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LOS INFINITOS ROSTROS DE GALILEO archivo del portal de recursos
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Diego H. de Mendoza
Para LA NACION
Desde mediados del siglo XIX, la obra y la figura del astrónomo italiano han sido el campo de batalla en el que se han enfrentado ideologías opuestas y revisionismos obsesivos, además de generar una febril proliferación de textos analíticos
El pasado no existe. O, como sostiene Jacques Revel, "no existe para
nosotros sino en el modo de la ausencia". Esta fragilidad ontológica
hace que el pasado sea para los historiadores algo casi tan incierto
como el devenir. La propia práctica de la historia, como discurso vivo,
agonístico y creativo, transforma los hechos del pasado en procesos
cambiantes. Por eso, para los historiadores la estabilización del
pasado no es tanto un síntoma de objetividad o verdad como de
desinterés u olvido.
No es el caso de Galileo Galilei, cifra central del mito de
los orígenes de la razón moderna, de la jactancia de la inteligencia
geométrica, de la idealización de la verdad científica y de su trágica
debilidad frente al poder. Metáforas, figuraciones y parábolas
alrededor del imaginario de la modernidad convergen en Galileo.
Galileo murió en 1642. Ya en 1654 su discípulo Vincenzo
Viviani comenzó a escribir, a pedido del príncipe Leopold de Medici, la
primera versión heroica de las actividades de su maestro. La Vida de Galileo
fue publicada póstumamente solo en 1717. "La naturaleza eligió a
Galileo para revelar parte de sus secretos", dice allí Viviani.
Si bien la leyenda del Galileo mártir, víctima de la
Inquisición, se inicia en el mundo protestante (el registro más
temprano se encuentra en la Aeropagitica - Speech for the Liberty of Unlicenc d Printing, 1644, de John Milton), los philosophes
la hicieron prosperar durante el siglo XVIII. En ese momento se
cristalizó el rol de villanos asignado a los "peripatéticos". El
anticlericalismo fue el rasgo más marcado que la Ilustración aportó al
"caso Galileo".
Michael Segre explica que, en las décadas que siguieron a la
muerte de Viviani, los detalles de las actividades de Galileo, de su
obra y sus procedimientos eran poco conocidos y menos aún comprendidos.
Esto explica para Segre que durante el siglo XVIII las
caracterizaciones del héroe comenzaran a diversificarse e, incluso, que
proliferaran las adaptaciones a los gustos y necesidades de las
diferentes perspectivas filosóficas.
Ahora bien, a fines del siglo XIX, "el mártir ha sido
santificado", sostiene Pietro Redondi en un artículo de 1994. Es
interesante notar que, en el mismo momento en que el proceso de
"canonización" alcanza su cenit, se producen las primeras perspectivas
desmitificadoras, como resultado de orientar las nuevas investigaciones
hacia los predecesores y contemporáneos de Galileo. La construcción de
una nueva imagen del pisano incluyó, entre otros resultados, una
genealogía que lo conecta directamente con las especulaciones sobre el
movimiento de la Baja Edad Media. En esta lista se incluyen los
trabajos de Pierre Duhem y Eduard Jan Dijksterhuis, o los de Raffaello
Caverni y Emil Wohlwill, quienes incluso destacan algunos fracasos de
Galileo, como el intento malogrado de formular un principio general de
inercia.
Desde entonces, como en un laberinto de espejos, una secuencia
de posibles Galileos se extiende y se ramifica, ya no solo como
personaje histórico, sino también como objeto de despliegue textual y
materia prima de batallas ideológicas y epistemológicas. Antonio
Favaro, responsable de la Edizione Nazionale
de las obras de Galileo en veinte volúmenes (1890-1909), en un intento
de catalogar este aluvión divergente dedicó a comienzos del siglo XX
algunos ensayos a su iconografía. Desde entonces resulta claro que si
bien pasó por el mundo un único Galileo, ya no lo hay, ni volverá a
haberlo.
Entre las elaboraciones más conocidas del siglo XX, debe
mencionarse la del historiador ruso Alexandre Koyré. En la línea de las
interpretaciones filosóficas del estilo de Cassirer o Husserl, Galileo
es para Koyré el protagonista ejemplar de la "revolución científica" y
sus novedades deberían ser interpretadas en el marco de una metafísica
platónica. En 1943, en su artículo "Galileo y Platón", publicado en el
célebre Journal of the History of Ideas
, Koyré sostiene que entre las características de "la actitud mental o
intelectual de la ciencia moderna" debe contarse "la matematización
(geometrización) de la naturaleza y, entonces, la matematización
(geometrización) de la ciencia". Para Koyré, el papel de los
experimentos habría sido subsidiario e, incluso, muchos de los
experimentos que Galileo dice haber realizado, como el célebre del
plano inclinado, deben interpretarse como pura estrategia retórica de
persuasión. Así, Galileo"ha hecho bastante más que declararse un
seguidor y partidario de la epistemología platónica [...]. La nueva
ciencia es para él una prueba experimental del platonismo".
La notable erudición y transparencia hipnótica con que Koyré concibió su Galileo fueron seminales para el boom
de la historia de la ciencia anglosajona de la década de 1950. Sin
embargo, varios historiadores apuntaron su artillería sobre el Galileo
platónico. En esta tarea de demolición participaron Eugenio Garin,
Thomas Settle -quien repitió con obsesivo detalle el experimento del
plano inclinado-, Maurice Finocchiaro y Stillman Drake, con su análisis
abrumador de las notas manuscritas de Galileo -notoriamente, las
dedicadas a péndulos y cuerpos en descenso por planos inclinados-.
