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RETRATO DE UN RENACENTISTA: CARLOS FUENTES archivo del portal de recursos
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Tomás Eloy Martínez
A cincuenta años de su primera publicación, acaba de reeditarse La región más transparente (Alfaguara), quizás la novela más destacada del autor de Gringo viejo y una de las más sobresalientes de la narrativa en español del siglo XX. Tomás Eloy Martinez analiza en este texto, publicado originalmente en francés, en los prestigiosos Cahiers de I´Herne , la importancia literaria del escritor mexicano y el papel que éste desempeña como intérprete y profeta de las aspiraciones latinoamericanas. La voz de Fuentes ha pusto siempre en primer plano, sin dogmatismos ni mordazas, los problemas y ambiciones de Iberoamérica
El siglo XX está poblado de intelectuales emblemáticos. Ninguno de
ellos ha reflejado tan bien como Carlos Fuentes las atmósferas, los
humores, las obsesiones y los cambios de piel de América latina. No es
por condescendencia o por instinto que, en los Estados Unidos, los
senadores, los editores de periódicos y los diplomáticos subrayan con
lápiz rojo los escritos políticos de Fuentes ni es por rendirse al
magnetismo de su lenguaje -elegante, preciso, henchido de ideas como un
viñedo en las semanas de cosecha- que las opiniones de Fuentes son
citadas tan a menudo en los despachos de los ministros de Cultura de
Francia, España y el Reino Unido, al tiempo que las repiten las páginas
de Le Monde y Libération , de El País y The Guardian
. Desde hace más de treinta años los centros de poder y de opinión
perciben que América latina se expresa por boca de Fuentes y que los
deseos apagados del continente, los delirios amordazados por la
sensatez, así como el afán de justicia, los sueños insatisfechos, los
miedos milenaristas, el mestizaje, la mulatería, los duelos
interminables de la civilización y la barbarie, todos esos magmas de lo
que se entiende, mal o bien, por identidad latinoamericana han
encontrado siempre en Fuentes a su vocero y su profeta. De tanto en
tanto, América latina suele "pasar de moda" -como se dice frívolamente-
en los países industriales. Las ideas de Fuentes, no: siempre consiguen
reabrir discusiones que ya se daban por clausuradas.
En el primer número de la revista Mundo Nuevo , el aún joven novelista, que acababa de publicar Cambio de piel
, dio a conocer un credo intelectual del que nunca abjuraría. Para que
la palabra sea "reveladora y liberadora", decía entonces, debe también
ser disidente. "Nuestras grandes enajenaciones son el paternalismo y el
personalismo: la abdicación y la expectativa. Vivimos ansiosos de que
nos protejan. El escritor de derecha, obviamente, por los poderes
constituidos. Lo malo es que el escritor de izquierda, con demasiada
frecuencia, también se protege bajo una sombrilla ideológica que lo
exime de pensar con independencia, se disfraza con el decálogo del
apocalipsis venidero y deja de escribir, de someterlo todo a juicio a
través de la palabra y de la imaginación, que es nuestro mester."
Treinta y cinco años después, en En esto creo -su
mayor obra de pensamiento y a la vez uno de sus grandes libros-,
Fuentes dirá más o menos lo mismo, aunque ahora con el acento de un
clásico: "Libertad es la búsqueda de la libertad. Nunca la alcanzaremos
completamente". A las certezas de la juventud siguen las dudas de la
madurez: el universo puesto en duda; la realidad, también, puesta en
duda. "La revolución, a veces, es la fidelidad a lo imposible."
