PROLOGO
En un capítulo de su clásico tratado De la
guerra, el teórico prusiano de la guerra Karl von Clausewitz describe la guerra
como "un verdadero camaleón", que cambia permanentemente y adapta su apariencia
a las variables condiciones sociopolíticas en las que se desarrolla. Clausewitz
explicó esta metáfora distinguiendo tres elementos constitutivos de la guerra:
la violencia intrínseca de sus componentes, la creatividad de los estrategas y
la racionalidad de quienes toman las decisiones políticas.
Atribuye el
primero de esos elementos, la "violencia intrínseca de sus componentes, el odio
y la enemistad, que deben considerarse como instinto ciego", al pueblo;
considera que el segundo, "el juego de probabilidades y el azar que hace de la
guerra una actividad libre del espíritu", es un asunto que compete a los
generales; y entiende, por último, que "la naturaleza subordinada de una
herramienta política, por la cual pertenece estrictamente a la razón", hace de
la guerra un instrumento de gobierno. De aquí deriva también la clásica
definición de Clausewitz de que la guerra es la continuación de la política por
otros medios.
En cada uno de estos ámbitos, las evoluciones sociales,
las cambiantes relaciones políticas, los adelantos tecnológicos y, por último,
los cambios culturales, generan continuamente nuevas configuraciones.
Por lo tanto, la guerra también adquiere constantemente nuevas y
diferentes formas. En opinión de Clausewitz, el factor que ocasiona los cambios
más profundos y transcendentales en las formas que adopta la guerra, es la
triple interdependencia entre la violencia elemental, la creatividad estratégica
y la racionalidad política.
Nos preguntamos sin embargo, cuál es el
destino de la guerra en el futuro. He ahí el sentido de este
ensayo.
Manuel Luis Rodríguez U.
Punta Arenas – Magallanes,
invierno de 2006.
LAS GUERRAS YA NO SON COMO ANTES
Las
condiciones y la forma de la guerra se han venido modificando desde el siglo
XVIII y XIX en adelante, por tomar como punto de partida las guerras que
resultaron de las revoluciones americana y francesa. Ejércitos masivos,
organizaciones castrenses según un modelo burocrático, estrategias de disuasión,
conscripción universal como forma de reclutamiento, creciente dependencia de la
estrategia y de la táctica de las operaciones respecto de la tecnología de los
armamentos, podríamos definirlos como los conceptos claves del paradigma moderno
de las guerras.
Y sin embargo, lo sorprendente es que asistimos a una
transformación profunda de ese paradigma.
Todo ello está siendo
crecientemente cuestionado por las nuevas formas de hacer la guerra que emergen
desde fines del siglo XX, en un contexto de globalización de la información y
las comunicaciones, de satelización e informatización de las tecnologías, de
miniaturización e incremento exponencial de la letalidad, furtividad y eficacia
de los sistemas de armas, pero al mismo tiempo, la emergencia de formas en red
de los conflictos, con la desaparición de las fronteras
“nacional-internacional”, “civil-militar” y “paz-guerra”.
TIEMPO Y
ASIMETRIAS
Las guerras del futuro tomarán cada vez más en
consideración el factor tiempo, el uso del tiempo como arma estratégica, toda
vez que el espacio estratégico ha hecho implosión.
A la luz de la
definición de la guerra de Clausewitz, la especial creatividad de Mao Tse-Tung
como teórico de la guerra de guerrillas reside en su hallazgo de que un proceder
lento, una desaceleración del curso de los acontecimientos, brinda la
oportunidad de oponer con éxito una resistencia armada a un enemigo que es
superior tanto por sus recursos técnicos como por su organización militar.
Un hallazgo que elevaría la guerra en pequeña escala, antes concebida
meramente como una estrategia concomitante de la guerra en gran escala, al nivel
de una estrategia político-militar por derecho propio. Un aparato militar
superior en medios técnicos y en organización tiende a acelerar el curso de la
guerra, pues es el mejor medio de hacer valer su superioridad.
Ejemplos
de ello son la caballería de Murat, que perseguía y destruía rápidamente al
enemigo vencido por Napoleón en el campo de batalla; los tanques de Guderian
que, mediante pequeñas explosiones, abrían brechas profundas en el frente
enemigo; y los cazabombarderos y los misiles de crucero de Schwartzkopf durante
la Guerra del Golfo, que paralizaron las estructuras de mando y de
aprovisionamiento iraquíes antes incluso de que comenzara la guerra en tierra.
La consumada habilidad estratégica, por ejemplo, de Helmut von Moltke el
Viejo en la conducción de las guerras de unificación de Alemania, en 1866 y
1870-1871, pone de manifiesto el hecho de que era mejor que sus adversarios en
desplegar los medios disponibles para acelerar los acontecimientos.
De
modo similar, la impresionante superioridad que el aparato militar
estadounidense ha alcanzado sobre todos sus potenciales enemigos en los dos
últimos decenios se debe, en gran medida, a su capacidad de aprovechar las
diversas oportunidades que se presentan para acelerar el ritmo de las
operaciones en los diferentes niveles de combate, pero también al uso intensivo
de las tecnologías de la comunicación y de la información puestas al servicio de
concepciones estratégicas capaces de "pensar la guerra" a escala global, porque
la potencia estadounidense es capaz de "pensar la política" a escala global.
