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Umberto Eco
¿Angelina Jolie y Brad Pitt pueden ser monstruos? Quizás en otra galaxia. Después de Historia de la belleza, el escritor italiano analiza en Historia de la fealdad (Lumen), libro del que ofrecemos la introducción y un capítulo sobre lo feo hoy, cómo cambia el gusto según las épocas, las culturas y ciertos elementos de juicio políticos y sociales. Distingue entre tipos de fealdad y su representación artística y se pregunta si la tendencia a diluir la oposición bello-feo no es un modo de exorcizar el horror del mal.
Sábado 1 de marzo de 2008 | Publicado en la Edición impresa del diario La Nación de Buenos Aires
A lo largo de los siglos, filósofos y artistas han ido proporcionando
definiciones de lo bello, y gracias a sus testimonios se ha podido
reconstruir una historia de las ideas estéticas a través de los
tiempos. No ha ocurrido lo mismo con lo feo, que casi siempre se ha
definido por oposición a lo bello y a lo que casi nunca se han dedicado
estudios extensos, sino más bien alusiones parentéticas y marginales.
Por consiguiente, si la historia de la belleza puede valerse de una
extensa serie de testimonios teóricos (de los que puede deducirse el
gusto de una época determinada), la historia de la fealdad por lo
general deberá ir a buscar los documentos en las representaciones
visuales o verbales de cosas o personas consideradas en cierto modo
"feas".
No obstante, la historia de la fealdad tiene algunos rasgos en
común con la historia de la belleza. Ante todo, tan solo podemos
suponer que los gustos de las personas corrientes se correspondieran de
algún modo con los gustos de los artistas de su época. Si un visitante
llegado del espacio acudiera a una galería de arte contemporáneo, viera
rostros femeninos pintados por Picasso y oyera que los visitantes los
consideran "bellos", podría creer erróneamente que en la realidad
cotidiana los hombres de nuestro tiempo consideran bellas y deseables a
las criaturas femeninas con un rostro similar al representado por el
pintor. No obstante, el visitante del espacio podría corregir su
opinión acudiendo a un desfile de moda o a un concurso de Miss
Universo, donde vería celebrados otros modelos de belleza. A nosotros,
en cambio, no nos es posible; al visitar épocas ya remotas, no podemos
hacer ninguna comprobación, ni en relación con lo bello ni en relación
con lo feo, ya que solo conservamos testimonios artísticos de aquellas
épocas. Otra característica común a la historia de la fealdad y a la
belleza es que hay que limitarse a registrar las vicisitudes de estos
dos valores en la civilización occidental. En el caso de las
civilizaciones arcaicas y de los pueblos llamados primitivos,
disponemos de restos artísticos pero no de textos teóricos que nos
indiquen si estaban destinados a provocar placer estético, terror
sagrado o hilaridad.
A un occidental, una máscara ritual africana le parecería
horripilante, mientras que para el nativo podría representar una
divinidad benévola. Por el contrario, al seguidor de una religión no
occidental le podría parecer desagradable la imagen de un Cristo
flagelado, ensangrentado y humillado, cuya aparente fealdad corporal
inspiraría simpatía y emoción a un cristiano. En el caso de otras
culturas, ricas en textos poéticos y filosóficos (como, por ejemplo, la
india, la japonesa o la china), vemos imágenes y formas pero, al
traducir textos literarios o filosóficos, casi siempre resulta difícil
establecer hasta qué punto ciertos conceptos pueden ser identificables
con los nuestros, aunque la tradición nos ha inducido a traducirlos a
términos occidentales como "bello" o "feo". Y aunque se tomaran en
consideración las traducciones, no bastaría saber que en una cultura
determinada se considera bella una cosa dotada, por ejemplo, de
proporción y armonía. ¿Qué significan, en realidad, estos dos términos?
Su sentido también ha cambiado a lo largo de la historia occidental.
Solo comparando afirmaciones teóricas con un cuadro o una construcción
arquitectónica de la época nos damos cuenta de que lo que se
consideraba proporcionado en un siglo ya no lo era en el otro; cuando
un filósofo medieval hablaba de proporción, por ejemplo, estaba
pensando en las dimensiones y en la forma de una catedral gótica,
mientras que un teórico renacentista pensaba en un templo del siglo
XVI, cuyas partes estaban reguladas por la sección áurea, y a los
renacentistas les parecían bárbaras y, justamente, "góticas", las
proporciones de las catedrales.