Enarbolar las banderas de la herejía, asumir el lenguaje como
único medio de acción y no la acción como único lenguaje, desacatar,
incomodar, mostrarse insatisfecho, antiprovidencial: tales han sido
siempre, para Fuentes, las consignas irrenunciables del escritor
latinoamericano. La historia ha dado muchas vueltas impredecibles, las
grandes causas han cambiado de signo pero, ante todas esas mudanzas,
Fuentes ha mantenido siempre los mismos principios. En nombre de ellos
defendió la revolución cubana durante la década del 60 y se alzó contra
la guerra de Vietnam y la invasión de los marines
a la República Dominicana. La misma intransigencia contra los dogmas y
el autoritarismo determinó que le volviera las espaldas a Fidel Castro
después de las diatribas que éste lanzó contra los intelectuales en
marzo de 1971, punto casi final del escandaloso "caso Padilla". Y fue
por preservar intactos sus ideales que renunció como embajador de
México ante el gobierno francés, cuando el presidente Luis Echeverría
encomendó la embajada en Madrid al ex presidente Gustavo Díaz Ordaz,
responsable mayor -según se creía entonces- de las matanzas de
Tlatelolco. Nadie más alejado que Fuentes del conformismo político,
como lo prueban las invectivas que suscitó su adhesión a la causa del
sandinismo en la década del 80 y la renovada fe en el papel crítico del
socialismo que siguen expresando sus discursos. Ningún otro
latinoamericano, tampoco, ha refutado con tanta inteligencia las
insensateces imperiales de George W. Bush, cuya idea de la
"democratización universal" es una perversión de la palabra democracia,
según lo demuestra Contra Bush , su libro más militante.
En todas las sinuosas vueltas del siglo xx y en lo que va del XXI,
Fuentes no incurrió en una sola contradicción ideológica. Aferrado al
palo mayor de sus principios, mientras la tempestad rugía por los
cuatro costados, se mantuvo fiel a las mismas ideas de la juventud.
Hizo repetidas profesiones de fe contra el servilismo, la explotación,
el autoritarismo, los dogmas, el provincianismo, las teologías
políticas y económicas. Y se pronunció a favor de la autoderminación de
los pueblos, de la democracia, del derecho de los latinoamericanos a
bañarse en las aguas de todas las tradiciones culturales ("Puesto que
hemos sido los últimos en llegar, la cultura de cualquier parte es
también nuestro patrimonio"). Apoyó los desacatos del lenguaje,
vinieran de donde viniesen, los alzamientos contra el conformismo
literario, la duda metódica ante cualquier verdad indisputable.
Hubo un momento, a mediados de los años 80, en que Fuentes
parecía estar en todas partes: justificando la loca imaginación
latinoamericana, desenmascarando el cinismo que Ronald Reagan había
entronizado en la Casa Blanca, estimulando a los lectores de The New York Times Book Review
a sumirse en los laberintos de las grandes novelas de Augusto Roa
Bastos o de Fernando del Paso, con una generosidad rara entre los
escritores de primera línea. Se lo veía también prodigarse en las
universidades grandes y pequeñas de México y Estados Unidos para abrir
las puertas de la lengua española y contribuir a que los infinitos
dones de la inteligencia latinoamericana fueran redescubiertos.
Por la originalidad y honestidad de lo que decía, acabó
convirtiéndose -sin que él lo buscara y sin que casi se diera cuenta-
en la conciencia estética y el emblema moral de América latina, en el
termómetro con que los poderes de cualquier signo medían las
temperaturas del continente. El novelista que había encandilado a dos
generaciones con los fantasmas de Aura , con el ascenso hercúleo de Cortés al Popocatépl en Terra Nostra y con las zancadillas políticas sin fin de La Silla del Águila
parecía haber descubierto la perdida piedra filosofal de la América
precolombina: el arte de transformar a las multitudes por la hipnosis
de la palabra. Como no estaba comprometido con otra causa que no fuera
la de sus convicciones ni tenía más ambición que la de mantenerse leal
a sí mismo, las ideas de Fuentes fueron atentamente seguidas tanto por
senadores ultramontanos como Jesse Helms -uno de los conservadores más
extremos de los Estados Unidos- como por el eterno Fidel Castro. Los
reyes de España y el primer ministro Felipe González lo invitaban a
cruzar el Atlántico en sus aviones para discutir el lenguaje común con
el que España y la América española podían hablarle al planeta en las
décadas por venir, y los presidentes de México no se perdían ni una
sola de sus advertencias sobre las hecatombes de la venalidad política
y los riesgos de la integración con los vecinos de más al norte. Fue el
rey Juan Carlos quien lo ordenó caballero de la lengua castellana en
Rosario, Argentina, cuando citó -él, que es tan parco en dar nombres
propios- a Fuentes y su feliz expresión "Somos todos hijos de la
Mancha". Eligió esa frase porque resume un linaje, un mandato, y
también un símbolo: respiramos el mismo idioma y soñamos el mismo sueño
redentor de Don Quijote.