Se puede afirmar, que el desarrollo de la guerra sigue constantemente
los imperativos de la aceleración y que, en cualquier conflicto, resultará
vencedor quien tenga el mayor potencial de aceleración y la habilidad de
emplearlo de manera eficaz. Sin embargo, la metáfora del camaleón de Clausewitz
es una advertencia de que la historia de la guerra no sigue modelos de
desarrollo unidireccionales, basados por lo general en adelantos técnicos, sino
que está sujeta a la interacción de factores mucho más complejos. La aceleración
tiene su precio; implica, ante todo, gastos cada vez mayores en logística, un
número proporcionalmente decreciente de fuerzas de combate de la totalidad de
las tropas, un aumento vertiginoso de los costes para equipar a éstas con armas
modernas y, por último, un aparato militar cada vez más vulnerable y propenso a
plantear problemas.
El concepto de aceleración, se precisa más en la
noción de escalada, que nos permite comprender los cambios suscitados por la
globalización en el fenómeno de la guerra.
La creatividad de Mao residió
en su negativa a sumarse a la carrera por una mayor aceleración de las
hostilidades, pues su ejército campesino no podría haber ganado una guerra de
esa naturaleza. Rechazó el principio de la aceleración y, transformando una
debilidad en fortaleza, hizo de la lentitud su consigna y definió a la guerra de
guerrillas como una "larga guerra de resistencia". La estrategia de las
guerrillas consiste asimismo en emplear todos los medios posibles para lograr
que el enemigo pague realmente el precio de la aceleración, en una medida tal
que el coste de la guerra termine siendo prohibitivo. El politólogo francés
Raymond Aron sintetizó esta situación en la fórmula de que los guerrilleros
ganan la guerra si no la pierden y los que luchan contra ellos pierden la guerra
si no la ganan. Cada parte, cada contendor opera bajo un marco temporal
diferente.
En Vietnam (q1965-1975), los estadounidenses aprendieron a
sus expensas cuán eficaz puede ser este proceder. La asimetría, principal
característica de las nuevas guerras en los últimos decenios, se basa en gran
medida en las diferentes velocidades con que las partes se combaten: la
asimetría de la fuerza radica en una capacidad de aceleración que supera la del
enemigo, mientras que la asimetría de la debilidad se basa en una disposición y
una habilidad para disminuir el ritmo de la guerra. Por lo general, esta
estrategia acarrea un aumento considerable de víctimas en el propio bando.
Por otro lado, la guerra simétrica, como las de los siglos XXVIII, XIX e
incluso XX, puede definirse como una guerra que las partes libran a la misma
velocidad. En la guerra simétrica, lo que decidía la victoria eran, por lo
general, mínimas ventajas por lo que respecta a la aceleración.
HEROISMOS Y NUEVAS ARMAS
Las guerras del siglo XXI, como
se verá al analizar la importancia estratégica de la desaceleración en la era de
la aceleración, difícilmente serán una prolongación de las tendencias del siglo
XX. La disponibilidad de más recursos materiales y un mayor desarrollo
tecnológico no decidirán automáticamente la victoria.
La enorme
superioridad de Estados Unidos en medios técnicos militares no es una garantía
de que este país vaya a salir victorioso de todas las guerras que parece cada
vez más dispuesto a librar. Ya lo estamos observando en Irak y en Afganistán,
donde al reves de lo que nos anuncian los relacionadores públicos de los
Ejércitos, el número de bajas estadounidense aumenta, la opinión pública se
inquieta y nadie es capaz de decir cómo ellos van a vencer o prevalecer en una
guerra que se prolonga indefinidamente.
Lo fácil que es entrar en guerra,
hoy, se encuentra con lo difícil que es salir de ella.
Sin embargo, las
sociedades occidentales, con un alto grado de desarrollo económico y basadas en
la primacía del derecho, la participación política y una mentalidad "posheroica"
(es decir, para las cuales la "guerra heroica" y el sacrificio de la vida han
dejado de ser un ideal), no tendrán más remedio que proseguir el desarrollo
tecnológico de sus aparatos militares si desean preservar su capacidad de
respuesta militar.
Las democracias occidentales son sencillamente
incapaces de librar la "larga guerra de resistencia" de Mao Tse-Tung. Como están
preparadas para el diálogo, más que para el sacrificio, y esto es lo que
distingue a las sociedades "posheroicas" de las de la era "heroica", harán todo
lo que esté a su alcance por evitar o reducir todo lo posible sus propias
pérdidas en combate, y ello sólo puede lograrse con una tecnología militar
superior.
Ejemplos de esto son la Guerra del Golfo de 1991, en la que
las fuerzas iraquíes perdieron alrededor de 100.000 hombres, mientras que la
coalición liderada por Estados Unidos sólo perdió unos 140; y el caso más
impresionante de todos, el de Kosovo, que ha pasado a la historia militar como
la primera guerra en la que los vencedores no perdieron un solo hombre en
combate. En consecuencia, las carreras de armamentos del siglo XXI ya no serán
simétricas, como las de los siglos XIX y XX, cuando Alemania e Inglaterra
rivalizaron en la construcción de buques de guerra, o Estados Unidos y la URSS
en la de sistemas de lanzamiento nucleares.
