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ALGUNAS REFLEXIONES FISIOLÓGICAS
SOBRE LAS BASES NEUROVEGETATIVAS DE LA EMOCIÓN archivo del portal de recursos
para estudiantes |
Roberto
A. Bonanni Rey y Daniel P. Cardinali
http://www.alcmeon.com.ar/contacto.htm
Resumen
El presente artículo
constituye una revisión de los elementos neurovegetativos de la expresión
de la emocionalidad. Se analizan las bases conceptuales del concepto actual
sobre motivación y emoción. Se revisan los elementos clínicos
objetivables en la evaluación de la actividad emocional en el hombre.
Se discuten los aspectos centrales de la organización del sistema
motivacional, en particular en lo referido al sistema nervioso autónomo,
tronco encefálico, hipotálamo y sistema límbico.
Instituto de Electrofisiología Computarizada (IDECO), Buenos
Aires y Departamento de Fisiología, Facultad de Medicina, Universidad
de Buenos Aires.
Introducción
Aun cuando cualquiera puede entender el significado del término
"emoción", no puede darse a ésta una definición
científica acabada. Las emociones comprenden nuestros sentimientos
y estados de ánimo, y su expresión en conductas motoras y
en las respuestas del sistema nervioso autónomo y endócrino
(Gellhorn,1968). Sólo esta última parte puede evaluarse objetivamente;
sin embargo, es imposible hacer una descripción de una emoción
exclusivamente en base a las reacciones autonómicas y endócrinas
que genera. El término emoción comprende tanto a las experiencias
subjetivas verbalmente objetivables como a los cambios fisiológicos
concomitantes. Es necesario, por lo tanto, considerar introspectivamente
lo que cada uno de nosotros interpreta como dicha emoción. Las emociones
leves, que persisten durante largos períodos de tiempo, son llamadas
sentimientos. Tradicionalmente las emociones se han clasificado como placenteras,
desagradables o neutras (Thompson, 1975).
La expresión de las
emociones está basada primordialmente en reacciones neurovegetativas,
las que son, en parte innatas, hereditarias y típicas de la especie,
y en parte adquiridas (Brooks, 1983; Smith y De Vito, 1984; Kandel y Schwarts,
1985; Rainey y Noose, 1985; Dimberg, 1987). De aquí la importancia
médica de una evaluación correcta de las funciones autonómicas,
hecho sorprendentemente olvidado en los últimos años, a expensas
de metodologías más "prestigiosas".
Las
reacciones neurovegetativas emocionales innatas sirven como señales
para los congéneres y para miembros de otras especies, y tienen por
lo tanto un muy importante valor adaptativo y evolutivo (Dimberg, 1987).
En paralelo a este elemento innato de la conducta emocional, se identifica
un componente adquirido, resultante de las primeras etapas de contacto del
recién nacido con sus padres y con el ambiente que lo rodea. Es a
través de este proceso que se produce la particularización
de las respuestas emocionales, y como consecuencia, la singularización
del tipo de patología psicosomática que, en caso de producirse,
se observará en el individuo dado. Así como la corteza visual
de un gato privado de un ojo se altera, también la corteza límbica
de un niño recién nacido fijará engramas neuronales
particulares dependiendo del tipo de estimulación emocional que reciba
en los primeros estadios del desarrollo. (Kandel y Schwarts,1985).
La producción de emociones está asociada a la capacidad cognitiva
de la especie, y por lo tanto, con la percepción y evolución
de estímulos sensoriales en relación a la memoria de la experiencia
vivida. Es probable que todas las estructuras del sistema límbico
participen en su génesis, como lo revelan las consecuencias de la
patología tumoral, inflamatoria o sistémica de la región
(Bard, 1928; Papez, 1937; Hess, 1954; MacLean, 1955; Uhde, 1984; Kandel
y Schwartz, 1985). Sin embargo, el polo mesencefálico del sistema
límbico es un sitio relevante por su particular neurofarmacología,
y por su proximidad y relación con las distintas zonas mesencefálicas
en las que se localizan los servomecanismos respiratorios, cardiocirculatorios
y metabólicos. Hemos recientemente revisado en esta misma publicación
los aspectos teóricos de la organización autonómica
(Bonanni Rey y Cardinali, 1991).
Analizaremos a continuación
la evolución histórica del concepto sobre emoción,
y la forma en que se visualiza su génesis desde el punto de vista
fisiológico.