Interesado por todo lo que tenga el aroma de la vida (¿acaso
no dijo él alguna vez, en los remotos años 60, que "se escribe con todo
lo que está vivo para uno: el amor, la violencia, el sexo, las drogas,
la pérdida, la familia, el trabajo, la derrota"?), Fuentes es el último
de los renacentistas en un continente intolerante con los
renacimientos. Al despuntar el año 2000, concibió la idea de reunir en
un foro de discusión constante a los más importantes políticos, hombres
de empresa e intelectuales de América latina, España y Portugal. Por
primera vez, seres lúcidos con intereses a menudo antagónicos se
encerraron en un mismo ámbito -primero en la Ciudad de México, luego en
Buenos Aires, Toledo, Campos de Jordao en Brasil y Cartagena de Indias-
para cotejar puntos de vista sobre temas tan sensibles como las
relaciones de los países del área entre sí y con los Estados Unidos,
las derivaciones sociales de la economía de mercado, la corrupción, los
gastos militares, los declives de la educación y la salud. Lo que
Fuentes bautizó como Foro Iberoamérica se convirtió en una formidable
máquina de pensar una realidad aquejada por disputas históricas y
recelos nacionales, hasta convertirla en una curiosa fraternidad de
ideas. La institución, ahora perdurable, acaso prevalecerá como una de
las mayores creaciones de Fuentes y, a la vez, como la más insólita
reunión de personajes sin tiempo libre que entregan más de tres días de
su vida, todos los años, al acto puro de reflexionar sobre el
continente sin otro interés que ese: descubrir otras miradas
inteligentes sobre un mismo paisaje.
La indomable energía de Fuentes, lejos de menguar con los
años, se multiplica. Desde 1991 ha publicado una docena de obras, entre
las que están algunas de sus novelas más notables. 1991 deparó La campaña, una formidable exploración del siglo XIX -que puede también leerse, igual que Terra Nostra y Cristóbal Nonato , como una interrogación a las claves del Milenio naciente-; en abril de 1993 dio a conocer los relatos de El naranjo o los círculos del tiempo , en los que juega diestramente con los puntos de vista y los pronombres personales. En 1992 dio a conocer El espejo enterrado
, que se interna en las fuentes de la cultura precolombina para
interrogar el presente. Del 2003 es su monumental reflexión sobre la
pintura, Viendo visiones .Hacia 1994 terminó los relatos de La frontera de cristal , al mismo tiempo que publicaba Diana o la cazadora solitaria
, una de sus ficciones más complejas. Siempre hay uno o dos libros de
él asomándose en el horizonte, por lo que no hay inquinas ni elogios
capaces de darle alcance.
"La escritura de novelas largas me deja exhausto", dijo
Fuentes a comienzos de la última década del siglo XX, luego de pasar
revista a las 570 páginas de Cristóbal Nonato , las 550 de Cambio de piel y a las casi 800 -muy apretadas- de Terra Nostra . Y sin embargo, ya estaba trabajando en la red de historias sin fin de Los años con Laura Díaz
, que se extienden en 600 páginas de caja grande. Publicada once meses
antes del fin del siglo, esa obra maestra es un acabado resumen del
país que asistió a la agonía del porfiriato, a la revolución de Villa y
de Zapata, a las luces de los emigrados españoles y latinoamericanos y
a la oscuridad de Tlatelolco. Como en La Silla del Águila
(2003), otro prodigio de arquitectura narrativa, el tema central es el
tiempo, pero el tiempo de México, es decir, un tiempo cíclico, a menudo
inmóvil: un perpetuo regreso a los pasados. En Tiempo mexicano
, Fuentes se preguntaba si "podemos, simultáneamente, hacer
presentables todos nuestros pasados y utilizarlos para la comprensión y
la justificación tanto de la vida como del orden externo de las cosas".