Una competencia entre las
armas de alta tecnología y las de tecnología rudimentaria es, en cambio,
asimétrica. Desde el 11 de septiembre de 2001, somos conscientes de que una
simple navaja, si se la emplea para secuestrar un avión y estrellarlo contra
edificios o ciudades, puede servir para hacer temblar los cimientos de una
superpotencia.
En ese caso, sin embargo, no fue sólo la desaceleración
lo que permitió a los comandos terroristas atacar a Estados Unidos, sino una
combinación de velocidad y lentitud. Las infraestructuras de la parte atacada
fueron aprovechadas por un grupo clandestino, que pudo preparar los ataques
sigilosa y tranquilamente, y transformar luego los aviones en cohetes y el
combustible en explosivo.
Mohammed Atta y sus cómplices atacaron a
Estados Unidos empleando como armas la propia velocidad de este país, desde la
concentración y la intensidad del transporte aéreo hasta los medios
informativos, que transmitieron la catástrofe del 11 de septiembre de 2001 al
mundo entero en tiempo real.
En cambio en Líbano 2005, pudimos observar
el facaso militar de un ejército convencional, Tsahal de Israel, frente a
fuerzas de guerrilla urbano-rural actuando en forma de red, como el Hizbollah
libanés.
EL RETORNO A LA VIOLENCIA ELEMENTAL DE LA GUERRA: LAS
GUERRAS DE LA ERA DE LA GLOBALIZACIÓN
Evidentemente, la creatividad
estratégica no puede desplegarse independientemente de los otros dos elementos
de la trinidad de Clausewitz, a saber, la violencia propia de la guerra y la
racionalidad política de quienes toman las grandes decisiones. Por ello, el
principio de una desaceleración sistemática de la violencia, como en una guerra
de guerrillas, sólo puede aplicarse con éxito cuando una mayoría abrumadora de
la población no ve otro medio para resolver los problemas sociales, económicos y
políticos, que una guerra que causará grandes pérdidas y estragos.
Sólo
entonces proporcionará la población apoyo logístico a las guerrillas, no
colaborará con el enemigo y permitirá que cada vez más jóvenes, hombres y
mujeres, sean reclutados para la guerra. De lo contrario, los guerrilleros no
pueden moverse como pez en el agua entre la población, pues no están en su
elemento natural y son fácil presa del enemigo.
Este requisito limitó
durante mucho tiempo la aplicabilidad de la estrategia asimétrica de la guerra
de guerrillas. En la forma que acabamos de describir se la conoce desde
comienzos del siglo XIX, pues en principio sólo se usaba como método defensivo y
si la población estaba dispuesta a hacer enormes sacrificios.
El aspecto
verdaderamente amenazante de las recientes formas de terrorismo internacional es
que han sobrepasado las limitaciones de la guerra asimétrica, que hasta ahora
han demostrado ser tan efectivas –según la terminología de Clausewitz, el grado
limitado de odio y enemistad y las restricciones resultantes al uso de la guerra
como herramienta política–, al descubrir que la infraestructura civil del
enemigo puede servir como el equivalente funcional de la propia población civil
y de la disposición de ésta a sacrificarse.
En las guerras del futuro, la
frontera entre lo civil y lo militar continuará diluyéndose, así como las
organizaciones militares y las instituciones de la defensa deberán aprender a
terminar con la clásica separación entre “tiempo de paz” y “tiempo de guerra”.
Ahora y en el futuro, el paso de ambos estadios del tiempo, puede ser de breves
días u horas, por lo que las estructuras organizacionales y logísticas de la
defensa tendrán que adoptar una arquitectura única para ambos tiempos.
Además, las actuales tendencias también indican que, en el siglo XXI,
amplios sectores de la población podrán pensar que su única oportunidad para el
futuro será librar guerras y salir vencedores de ellas.
El incremento de
los riesgos ambientales, como la escasez de agua, la creciente desertización y
la elevación del nivel de los océanos; una mayor desigualdad mundial en la
distribución de los bienes de consumo, en las oportunidades de educación y en
las condiciones de vida; el desequilibrio de los índices demográficos y los
flujos de migración; la inestabilidad de los mercados financieros
internacionales y la decreciente habilidad de los Estados para controlar la
propia moneda y la economía; y, por último, la rápida disgregación de los
Estados en algunas partes del mundo, son factores suficientes para suponer que
muchas poblaciones considerarán que los cambios violentos, más que un desarrollo
pacífico, ofrecen más probabilidades de garantizar su futuro.
Por ello,
el empleo de la fuerza para alcanzar un futuro mejor se convertirá en el
elemento clave de su razonamiento político y estarán dispuestas no sólo a luchar
para obtener recursos vitales, sino a librar guerras asimétricas contra
adversarios superiores.
No caminamos hacia un mundo con menos guerras,
sino hacia guerras de baja o mediana intensidad pero de alta
frecuencia.
LAS NUEVAS VULNERABILIDADES
Debido
precisamente a su avanzado nivel de desarrollo socioeconómico, estos adversarios
superiores adolecen de un alto grado de vulnerabilidad, que, por grande que sea
su superioridad militar, no pueden eliminar. El propósito de los diversos
proyectos de EE.UU. para instaurar un sistema de defensa antimisiles es hacerse
invulnerables. Obviamente, esos sistemas de defensa ya no están dirigidos contra
ningún pais en particular, aunque Rusia sienta en cierto modo invadido su glacis
defensivo, sino contra enemigos que, por pequeños y débiles que sean,
constituyen una seria amenaza, ya que poseen ojivas nucleares y algunos sistemas
de lanzamiento. Por otra parte, los ataques del 11 de septiembre de 2001
disiparon las esperanzas depositadas en esos proyectos.
