, llena toda del temblor de lo que se espera, de la ansiedad de lo desconocido, es acaso lo mejor de la pieza.
El Cid aparece en toda la leyenda bajo un aspecto que ha desconcertado por completo a la masa del público: el de padre amantísimo, lleno de ternuras. De aquí tal vez el éxito discreto de la obra, que ciertamente merecía algo más. De seguro que todo el mundo esperaba combates, tropeles de turbulentas mesnadas, ruidosas rotas moras, descalabro de castillos, incendio de ciudades.
Y nada de esto sucede. En el primer acto el Cid organiza la nueva vida cristiana de Valencia, tomada ya a los sarracenos, y la infantita doña Sol aparece, como una princesa de las estampas, con un brial violeta, ingenua y celeste, distribuyendo caridades a los vencidos.
En el acto segundo vemos a los infantes de Carrión bebiendo y holgando en un harén, con bellísimas moras que por cierto sólo piensan en aturdirlos con sus caricias para entregarlos inermes a los suyos.
Mientras allá en los campos el Cid, que ha organizado una algarada, se bate con el enemigo, y en medio de la pelea echan todos de menos a los infantes.
En esta escena hay incidentes verdaderamente teatrales y con habilidad producidos, como la descripción que un jefe árabe hace, a propósito de un presagio, de cómo domaba a dos serpientes, y la entrada de Téllez Muñoz, sobrino del Cid, enamorado en silencio y caballerescamente de la infantita doña Sol, y que testigo de la cobardía de los de Carrión y generoso hasta el heroísmo, les entrega una bandera que él ha cogido a los moros para que ellos la muestren como trofeo propio, y les cuenta cómo ha sido la algarada, a fin de que puedan decir al Cid y a sus esposas que estuvieron en ella.
La obra es, en mi concepto, merecedora de loa; toda ella hija de un alto, noble y delicado intento; y si, como digo, su éxito no puede llamarse ruidoso -lo que en suma acaso es en su abono- sí puede calificarse en cambio de un éxito serio.
En casi toda la leyenda, y a esto quería yo venir a parar, como asunto por excelencia de mi informe, Marquina usa el endecasílabo gallego.
No puede hacer la postrera limosna... -dice con simbólico y sentencioso candor la infantita doña Sol a su aya, refiriéndose a Téllez Muñoz, que velada, pero expresiva y castamente, le revela su amor, y a quien ella, en su honestidad de casada, no puede consolar...
Sangre del Cid ella sola se guarda -exclama doña Elvira en las circunstancias que hemos apuntado, y de todas las bocas y en casi todas las escenas surge el endecasílabo gallego sin rima, como obedeciendo a un definitivo propósito de volverlo a la circulación corriente por parte del poeta.
Sabida es la historia de este metro. Cuando Rubén Darío vino por primera vez a España y escribió aquel célebre Pórtico a Rueda, díjose y sostúvose que había inventado un nuevo metro (el que hoy usa Marquina en Las hijas del Cid), hasta que Menéndez Pelayo puso las cosas en su lugar...
Darío mismo, por lo demás, refiere el suceso en las siguientes palabras de sus recientes Dilucidaciones:
...«Y mis aficiones clásicas encontraban un consuelo con la amistosa conversación de cierto joven maestro que vivía como yo en el hotel de las Cuatro Naciones. Se llamaba y se llama hoy, en plena gloria, Marcelino Menéndez Pelayo. El fue quien oyendo una vez a un irritado censor atacar mis versos del Pórtico a Rueda como peligrosa novedad:
... y esto pasó en el reinado de Hugo, emperador de la barba florida...., dijo: ¡Bonita novedad! Esos son sensiblemente los viejos endecasílabos de gaita gallega:
Tanto bailé con el ama del cura,
tanto bailé que me dio calentura.
Y yo aprobé. Porque siempre apruebo lo correcto, lo justo y lo bien intencionado. «Yo no creía haber inventado nada»... etc.
En efecto, no había invención alguna. Cuando yo era niño mi nana me contaba la viejísima historia de los Duendes del Bosque, quienes cantaban aquello de:
Lunes y martes y miércoles tres,
jueves y viernes y sábado seis.
Pero si Darío no ha inventado metros, ha en cambio devuelto a la circulación admirables combinaciones antiguas, como en sus layes, dezires y cantares a la manera de Johan de Mena.
Metros ya no inventa nadie, diga lo que quiera un estimable literato centroamericano, que en días pasados sugería una nueva combinación de sílabas y de acentos que sólo tenía el defecto de ser del todo inarmónica.