Estos autores demostraron que el Galileo de Koyré era una franca
idealización. Galileo llegó a la ley de caída de los graves concibiendo
ingeniosas maneras de realizar mediciones extremadamente precisas: era
un habilísimo experimentador.
Lo que resulta llamativo e insinúa que en la historia del
conocimiento parece haber en juego algo más que describir o interpretar
el pasado es que el Galileo platónico persiste como un arquetipo
epistemológico, como una figura que la historia podría efectivamente
haber producido. El Galileo platónico, aunque falso, persiste como una
encrucijada donde convergen y fugan muchos nudos que definen el
imaginario denso construido alrededor del sentido de modernidad.
Con indudable intención de provocación, el filósofo anarquista
de Berkeley, Paul Feyerabend, en 1975 sostuvo que "Galileo tuvo éxito
debido a su estilo y a sus hábiles técnicas de persuasión, porque
escribía en italiano en lugar de hacerlo en latín, y porque apelaba al
pueblo que por temperamento es opuesto a las viejas ideas y a los
criterios de aprendizaje relacionados con aquellas ideas". Para
Feyerabend, el procedimiento real seguido por Galileo, de inagotable
riqueza para la especulación metodológica, fue sustituir "una teoría
empírica y comprehensiva del movimiento [...] por una teoría del
movimiento mucho más restringida y más metafísica". Para Feyerabend,
Galileo "dio muestras de un estilo, de un sentido del humor, de una
elasticidad y elegancia, y de una conciencia de la estimable debilidad
del pensamiento humano, que no han sido igualados nunca en la historia
de la ciencia". Estas cualidades llevan a Feyerabend a hablar del
"oportunismo" de Galileo.
Sobre esta compleja geografía de estratos, el libro Galileo Cortesano
(1993) de Mario Biagioli, profesor de historia de la ciencia de la
Universidad de Harvard, mostró una vez más que Galileo era todavía un
desconocido. O dicho de otra manera, que quedaba aún por develar un
Galileo bastante diferente de todos los existentes hasta ahora.
Hasta 1610, dice Biagioli -cuyo libro Katz publicará en la
Argentina a comienzos de mayo-, la carrera de Galileo fue típica de un
matemático universitario competente y algo osado. Pero en aquel año las
cosas cambiaron abruptamente y se inició un proceso de migración
institucional que hizo de Galileo un innovador en el terreno de la
legitimación socioprofesional. Luego de mejorar el telescopio
(instrumento que había sido desarrollado en Holanda), Galileo hizo
varios descubrimientos astronómicos deslumbrantes. Fue entonces cuando
pudo abandonar la Universidad de Padua e ingresar a la corte de los
Medici para dejar de ser un simple matemático y transformarse en un filósofo
del gran duque. El argumento clave del libro de Biagioli es que este
paso significó la construcción de una identidad socioprofesional
original. Hábil manipulador de la maquinaria de mecenazgo cortesano,
"Galileo se reinventó a sí mismo en 1610", al renegociar los roles
sociales y los códigos culturales existentes. "Galileo fue un bricoleur
", dice Biagioli. En este sentido, su compromiso creciente con el
copernicanismo y su autopromoción como cortesano exitoso se
potenciaron.
Con esta hipótesis, Biagioli estudia el estatus de las
matemáticas durante el Renacimiento. Si bien es cierto que durante ese
período las matemáticas mostraron un notable éxito en la resolución de
algunos problemas prácticos (artillería, nuevas técnicas de
fortificación, reorganización de catastros, estructuras para la
distribución de agua, etcétera), en la jerarquía consolidada desde
siglos atrás en las universidades las matemáticas estaban subordinadas
a la filosofía y la teología. La posibilidad de legitimar el punto de
vista copernicano requería de una reestructuración de esa jerarquía. La
clave del argumento de Biagioli está en asumir que en las cortes
italianas las cosas ocurrían de manera diferente de lo que ocurría en
las universidades. Allí el estatus social, profesional y epistémico
estaba determinado por el favor de los príncipes. De esta forma, para
Biagioli, las cortes fueron el espacio social en el cual las
matemáticas pudieron ganar prestigio y credibilidad. Debemos pensar el
mecenazgo de los príncipes y señores, dice el autor, como una
"institución sin paredes". Entre otras cosas, esto contribuyó de forma
seminal a la legitimación de una nueva filosofía natural que trasformó
en verosímil el punto de vista copernicano.
A casi quince años de su publicación, el libro de Mario
Biagioli está por aparecer en la Argentina traducido al español.
Mientras tanto, ya se han producido otras obras relevantes. Alcanza con
citar Galileo in Context
(2003), obra colectiva dirigida por Jürgen Renn, historiador de la
ciencia del Instituto Max Planck, donde se pone el énfasis en el uso de
Galileo de las nuevas técnicas de representación visual en su
astronomía, o la nueva combinación de ciencia universitaria y
conocimiento práctico de los ingenieros y artesanos que estaría
presente en sus trabajos.
Así, entre sutilezas metodológicas y flagrantes anacronismos,
entre revisiones obsesivas de manuscritos y especulaciones
desembozadas, historiadores y filósofos, como instrumentos al servicio
de un principio de plenitud textual, desde mediados del siglo XVII no
cesan de concebir Galileos platónicos, arquimedianos o empiristas,
pioneros de la ciencia aplicada, incluso hipotético-deductivistas y
hasta positivistas lógicos. Hay Galileos marcados por el ethos
de los artesanos e ingenieros renacentistas, otros deudores de la
escolástica e, incluso, del aristotelismo medieval. También los hay
librepensadores, oportunistas, hábiles cortesanos y, como el de Brecht,
con algún matiz socialdemócrata. Los rostros de Galileo continúan
fluyendo.