En principio, la
guerra se ha vuelto poco atractiva, tanto política como económicamente, para los
países desarrollados. Los costos superan las ganancias. En las sociedades
"posheroicas", el máximo valor es la preservación de la vida humana y, con ello,
la multiplicación y la intensificación de sentimientos individuales de
bienestar.
Desde el final de la II Guerra Mundial por lo menos, las
sociedades occidentales han justificado, por consiguiente, cualquier tipo de
armamento con el argumento de la defensa: el propósito de ese incremento del
arsenal militar no es prepararse para la guerra, sino prevenirla. Si el mundo
sociopolítico estuviera formado sólo por tales sociedades, el concepto de paz
eterna de Kant se habría hecho realidad.
Pero esto requeriría que todas
las sociedades siguieran un curso de desarrollo moldeado en la secularización
occidental de la política, la individualización social y, por último, la
pluralización de los valores.
Ahora bien, esto es precisamente lo que
están combatiendo los diversos movimientos fundamentalistas y otras formas de
organización contrarias al orden imperial, capitalista y globalizado, que, lejos
de limitarse a defender vestigios de rancias tradiciones, están, por el
contrario, resistiéndose a la modernización según las pautas occidentales. El
dilema que ha determinado el desarrollo sociopolítico de los años ochenta y
noventa será también decisivo en el siglo XXI: el hecho de que un mundo en el
que la sociedad se ha desarrollado gracias al diálogo y a la cooperación se basa
en supuestos que sólo pueden admitirse si se logra una amplia nivelación de las
particularidades debidas a la religión, la cultura y la civilización.
Así pues, aparte de las luchas por establecer nuevas reglas de
distribución de los bienes económicos y oportunidades de educación, y satisfacer
así las necesidades vitales, la defensa de la identidad cultural también podría
convertirse en un motivo recurrente de guerra.
Pero, sobre todo, una
teoría del desarrollo que anhela con optimismo la paz suele pasar normalmente
por alto el hecho de que, en especial gracias al desarrollo socioeconómico de
los últimos decenios, han surgido nuevas oportunidades, basadas en la guerra y
la violencia, para que los países en desarrollo alcancen una economía rentable.
PRIVATIZACION Y COMERCIALIZACION DE LA GUERRA
¿Pero cómo
se ha convertido de nuevo la guerra en una actividad particularmente lucrativa?
Hay que recordar que la guerra no siempre fue un negocio deficitario. Por el
contrario, varias veces en la historia europea, cuando las circunstancias fueron
apropiadas, la formación de ejércitos privados podía ser muy rentable. De otro
modo sería imposible explicar el surgimiento de fuerzas mercenarias, como los
condottieri italianos, los Reisläufer suizos o los Landsknechte alemanes.
Cabe suponer que todos ellos consideraban la guerra como un medio de
subsistencia. Como propone el viejo axioma "bellum se ipse alet": la guerra se
alimenta de la guerra. En los siglos XIV y XV, Italia era un terreno
particularmente fértil para estos fenómenos. Los considerables recursos
financieros acumulados en las ciudades mercantiles italianas las convertían en
provechos objetivos de las agresiones armadas. Al mismo tiempo, las clases altas
urbanas estaban poco dispuestas a participar ellas mismas en las guerras. Como
había un exceso de mano de obra en las zonas rurales para la milicia, nada más
fácil que concertar contratos laborales a plazo fijo, los llamados condotta.
Las clases altas urbanas consiguieron que las clases bajas rurales
combatieran por ellas. Estas últimas no tardaron en darse cuenta del poder
potencial y de las oportunidades de enriquecimiento que esto les brindaba. La
actividad castrense se pagaba bien. En pocos años, muchos que habían comenzado
con poco o nada estaban viviendo confortablemente, y varios hijosdalgo que se
habían hecho condottieri alcanzaron el rango de duques y príncipes.
Uno
de los rasgos característicos de las guerras comercializadas que libraban los
jefes militares en la Alta Edad Media y principios de la época moderna era que
quienes las entablaban trataban de evitar grandes batallas y naturalmente, en lo
posible, las batallas decisivas.
Participar en esas batallas habría
socavado su interés en un empleo a largo plazo y, lo que es más importante,
habría puesto en peligro sus vidas, algo difícilmente compaginable con la
actitud de los que viven de la guerra, pero no quieren morir realmente en ella.
Los ejércitos de los condottieri trataban de cortar las vías de
aprovisionamiento del enemigo para forzarlo a capitular sin luchar. Esto era
mucho más atractivo que el exterminio mutuo, y los rescates que podían ganarse
capturando a oficiales y soldados enemigos eran ganancias extra muy codiciadas.
Si se pagaba el rescate, el enemigo era liberado y la guerra podía recomenzar.
No olvidemos además, que una buena parte de las operaciones de conquista
del territorio americano, con la llegada del invasor español, fueron guerras
privadas llevadas a cabo por pequeños ejércitos “autofinanciados” de
conquistadores.