Los conceptos de bello y de feo están en relación con los
distintos períodos históricos o las distintas culturas y, citando a
Jenófanes de Colofón (según Clemente de Alejandría, Stromata
, V, 110), "si los bueyes, los caballos y los leones tuviesen manos, o
pudiesen dibujar con las manos, y hacer obras como las que hacen los
hombres, semejantes a los caballos el caballo representaría a los
dioses, y semejantes a los bueyes, el buey, y les darían cuerpos como
los que tiene cada uno de ellos".
En la Edad Media, Giacomo da Vitri ( Libro duo, quorum prior Orientalis, sive Hierosolymitanae, alter Occidentalis historiae
), al ensalzar la belleza de toda la obra divina, admitía que
"probablemente los cíclopes, que tienen un solo ojo, se sorprenden de
los que tienen dos, como nosotros nos maravillamos de aquellas
criaturas con tres ojos Consideramos feos a los etíopes negros, pero
para ellos el más negro es el más bello". Siglos más tarde, se hará eco
Voltaire (en el Diccionario filosófico ): "Preguntad a un sapo qué es la belleza, el ideal de lo bello, lo to kalòn
. Os responderá que la belleza la encarna la hembra de su especie, con
sus hermosos ojos redondos que resaltan de su pequeña cabeza, boca
ancha y aplastada, vientre amarillo y dorso oscuro. Preguntad a un
negro de Guinea: para él la belleza consiste en la piel negra y
aceitosa, los ojos hundidos, la nariz chata. Preguntádselo al diablo:
os dirá que la belleza consiste en un par de cuernos, cuatro garras y
una cola".
Hegel, en su Estética , observa que "ocurre que, si
no todo marido a su mujer, al menos todo novio encuentra bella, y bella
de una manera exclusiva, a su novia; y si el gusto subjetivo por esta
belleza no tiene ninguna regla fija, se puede considerar una suerte
para ambas partes Se oye decir con mucha frecuencia que una belleza
europea desagradaría a un chino o hasta a un hotentote, porque el chino
tiene un concepto de la belleza completamente diferente al del negro Y
ciertamente, si consideramos las obras de arte de esos pueblos no
europeos, por ejemplo las imágenes de sus dioses, que han surgido de su
fantasía dignas de veneración y sublimes, a nosotros nos pueden parecer
los ídolos más monstruosos, del mismo modo que su música puede resultar
sumamente detestable a nuestros oídos. A su vez, esos pueblos
considerarán insignificantes o feas nuestras esculturas, pinturas y
músicas".
A menudo la atribución de belleza o de fealdad se ha hecho
atendiendo no a criterios estéticos, sino a criterios políticos y
sociales. En un pasaje de Marx ( Manuscritos económicos y filosóficos de 1844
) se recuerda que la posesión de dinero puede suplir la fealdad: "El
dinero, en la medida en que posee la propiedad de comprarlo todo, de
apropiarse de todos los objetos, es el objeto por excelencia Mi fuerza
es tan grande como lo sea la fuerza del dinero Lo que soy y lo que
puedo no está determinado en modo alguno por mi individualidad. Soy
feo, pero puedo comprarme la mujer más bella. Por tanto, no soy feo,
porque el efecto de la fealdad, su fuerza ahuyentadora, queda anulado
por el dinero. Según mi individualidad, soy tullido, pero el dinero me
procura veinticuatro piernas: luego, no soy tullido ¿Acaso no
transforma mi dinero todas mis carencias en su contrario?". Basta,
pues, aplicar esta reflexión sobre el dinero al poder en general y se
entenderán algunos retratos de monarcas de siglos pasados, cuyas
facciones fueron devotamente inmortalizadas por pintores cortesanos,
que desde luego no pretendían destacar demasiado sus defectos, y hasta
hicieron todo lo posible por refinar sus rasgos. No cabe duda de que
estos personajes nos parecen bastante feos (y probablemente también lo
eran en su tiempo), pero era tal su carisma y la fascinación que les
otorgaba su omnipotencia que sus súbditos los contemplaban con ojos de
adoración.
