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EL USO COSMOLÓGICO DEL TIEMPO. EL CASO MAYA archivo del portal de recursos
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Henryk Farol Kocyba
Antropólogo egresado de la Universidad de Varsovia, donde obtuvo el
grado de Maestro en Arqueología, con especialización en las culturas
prehispánicas de México.
Autor de artículos de difusión científica y conferencista en diversos foros.
Ha laborado en la UVM – Querétaro como investigador de tiempo completo y director del Instituto de Cultura Mexicana.
A partir de noviembre de 1994 laboró en la FES Cuautitlán (FESC) de la UNAM, siendo responsable de la creación de la Licenciatura en Antropología.
El mismo proyecto continuó desarrollando en la ENEP-Acatlán-UNAM desde agosto de 1998 hasta abril de 1999.
Actualmente presta sus servicios docentes en la UVM - Lomas Verdes y en la Universidad Anáhuac.
Resumen
El presente texto es la versión actualizada e inédita de la ponencia que fue presentada, como una aportación científica de la UVM–Lomas Verdes, en el 50 Congreso Internacional de Americanistas, realizado en el mes de julio del 2000 en la ciudad de Varsovia en Polonia.
Se trata de un informe de investigación que se inscribe en el marco más amplio de estudios del autor sobre el pensamiento religioso de los mayas prehispánicos. En éste se intenta cuestionar uno de los paradigmas consagrados y aparentemente incuestionables en el campo de estudios sobre las religiones prehispánicas de Mesoamérica, concretamente de la maya: el de que el Sol, en su movimiento celeste e inframundial, configura el espacio vertical. El objetivo del trabajo es, entonces, presentar las posibilidades de explicación de la relación entre un aspecto de la estructura cosmológica y el tiempo. El objeto de estudio se ubica en el terreno prehispánico e involucra las variables tiempo y espacio vertical.
Introducción
El tema de la unidad espacio-tiempo en el pensamiento religioso maya es algo más que conocido y cuenta con una literatura monumental. Decir que el movimiento aparente del Sol es el principio organizador de la estructuración de esta unidad es repetir una verdad considerada absoluta, que funciona como un paradigma incuestionable. Y es precisamente en este status paradigmático en donde radica el problema: epistemológicamente hablando, en la ciencia (en el sentido amplio de metaciencia) no existen las verdades absolutas, un principio que se vuelve particularmente real en el terreno de las ciencias sociales. No obstante, en el campo del estudio de la religión maya, funcionan varias "verdades" de esta naturaleza. Para mencionar tan sólo una, particularmente arraigada: el "paradigma de la ceiba". Este paradigma establece que la ceiba es y era considerada por los mayas como la representación del eje del mundo en todos los periodos de la historia, tanto la colonial como la prehispánica. Sin embargo, en un estudio reciente (Kocyba, 2001), he sostenido que simplemente no existen datos suficientes como para sostener tal punto de vista. Tras un análisis detallado de los materiales arqueológicos de la época prehispánica, de las fuentes coloniales concernientes al tema y de los datos etnológicos sobre las creencias de los mayas actuales acerca de los árboles cosmológicos, he llegado a la conclusión que la ceiba ciertamente representaba el axis mundi, pero solamente a partir del periodo colonial. En las épocas anteriores, es decir, en todos los periodos prehispánicos, el eje del Universo se representaba de varias maneras, siendo el árbol su manifestación más frecuente.
Otro caso de un dogma, impuesto por la escuela norteamericana de epigrafía e iconografía mayas y apoyado por algunos influyentes científicos mexicanos, es el planteamiento chamánico de la religión maya prehispánica, según el cual los reyes mayas eran chamanes. Tal procedimiento, evidentemente falso, equivale a ignorar las leyes generales de la evoluciones cultural y religiosa de las culturas humanas, como lo fundamento en otro estudio (op. cit., 1996). Al mismo tiempo sostengo, y es ésta la premisa clave de mi marco teórico sobre el estudio de la religión maya prehispánica (y del fenómeno religioso en general), que la única óptica adecuada para entender y explicar a esta última es la visión diacrónica, esto es, evolutiva e histórica (op. cit., 1991, 1994, 1998, 1999, 2001, 2003). Siendo este punto de una importancia crucial, le dedico una pequeña parte de este apartado.