Por lo general, quienes sufrían en este tipo de guerra
eran las ciudades y los nobles que empleaban a los mercenarios. Rara vez
alcanzaban sus objetivos y debían recolectar constantemente fondos para sufragar
sus guerras. Por ello, abrumaban al pueblo con exacciones especiales e impuestos
de guerra.
Esto podría describirse como la forma civilizada de librar
una guerra contra la población, dado que mientras funcionaba, es decir, si los
jefes militares y sus soldados recibían su paga con regularidad, no se atacaba a
la población en las zonas en que éstos operaban. Las cosas cambiaban rápidamente
si no recibían la paga, y los jefes militares adoptaban la forma incivilizada de
hacer la guerra contra la población, a la que sometían a pillajes y saqueos,
incendiaban granjas y caseríos, mataban a los hombres y violaban a las mujeres,
a fin de que todos comprendieran que era mejor pagar escrupulosamente que ser
sometido a esa forma extrema de cobrarse una deuda.
El aumento continuo
de los costos para mantener el aparato militar durante los siglos XVI y XVII
encareció demasiado la guerra para el sector privado, y los jefes militares de
comienzos de la época moderna fueron desapareciendo poco a poco de la escena.
Albrecht von Wallenstein, el último gran jefe militar, tuvo un éxito
considerable al principio, pero estaba condenado al fracaso por razones
políticas.
LOS COSTOS Y EL FINANCIAMIENTO DE LA GUERRA
El
constante aumento de los costos de la guerra se debió a tres causas principales:
al desarrollo de la artillería, cuyo empleo era decisivo en las batallas; a la
transformación de los soldados de a pie en una infantería disciplinada y
tácticamente entrenada, que se posicionaba en largas filas para entablar combate
con el enemigo y disponía de cada vez más armas de fuego; y, por último, al
crecimiento en tamaño de los ejércitos, que debían saber combinar el despliegue
de la infantería, la caballería y la artillería para alcanzar la victoria en el
campo de batalla.
Quienes no lograron asimilar los adelantos
tecnológicos y organizativos de la "revolución militar" de comienzos de la época
moderna pronto se quedaron rezagados y desaparecieron del grupo de los que
libraban la guerra siguiendo los principios de simetría. Ahora bien, la
infantería, la artillería y el ejército ampliado costaban dinero, y no se
hicieron realidad hasta que el Estado, como única entidad, pudo reunir los
fondos necesarios.
Toda una serie de piezas de artillería de diversos
calibres ya no estaba al alcance de los recursos de los jefes militares
privados. La dimensión de los ejércitos, la necesidad de prácticas para
armonizar el despliegue de las tres armas y, en particular, la necesidad de que
la infantería se entrenara constantemente durante largos períodos, hicieron que
el abastecimiento de las tropas fuera cada vez más costoso y que la guerra se
convirtiera en un negocio cada vez menos atractivo para el sector privado.
La guerra y los preparativos que requería quedaron fuera de la lógica de
la amortización del capital y se transfirieron a la autoridad directa del
Estado.
La primera consecuencia de que la guerra pasara a estar
controlada por el Estado fue que las hostilidades duraban, en general, menos,
pues ambas partes estaban interesadas en desenlaces rápidos y decisivos. El
medio para lograr este resultado eran las batallas, por lo que surgió un tipo de
guerra concebido con este fin, es decir, librar batallas para terminar la guerra
y lograr un acuerdo de paz. Esto dio lugar a una espectacular intensificación de
la violencia en los campos de batalla en Europa, pero simultáneamente estableció
límites claros al uso de la violencia en el tiempo y en el espacio.
Este
tipo de guerra era una lucha de soldados contra soldados, y los civiles estaban
en gran medida a salvo de la violencia y la destrucción, a menos que tuvieran el
infortunio de vivir en el camino de un ejército que avanzaba o que se
encontraran en el campo de batalla. La clara distinción entre combatientes y no
combatientes que establece del derecho internacional moderno se basa en buena
parte en esta evolución o, en todo caso, difícilmente habría sido reconocida y
aplicada sin ella.
Fue, pues, debido al desarrollo de la tecnología de
las armas y de la organización militar, en particular, por lo que la guerra y la
paz adquirieron estatutos jurídicos distintos, y para señalar la transición de
uno a otro comenzaron a utilizarse actas jurídicas, es decir, declaraciones de
guerra y acuerdos de paz. Además, la guerra entre Estados y la guerra civil
comenzaron a considerarse formas separadas y claramente distinguibles de guerra:
la primera estaba amparada por convenios, mientras que esta última, no.
Finalmente, en las guerras entre Estados, se distinguía entre
combatientes y no combatientes, de conformidad con las disposiciones pertinentes
del Convenio de La Haya sobre las leyes y costumbres de la guerra terrestre de
1899/1907 y con el Convenio de Ginebra de 1864, y se exigía a los beligerantes
hacer todo lo posible para evitar que los no combatientes sufrieran los efectos
de las hostilidades.
En las nuevas guerras sucede lo contrario en casi
todos los aspectos. La mayor parte de estas guerras no las libran ejércitos bien
equipados, sino milicias reclutadas por jefes o líderes carismáticos de tribus,
redes organizacionales o de clanes, además de los seguidores armados de los
jefes militares y otros. En estas guerras se usan ante todo armas baratas: armas
portátiles, fusiles automáticos, minas antipersonal y ametralladoras montadas en
camionetas.