Por último, basta leer uno de los relatos más hermosos de la
ciencia ficción contemporánea, "El centinela" de Fredric Brown, para
ver que la relación entre lo normal y lo monstruoso, lo aceptable y lo
horripilante, puede invertirse según la mirada vaya de nosotros al
monstruo del espacio o del monstruo del espacio a nosotros: "Estaba
completamente empapado y cubierto de barro; tenía hambre y frío y se
hallaba a ciento cincuenta mil años luz de su casa. Un sol extranjero
le iluminaba con una gélida luz azul y la gravedad, dos veces mayor de
lo habitual, convertía cada movimiento en una agonía de cansancio Los
de la aviación lo tenían fácil, con sus aeronaves relucientes y sus
superarmas; pero cuando se llega al momento crucial, le corresponde al
soldado de a pie, a la infantería, tomar la posición y conservarla, con
sangre, palmo a palmo. Como este jodido planeta de una estrella de la
que jamás había oído hablar hasta que lo habían enviado. Y ahora era
suelo sagrado porque también había llegado el enemigo. El enemigo, la
única otra raza inteligente de la galaxia crueles, asquerosos,
repugnantes monstruos Estaba completamente empapado y cubierto de
barro; tenía hambre y frío, y el día era gris y barrido por un viento
violento que le molestaba en los ojos. Pero los enemigos intentaban
infiltrarse y era vital mantener las posiciones avanzadas. Estaba
alerta, con el fusil preparado Entonces vio a uno de ellos
arrastrándose hacia él. Apuntó y disparó. El enemigo emitió aquel grito
extraño, terrorífico, que todos emitían, y ya no se movió. El grito, la
visión del cadáver lo hicieron estremecer. Muchos se habían
acostumbrado con el paso del tiempo y ya no le prestaban atención; pero
él, no. Eran criaturas demasiado asquerosas, con solo dos brazos y dos
piernas, y aquella piel de un blanco nauseabundo y sin escamas ".
Decir que belleza y fealdad son conceptos relacionados con las
épocas y con las culturas (o incluso con los planetas) no significa que
no se haya intentado siempre definirlos en relación con un modelo
estable. Se podría incluso sugerir, como hizo Nietzsche en el Crepúsculo de los ídolos
, que "en lo bello el hombre se pone a sí mismo como medida de la
perfección" y "se adora en ello El hombre en el fondo se mira en el
espejo de las cosas, considera bello todo aquello que le devuelve su
imagen Lo feo se entiende como señal y síntoma de degeneración Todo
indicio de agotamiento, de pesadez, de senilidad, de fatiga, toda
especie de falta de libertad, en forma de convulsión o parálisis, sobre
todo el olor, el color, la forma de la disolución, de la descomposición
todo esto provoca una reacción idéntica, el juicio de valor ´feo ¿A
quién odia aquí el hombre? No hay duda: odia la decadencia de su tipo ".
El argumento de Nietzsche es narcisísticamente antropomorfo, pero nos
dice precisamente que belleza y fealdad están definidas en relación con
un modelo "específico" -y la noción de especie se puede extender de los
hombres a todos los entes, como hacía Platón en la República , al aceptar que se considerara bella una olla fabricada según las reglas artesanales correctas, o Tomás de Aquino ( Suma teológica
, I, 39, 8), para quien los componentes de la belleza eran, además de
una proporción correcta, la luminosidad o claridad y la integridad-, es
decir, que una cosa (ya sea un cuerpo humano, un árbol, una vasija)
había de presentar todas las características que su forma debía haber
impuesto a la materia. En este sentido, no solo se consideraba fea una
cosa desproporcionada, como un ser humano con una cabeza enorme y unas
piernas muy cortas, sino que también se consideraban feos los seres que
Tomás definía como turpi en el sentido de "disminuidos" o -como dirá Guillermo de Auvernia ( Tratado del bien y del mal
)- aquellos a los que les falta un miembro, que tienen un solo ojo (o
tres, porque se puede adolecer de falta de integridad también por
exceso). Por consiguiente, se consideraban feos sin piedad alguna los
adefesios, que los artistas han representado a menudo de forma
despiadada, y en el mundo animal los híbridos, que fundían de forma
violenta los aspectos formales de dos especies distintas.