Es decir, si es posible rehacerse, reconstruirse, recuperarse. No
siempre la respuesta es la misma: el tiempo se mueve, y la dirección en
que lo hace -la ilusión constante es que se mueve hacia adelante, pero
a veces no es así- determina la redención o la perdición.
La edad del tiempo ha llamado Fuentes a la gran
comedia humana de sus ficciones. Y edad, allí, significa también
identidad. En el vaivén de las parejas, en el juego incesante de la
pasión, advierte que somos lo que somos, pero a la vez somos otros
cuando se nos sitúa en relación con alguien. En otra de sus grandes
novelas, La muerte de Artemio Cruz , ese ajedrez de la
identidad es nítido. Artemio muda de piel cuando está con Padilla o con
Catalina, y vuelve a mudarla con su hijo Lorenzo. Los otros, como el
tiempo, nos rehacen.
Conocí a Carlos Fuentes en Buenos Aires, la primavera austral
de 1962, cuando él volvía del Congreso de Intelectuales organizado por
la Universidad de Concepción, en Chile. Allí había deslumbrado a todo
el mundo, desde Pablo Neruda hasta el arisco José María Arguedas. Lo
recuerdo de pie en un frágil balcón de la calle Arenales, en el séptimo
piso de un departamento elegante, a la caída de la tarde, admirando las
espaldas de una mujer espléndida que escuchaba, extasiada, una
disertación de Ernesto Sabato sobre la decadencia de la novela
francesa. Junto a Fuentes estábamos Augusto Roa Bastos, Enrique
Pezzoni, José Bianco y yo mismo, sin abrir la boca. Siempre creí que
también estaba allí Julio Cortázar, quien había llegado a Buenos Aires
en esos días. Fuentes me ha corregido la memoria: no era Cortázar sino
Francisco Petrone, el actor argentino por quien él sintió desde el
principio una admiración que nunca declinó. En Buenos Aires acabábamos
de leer Aura y ya habíamos releído La región más transparente
. A todos nos parecía imposible que alguien tan joven fuera a la vez
tan maduro, tan dueño del instrumento que tañía y, a la vez, tan sabio,
con un sentido del humor tan veloz. Fue la primera vez que lo oí hablar
de un proyecto de varias novelas sobre dictadores, compuestas por los
jóvenes recién llegados a la literatura latinoamericana, cuyo irónico
título común debía ser Los padres de la patria . Allí mismo
trató de convencer a Roa Bastos para que se hiciera cargo del volumen
dedicado al doctor Francia y a Bianco para que se ocupara de Rosas o de
Perón. Bianco contestó, con aterrada cortesía, que la novela histórica
no le interesaba pero que de todos modos iba a pensarlo. Roa estaba
metido de narices en los libretos de cine con los que se ganaba la vida
y la idea de Yo el Supremo , que ni siquiera le rondaba por
la cabeza, brotó tal vez de aquella inesperada invitación. Fuentes
reclutaba adictos por todas partes: en Chile había convencido (o al
menos así lo creía) a José Donoso para que escribiera sobre Balmaceda y
a Jorge Edwards para que se ocupara de Melgarejo. ...l mismo hablaba
con fruición de la enorme novela que pensaba consagrar al dictador
Antonio López de Santa Anna, héroe de Tampico y de El Álamo, quien
había enterrado con increíble pompa, hacia 1838, la pierna perdida
mientras disparaba sus cañones contra la flota francesa en Veracruz.
En un continente provinciano, que canonizaba el regionalismo y
abjuraba -todavía, a un año apenas de su consagración en Formentor- de
los espejos y laberintos de Borges, a la vez que ignoraba (o simulaba
ignorar) la voz en sordina de Rulfo, las pesadillas de Felisberto
Hernández y el barroquismo elegante de Alejo Carpentier, Fuentes fue el
primero que se propuso imponer a la narrativa latinoamericana la
conciencia de que era única, universal, libre de falsas tradiciones
telúricas y de fantasmas campesinos; el primero que la salvó de su
secular complejo de inferioridad y la forzó a respirar el oxígeno del
mundo. A él, más que a ningún otro, se debe la idea de que el lenguaje
común y la naciente fe común en América latina podía convertir el
continente en el laboratorio de un mundo mejor.