Evolución conceptual
Los trabajos iniciales en Psicología experimental realizados
por Wilhelm Wundt a fines del siglo pasado, llevaron a la descripción
de la relación entre intensidad del estímulo sensorial y lo
placentero o no de la percepción. En las cercanías del umbral,
el estímulo es percibido como neutro, a mayores intensidades es placentero,
y a mayores aún, desagradable. O sea, la intensidad sensorial y hedónica
de un estímulo determinado, por ejemplo, un sabor determinado, no
están relacionadas linearmente (Sternbach, 1966).
A esta teoría
hedónica de la emoción se agregaron con posterioridad factores
cognitivos. Según esta interpretación, la intensidad de la
emoción depende del nivel de adaptación del sujeto que percibe
y de su expectativa ante el estímulo. Una relativa discrepancia mayor
genera el efecto opuesto. Los estudios basados en el análisis de
la expresión facial indicaron 3 dimensiones para la emoción:
placentera-desagradable, atención-falta de atención, e intensidad
(Dimberg, 1987). Una de las influencias más persistentes sobre el
concepto de emoción fue la de Charles Darwin, quien enfatizó
sus componentes genéticos. Darwin sugirió que las expresiones
emocionales son remanentes evolutivos de conductas previamente adaptativas
y que persisten, aunque ya sin utilidad, en una forma moderada (p.ej. el
crujir de dientes como signo de agresión) (Darwin, 1872).
Willam
James fue el primero en proponer que la emoción está constituida
por los cambios corporales originados en la percepción del estímulo.
En su influyente libro "Los Principios de la Psicología",
publicado en 1890, James expresa estas ideas de la siguiente manera: "Nuestra
forma natural de pensar sobre las emociones es que la percepción
mental de algún hecho desencadena un fenómeno mental llamado
emoción, y que este estado de la mente da origen a la expresión
corporal. El sentido común dice que, si perdemos nuestra fortuna,
nos entristecemos y lloramos; si nos encontramos con un oso, corremos y
escapamos; si somos insultados por un rival, nos encolerizamos y pegamos.
La hipótesis que quiero exponer sostiene que el orden de esta secuencia
es incorrecto, y que es más racional decir que sentimos tristeza
porque lloramos, entramos en cólera porque pegamos, sentimos temor
porque temblamos ..." (James,1952).
Lo que en síntesis
James quiere decir es que uno no escapa ante un encuentro inesperado con
un oso por miedo, sino que tiene miedo porque se escapa. Esta teoría
fue llamada de James-Lange, debido al aporte que en forma independiente
realizó un médico danés, Carl Lange,a su formulación.
De acuerdo a la teoría de James-Lange, la calidad emocional es el
resultado de los cambios percibidos en la actividad corporal desencadenada
como consecuencia de la percepción sensorial.
La elucidación
de la estructura y función del sistema nervioso autónomo marcó
un hito fundamental en el estudio de los correlatos viscerales de la emoción.
Fue Walter Cannon el primero en establecer el vínculo directo entre
la actividad emocional y la función simpática (Cannon, 1929).
En lo que Cannon llamó "teoría emergente de la emoción"
se describe a la división simpática del sistema nervioso autónomo
como el mediador de la reacción ante el estrés. Un gato que
enfrenta una agresión responde con un incremento de la frecuencia
cardíaca y respiratoria; sus pupilas se dilatan y la membrana nictitante
se retrae; su función digestiva se inhibe y se produce piloerección
y aumento de la perspiración en las almohadillas plantales; el número
de eritrocitos circulantes aumenta debido a la contracción esplénica
y se estimula el eje hipófiso-suprarrenal, movilizándose glucosa
a partir del glucógeno hepático. El sentido final de estos
cambios es el aumento tanto de la resistencia ante el estrés como
de la capacidad de defensa (Cardinali, 1991).
Debe notarse que
el enfoque de Cannon sobre la reacción ante el estrés con
exclusividad en el sistema simpático resultó ser demasiado
restringido. En los humanos y en diversos animales aparecen efectos emocionales
no sólo simpáticos sino también parasimpáticos
(Appenzeller, 1990; Lader, 1980; Waters et.al,1989). Entre estos pueden
citarse la micción o defecación ante situaciones de terror,
o de erección en monos o niños recién nacidos ante
un estímulo auditivo inesperado. El aumento de insulina que se produce
tanto en ratas como en gatos durante el estrés (como consecuencia
de los niveles elevados de glucemia) tiene lugar aun en ausencia de la médula
adrenal y sólo se inhibe por la sección vagal. Estos y otros
resultados indican que, aunque en distinta proporción, ambas divisiones
autonómicas, simpática y parasimpática, se activan
concertadamente durante el estrés (Cardinali, 1991; Bonanni Rey Y
Cardinale, 1991).