Como es bien sabido, la cultura maya destaca por su larga duración. Entre las primeras fases arqueológicas mayas del Preclásico medio y los sitios tardíos de la misma cultura del Posclásico, se ubica un lapso cronológico de 2,500 años, aproximadamente, durante el cual la sociedad maya pasó por todos los niveles de la complejidad sociocultural, desde una sociedad agraria igualitaria hasta los estados militaristas. Esta constatación, evidente para todos, lleva a otra conclusión igualmente evidente: la religión maya evolucionaba a la par con el desarrollo de la cultura en general. Consecuentemente, no se puede hablar de una sola religión maya como un sistema ideológico homogéneo y estable, pues la religión no es un estado, sino un proceso sujeto al cambio histórico. Lo anterior no significa que no había continuidad, claro que sí la había, pero las ideas básicas captaban matices cada vez más complejos y más diversificados en subsecuentes grados del desarrollo. Lo anterior significa que un análisis diacrónico de la religión maya debe consistir de una serie de "cortes sincrónicos", es decir, estudios de la religión maya en momentos históricos que corresponden a los estadios del desarrollo sociocultural general de esta cultura.
Volviendo a la temática específica del presente estudio, en esta ocasión, analizo críticamente otro paradigma aparentemente incuestionable: el Sol, en su movimiento celeste e inframundial, estructura el espacio vertical en forma de estratos o niveles, definidos estos últimos en intervalos temporales iguales según la trayectoria solar. El objetivo del trabajo es, entonces, presentar las posibilidades de explicación de la relación entre un aspecto de la estructura cosmológica (la configuración de las capas verticales del mundo) y el movimiento solar como mecanismo generador del tiempo. Para delimitar más el objeto de estudio: la meta se ubica en el terreno prehispánico, involucra las variables tiempo y espacio vertical; no abarca otros elementos cosmológicos como la estructura horizontal, el eje del Universo, la distribución cuatripartita de tiempo y espacio, los árboles direccionales, etc.
El método de estudio aplicado es histórico-comparativo, es decir, aquel que implica una reconstrucción diacrónica a partir del análisis de todas las fuentes disponibles (arqueológicas, epigráficas, iconográficas, etnohistóricas, etnográficas, etcétera). El razonamiento es tanto inductivo (a la hora de conceptualizar la cuestión y plantear la hipótesis) como deductivo (analizando la evidencia disponible en aras de verificar los planteamientos presentados).
La justificación del tema obedece a las siguientes premisas:
· Mi interés académico sobre la religión maya y la cuestión de su cosmología.
· La desconfianza ante los planteamientos que encuentro demasiado dogmáticos.
La obvia necesidad de replantear algunos discursos “consagrados” en el contexto de los recientes avances en varios campos, especialmente de la arqueología, etnografía y epigrafía mayas.
Planteamiento del problema
Ante la delimitación temática presentada, el problema de estudio toma forma de las siguientes preguntas de investigación:
1. ¿Cuál era, en el pensamiento religioso de los mayas prehispánicos, la forma de la estructura vertical del Universo?
2. ¿Esta estructura contaba con una serie de estratos superpuestos, con una serie de peldaños ascendentes y descendentes o tenía alguna otra forma?
3. ¿Existió una relación directa entre la concepción vertical del Cosmos y el recorrido del dios solar?
4. En el caso de que no existiera, ¿cuál era, entonces, la configuración tiempo-espacio?
Estas preguntas determinan los aspectos del planteamiento del problema, que se discuten a continuación.