Rara vez se emplean armas pesadas, y cuando se utilizan, son
restos de las reservas de la Guerra Fría. El hecho de que se puedan librar
guerras de este tipo –e incluso con éxito– se debe principalmente a que no las
deciden dos ejércitos en el campo de batalla, sino que se prolongan
interminablemente mediante actos de violencia contra la población civil.
Mientras que, en los conflictos simétricos, el mero hecho de preparar
una guerra, por no hablar de librarla, resulta cada vez más oneroso, los
estrategas de las nuevas guerras han logrado abaratar tanto las operaciones
militares que han convertido de nuevo la guerra en un negocio prometedor.
Obviamente, esto no significa que el costo social total de una guerra
también sea bajo.
Por el contrario, las consecuencias a largo plazo de
una guerra interna son inmensas: destrucción de la infraestructura, devastación
de las zonas rurales, carreteras y campos sembrados de minas y una generación de
niños que no han vivido otra cosa que la guerra y la violencia. Pero los
protagonistas de la guerra no han de pagar los gastos. Adaptando una vieja
frase, podría decirse que los jefes militares y los líderes de las milicias se
las han ingeniado, para privatizar los beneficios de las guerras que libran y
para nacionalizar los costos.
Que esto sea posible tiene mucho que ver
con el fracaso en la formación de naciones en muchas partes del Tercer Mundo. En
los llamados Estados colapsados, no hay instituciones en funcionamiento que sean
capaces de poner fin a la nacionalización de los costos o de mantener éstos, al
menos, dentro de ciertos límites. La población civil y los recursos naturales de
esos países son presa de los que los someten a su control, con la ayuda de sus
seguidores armados.
La violencia que propagan los jefes militares hace
así cada vez una mella más profunda en la sociedad, hasta que, al final, la
única posibilidad de salvación es la intervención de potencias extranjeras. Sin
embargo, queda pendiente la cuestión de si estas potencias pueden pacificar el
país o si serán arrastradas por las hostilidades, y si el conflicto, a raíz de
su intervención y de una eventual contraintervención, adquirirá un carácter
transnacional. Los acontecimientos de Angola, Congo, Somalia y Afganistán y la
región del Cáucaso advierten insistentemente de este peligro.
El número
creciente de nuevas guerras que se ha observado en los últimos dos decenios,
poco más o menos, se caracteriza sobre todo por el hecho de que la distinción
entre actividad lucrativa y uso abierto de la fuerza, una distinción que se
desarrolló desde la nacionalización de la guerra y que es un requisito de toda
economía estable basada en la paz, se ha erosionado hasta desaparecer.
En las nuevas guerras, la fuerza se ha convertido en una fuente de
ingresos para quienes poseen armas y están dispuestos a usarlas, ya sea para
procurarse medios de subsistencia, ya sea, con frecuencia, para enriquecerse. De
modo que, en las nuevas guerras, reaparece el viejo axioma: la guerra se
alimenta de la guerra, y por eso hay que alimentarla con la guerra.
Así,
las nuevas guerras se caracterizan por la emergencia de jefes militares que
controlan un territorio por la fuerza de las armas a fin de explotar sus
recursos naturales, desde petróleo y minerales hasta metales preciosos y
diamantes, o de expedir licencias para su explotación. Paralelamente, no sólo se
advierte una proliferación de los mercenarios –la mano de obra bien remunerada
de estas guerras– sino un uso creciente de niños soldados, que han demostrado
ser un medio de guerra eficaz y económico.
La guerra privada y por su
propia cuenta no se ha vuelto sólo atractiva a causa de la desintegración del
Estado en muchas partes del denominado Tercer Mundo, sino también, y
especialmente, por la facilidad con que las economías de guerra civil son
capaces de explotar los flujos de bienes y capitales en el mercado mundial.
Además del petróleo y de materias primas de importancia estratégica,
como las minas y los minerales, el oro y los diamantes, los jefes militares
utilizan sobre todo bienes ilícitos o provistos de certificados fraudulentos
para financiar sus guerras y amasar con frecuencia enormes fortunas.
El
narcotráfico y, cada vez más, la trata de mujeres jóvenes también resultan
sumamente lucrativos, debido a la fuerte demanda en los países ricos. Las
poderosas corporaciones y empresas productoras de armamentos de los países
desarrollados, además, no están exentas de toda culpa por lo que respecta a la
renaciente rentabilidad de la guerra.
Dos factores han sido decisivos en
la aparición de este nuevo tipo de guerras: la habilidad en financiarlas con los
flujos de bienes y capitales generados por la mundialización y, lo que es aún
más importante, el hecho de que se han hecho poco costosas.
La guerra
que el Este y el Oeste mantuvieron durante cuarenta años, preparándose para
evitar que tuviera lugar, fue una confrontación sumamente cara. Puede decirse
que los costos de esa incesante carrera de armamentos causaron, en cierta
medida, el colapso de una de las partes, la URSS.
Mientras las
instituciones de investigación sobre la paz y los conflictos todavía estaban
ocupadas en reconstruir y medir las simetrías de la carrera de armamentos entre
el Este y el Oeste, los planificadores y estrategas de las nuevas guerras ya
habían logrado evadirse no sólo de esta vertiginosa carrera de armamentos, sino
también de la compulsión de prepararse a las guerras simétricas, y de librarlas.