Los cambios emocionales se traducen en modificaciones
tanto cuantitativas como cualitativas de la actividad autonómica
en diversos órganos y sistemas. Por ejemplo, durante el miedo, la
piel de la cara y las mucosas se tornan pálidas; durante la furia,
rojas. El desarrollo de métodos discriminativos de las respuestas
neurovegetativas que dan identidad particular a las distintas emociones
es una vía fructífera de investigación en Psiquiatría,
con enfoque al diagnóstico y tratamiento de las enfermedades afectivas
.
La detección fisiológica
de la emoción
Hemos recientemente
revisado los distintos métodos utilizados para la evaluación
de la función autonómica (Bonanni Rey y Cardinali, 1991).
Un indicador sensible, no invasivo, del nivel de actividad simpática
es la respuesta eléctrica de la piel ("galvanic skinresponse","galvanic
potential"), también conocida como reflejo psicogalvánico,
o reflejo electrodérmico. El potencial o la resistencia eléctrica
(o la conductancia) de cualquier parte del cuerpo pueden ser cuantificadas
a través de electrodos en la piel. Las fluctuaciones de la señal
de respuesta a un estímulo exteroceptivo son, por lo común,
rápidas y transitorias. Existen también cambios lentos, más
o menos regulares, que se detectan con modificaciones diarias; éstos
son indicativos de la estructura periódica, circadiana, de la actividad
simpática y de sus alteraciones (Bonanni Rey y Cardinali, 1991).
El tono muscular constituye otro indicador periférico de tipo
general para emociones como la ansiedad o miedo, en particular a nivel de
los músculos de cara y cuello. El reflejo de incorporación
ante un estímulo auditivo intenso ("startle reflex") está
considerado como un fenómeno estrechamente vinculado al estado emocional
del individuo. Este reflejo esta constituído por un parpadeo inicial,
de latencia cercana a los 0.04 seg. Luego se produce la contracción
de los músculos esqueléticos, con una latencia de 0.1 seg.
Por último, aparecen al cabo de 1 seg. signos más complejos
(cambios en el potencial de piel, aumento de la presión arterial
y de la frecuencia cardíaca). Este programa motor secuencial es un
ejemplo de reactividad estereotipada del sistema nervioso autónomo
y somático (Cardinali, 1991).
La determinación del neurotransmisor
norepinefrina (NE) y sus metabolitos en plasma u orina es una metodología
ampliamente empleada para evaluar la actividad autonómica simpática.
Estos métodos son de escaso valor en el caso del sistema parasimpático,
pues la acetilcolina es un neurotrasmisor de vida media extremadamente corta
y, por lo tanto, de determinación sistémica dificultosa. Dos
aspectos deben ser tenidos en cuenta en relación a los métodos
que evalúan la concentración de NE en plasma u orina. En primer
lugar, la concentración de NE en la vena antecubital refleja principalmente
la liberación y depuración de NE de la piel y musculatura
del antebrazo, y no está necesariamente vinculada a lo que ocurre
en otros órganos. En segundo lugar, la concentración de NE
en cualquier territorio vascular depende de la velocidad con que la NE entra
en el plasma y de la velocidad con que es depurada del plasma. Es decir,
un cambio en la concentración plasmática de NE no necesariamente
implica un cambio en la liberación del transmisor, sino que puede
representar una modificación en el metabolismo o depuración
de la amina (Bonanni Rey y Cardinali, 1991).
Debe notarse que los
diferentes indicadores físicos y químicos de emocionalidad
utilizados hasta el momento simplemente reflejan un nivel general de tensión
emocional y no discriminan entre tipos de emociones. Asimismo, existe un
condicionamiento eficaz de reflejos viscerales (p.ej. pueden controlarse
a través de condicionamiento diversas reacciones viscerales entre
ellas, la presión arterial), por lo que no siempre las emociones
se traducen en cambios comparables en los indicadores neurovegetativos.
Lo genético y adquirido en la emocionalidad
La opinión de Darwin sobre la existencia de remanentes
filogenéticos en las actividades expresivas emocionales y el punto
de vista de James de la emoción como una sensación orgánica
dieron lugar a una interpretación de estas funciones basada en los
instintos. Se definen con este nombre a las conductas genéticamente
codificadas, diferenciables de las conductas adquiridas (Kolb y Whishaw,
1980).