Estado actual de conocimiento: Planteamientos sobre la estructura vertical del universo maya
Como es ampliamente sabido, el cúmulo de datos arqueológicos, etnohistóricos y etnográficos, centra la discusión en el número de las capas celestes y en su forma. Estos dos elementos están directamente relacionados, puesto que en las propuestas existentes la forma de los estratos determina su número. Excluyendo los variantes locales no repetitivos, los modelos más recurrentes en la literatura son dos:
I. El modelo de capas yuxtapuestas en forma de estratos extendidos verticalmente, que se multiplican hacia arriba (creando, en general, las 13 capas del cielo) y hacia abajo (creando, en general, las 9 capas inferiores). Ésta es una estructura en forma de prisma rectangular (ver figura 1).

II. El modelo de capas sobrepuestas en forma de peldaños ascendentes y descendentes, que se multiplican hacia arriba (creando una pirámide celeste de 7 niveles) y hacia abajo (creando una pirámide inframundial de 5 niveles). Esta es una estructura en forma de un romboide compuesto por dos pirámides escalonadas unidas en la base (ver figura 2).

Acto seguido, se describen brevemente estos dos modelos.
El modelo de capas yuxtapuestas extendidas verticalmente
Este modelo está apoyado por varios grupos de datos, procedentes de las fuentes prehispánicas, etnohistóricas y etnográficas. Con respecto a los datos del primer grupo, contamos, en resumen, con lo siguiente:
· En cuanto a los niveles del inframundo: las 9 figuras antropomorfas en la tumba de Kin Pacal en Palenque; las 9 figuras antropomorfas en una tumba en Comalcalco; las 9 figuras que había en frente de la pared interior del templo 40 en Yaxchilán; los 9 mascarones del muro central de la galería este de la casa C del Palacio en Palenque; la relación de los glifos de la serie G en la Cuenta Larga con los Señores de la Noche y con el numeral 9; los glifos de los nueve dioses del inframundo identificados en los códices.
· En cuanto a los niveles celestes: la supuesta relación de los glifos del 1 al 13 en sus variantes con rostro con las deidades de las 13 capas celestes; el hecho que a el ave moan (Itzam-Yeh, en el Clásico) o a sus glifos acompañan frecuentemente los símbolos celestes y el numeral 13, tanto en los monumentos clásicos como en los códices.
En las fuentes coloniales indígenas, los datos cosmológicos referentes a este punto aparecen en el Chilam Balam de Chumayel (siete pisos celestes), en el Chilam Balam de Chan Cah (once niveles del cielo) y en el Ritual de los Bacabes (trece cielos); otros datos al respecto (aunque indirectos) se encuentran en los Chilam Balam de Tizimín y de Maní (Códice Pérez). En el Chumayel, se menciona el noveno estrato de la Tierra; además, en el Chumayel y en el Ritual de los Bacabes, se narra la disputa destructora entre Oxahun Ti Ku, Trece Deidad (que comúnmente se identifica con la deidad grupal de las trece capas del cielo), y Bolón Ti Ku, Nueve Deidad (identificado comúnmente como la deidad grupal de las nueve capas del inframundo).
El modelo cosmológico analizado encuentra la confirmación en varias fuentes etnográficas, tales como:
· Datos de los mayas yucatecos de Valladolid (Toser, 1982: 180-181). Se habla de siete cielos.
· Datos de los mayas de Quintana Roo (Villa Rojas, 1978: 443-445). Se habla de siete cielos.
· Datos de los mopanes y kekchís de Belice (Thompson, 1931: 119, 125, 173). Se establece que el noveno cielo es el más importante.
· Datos de los lacandones de Chiapas (Duby y Blom, 1969: 276-297; Bruce, 1976-1977: 173-208). Se habla de trece cielos, el quinto es el más importante.
· Datos de los tzotziles de Chiapas: de Zinacantán (Voght, 1980: 92) y San Juan Chamula (Gossen, 1979: 45-49). En estos dos casos, las capas celestes –tres en ambas fuentes– tienen forma de cúpulas concéntricas, no de niveles verticales.
· Datos de los chortís de Guatemala (Wisdom, 1961: 131; Girard, 1949).
· Datos de los quichés de Guatemala (Schultza Jena, 1945).