Para los argentinos, que llevábamos décadas oyendo hablar, con
supremo engolamiento, de las esencias "invisibles" de la nacionalidad,
y que nos habíamos pasado los últimos años discutiendo, con toda
seriedad, si escribir no era un modo de conjurar el terror que nos
imponía "el silencio de Dios", las implacables reflexiones sobre lo mexicano
que Fuentes ponía en boca de sus personajes, como quien no quiere la
cosa, vertían sobre nosotros una naturalidad y un aire fresco con el
que lavábamos el almidón de nuestros próceres literarios. Recuerdo la
marca de fuego que nos había dejado en la imaginación la divisa de Ixca
Cienfuegos, uno de los inolvidables personajes de La región más transparente
: "Sé tú mismo, con todas las condiciones de tu vida", y también el
entusiasmo con que se la repetí a Fuentes aquella tarde, en el balcón
de Buenos Aires.
Volví a encontrarlo muchas otras veces en los años que
siguieron, tanto en su casa de Hampstead, Londres, como en la que le
alquiló al novelista James Jones en la isla de Saint-Louis, París;
durante el festival de Cannes de 1975 y en la embajada de México ante
el gobierno de Francia, donde tuvo la generosidad de cobijarme algunos
días cuando yo, exiliado reciente, andaba en busca de un país al que
huir de la barbarie argentina. Luego nos vimos en nuestras propias
casas vecinas de Washington, durante las semanas en que ambos
coincidimos como fellows
del Wilson Center, y hasta en algún desayuno en el hotel Carlyle de
Nueva York, mientras él corregía las pruebas de la edición
norteamericana de Cristóbal Nonato . Y tres o más veces por
año en el ya difunto hotel Delmónico de Manhattan o en las asambleas
del Foro Iberoamérica. En cada una de esas ocasiones sentí que estaba
ante una inteligencia única, siempre en guardia, y ante un ser humano
generoso con sus dones e insólitamente generoso en el reconocimiento de
los dones ajenos.
Uno de los placeres de su compañía son sus infatigables juegos
intelectuales, que pueden aludir a una novela perdida del perdido
Halldór Laxness o a versos de juventud de José Gorostiza, Salvador Novo
y Jaime Torres Bodet: lo he oído enhebrarlos y entreverarlos al azar,
hacia arriba y abajo, hasta componer la música de un poema que es de
ninguno de los tres. Lo he oído también improvisar corridos mexicanos
sobre el tema que se le pusiera por delante, sin vacilar en las rimas
ni en las cadencias, con un arte que resucita a los rapsodas griegos y
-en versión menos educada- a los payadores argentinos o a los albureros
de su país natal.
Cada nuevo libro de Fuentes ha sido siempre una sorprendente
aventura verbal, en la que todo se pone a prueba: desde la estructura
del relato hasta el incesante hacerse y deshacerse de los personajes.
Esa búsqueda sin tregua lo ha llevado a defender otros osados
experimentos narrativos como si en ello le fuera la vida, ya sea en la
obra de Milan Kundera o en la de Paul Auster como en la de Gabriel
García Márquez y la de Salman Rushdie. Esa pequeña comunidad
internacional de revolucionarios del relato ha terminado por ser,
también, una comunidad que está enseñándole al mundo a imaginarse y a
leerse de otro modo. Y la increíble respuesta no es ya el interés, el
respeto, la adicción o la indiferencia que siempre se ha dispensado a
los escritores. En este caso hay también devoción.
