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IRAQ, LA GUERRA SIN FIN archivo del portal de recursos
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Hugo Alconada Mon
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A 5 años de la invasión norteamericana
El 20 de marzo de 2003, amparadas en
el concepto de guerra preventiva que inauguró el 11-S y con la falsa
excusa de eliminar las armas de destrucción masiva supuestamente en
poder de Saddam, las tropas norteamericanas entraron en territorio
iraquí. Cinco años y miles de muertos después, Irak se sigue
desangrando en violencia, y EE.UU. no sabe cómo salir del pantano en
que se ha convertido su aventura bélica
WASHINGTON.- Cinco años y tres semanas atrás, José María Aznar se
acomodó en el sofá, miró al dueño de casa y le planteó: "Lo único que
me preocupa de ti es tu optimismo". George W. Bush ahuyentó su temor
como a un mosquito. "Soy optimista porque creo que estoy en lo cierto.
Estoy en paz conmigo mismo", afirmó. Y así es como, líneas después,
termina el memo de la conversación que mantuvieron en su rancho de
Crawford, en febrero de 2003. Minutos antes, Bush le había anticipado
que era el momento de deshacerse de Saddam Hussein, con o sin la venia
de las Naciones Unidas, y que sus tropas entrarían en Bagdad para
mediados de marzo. La Guerra en Irak estaba por comenzar.
Cinco años después, las consecuencias de aquella "guerra
preventiva" -que, al decir del poderoso vicepresidente Dick Cheney,
debía durar "semanas, más que meses"- son inabarcables. Modificó el
statu quo político, cultural, económico y social en Estados Unidos. Sus
secuelas se extienden al Medio Oriente -con obvia y dramática
profundidad y alcance en Irak-, Europa y América latina. En rigor, a
cada punto del planeta, de un modo u otro.
Pero la guerra resulta aún tan controvertida como desconocidos
son aún los motivos que empujaron a Bush. ¿Consideró a Hussein una
verdadera amenaza terrorista? ¿Fue por el petróleo? ¿Deseó superar a su
padre y también presidente George H. W. Bush? ¿Pensó que la democracia
florecería en el desierto? Acaso nunca obtendremos una respuesta
certera. Pero han amanecido ya algunas verdades entonces ocultas.
Cinco años después, se sabe que el dictador no mantenía
vínculo alguno con la red al-Qaeda, con su líder Osama ben Laden ni con
los 19 secuestradores que atacaron el 11 de septiembre de 2001 y que
llevaron a Bush a lanzar una advertencia urbi et orbe: "O están con
nosotros, o están con los terroristas".
¿Por qué no se concentró en cazar a los terroristas en Afganistán u otros santuarios del Medio Oriente y Asia?
Una respuesta posible la aportó Henry Kissinger, el
über-realista de la política internacional. "Porque Afganistán no era
suficiente", según cita el periodista Bob Woodward en su último libro, Estado de Negación
. En la guerra contra el radicalismo islámico, ellos quieren humillar a
Estados Unidos, argumentó, y "nosotros debemos humillarlos a ellos".
Era necesario enviar un mensaje: "No vamos a vivir en el mundo que
ellos quieren para nosotros".
¿Por qué no atacar entonces Irán y Siria, patrocinadores del
grupo terrorista Hezbollah? ¿Por qué no Arabia Saudita, donde nacieron
Ben Laden y 15 de los 19 protagonistas del 11-S?
La respuesta quizá la tenga el presidente del centro
conservador American Enterprise Institute, quien, ya con la guerra en
Afganistán en marcha, convocó a un grupo de académicos a pedido de su
amigo y entonces número dos del Pentágono, Paul Wolfowitz. Formaron el
grupo "Bletchley II" y redactaron un reporte. "La conclusión general
fue que Egipto y Arabia Saudita eran la clave, pero que los problemas
allí eran insolubles". Con Irán ocurría algo similar, pero Irak era
distinto, más débil. "Saddam tendría que dejar la escena antes de que
se resolviera todo el asunto. Esa era la única forma de transformar la
región". Es decir, crear el prometido "tsunami democrático" que Bush
anunció para el Medio Oriente.
Cinco años después, también se sabe que no había armas de
destrucción masiva en Irak. Tras la primera guerra del Golfo, en 1990,
y las inspecciones de la ONU, interrumpidas a fines de esa década,
Hussein sólo pudo reconstruir la ilusión de un arsenal para amedrentar
a Irán, su eterno rival. Pero, ¿la administración Bush también cayó en
la ilusión iraquí sobre los "tubos de aluminio" para un reactor, los
"laboratorios móviles" o el "uranio de Níger"? ¿O sólo la aprovechó
para sus propios fines?