· Los recientes datos de los tzotziles de Chenalhó y San Pablo (Köhler, 1987: 199-215, 1995: 100-109). En Chenalhó se habla de trece partes del cielo y en San Pablo, de nueve.
El modelo de capas sobrepuestas en forma de peldaños ascendentes y descendentes
Este modelo fue originalmente propuesto por Seler para el centro de México. Este investigador:
"...interpretó a los trece dioses como señores de las horas del día, y a los nueve dioses como señores de las horas de la noche (1902-23, IV: 30 y ss.). Según este modelo, los seis primeros de los trece dioses tienen su lugar sobre peldaños que desde el Oriente conducen al cenit; el séptimo está sentado, como en un trono, en el punto más alto de la pirámide, como patrono de la hora del mediodía, y los seis restantes se encuentran sobre los peldaños descendentes hacia el Poniente, por los que el dios solar desciende en el transcurso de la tarde. Análogamente, los primeros cuatro de los nueve dioses tienen su lugar en los escalones que llevan hasta el punto más profundo del inframundo, donde reina el quinto dios de esta serie como señor de la medianoche. Los cuatro dioses que quedan se encuentran en los peldaños por los que el dios del sol emprende nuevamente su camino ascendente al Oriente." (Köhler, 1995: 98-99)
El modelo fue retomado por varios autores, tanto los que trabajaron y trabajan temas de la religión del centro de México como aquellos dedicados a la zona maya. Para el caso centromexicano, fue fuertemente apoyado por Krickeberg, quien puntualiza que:
"A los escalones del cielo y del inframundo corresponden trece dioses de las horas diurnas y nueve dioses de las horas nocturnas; el dios del sol reina sobre la hora central del día (la séptima) y el dios de la muerte sobre la hora central de la noche (la quinta)." (1961: 131)
Para la religión maya, el modelo Seler-Krickeberg fue "consagrado" por Thompson (1988: 308, 1986: 243), quien cautelosamente añade:
"Hay alguna prueba no definitiva de que el maya dividía el día en trece ‘horas’ y la noche en otras nueve ‘horas’, de acuerdo con el número de escalones o capas." (1986: 243)
El comentario de Thompson es, desde la óptica del presente trabajo, particularmente importante, puesto que toca directamente las dos características claves del modelo:
1. La estructura piramidal está determinada por el movimiento solar, es decir, por el tiempo.
2. El tiempo del día está subdividido por los intervalos iguales, que, por razones obvias, no pueden ser horas.
Este modelo, que podemos abreviar SKT (Seler-Krickeberg-Thompson), se volvió, en el campo del estudio de la religión maya, un verdadero dogma. Fue y es manejado por muchos autores, sobresaliendo Anders (1963: 74-82), Villa Rojas (1986: 141, 1985: 237), Lowe (1982: 274), Florescano (1992: 22-25), Rivera Dorado (1986: 46), Montoliu Villar (1989: 48), De la Garza (1998: 67, 2002: 69), etcétera. Sin embargo, es la obra de Holland sobre los mayas tzotziles de San Andrés Larráinzar, en los Altos de Chiapas, la que "confirmó", desde la etnografía, el modelo SKT.
Marco teórico
Algunas de las bases teórico-conceptuales del análisis e interpretación de la antigua religión maya que considero adecuadas las presenté en ocasiones anteriores (ver las notas en el primer apartado del presente texto). Ciertos tópicos al respecto puntualizo en la Introducción y las Conclusiones de este trabajo; la exposición íntegra y completa, desde una Antropología de las Religiones, está actualmente en preparación (Kocyba, s. f. 1, s. f. 2).
En lo que atañe a la temática específica aquí tratada, declaro que considero falso el modelo SKT. En este sentido, mi punto de partida, en cuanto a los datos y discursos etnográficos, son los planteamientos de Köhler, desarrollados principalmente en un artículo publicado en Anales de Antropología del Instituto de Investigaciones Antropológicas de la UNAM (1987) y en su reciente libro, publicado por la misma institución (1995). Köhler ha presentado argumentos incuestionables que invalidan el modelo de las capas sobrepuestas en forma de peldaños ascendentes y descendentes para los actuales tzotziles de los Altos de Chiapas y el modelo SKT en su totalidad. En otras palabras, el etnólogo alemán ha descartado el modelo en el cual se postulaba una relación directa entre la estructura vertical del universo maya con el tiempo, configurado por el movimiento solar.