Los aportes más significativos a la teoría
instintiva provinieron de los experimentos en animales en su hábitat
natural, en particular, los realizados por el etólogo austríaco
Konrad Lorenz. Lorenz vinculó conductas emocionales como la agresión,
coraje, cobardía y orgullo con un "instinto territorial",
revelable en diversas especies. Postuló así una estrecha relación
entre emocionalidad e instinto, aunque un tactor modificador importante
de los instintos en el hombre es la educación (Lorenz, 1950).
Tradicionalmente, a las teorías sistemáticas sobre los
instintos se han opuesto las posiciones conductistas (Boakes, 1984). Este
enfoque de la emoción alcanzó una mayor radicalidad en Watson
(1930), quien propuso dejar de lado toda interpretación sobre los
instintos y considerar exclusivamente los aspectos objetivos, evaluables,
de la conducta emocional. De acuerdo con este punto de vista, la conducta
se visualiza como una cadena de actividades pasibles de aprendizaje (o sea
no genéticamente condicionadas) en las cuales las reacciones emocionales
se describen como reflejos no condicionados. Una importante evidencia experimental
en este sentido fue dada por la observación que la conducta emocional
puede ser condicionada a aparecer ante una señal. Watson denominó
amor, odio o miedo a las emociones básicas, y demostró cómo
podían ser inducidas en niños o en animales por un estímulo
condicionado, visual o auditivo, inicialmente neutro (Watson, 1930).
Nótese que ha sido habitual en psicología experimental
el considerar que el estímulo y la respuesta en un experimento psicológico
están separados por un proceso neurofisiológico relativamente
inobservable (o "caja negra"), en sí mismo una condición
del aprendizaje (Kolb y Whishaw, 1980; Thompson, 1975; Sternbach, 1986).
Se ha dado a estos procesos el nombre genérico de "motivación"
(p.ej., hambre, sed, miedo, deseo sexual). La motivación (o "drive")
fue así definida como un estado característico de excitación
que se presenta ante un disbalance homeostático (p.ej., un organismo
deficiente en algún nutriente muestra actividad de búsqueda
de comida) (Stellar y Stellar, 1985).
Los estados de la motivación
fueron definidos como variables inferidas en forma de construcción
teórica a partir de los antecedentes observables (carencia de comida)
y de sus consecuencias (búsqueda de comida). En principio, y según
la posición más extrema de este enfoque, no es necesario conocer
la naturaleza de los fenómenos neuronales para obtener conclusiones
psicológicas válidas ("caja negra"). Se sostuvo
también que las consecuencias son directamente modificables a través
de los antecedentes y que el factor crítico en el aprendizaje instrumental
(o refuerzo) es la modificación de la motivación. Existe evidencia
sobre el hecho de que estímulos originariamente indiferentes, al
presentarse consistentemente con el refuerzo, se transforman a su vez en
nuevos refuerzos y en inductores de la motivación. Estas observaciones
hicieron concentrar el interés en los mecanismos de aprendizaje conducentes
al establecimiento de los estados motivacionales centrales influyentes en
forma general en la conducta (Stellar y Stellar, 1985). La concepción
de mayor vigencia actual en las Neurociencias es que el proceso motivacional
constituye un complejo de procesos neurales y humorales que reflejan tendencias
tanto genéticas como aprendidas (Kandel y Schwartz, 1985).
La mayoría de las características asumidas y empíricamente
demostradas para la motivación coinciden con las de la emoción.
Puede postularse que el nivel emocional constituye simplemente un cambio
cuantitativo en el nivel de energía del organismo.
Según
este punto de vista, los cambios lentos, suaves y consistentes en el nivel
energético producen sensaciones subjetivas semejantes a sentimientos;
los cambios bruscos producen las emociones. El nivel energético varía
en un contínuo y no existen un punto fijo en el cual se puede definir
el cambio de no-emocional a emocional. La influencia que ha tenido esta
opinión en las Neurociencias contemporáneas se revela por
la denominación de "sistema motivacional" con que se identifica
a los procesos vinculados a la emocionalidad (Kandel y Schwartz, 1985).
Debe notarse, sin embargo, que las Neurociencias no han avanzado aún
lo suficiente como para arrojar luz sobe la riqueza de matices de las representaciones
internas reconocidas por los psicólogos como participantes entre
el estímulo y la respuesta.