Si Darío y otros que como él (Lugones por ejemplo) tienen una digitación tan hábil para ese tecleo de la técnica, no han acertado con un hallazgo, dificilillo sería que otros acierten; pero no deja de ser lastimoso hacer constar que todo el virtuosismo moderno no haya dado aún una forma nueva a la lírica castellana.
Eso sí, las resurrecciones han abundado.
Poetas sobran que, juzgándolo procedimiento novedosísimo, echan mano de aquel balbuceo del endecasílabo por el que el divino Herrera experimentaba tal veneración y respeto, al leer las obras del marqués de Santillana.
En efecto, véase este soneto y dígase si la colocación de los acentos, si la cojera de algunos versos, si la ingenuidad del ritmo no lo asemejan a composiciones modernas de tal o cual ultrapoeta:
«O que diré de ti, triste emispherio,
o patria mía, que veo del todo
ir todas cosas ultra el recto modo,
donde se espera inmenso lacerio?
¡Tu gloria é laude tornó vituperio
e la tu clara fama en escureça!...
Por cierto España, muerta es tu nobleça
e tus loores tomados hacerio.
¿Dó es la fée... dó es la caridad?
dó la esperança?... Ca por cierto absentes
son de las tus regiones é partidas.
«Dó es justicia, templança, igualdat,
prudencia é fortaleça?... Son pressentes?
Por cierto non: que léxos son fuydas».
La veneración de Herrera se comprende: este soneto es el padre, admirable, de los innumerados que brotaron más tarde de tantas y tan doctas liras. El gran marqués de Santillana, cuya técnica fue tan notable para su época como la del Rey Sabio en la suya, cuando cultivaba «multitud de metros y ensayaba diversas combinaciones rítmicas, sustituyendo a la grave y austera rigidez de la gran maestría, ya la ligereza del arte real, ya la majestad y pompa de la maestría mayor, cuyo origen puede sin dificultad encontrarse en la métrica hebraica».
Indecible es el mérito de hombres como Gonzalo de Berceo, el Arcipreste de Hita, el Canciller Pero López de Ayala, al transformar la poesía castellana, y este mérito se vuelve inmenso en el marqués de Santillana, porque él unió a una comprensión clara y profunda una ductilidad de espíritu y de imaginación de que difícilmente se halla ejemplo, una erudición notable, un vivo deseo de progreso y una galanura incomparable en el decir.
«Nacido de la primer nobleza -dice uno de sus más ilustres biógrafos-, no le era posible echarse en brazos de la poesía popular, «de que las gentes de baxa e servil condición se alegraban»; para cultivar tan bella arte, debía hacerlo a la manera de los doctos, que alcanzaban en la corte de Castilla alto renombre; y aficionado desde la infancia con la lectura de los códices atesorados por sus mayores, a los ingenios eruditos, sólo podía encontrar en ellos modelos dignos de ser imitados.
Cuando, entrado ya en la juventud, comenzó a tomar parte en el movimiento intelectual de aquella corte, brillaron a su vista con inusitado esplendor las glorias de los italianos y lemosines, y no fueron para él de poca estima las obras de franceses y catalanes.» «Es notable -añade el biógrafo en sustanciosa nota- cuanto sobre los poetas franceses dice el marqués de Santillana en el párrafo XI de su carta al condestable, sobre lo cual pueden verse también los números XXX, LVIII, LVII, LVXXVI y LXXVII de su Biblioteca. Su amor a estos estudios le hizo ser considerado por sus coetáneos como sobradamente adicto o las cosas extrañas, llegando a tal punto, que el autor de las Coplas de la Panadera le califica del siguiente modo, al dar cuenta de su esfuerzo en la batalla de Olmedo:
Con fabla casi extranjera,
armado como francés,
el nuevo noble marqués
su valiente bote diera.
A tan recio acometiera
los contrarios sin más ruego,
que vivas llamas de fuego
pareció que les pusiera».
No debemos quejarnos, los poetas de ahora, de todos los cargos que se nos han hecho con harta acritud, por nuestra adhesión a las cosas extrañas, que han servido por cierto para enriquecer la poesía castellana.
En buena compañía estamos para las censuras. El marqués de Santillana, hace muchos siglos, y después Boscán y Garcilaso y más tarde Cervantes, fueron reprochados por lo mismo y, sin embargo, a ellos se debe el brillo de la rima. Siguiendo las huellas de los trovadores provenzales, «aspirando al propio tiempo a dotar a la literatura castellana de la metrificación ilustrada con las creaciones de los vates toscanos», fue cómo el nobilísimo marqués engrandeció esta literatura.