Por otro lado, la lectura de los textos glíficos del Clásico ha aportado datos importantes desde el punto de vista de la cosmogonía y cosmología mayas. Algunos de estos datos, procedentes de los libros ampliamente conocidos (Schele y Millar, 1986; Schele y Freidel, 1999; Freidel, Schele y Parker, 1999; entre otros), serán retomados en la presente investigación, pero de acuerdo con la perspectiva teórica personal. En cuanto a esta última, mi apreciación es que los datos del Clásico dibujan un panorama cosmogónico-cosmológico muy diferente de lo que se conoce para el Posclásico y que se manifiesta sincréticamente en las fuentes coloniales y etnográficas. Aunque los líderes de la escuela norteamericana de la epigrafía y arqueología mayas defienden una unidad básica de la religión maya en todos los periodos, y buscan evidenciar la continuidad de las principales ideas de esta religión desde el Preclásico hasta la actualidad (Freidel, Schele y Parker, op. cit.: 43-54), lo que yo percibo es que las diferencias diacrónicas son mayores que las similitudes. Hablando más concretamente, considero que las ideas plasmadas en la Estela 1 de Cobá, la Estela C de Quiriguá y en los tableros de los tres templos gemelos de Palenque distan de lo que se ve en los códices, narran las historias que tienen una relación débil con el contenido temático del Popol Vuh o Chilam Balam de Chumayel, y presentan un panorama más que ajeno a las creencias de los mayas contemporáneos. Este asunto de continuidad o discontinuidad diacrónica es el aspecto clave para construir un modelo interpretativo general para la religión maya, y, por lo tanto, aquí no será discutido (no es este el objetivo de esta ponencia); basta con una breve declaración de autoidentificación conceptual.
Hipótesis
Al ser falso el modelo SKT para los mayas actuales, considero que este modelo es igualmente inaplicable para interpretar la religión de los mayas prehispánicos. Sin embargo, estoy consciente de que este planteamiento es demasiado evidente para ser una hipótesis científica. Por lo consiguiente, planteo, hipotéticamente, lo siguiente:
1. No existió, a lo largo de toda la prehistoria y la historia prehispánica maya, un patrón único de la estructuración vertical del Universo.
2. Para el Posclásico, esta estructura tenía la forma de un prisma, con dos series de estratos sobrepuestos verticalmente. Esta estructura no era, entonces, piramidal ni bipiramidal.
3. Las capas superiores e inferiores tenían la forma rectangular determinada por el movimiento solar, pero ni el número de estas capas ni su configuración fueron determinados por este movimiento, medido en intervalos iguales. En otras palabras, existió, para este periodo, una relación directa del movimiento del Sol con la estructura horizontal, mas no con la estructura vertical.
4. Para el Clásico, la estructuración vertical del Universo era, en cuanto a su organización concreta, diferente en comparación con el periodo siguiente. La diferencia central es la falta, según mi opinión, de la idea de las capas yuxtapuestas del Universo. Los detalles de esta propuesta serán delimitados más adelante.
Discusión sobre la estructura vertical del universo maya y su relación con el tiempo
Debido a que el modelo SKT fue concebido y fundamentado desde las fuentes etnográficas, la discusión que sigue inicia con los mayas actuales, pasa por las fuentes coloniales y termina con la cultura maya prehispánica, siendo esta última el contexto central de mi interés académico y del tema de esta divagación.