Anatomía
de la emoción
Aunque Cannon inicialmente
apoyó en su teoría de la emergencia la idea de James que la
emoción es primariamente una sensación neurovegetativa periférica,
más tarde la negó en base a las siguientes evidencias: (a)
el aislamiento quirúrgico de las vísceras con respecto al
SNC no modifica conductas emocionales; (b) los mismos cambios viscerales
aparecen en distintos estados emocionales o neutros; (c) las vísceras
son estructuras relativamente insensibles; (d) los cambios viscerales son
demasiado lentos para ser origen de sentimientos emocionales; (e) la inducción
de cambios viscerales semejantes a los de la emoción no induce la
emoción (Cannon, 1929).
Aunque muchas de estas objeciones pueden
ser, a su vez, fisiológicamente cuestionadas, la de mayor consistencia
es la (d). Las mediciones cuidadosas de las reacciones viscerales y emocionales
han avalado que siempre éstas ocurren primero.
Una alternativa
posible postulada por Cannon fue que las aferencias sensoriales sean "coloreadas"
en forma emocional inmediatamente a su llegada a las regiones corticales,
por la estimulación simultánea de ciertos sistemas subcortiales
. A partir de ese postulado de Cannon gran parte de la investigación
realizada se ha orientado a identificar las áreas subcortiales que
participan en la génesis de la emoción (Ranson, 1934; Papez,
1937; MacLean, 1955; Gellhorn, 1968; Lader, 1980; Brooks, 1983; Smith y
De Vito, 1984; Uhde, 1984; Rainey y Noose, 1985).
Ciertamente la evidencia
clínica y experimental apoya el concepto de una integración
de los procesos emocionales fundamentales a nivel subcortial. A comienzo
de este siglo Scherrington describió que animales quirúrgicamente
privados de su corteza cerebral mostraban intensas reacciones emocionales,
lo que desvinculó en principio a las estructuras corticales del sistema
motivacional (Woodworth y Sherrington, 1904).
Cannon consideró
a la función del tálamo como fundamental en la emoción,
basándose en las observaciones clínicas del síndrome
talámico, el que produce un aumento de la sensibilidad con diversos
disturbios emocionales. Cannon sostuvo que la información aferente
sensorial que viaja hacia la corteza cerebral estimula en el tálamo
áreas que otorgan el color emocional a la sensación y desencadenan
las reacciones emocionales somáticas y viscerales consiguientes (Cannon,
1929).
Aunque la teoría talámica de Cannon no se vió
avalada ni por la fisiología ni por una anatomía más
precisa, tuvo la virtud de ser precursora de otras teorías de más
aval fisiológico como las que a continuación tratamos.
Papel del tronco encefálico en la emoción
El interés sobre el tronco encelálico como
nivel integrador del sistema motivacional se originó a partir de
las alteraciones emocionles que se producen en ciertas encefalitis (alteraciones
del sueño y de la vigilia) y en los tumores y lesiones circulatorias
de la región. El desarrollo de técnicas estereotáxicas
más precisas produjo a partir de la década del 30 una serie
de trabajos relevantes para la ubicación de los sustratos anatómicos
de la emocionalidad.
La formación reticular del tronco encefálico
es responsable del estado de vigilia.
Numerosas vías sensoriales
ascendentes envían colaterales a la formación reticular manteniendo
un nivel de exitación imprescindible para el estado de alerta. El
estado de vigilia, por lo tanto, se origina no sólo en la estimulación
directa cortical, sino también en la formación reticular,
que integra la información desde los receptores sensoriales para
influir de manera general sobre toda la corteza cerebral (Bard, 1928; Moruzzi
y Magoun, 1949; Hess, 1954; Kandel y Schwartz, 1985).
Desde el
punto de vista fisiológico se pueden realizar las siguientes inferencias
a cerca de la emoción: (a) el contínuo funcional asociado
con la formación reticular activante comprende a todos los procesos
psicológicos organizados, desde el sueño a los estados extremos
de excitación; (b) la función básica de la formación
reticular activante (activación, despertar) coincide con aquellos
considerados más típicos de la emoción en las teorías
motivacionales; (c) forman parte de la formación reticular los sistemas
monoaminérgicos mesencefálicos "en telaraña",
cuya alteración está vinculada a las enfermedades afectivas;
(d) impulsos intero, propio y visceroceptivos excitan la formación
reticular, y ese efecto activante es requisito para la función integrativa
de la corteza cerebral. Se deduce que aún la percepción más
elemental está, entonces "coloreada" por la emocionalidad
(MacLean,1955; Gellhorn,1968; Kolby Whishaw, 1980; Waters y col., 1989;
Cardinali, 1991).
Fisiológicamente puede postularse que
la activación es un contínuo en el cual los grados de intensidad
pueden ser medidos por cambios periféricos o por cambios electroencefalográficos.