La ciénaga iraquí
El enviado de la ONU
para el desarme de Irak, Hans Blix, recordó que sus inspectores
completaron más de 700 visitas a más de 500 lugares basados en los
datos que la CIA les aportaba. Luego se preguntó: "Si ésta era la mejor
información que tenían, ¿qué era lo demás? ¿Puede haber una certeza del
100 por ciento sobre la existencia de armas de destrucción masiva pero
0 por ciento sobre su ubicación?".
Por último, queda claro que la Casa Blanca confió en que la
invasión sería un "paseo" y que serían "saludados como libertadores",
como prometió Cheney. De esa convicción nació la falta de preparación
para la ocupación y graves errores, como la disolución del Ejército
iraquí y la expulsión de la administración de los afiliados al Partido
Baath, alentando que miles se unieran a la insurgencia.
Pero si resulta relevante descubrir las causas de la guerra,
más aún lo es evaluar sus consecuencias, que se extenderán por décadas,
tanto en Estados Unidos como en Irak y el resto del Medio Oriente, el
Grupo de los Ocho (con París y Berlín en las antípodas de Washington y
Londres) y la ONU.
En este país, la primera secuela es el desgaste de la "guerra
contra el terror", con la distracción de energías militares de la
verdadera lucha contra Al-Qaeda y otros grupos, y el desvío de más de
US$ 500.000 millones, más de dos veces el Producto Bruto Interno (PBI)
argentino. Un desgaste que complicó su relación de fuerzas con Rusia y
China, o Corea del Norte y Pakistán.
La dinámica política también viró su rumbo. Embanderados en su
oposición a la guerra, los demócratas recuperaron el control del
Congreso tras doce años bajo dominio republicano. Ahora aparecen bien
posicionados para regresar a la Casa Blanca en enero de 2009, aunque la
purga de quienes apoyaron el ataque también los alcanza. Si no, basta
con ver los dardos que recibe Hillary Rodham Clinton de su rival Barack
Obama, un opositor de la invasión desde la primera hora.
Al eje político se suma el filosófico. La corriente
neoconservadora afronta un ciclo de ostracismo, tras unir fuerzas con
los halcones de la administración Bush para sostener que Estados Unidos
debía ejercer su superioridad moral para difundir -imponer por la
fuerza si fuere necesario- la democracia liberal en el mundo árabe.
La elite periodística tampoco quedó exenta de las secuelas de
la guerra, con una renovada desconfianza entre los norteamericanos
luego de haber subordinado su misión a una ambigua idea de
"patriotismo". ¿Cómo olvidar las coberturas de Bush a bordo del
portaaviones Lincoln con su traje de piloto y un cartel anunciando, en
mayo de 2003, "Misión cumplida"? ¿O los elogios mediáticos al
"salvataje" que no fue tal de la soldado Jessica Lynch?
Más relevante es, sin embargo, el costo que se mide en sangre.
Casi 4000 soldados estadounidenses murieron durante estos cinco años
bajo el sol iraquí, junto a otros 29.000 heridos en combate, con el
consiguiente impacto en sus familias, por lo general de clases media y
baja de este país.
Las cuentas humanitarias son muchísimo más gravosas en Irak.
Para fines de 2006, entre 150.000 y 600.000 iraquíes habían muerto,
según su Ministerio de Salud o la Universidad John Hopkins. Otros
20.000 fallecieron desde entonces, según el respetado website Iraq Body
Count. A estos deben sumarse los heridos, más de 2,2 millones de
desplazados internos y otros 2 millones en el extranjero, según el Alto
Comisionado para los Refugiados de la ONU.
Cuánto aumentarán esta cifras, en tanto, dependerá del tiempo
que permanezcan allí las tropas norteamericanas, los resultados de la
escalada dispuesta por el general David Petraeus y la voluntad de los
líderes locales para arribar a un acuerdo o, cuando menos, detener la
guerra civil.
¿De qué se trata esa lucha intestina? El ex embajador y
experto del Centro para el Control de Armas de esta capital, Peter
Galbraith, lo resumió así: "Los sunnitas objetan que Irak sea conducido
por partidos religiosos chiitas, a los que ven instalados por Estados
Unidos, leales a Irán y tratando de definir al país de un modo que los
excluya". A su vez, "los chiitas creen que su mayoría democrática y su
sufrimiento histórico bajo la dictadura bathista les da derecho a
gobernar. No están dispuestos a negociar con los sunnitas, a los que
ven como sus antiguos opresores". Y a ambos se suman los kurdos, en el
norte, que quieren su independencia.