Los mayas actuales
Como se mencionó antes, la "confirmación" del modelo SKT que lo "consagró" como dogma vino del campo de la etnografía: Holland presentó un diagrama que resultó ser la expresión gráfica exacta de los planteamientos de Seler y Krickeberg (Holland, 1989: 70). Como dice Holland:
"El Sol se eleva en una carreta en un escalón en cada hora hasta alcanzar el cielo por un camino de flores para llegar, al mediodía, al decimotercer nivel del cielo, al corazón del cielo, donde descansa una hora. Por la tarde, baja de los cielos hacia el Occidente y desaparece en el mar, causando la oscuridad y la noche." (Ibíd.: 77)
El diagrama que expresa lo anterior fue reproducido por una multitud de autores, algunos ya mencionados. Una versión de éste aparece en el famoso libro El Cosmos Maya de Freidel, Schele y Parker (op. cit.: 124); una representación de gran tamaño del diagrama fue incluida en la exposición Los Mayas, que se presentó en Venecia y luego en México, en el Ex Convento de San Ildefonso. Recientemente, el mismo diagrama fue reproducido en un número de la tan distinguida revista Arqueología Mexicana (vol. V, núm. 28: 71).
No obstante la popularidad del modelo SKT, había críticas importantes, resumidas por Köhler de la siguiente manera:
· No existen las pruebas prehispánicas del modelo de capas sobrepuestas en forma de peldaños ascendentes y descendentes.
· Los Trece Señores del Día y los Nueve Señores de la Noche designan los días de la semana de trece días y las noches de la semana de nueve noches respectivamente, y no las partes del día y de la noche.
· Los datos disponibles (para los zapotecos, los mexicas y los mayas tzotziles de los Altos de Chiapas) sobre las subdivisiones de día y noche se refieren tanto a puntos como a periodos de duración variada, mismos que nada tienen que ver con las horas y no se presentan en números de trece y nueve. En otras palabras, no pueden servir como punto de partida para el modelo SKT (Köhler, 1995: 99, 118).
Pero el verdadero "golpe de gracia" para este modelo y las propuestas de Holland, fueron las revelaciones de Köhler sobre la manera de cómo el antropólogo norteamericano construyó su modelo. El etnólogo alemán hizo patente una serie de "irregularidades" en el trabajo de campo de Holland y su colaborador indígena bilingüe Pascual Hernández, que van desde la elaboración tendenciosa del cuestionario (las preguntas sugestivas que sugieren las respuestas), pasan por la presión moral ejercida sobre los informantes para que dieran las respuestas deseadas, continúan con los abusos interpretativos y llegan hasta las burdas manipulaciones, sustituyendo las respuestas negativas por las afirmaciones nunca hechas por los informantes (Ibíd.: 114). Al decir del propio Köhler:
“...una comparación de notas abreviadas de entrevistas con los originales grabados demostró que, en la versión escrita, la respuesta deseada a veces era reproducida como declaración del informante, a pesar de que éste había dicho exactamente lo contrario o aun aseguraba al final que nunca había oído nada de las cosas mencionadas. Todas las afirmaciones sobre la visión del mundo en forma escalonada que encontré durante los sondeos habían sido obtenidas con los métodos mencionados. ” ( Ibíd .: 114)
Todo eso, junto con una larga lista de contradicciones en el modelo interpretativo de Holland, su tendencia de ajustar forzosamente los datos de los Altos de Chiapas a las propuestas de Seler y su obsesión por la idea de que los actuales mayas chiapanecos son los herederos directos de los antiguos mayas clásicos, pone en tela de juicio la totalidad de su trabajo y anula el valor científico de lo dicho sobre la estructura vertical del Universo y su relación con el movimiento solar. Además, las recientes investigaciones de campo en varios poblados tzotziles y el análisis comparativo de las fuentes sobre los mayas actuales de Chiapas y Guatemala revelan que ni el modelo SKT ni la postulada relación entre las capas del mundo con el movimiento solar encuentran alguna confirmación en los datos etnográficos (Ibíd.: 116-117). En conclusión, todo eso fue una burda manipulación, y da una auténtica pena ver cómo una manipulación de esta magnitud influyó y sigue influyendo en el mundo académico.
Más allá del modelo SKT, que necesariamente tiene que ser rechazado, es el modelo de las capas yuxtapuestas extendidas verticalmente aquel que más frecuentemente aparece entre los mayas de hoy. Como hemos visto, este último modelo no implica una relación directa entre configuración de las capas del mundo y tiempo solar.