En un extremo del contínuo se hallan las primeras reacciones orientadas
de la atención; en el otro extremo, se encuentran los signos emocionales
completos. Esta teoría de la activación se ha extendido para
incluir a áreas del hipotálamo y del sistema límbico,
además de la formación reticular (Stellar y Stellar,1985).
Anatómicamente, la rama motora de la motivación mencionada
es el sistema nervioso autónomo, cuyo rol principal es el mantenimiento
de la homeostasis. A nivel de núcleos de la formación reticular
mesencefálica (p.ej . núcleo del tracto solitario) se da la
integración de señales de las visceras y metabólicas
sistémicas. Asimismo, la actividad autonómica afecta la reactividad
de los músculos para actuar (p.ej. el sistema vasodilatador muscular,
o por interneuronas que conectan la columna intermediolateral con el asta
anterior de la médula). Es por este mecanismo que se evocan reacciones
emocionales completas por la estimulación de áreas del sistema
límbico o del hipotálamo (Bard, 1928; Ranson, 1934; Kluver
y Bucy, 1937; Papez, 1937; Hess, 1954; MacLean, 1955; Gellhorn, 1968; Smith
y De Vito 1984; Appenzeller, 1990).
Las proyecciones corticales
monoaminérgicas (dopaminérgicas, noradrenérgicas, serotoninérgicas)
de neuronas "en telaraña" de la formación reticular
afectan la función discriminativa de la corteza cerebral. La estimulación
suave de la formación reticular reduce el tiempo requerido por los
monos para discriminar entre figuras proyectadas "en flash". A
su vez, la estimulación de puntos específicos de la corteza
cerebral puede resultar en activación reticular, aunque la influencia
global de la corteza cerebral es inhibitoria. El último mecanismo
constituye un sistema de retroalimentación negativa visualizado ya
por Cannon cuando propuso al tálamo como centro integrador emocional.
La teoría activadora de la emoción explica los extremos de
la reacción emocional pero no explica satisfactoriamente los estados
intermedios o las situaciones mixtas. La noción de una activación
moderada como placentera y de una activación exagerada como no placentera
es ciertamente demasiado simplista (Thompson 1975).
Papel del hipotálamo en la emoción
Ubicado por debajo del tálamo, el hipotálamo
forma parte de las paredes y piso del III ventrículo. Esta estructura
constituye un área compleja receptora que refleja el estado del medio
interno por reacción ante estímulos neurales y endócrinos.
Funciona homeostáticamente a través de la hipófisis
y a través de las proyecciones descendentes a los centros autonómicos
(Cardinali 1991). El hipotálamo contiene el programa motor de complejas
manifestaciones emocionales, como por ejemplo la del miedo. Es llamativo
que para cada función regulatoria existan áreas hipotalámicas
contrastantes que estimulan o inhiben la función en cuestión.
La estimulación de áreas anteriores del hipotálamo
desencadena actividad parasimpática; la de áreas posteriores,
estimulación simpática (Ranson, 1934; Smith y De Vito, 1984;
Kandel y Schwartz, 1985). Los animales con lesiones del hipotálamo
anterior son sensibles a temperaturas altas; los animales con lesiones del
hipotálamo posterior son sensibles a las temperaturas bajas (Boulant,
1981).
La estimulación del hipotálamo lateral produce
hambre voraz en animales bien alimentados, mientras que la estimulación
de las áreas ventromediales detiene esta conducta (Kissileff y Van
Itallie, 1982). Por el contrario, la lesión hipotalámica lateral
lleva al animal a la emaciación, mientras que la lesión hipotalámica
ventromedial lleva a la voracidad y aumento notable de peso.
Se ha postulado
como hipótesis que las calidades emocionales están interrelacionadas
con los procesos regulatorios citados (Sternbach,1966; Thompson, 1975).
Por ejemplo, el hipotálamo posterior es indispensable para las reacciones
emocionales de agresión y angustia. Luego de la lesión hipotalámica
se produce el cuadro de "falsa rabia" que implica actos motores
expresivos sin calidad subjetiva emocional. Por el contrario, la estimulación
hipotalámica en animales normales promueve actividad refleja con
objetivo. Es el caso del morder, que se desencadena sólo por ciertos
receptores de la mucosa bucal (cuando se desnerva la mucosa bucal la reacción
de "falsa rabia" no incluye el morder). Se han desencadenado manifestaciones
de escape, defensa, ataque y angustia por lesiones en una franja de tejido
nervioso que va desde la amígdala a través del hipotálamo
hasta el mesencéfalo (MacLean, 1955; Gellhorn, 1968).