Este proceso, al que se ha prestado hasta ahora poca atención, está abriendo el
camino a la privatización y la comercialización de la guerra que acabamos de
describir y que, a largo plazo, podría resultar más trascendental y decisiva
incluso que el conflicto Este-Oeste.
Es probable que estas nuevas
guerras no queden confinadas por siempre a las zonas que están ahora afectadas
por ellas, es decir, América del Sur y Central, el África subsahariana y Asia
central y meridional, y que se propague, por diversos conductos, a las zonas
ricas del hemisferio norte.
El sur no puede atacar estas zonas con
medios militares tradicionales. Y con este punto se relacionan nuestras
observaciones introductorias sobre la teoría de Clausewitz. La guerra es un
camaleón que se adapta a las configuraciones sociopolíticas del momento; su
única característica permanente es la violencia elemental. El 11 de septiembre
han dado alguna idea de las nuevas formas que puede adoptar la guerra y en qué
medida éstas pueden suponer una desmilitarización paulatina de la guerra.
LOS NO-SOLDADOS CONTRA LOS SOLDADOS
La desmilitarización
de la guerra significa que las guerras del siglo XXI se librarán sólo en parte
por soldados y, en su mayor parte, ya no estarán directamente dirigidas contra
objetivos militares. Ya se puede observar un retorno a las formas bélicas a las
que puso fin la nacionalización de la guerra durante los siglos XXVI y XXVII,
reemplazándolas por una organización militar disciplinada.
Los objetivos
militares están siendo sustituidos ahora, en muchos lugares, por objetivos
civiles, desde ciudades y pueblos invadidos y saqueados por líderes de milicias
y jefes militares hasta los símbolos del poder político y económico que fueron
el blanco de los ataques terroristas del 11 de septiembre. Incluso los medios
que se emplean para llevar a cabo estos ataques tienen cada vez menos un
carácter genuinamente militar.
Por ejemplo, en las guerras de África y
de Asia central un vehículo civil, la camioneta Toyota, ha acabado simbolizando
el surgimiento de milicias y jefes militares. Asimismo, los ataques terroristas
del 11 de septiembre sólo fueron posibles transformando unos medios civiles en
armas de ataque.
Los ataques del 11 de septiembre, y especialmente la
serie de atentados terroristas en Israel, han puesto de relieve una nueva
amenaza específica: terroristas que usan sus propios cuerpos como armas y
vinculan así el éxito del atentado a su propia y segura muerte. Los ataques de
este tipo sólo son posibles si se renuncia a todo medio de escape.
Es
decir, quienes cometen ataques suicidas con bombas compensan su inferioridad
militar renunciando a toda posibilidad de sobrevivir. Por numerosos y bien
fundados motivos, estos atentados pueden considerarse moralmente repudiables,
pero es difícil negar que con ello ha surgido una nueva forma de "heroísmo" que,
para las sociedades "posheroicas" de Occidente, es peligrosísima, no sólo por
los instrumentos empleados, sino también por el simbolismo subyacente.
Además de evidenciar, de manera sangrienta, la vulnerabilidad de las
sociedades atacadas, estas nuevas formas de terrorismo les transmiten otro
mensaje, a saber: que por estar orientadas a la preservación de la vida, serán
derrotadas, en definitiva, por los que están dispuestos a sacrificar su propia
vida.
El acto del suicidio es una expresión de desprecio hacia unas
sociedades que, por principios de su propia organización social, han repudiado
ese sacrificio de la vida o han hecho uso de él sólo metafóricamente.
Los estrategas del terror se han dado cuenta de que las sociedades
"posheroicas", con su estilo de vida y su autosuficiencia, son particularmente
vulnerables a los ataques de individuos imbuidos del espíritu de martirio. Éste
es un ejemplo más de la creatividad estratégica que, según Clausewitz, es el
rasgo característico del camaleón de la guerra.
LAS DIMENSIONES DE
LA ASIMETRIA
Desde el empleo estratégico de la desaceleración contra
un aparato militar que depende de la intensificación de las hostilidades hasta
el redescubrimiento del suicidio como una amenaza a las sociedades basadas en el
diálogo, las últimas novedades en la conducción de la guerra casi siempre
consisten en estrategias asimétricas.
Por ello, cabe predecir que las
guerras del siglo XXI serán predominantemente asimétricas, a diferencia de las
llamadas guerras clásicas de la historia europea, a partir del siglo XVII, que
eran de carácter casi exclusivamente simétrico. Para que el empleo de la fuerza
sea simétrico, han de cumplirse numerosas condiciones: en primer lugar, que las
partes concernidas reconozcan que están a la par.
Sin embargo, este
reconocimiento, al que puede llegarse con la mutua inclusión de los adversarios
en un sistema de valores que rija para los dos (caballería) o mediante la
sujeción de ambos a normas jurídicas (derecho internacional, leyes de la
guerra), se basa en supuestos de igualdad que deben cumplirse en gran parte:
armamento muy similar, ausencia de disparidades estratégicas en información y
una forma socialmente análoga de reclutamiento y entrenamiento de los
combatientes.