Los mayas prehispánicos del Posclásico
Mi planteamiento al respecto está plasmado en la parte correspondiente de la hipótesis. Este planteamiento se basa en los siguientes hechos:
· El modelo postulado para el Posclásico (la estructura en forma de un prisma, con dos series de estratos sobrepuestos verticalmente) es aquel que resulta más frecuente en las fuentes etnográficas, como acabamos de constatarlo en el apartado anterior y como se desprende de la parte correspondiente del "Planteamiento del problema".
· El modelo postulado está presente en las fuentes etnohistóricas coloniales, como lo vimos en la parte correspondiente del "Planteamiento del problema". Cabe remarcar que, en este grupo de fuentes, no aparece el modelo SKT.
· Las fuentes prehispánicas posclásicas apoyan el modelo postulado en cuanto a la forma de la estructura vertical (trece capas celestes y nueve capas inframundiales), pero no aportan datos sobre la relación de esta estructura con el movimiento solar.
· Al postular que ni el número de las capas del mundo ni su configuración específica fueron determinados por el movimiento del Sol en intervalos iguales, queda por esclarecer, mediante las futuras investigaciones, cuál fue el verdadero criterio organizador.
Los mayas prehispánicos del Clásico
Como ya lo mencioné, considero que los datos del Clásico (arqueológicos, iconográficos y epigráficos) dibujan un panorama cosmológico diferente de aquel que tenemos para las épocas colonial y actual. Sostengo, incluso, que este panorama es distinto del modelo posclásico. Pero subrayo que mi planteamiento es sumamente preliminar y está muy lejos de ser debidamente fundamentado y definitivo.
Ahora bien, la reciente lectura y la interpretación de los textos cosmogónicos de la Estela 1 de Cobá, de la Estela C de Quiriguá y del Tablero de la Cruz de Palenque, aportan algunos datos interesantes desde el punto de vista que aquí nos interesa. Estos datos epigráficos de interés se pueden resumir de la siguiente manera:
· La estructura vertical general del Universo fue fijada por el Primer Padre, Hun-Nal-Ye, "1-Maíz-Revelado". Éste era la parte masculina de la pareja creadora, era el dios del maíz y no el dios solar (Freidel, Schele y Parker, op. cit.: 50, 57, 415).
· El Primer Padre lo hizo "entrando al cielo" en el Lugar del Cielo Elevado, levantando el Árbol del Mundo, Wakah-Chan en chol y Wakah-Kan en yucateco, que erigió en el centro de la casa cósmica de ocho divisiones (Ibíd.: 68, 71). De esta manera, separó el cielo de la tierra y fijó el eje central del Universo. Se menciona que la copa del árbol se ubicaba en el cielo del Norte.
· No se menciona en ningún lugar algún tipo de subdivisión del cielo en capas.
· El nombre del Árbol del Mundo, que significa literalmente "cielo elevado", incluye las palabras wak (que significa "6") y kan (que significa "4"), esto se debe a que estas palabras es el juego de sonidos homófonos para expresar la noción de "elévelo", tanto en yucateco como en chol (Ibíd.: 49-50, 53). Es decir, no se trata de palabras que puedan sugerir el número de cielos, sino de las reglas de escritura maya.
· Lo mismo se refiere a Wak-Chan-Ahaw, "Señor del Cielo Elevado" o "Señor del 6 Cielo", quien aparece en el relato de la Estela C de Quiriguá, y que también fue dios del maíz (Ibíd.: 62, 71).
· En un fragmento del Tablero de la Cruz, aparece el pasaje que fue traducido como "roto el Corazón del Cielo Elevado". Este "corazón del cielo" se refiere al punto superior del eje del Universo que, según Schele, se ubicaba, en los tiempos del Clásico, en un área oscura del cielo y no en la Estrella del Norte, como lo es hoy (Ibíd.: 71). Al respecto, la mencionada autora asienta:
"Para los mayas clásicos, el eje central del Cosmos no iba del cenit del cielo a su nadir, esto es,
desde el punto del cielo ubicado directamente arriba de ellos hasta el punto localizado
exactamente bajo sus pies. En vez de ello, penetraba el cielo en el polo celeste del Norte...