A esta ciénaga iraquí se suma el laberinto llamado Medio
Oriente. En los meses que siguieron al discurso de Bush sobre el "eje
del mal" de enero de 2002, Teherán le envió una oferta para negociar.
Los iraníes creían que eran los primeros bajo la mira. Pero con lo
ocurrido en Irak, ahora se sienten envalentonados. Ellos, Arabia
Saudita y Turquía se involucrarán en Irak si la guerra civil muta en
una confrontación total. Lo harán a favor de chiitas, sunnitas y
kurdos, respectivamente.
Como en las muñecas rusas, este complejo panorama se combina
con otro aún más amplio. Estados Unidos no sólo se desgastó como
potencia militar y económica -ahora en recesión-. También su imagen se
derrumbó alrededor del mundo. ¿Ejemplos? Las cárceles de Abu Ghraib y
Guantánamo, los vuelos secretos de la CIA, la aplicación de torturas a
detenidos -con Bush defendiendo en público las bondades del
"submarino"-, la entrega de sospechosos a países con historiales negros
de violaciones flagrantes de los derechos humanos, y hasta la inmunidad
otorgada en Irak a los custodios privados de Blackwater.
Lo que vendrá
¿Hubo, acaso, algún saldo
positivo para Washington durante estos años? Sí. Para empezar, reafirmó
que, aun sin apelar a su arsenal nuclear, su poderío militar es
inigualable. Y a diferencia de lo que ocurrió con Vietnam, esta vez su
sociedad cobija a sus veteranos. También confirmó que sus acciones y
omisiones -allí, en Afganistán, Irán, Pakistán, Siria, el Líbano o los
Territorios Palestinos- son seguidas con atención alrededor del mundo.
Continúa siendo un parámetro, para bien o para mal.
Aún queda por precisar, no obstante, si la doctrina de los
"ataques preventivos" seguirá en pie cuando Bush se marche de la Casa
Blanca. Es notable, por lo pronto, que sus aliados más cercanos que
validaron esa teoría y lo acompañaron en el ataque hayan tenido que dar
un paso al costado: el británico Tony Blair, Aznar, el italiano Silvio
Berlusconi, el australiano John Howard.
Otra buena nueva para Washington es que, como lo demuestran
las encuestas en la Argentina, América latina y otras partes del mundo,
su imagen negativa tiene todo que ver con Bush y no tanto con el país
en sí. Sin importar quién lo reemplace en enero de 2009, su salida
renovará las esperanzas globales.
Qué ofrecerá el futuro, claro está, dependerá también de quién
triunfe en las urnas de noviembre. Si gana Obama, o Clinton, podría
darse una retirada por etapas, pero si vence el republicano John
McCain, el plan será establecer una presencia militar, como en Corea
del Sur o Alemania, durante "quizá 100 años", según adelantó.
Una fecha precisa de repliegue dependerá también de cómo
continúe la escalada. Todas las variables negativas -ataques, muertes-
han bajado, al igual que mejoraron otras -provisión de servicios
públicos, producción petrolera y gestión federal-. Pero esos ejes
tienen un límite preciso: la voluntad de avanzar unidos de sunnitas,
chiitas y kurdos.
Para Bush, en tanto, el sentido de la guerra mutó por completo
durante estos 5 años. Ya no expone los frutos de una victoria -un Irak
estable, el colapso de Irán y Siria, la democracia germinando en la
región-, sino los fantasmas de una derrota. "Las consecuencias de un
fracaso en Irak serían muerte y destrucción en el Medio Oriente y aquí,
en Estados Unidos", dijo en 2007. ¿Qué fue de aquel líder optimista que
se ufanó de su paz de espíritu ante Aznar?
Algunas cifras
El número de muertos en el frente iraquí varía según la fuente, con una oscilación que va desde 150.000 hasta 600.000. En el caso norteamericano, se calculan 4000 soldados muertos y 29.000 heridos desde el comienzo del conflicto.
El 43 por ciento de los iraquíes vive en absoluta pobreza, de acuerdo con la organización humanitaria británica Oxfam, mientras que unos ocho millones necesitan asistencia humanitaria.
Uno de los principales obstáculos para la reconstrucción del país es la corrupción. En el ranking internacional de corrupción elaborado por Transparencia Internacional, Irak figura tercero, entre los peores.