Fuentes es, por un lado, un personaje seductor, hacia quien
-dondequiera esté, y con frecuencia muy a su pesar- apuntan los
reflectores de la fama, y por el otro, un novelista disciplinado,
extremadamente laborioso, que jamás ha querido hacer concesiones a la
comodidad del lector o a las exigencias del mercado. Narrador refinado,
casi de culto (como en los años 50 lo fue Julio Cortázar y en los 90,
W. G. Sebald), él mismo definió en una de sus obras, Cristóbal Nonato
, el abismo que media entre el convencional "lector" y el "elector"
inteligente. Aunque sus ficciones venden miles de ejemplares - y aun
algunas de las más complejas, como La muerte de Artemio Cruz, Terra Nostra y Los años con Laura Díaz
, llegan a varios cientos de miles- , leer a Fuentes es una ceremonia
de encantamiento privado, en la que "hay que dejarse caer hasta el
fondo de uno mismo", como solía decir Ixca Cienfuegos. El influjo
ejercido por su obra tiene que ver no solo con la radiante fascinación
de su escritura y la imponencia de sus temas, sino también con la
nobleza de sus ideas. En las nervaduras que van uniendo una ficción de
Fuentes con otra, se observa siempre la misma voluntad por
desenmascarar la hipocresía, comprender y aceptar la infinita
diversidad de la especie, poner en evidencia las irrisiones de los
dogmas y de los prejuicios.
La memorable experiencia de oír a Fuentes hablando en Rosario
sobre la historia mestiza de la lengua castellana quizá solo sea
comparable a la de su discurso en Alcalá de Henares, cuando recibió el
premio Cervantes 1987. Las dos veces, Fuentes rescató
-enriqueciéndolas- algunas de las ideas a las que no ha cesado de ser
fiel desde que se las oí por primera vez, en el mítico balcón de Buenos
Aires: las que definen a la novela como un género inseguro,
contaminado, en perpetua situación de búsqueda, y a sus artífices como
seres insumisos, incómodos, a los que el poder oirá siempre con temor y
desconfianza. O bien las que convocan a la unidad de las Españas
dispersas y a la aceptación de una identidad cristalizada por la
historia y por la lengua.
Aunque Fuentes haya negado, una y otra vez, los dones de
profecía que se atribuyen a sus novelas -sobre todo a dos de las más
extensas, Terra Nostra y Cristóbal Nonato - , y prefiera decir que quien asume el riesgo de imaginar puede, a veces, crear
involuntariamente un cierto futuro, su enorme talento de observador
para vislumbrar los horizontes de la pasión humana convierte sus
conjeturas literarias en adivinaciones certeras de lo que está por
venir.
Recuérdense las últimas páginas de Terra Nostra ,
en las que el planeta exhibe sus llagas milenaristas. Cuando quince
años después Fuentes repasó esos problemas en el discurso que pronunció
en México durante el llamado Coloquio de Invierno, pudo verificar que
algunos de los vaticinios ya estaban allí. Los temores del pasado están
regresando -dijo-: los ídolos de las tribus, el fanatismo, la supresión
de la crítica. Al mismo tiempo, sin embargo, la sociedad civil se
expresa, "de abajo arriba y de la periferia al centro", algo inédito en
países donde las cosas sucedían a la inversa. El mundo se ha tornado
peligroso -confirmó-, pero América latina, por el hecho mismo de que su
identidad ha sido construida sobre la diversidad, está destinada a ser
la mediadora ejemplar entre "economía global y nacionalismos
resurrectos, separatismos y balcanizaciones políticas, multipolaridad y
unipolaridad, norte contra sur". Dado que América latina no tiene una
uniformidad racial que proteger ni tradiciones imperiales que
preservar; puesto que su riqueza básica es la imaginación y su destreza
mayor la libertad para usarla, está en condiciones de aportar las ideas
que hacen falta para engendrar un mundo donde la libertad no esté
reñida con la justicia. Parecería utópico atribuir ese papel
transformador a comunidades aún empobrecidas, afligidas por dictaduras
y agobiadas por índices alarmantes de analfabetismo y de mortalidad
infantil. Y sin embargo, América latina es el lugar mejor preparado
para conferir un nuevo sentido a los ciclones de la historia.
En un comienzo de milenio donde los intelectuales se jactan de
su cinismo y suponen que las tragedias de la condición humana deben
abandonarse a los predicadores, Fuentes es de las pocas grandes voces
que siguen creyendo en el poder liberador de la imaginación y de la
cultura. Cada uno de sus libros es un acto de fe en el hombre, una
deslumbradora piedra en la interminable edificación del mundo. Por eso
no dejará de ser oído ni leído: porque desde el principio de los
tiempos, la especie no ha sabido vivir en paz sin que un virtuoso le
cuente historias en las que todo vuelve a comenzar.