¿Podrá, pues, definirse simplemente lo feo como lo contrario
de lo bello, un contrario que también se transforma cuando cambia la
idea de su opuesto? ¿La historia de la fealdad puede ser el contrapunto
simétrico de la historia de la belleza?
La primera y más completa Estética de lo feo , la
que elaboró en 1853 Karl Rosenkranz, establece una analogía entre lo
feo y el mal moral. Del mismo modo que el mal y el pecado se oponen al
bien, y son su infierno, así también lo feo es "el infierno de lo
bello". Rosenkranz retoma la idea tradicional de que lo feo es lo
contrario de lo bello, una especie de posible error que lo bello
contiene en sí, de modo que cualquier estética, como ciencia de la
belleza, está obligada a abordar también el concepto de fealdad. Pero
justamente cuando pasa de las definiciones abstractas a una
fenomenología de las distintas encarnaciones de lo feo es cuando nos
deja entrever una especie de "autonomía de lo feo", que lo convierte en
algo mucho más rico y complejo que una simple serie de negaciones de
las distintas formas de belleza.
Rosenkranz analiza minuciosamente la fealdad natural, la
fealdad espiritual, la fealdad en el arte (y las distintas formas de
imperfección artística), la ausencia de forma, la asimetría, la falta
de armonía, la desfiguración y la deformación (lo mezquino, lo débil,
lo vil, lo banal, lo casual y lo arbitrario, lo tosco), y las distintas
formas de lo repugnante (lo grosero, lo muerto y lo vacío, lo horrendo,
lo insulso, lo nauseabundo, lo criminal , lo espectral, lo demoníaco,
lo hechicero y lo satánico). Demasiadas cosas para seguir diciendo que
lo feo es simplemente lo opuesto de lo bello entendido como armonía,
proporción o integridad.
Si se examinan los sinónimos de "bello" y "feo", se ve que se considera bello
lo que es bonito, gracioso, placentero, atractivo, agradable,
agraciado, delicioso, fascinante, armónico, maravilloso, delicado,
gentil, encantador, magnífico, estupendo, excelso, excepcional,
fabuloso, prodigioso, fantástico, mágico, admirable, valioso,
espectacular, espléndido, sublime, soberbio, mientras que feo
es lo repelente, horrendo, asqueroso, desagradable, grotesco,
abominable, odioso, indecente, inmundo, sucio, obsceno, repugnante,
espantoso, abyecto, monstruoso, horrible, hórrido, horripilante, sucio,
terrible, terrorífico, tremendo, angustioso, repulsivo, execrable,
penoso, nauseabundo, fétido, innoble, aterrador, desgraciado,
lamentable, enojoso, indecente, deforme, disforme, desfigurado (por no
hablar de cómo el horror puede aparecer también en terrenos como el de
lo fabuloso, lo fantástico, lo mágico y lo sublime, asignados
tradicionalmente a lo bello).
La sensibilidad del hablante común percibe que, si bien en todos los sinónimos de bello se podría observar una reacción de apreciación desinteresada, en casi todos los de feo aparece implicada una reacción de disgusto, cuando no de violenta repulsión, horror o terror.
En su obra sobre La expresión de las emociones en los animales y en el hombre
, Darwin observaba que lo que provoca disgusto en una determinada
cultura no lo provoca en otra, y viceversa, pero concluía que sin
embargo "parece que los distintos movimientos descritos como expresión
de desprecio y de disgusto son idénticos en una gran parte del mundo".
Conocemos sin duda algunas descaradas manifestaciones de
aprobación ante algo que nos parece bello porque es físicamente
deseable; basta pensar en la broma de mal gusto al paso de una mujer
guapa o en las inconvenientes manifestaciones de alegría del glotón
ante su comida preferida. En estos casos, sin embargo, no se trata
tanto de una expresión de goce estético como de algo parecido a los
gruñidos de satisfacción o incluso a los eructos que se emiten en
algunas civilizaciones para expresar el agrado de un alimento (aunque
en esas ocasiones se trata de una forma de etiqueta). En general,
parece que la experiencia de lo bello provoca lo que Kant ( Crítica del juicio
) definía como "placer sin interés": si bien nosotros quisiéramos
poseer todo aquello que nos parece agradable o participar en todo lo
que nos parece bueno, la expresión de agrado ante la visión de una flor
proporciona un placer del que está excluido cualquier tipo de deseo de
posesión o de consumo.