Los poetas nuevos de América y de España hemos procurado algo análogo en estos tiempos, y sobre nosotros han llovido soflamas, escándalos y aspavientos, de los que acaso, en suma, debiéramos enorgullecernos.
No nos enorgullezcamos, empero, demasiado. Menos felices que el marqués de Santillana, aún no hemos logrado inventar un metro...
¿Tan difícil es, pues, inventar un metro, que Darío, con todo su docto y tenaz deseo, lo más que ha logrado es popularizar los olvidados, y ninguno de los nuevos de América ha logrado más que él?
Difícil, sí, debe ser, y en todos los idiomas, ya que Edgardo Poe, que en su Cuervo procuró con empeño originalidad grande, no quiso lanzarse a la conquista de un metro nuevo, contentándose sólo con una inusitada combinación de metros conocidos.
«Aquí bueno será decir -como afirma el gran poeta- unas cuantas palabras de la versificación. Mi primer objeto, como de costumbre, fue la originalidad. Lo mucho que ésta se ha descuidado en la versificación, es una de las cosas más incomprensibles del mundo. Admitiendo que hay poca posibilidad de variedad en el mero ritmo, es, sin embargo, claro que las variedades posibles de metro y estrofa son absolutamente infinitas y, sin embargo, «durante siglos enteros, nadie, en verso, ha hecho ni parece haber intentado hacer una cosa original. De hecho, la originalidad -a no ser en espíritus de fuerza muy excepcional- no es, como muchos suponen, cuestión de impulso o intuición; en general, para encontrarla, hay que buscarla trabajosamente, y aunque es un mérito positivo y de la más alta calidad, exige para lograrse menos invención que negación.
»Por supuesto, no tengo pretensiones de originalidad ni en el ritmo ni en el metro de El Cuervo. El ritmo es trocaico, el metro es octámetro acataléctico, alternando con heptámetro cataléctico, repetido en el estribillo del quinto verso y terminado con tetrámetro cataléctico. Con menos pedantería, los pies empleados consisten en una sílaba larga seguida de una corta: el primer verso de la estrofa consta de ocho pies de éstos- el segundo, de siete y medio; el tercero, de ocho, el cuarto, de siete y medio; el quinto, de los mismos, y el sexto, de tres y medio. «Ahora bien; cada uno de estos versos, considerados aisladamente, se ha empleado ya y toda la originalidad que tiene El Cuervo está en su combinación para formar la estrofa, pues nunca se había intentado nada, ni remotamente, semejante a ello».
Hace unos doce lustros que se escribieron estas líneas. Desde entonces, mucho se ha intentado en asunto de combinaciones y muchas se han logrado.
El metro de nueve sílabas, por ejemplo, se usaba rara vez en la literatura, considerándosele rudo e insonoro. Hoy se usa familiarmente y nuestro oído, a él acostumbrado, lo encuentra armonioso, descubriendo en él una música nueva y bella.
Darío dice:
juventud, divino tesoro,
ya te vas para no volver:
cuando quiero llorar no lloro
y a veces lloro sin querer.
Y de fijo nadie osará afirmar que estos versos son ingratos. Yo (y perdóneseme que me cite: lo hago sólo a título de ejemplo), yo he usado mucho el verso de nueve sílabas, que satisface por completo mi oreja. Recientemente escribí los siguientes:
Papá Enero que tienes tratos
con los hielos y con las nieves
(y que sin embargo remueves
el celo ardiente de los gatos),
guarda en tu frío protector
el cuerpo y el alma en flor
de mi niña de ojos azules
(en cuyas ropas y baúles
hay castidades de alcanfor).
Mantén sus ímpetus esclavos,
mantén glaciales sus entrañas
(como los fiords escandinavos
en su anfiteatro de montañas).
Pon en su frente de azahares
y en su mirar hondo y divino
remotos brillos estelares,
quietud augusta de glaciares
y limpidez de lago alpino.
He usado, asimismo, de este metro en combinaciones diversas con otros, obteniendo efectos muy variados. Éstos por ejemplo:
Yo no sé si estoy triste
porque ya no me quieres
o porque me quisiste,
¡oh! frágil entre todas las mujeres;
ni sé tampoco
si de ti lo mejor es tu recuerdo
o si al olvidarte soy cuerdo
o si al recordarte soy loco; etc.
Martínez Sierra ha combinado estrofas como ésta:
Y un precoz pensador de diez abriles,