La
función emocional del hipotálamo humano ha sido revelada por
los síntomas de las enfermedades hipotalámicas y por las estimulaciones
intraoperatorias durante intervenciones neuroquirúrgicas. La manipulación
mecánica o estimulación eléctrica del hipotálamo
genera crisis emocionales de agresividad o euforia. Hemos citado anteriormente
que un análisis conductista de la motivación ésta es
deducida en un esquema de "caja negra" como la variable que se
infiere de los antecedentes y de sus consecuencias. Resultados como los
descriptos acerca de la estimulación de una estructura central que
produce una emoción semejante a la que se detecta normalmente constituyen
un enfoque neurobiológico de bases sólidas para la identificación
de los sustratos neurales de la emoción (Kandel y Schwartz, 1985).
En experimentos realizados desde la década del 50 se ha verificado
que el condicionamiento instrumental por estimulación cerebral directa
produce cambios motivacionales persistentes. Por ejemplo, si se refuerza
en una rata la conducta de escape y evitación por medio de un interruptor
de la estimulación cerebral posible de ser operado por el animal,
este aprende a operarlo en unas pocas pruebas, tanto ante la estimulación
cerebral como ante un estímulo anticipatorio de la misma (Olds y
Miller, 1954). Los animales que han sido condicionados sólo por señales
anticipatorias efectuarán la respuesta de evitación en forma
coordinada luego de estimular al hipotálamo, aunque el estímulo
condicionado (señal anticipatoria) no esté presente.
El llamado "fenómeno de autoestimulación" fue descubierto
en ratas durante el desarrollo de los experimentos arriba mencionados. Mediante
la presión de un pedal, la rata puede estimular partes implantadas
de su cerebro. En algunos sitios se observa una entusiasta y febril estimulación;
en otros, una cuidadosa evitación. La autoestimulación se
desencadena con electrodos implantados en el haz central del prosencéfalo;
la evitación con electrodos implantados en el hipotálamo medial.
En otras zonas los efectos opuestos se yuxtaponen (Olds y Millers, 1954;
Stellar y Stellar, 1985).
Si bien estos experimentos han sido cruciales
para identificar sustratos neuronales de la emocionalidad, varias preguntas
permanecen sin respuesta, en especial, su vínculo con formas más
comunes de expresiones emocionales. Es sorprendente que la autoestimulación
en primates pueda desencadenarse en los mismos lugares que inducen marcadas
reacciones de angustia; los signos de angustia no interfieren con la autoestimulación
(Stellar y Stellar, 1985).
Papel del sistema
límbico en la emoción
En
una visión simplificada, la función cerebral puede considerarse
como el producto del neocórtex y del sistema límbico, que
se complementan para generar la conducta humana con propósito y objetivo.
En este proceso de complementación, el neocórtex regula principalmente
la precisa comunicación espaciotemporal con el medio ambiente y ejecuta
las funciones cognitivas intelectuales y estereognósicas. El sistema
límbico tiene un vínculo primordial con la emocionalidad y
la motivación para la acción, así como con el proceso
de aprendizaje y la memoria (que implican un alto contenido afectivo; sólo
se recuerda aquello que emocionalmente nos interesa) (Cardinali, 1991).
El sistema límbico otorga a la información derivada del mundo
interior y exterior su particular significado emocional. De aquí
su papel de último nivel en la jerarquía motora autonómica.
Filogenéticamente, el sistema límbico comprende a las partes
más antiguas del telencéfalo y a las estructuras subcorticales
que de él derivan (Papez, 1937; MacLean, 1955; Rainey y Noose, 1985)
.
Se distinguen en el sistema límbico: (a) una porción
cortical; (b) una porción subcortical.
La porción cortical
está constituída por la circunvolución límbica,
parte de la corteza cerebral en forma de anillo en la cara interna de cada
hemisferio, y que separa al neocórtex del hipotálamo y del
tronco encefálico. La circunvolución límbica comprende
al giro parahipocámpico, cingulado y subcalloso, y se la llamó
"rinencéfalo" por que se la consideró, en un principio,
vinculada exclusivamente con la función olfatoria.
La porción
subcortical está constituída por diversos núcleos neuronales.
Ellos son: amígdala, hipocampo, núcleo accumbens, núcleos
septales, la corteza orbitofrontal, el bulbo olfatorio y áreas del
tálamo anterior e hipotálamo (área preóptica,
cuerpos mamilares) (MacLean, 1955).