En este sentido, algunos filósofos se han preguntado si se
puede pronunciar un juicio estético de fealdad, puesto que la fealdad
provoca reacciones pasionales como el disgusto descrito por Darwin.
A lo largo de nuestra historia deberemos distinguir realmente
entre la fealdad en sí misma (un excremento, una carroña en
descomposición, un ser cubierto de llagas que despide un olor
nauseabundo) y la fealdad formal, como desequilibrio en la relación
orgánica entre las partes de un todo. Imaginemos que vemos por la calle
a una persona con la boca desdentada: lo que nos molesta no es la forma
de los labios o de los pocos dientes que quedan, sino el hecho de que
los dientes supervivientes no estén acompañados de los otros que
deberían estar allí, en aquella boca. No conocemos a esa persona, esa
fealdad no nos implica pasionalmente y sin embargo -ante la
incoherencia o la no completud de aquel conjunto- nos sentimos
autorizados a manifestar desapasionadamente que aquel rostro es feo.
Por esto, una cosa es reaccionar pasionalmente al disgusto que
nos provoca un insecto viscoso o un fruto podrido y otra es decir que
una persona es desproporcionada o que un retrato es feo en el sentido
de que está mal hecho (la fealdad artística es una fealdad formal). Y
respecto a la fealdad artística, recordemos que en casi todas las
teorías estéticas, al menos desde Grecia hasta nuestros días, se ha
reconocido que cualquier forma de fealdad puede ser redimida por una
representación artística fiel y eficaz. Aristóteles ( Poética , 1448b) habla de la posibilidad de realizar lo bello imitando con maestría lo que es repelente, y Plutarco ( De audiendis poetis
) nos dice que en la representación artística lo feo imitado sigue
siendo feo, pero recibe como una reverberación de belleza procedente de
la maestría del artista.
Hemos identificado, pues, tres fenómenos distintos: la fealdad en sí misma , la fealdad formal y la representación artística de ambas
. Lo que hay que tener presente es que por lo general solo a partir del
tercer tipo de fealdad se podrá inferir lo que eran en una cultura
determinada los dos primeros tipos.
Al hacerlo, nos exponemos a muchos equívocos. En la Edad
Media, Buenaventura de Bagnoregio nos decía que la imagen del diablo se
vuelve bella si representa bien su fealdad; pero ¿realmente era esto lo
que pensaban los fieles que contemplaban escenas de inauditos tormentos
infernales en los portales o en los frescos de las iglesias? ¿No
reaccionaban tal vez con terror y angustia, como si hubiesen visto una
fealdad del primer tipo, horripilante y repugnante como sería para
nosotros la visión de un reptil que nos amenaza?
Los teóricos muchas veces no tienen en cuenta numerosas
variables individuales, idiosincrasias y comportamientos desviados. Si
bien es cierto que la experiencia de la belleza implica una
contemplación desinteresada, un adolescente alterado puede experimentar
una reacción pasional incluso ante la Venus de Milo. Lo mismo cabe
decir respecto a lo feo: de noche, un niño puede soñar aterrorizado con
la bruja que ha visto en un libro de cuentos, que para otros niños de
su edad no sería más que una imagen divertida. Probablemente muchos
contemporáneos de Rembrandt, además de apreciar la maestría con que el
artista representaba un cadáver diseccionado sobre la mesa de anatomía,
podían experimentar reacciones de horror como si el cadáver fuese real,
del mismo modo que el que ha padecido un bombardeo tal vez no puede
mirar el Guernica de Picasso de una forma estéticamente desinteresada, y revive el terror de su antigua experiencia.
De ahí la prudencia con que debemos disponernos a seguir esta historia
de la fealdad, en sus variedades, en sus múltiples articulaciones, en
la diversidad de reacciones que sus distintas formas suscitan, en los
matices conductuales con que se reacciona. Considerando en cada ocasión
si, y hasta qué punto, tenían razón las brujas que en el primer acto de
Macbeth gritan: "Lo bello es feo y lo feo es bello ".