Basándose en estas condiciones, es posible limitar el
empleo de la fuerza y disponer, por ejemplo, que la fuerza sólo se use entre
iguales que puedan identificarse mutuamente como combatientes. Los que queden
fuera de esta ecuación no serán objeto de ataques deliberados, pero sólo a
condición de que se abstengan, por su parte, de emplear la fuerza. La fuerza
puede confinarse así a lugares y zonas determinados, como son el campo de duelo,
el campo de batalla o el frente. Así pues, las guerras simétricas se
caracterizan, en general, por un empleo limitado de la fuerza.
En las
guerras asimétricas, propias del siglo XXI en cambio, se percibe una tendencia a
que la violencia se propague y penetre en todos los ámbitos de la vida social.
Esto es así porque, en las guerras asimétricas, la parte más débil usa la
comunidad como cobertura y base logística para dirigir ataques contra un aparato
militar superior. El punto de partida de este proceso está marcado por la guerra
de guerrillas.
La principal característica de las guerras simétricas en
la historia europea de la época moderna fue que eran guerras internacionales, es
decir, guerras entre Estados.
Cuando la guerra pasó a ser monopolio del
Estado y sólo se libraba, por consiguiente, entre Estados, la igualdad y el
mutuo reconocimiento necesarios para la guerra simétrica quedaron
institucionalmente garantizados. Sólo en el transcurso de la II Guerra Mundial,
con la guerra de aniquilación en Oriente y el bombardeo estratégico de zonas
habitadas, se infringieron las limitaciones establecidas al empleo de la fuerza.
Hasta entonces, el Estado había fijado los límites, distinguiendo entre
asuntos internos y externos, amigos y enemigos, guerra y paz, militares y
policías, lealtad y traición, etcétera. Durante muchos años, en los textos
pertinentes se reconoció y se empleó el término interno o la expresión guerra
civil como antónimos de guerra internacional o guerra entre Estados.
Aún
así, el antónimo dependía del sistema de referencia que determinaba la
estatalidad, en el sentido de que su significado dependía de los límites fijados
por el Estado. La expresión guerra civil es el opuesto simétrico de la de guerra
internacional; el antónimo asimétrico es guerra transnacional, es decir, una
guerra en la que los límites fijados por los Estados ya no son determinantes.
Este tipo de guerra cruza las fronteras nacionales sin ser una guerra
librada entre Estados, como las guerras en y en torno a Angola, Zaire/Congo,
Somalia, Líbano y Afganistán. Se caracteriza por un cambio constante de amigos y
enemigos y por una desintegración de las autoridades institucionales (tales como
las fuerzas militares y la policía) responsables de mantener el orden y que
pueden recurrir a la fuerza.
En este contexto, los actos de guerra y la
criminalidad resultan indistinguibles, la guerra se prolonga y no hay
perspectivas de lograr un acuerdo de paz para ponerle fin. Estas guerras, que se
han multiplicado en los años ochenta y noventa del siglo XX, parece que, junto a
las guerras de guerrillas y otras formas de “guerras en red”, empiezan a
determinar el curso de la violencia en el siglo XXI en muchas partes del mundo.
PERSPECTIVAS HACIA EL FUTURO
¿Existe alguna manera de
detener, o de lentificar, al menos, la evolución que acabamos de describir?
Probablemente, el retorno a la estabilidad de los Estados a escala mundial sea
el único medio efectivo de frenar la privatización de la guerra, la asimetría
creciente de las estrategias de fuerza y la desmilitarización de la guerra, es
decir, la afirmación de autonomía mediante elementos previamente incorporados en
estrategias político-militares. Después de todo, la estatalidad está sujeta a
los criterios de racionalidad política, que son irreconciliables con esos
fenómenos.
Sin embargo, habida cuenta de las tendencias englobadas bajo
el término mundialización, parece dudosa la vuelta a una nacionalización de la
política a escala mundial. Sólo se lograría el éxito deseado si, en esos
Estados, subieran al poder unas elites capaces de resistir a la corrupción, lo
que, en las circunstancias actuales, también parece poco probable. Así pues, las
guerras del siglo XXI no se librarán, en la mayor parte de los casos, con una
potencia de fuego masiva y enormes recursos militares.
Tenderán a seguir
librándose a fuego lento, sin principio o final claro, mientras que la línea
divisoria entre las partes beligerantes, por un lado, y el crimen internacional
organizado, por otro, será cada vez más difusa. Por ello, ya hay quienes
sostienen que tales situaciones no constituyen, en realidad, guerras.
Olvidan que, antes de que la guerra fuera monopolio del Estado moderno,
hubo siempre una alianza estrecha entre mercenarios y bandidos.
Parece
que, en el siglo XXI, el camaleón de la guerra va a cambiar cada vez más de
apariencia para asemejarse, en muchos aspectos, a las guerras que se libraron
entre los siglos XIV y XVII.
Lo que resulta evidente a inicios del siglo
XXI es que el recurso a la guerra será una de las herramientas fundamentales del
imperio para asegurar su dominación estratégica, su hegemonía ideológica,
económica, energética y política a escala planetaria. Cada vez que el imperio
considere que sus intereses hegemónicos estén en riesgo a mediano o largo plazo,
hará uso de la herramienta militar y de la guerra, como forma estratégica a
corto y mediano plazo, para asegurar su hegemonía. El siglo XXI será el siglo de
las guerras del imperio global de Occidente.