Las conexiones aferentes y eferentes
del sistema límbico son extremadamente complejas. El hecho más
destacado lo constituye una conexión masiva recíproca con
el hipotálamo. El hipotálamo se comunica con el hipocampo
y el septum a través del fórnix, con la amígdala a
través de la estría terminalis y vías amigdalófugas
ventrales, y con las porciones del cerebro olfatorio a través del
haz central del prosencéfalo. A través del hipotálamo,
el sistema límbico se conecta con estructuras mesencefálicas
(área límbica mesencefálica) (Smith y De Vito, 1984).
Es útil el considerar al sistema límbico como un contínuo
de neuronas, predominantemente de axón corto, que va desde la circunvolución
límbica ("polo límbico") hasta el tronco encefálico
("polo mesencelálico"). Estas conexiones incluyen a porciones
del hipotálamo entre ambos polos. Las conexiones entre los diversos
componentes son recíprocas. El sistema límbico controla la
conducta emocional, y por lo tanto, la motivación. Media la adaptación
emocional y social a un medio ambiente en constante cambio, y la pérdida
de esta adaptabilidad, con las consecuentes alteraciones conductuales caracteriza
a las alteraciones límbicas. Sin las conexiones límbicas y
con un hipotálamo intacto, gatos o monos desencadenan conductas complejas
carentes de objetivo o contenido. Por ejemplo "falsa rabia", hiperfagia
o hipersexualidad (Kluver y Bucy, 1937).
El sistema límbico actúa
a través de los programas contenidos en el hipotálamo, como
se evidencia mediante experimentos electrofisiológicos. La estimulación
eléctrica de la amígdala en un animal de experimentación
desencadena efectos semejantes a los observados luego de la estimulación
hipotalámica. Tales efectos incluyen respuestas homeostáticas
y conductas complejas autonómicas, endocrinas y somáticas.
La ablación bilateral de la amígdala en monos elimina la posibilidad
de función social del animal.
Estos no pueden reconocer
el significado social de las señales exteroceptivas que regulan la
conducta grupal, y aparecen como ansiosos e inseguros (Stellar y Stellar,
1985). Este cuadro se debe a la interrupción del flujo de información
entre la corteza de asociación parieto-témporo-occipital y
el hipotálamo, el que ocurre a través del sistema límbico
(en este caso, de la amígdala). El resultado de esta alteración
es la supresión de una correcta evaluación de la información
sensorial en el contexto del estado afectivo.
Las observaciones clínicas
en humanos indican que la conexión:"corteza de asociación
parieto - témporo - occipital- - -amígdala" contiene
sustratos neuronales importantes de las conductas motivadas y emociones.
Es decir, mediante este sistema la información sensorial es comparada
con los contenidos de la memoria y así se hace significativa. A través
de la amígdala, se inducen aquellas conductas afectivas que se han
probado como apropiadas y con éxito social en las ocasiones previas.
La amígdala, como parte del sistema límbico activa y/o inhibe
los mecanismos hipotalámicos adecuados para este fin (Kandel y Schwartz,
1985). El sistema límbico regula los programas contenidos en el hipotálamo,
en forma semejante al modo en que las vías descendentes motoras seleccionan
los programas de movimiento contenidos en los niveles inferiores de la jerarquía
motora somática (Cardinali, 1991).
Conclusiones
La especie humana es muy vulnerable a las enfermedades psiquiátricas.El
1% de la población sufre de esquizofrenia, un 4% de depresión
uni-o bipolar severa, y 15-30% de alguna forma de enfermedad emocional reactiva
en episodios aislados. Existen elementos epidemiológicos como para
sospechar una predisposición genética en la aparición
de estas enfermedades. Por otra parte, factores epigenéticos vinculados
a las experiencias tempranas en la vida extrauterina desempeñan un
papel fundamental en la determinación de la salud o de la psicopatología
(Kandel y Schwartz, 1985).
Si bien la causa de las enfermedades
emocionales es desconocida, su vínculo con el sistema límbico
y con las neuronas monoaminérgicas mesencefálicas está
indicado por la eficacia terapéutica de drogas que interfieren con
los mecanismos neuronales de esta región. No se sabe aún si
la modificación de estos sistemas difusos monoaminérgicos
es causa o efecto de la alteración psiquiátrica, que se origina
en otras zonas del sistema límbico. La introducción de metodología
como la electroencefalografía computarizada ha permitido sistematizar
alteraciones del ritmo cerebral en distintas zonas cerebrales, cuya corrección
se acompaña de mejoría de los cuadros emocionales.
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