(Ibíd.: 69)
Este último punto es importante en la medida que conduce a la siguiente conclusión: para los mayas clásicos, la ubicación del eje del Universo NO estaba relacionada con las posiciones solares de cenit y nadir.
A estos planteamientos realizados a partir de los datos epigráficos, se pueden añadir algunos datos iconográficos:
· En la iconografía clásica, la representación convencional del cielo (la banda celeste), no incluye elementos de la división vertical del cielo.
· En la iconografía clásica del Árbol del Mundo, tampoco aparecen elementos de tal división. En Palenque, la iconografía de este árbol es un discurso metaceleste, siendo Wacah-Chan la representación de la Vía Láctea , la ave Itzam-Ye –de la constelación de la Osa Mayor y la serpiente bicéfala– de la eclíptica. Es decir, en la iconografía del axis mundi de Palenque y su significado celeste no hay pistas sobre algunas subdivisiones (capas) celestes o inframundiales.
· En un plato trípode del Clásico Tardío, que presenta una “elocuente representación del Cosmos” (Schele y Freidel, 1999: 76), nada hay que permita pensar sobre tales subdivisiones. Este dato es de suma importancia, puesto que se trata de una representación cosmológica particularmente compleja, que reúne prácticamente todos los conceptos importantes del pensamiento cosmológico maya del periodo Clásico. Repintámoslo: las capas aquí no aparecen.
· Las imágenes altamente representativas sobre la estructura general del universo maya son, para el periodo analizado, las representaciones del Monstruo Cuadripartido, que suelen descansar en la base del Árbol del Mundo o se localizan en la cola del Monstruo Celestial. Éstas, como es bien sabido y ampliamente aceptado, contienen los elementos que simbolizan el viaje diario del Sol a través del Cosmos. Estos elementos, que se localizan en la parte superior del tazón plano para derramamiento de sangre de sacrificio (marcado con el glifo solar kin), son: una espina de raya, una concha y unas bandas cruzadas (signo cimi). El primero representa la sangre del mundo terrestre, la concha expresa el agua del inframundo y el tercer elemento (las bandas cruzadas como el signo de los cielos) simboliza la trayectoria del Sol cruzando la Vía Láctea (Ibíd.: 540). Lo que importa subrayar aquí es la ausencia de cualquier indicio de las subdivisiones de los niveles generales del mundo.
Ahora bien, partiendo de lo arriba expuesto y retomando lo presentado en el "Planteamiento del problema" en referencia al Clásico, me atrevo a sugerir las siguientes conclusiones preliminares acerca del tema tratado y el periodo analizado:
1. En su totalidad, la estructura vertical contaba con tres grandes niveles: el mundo bajo, el nivel de la tierra y el mundo alto. El árbol cósmico, Wakah-Chan, organizaba esta estructura como la representación del axis mundi, pero éste no era un eje determinado por el cenit y nadir solares.
2. Había números concretos de las deidades que habitaban los niveles del Cosmos (trece deidades arriba y nueve abajo), por lo que las evidencias numéricas procedentes del Clásico y vinculadas con los niveles cósmicos generales se refieren a las deidades, no a los estratos. En cuanto a estos últimos, no existía todavía su conceptualización como niveles concretos del cielo e inframundo. Planteo que tal conceptualización se cristalizó después como uno de los efectos de los turbulentos procesos desencadenados en Mesoamérica en la transición del Clásico Tardío al Posclásico Temprano, y que condujeron, en el terreno de lo ideológico, a una homogeneización religiosa del área.
3. Por lo consiguiente, para el periodo Clásico, no es aplicable ninguno de los dos modelos del mundo presentados anteriormente.
4. Asimismo, para este periodo, el Sol no era determinante para la estructuración concreta de la dimensión vertical del universo maya, es decir, el movimiento solar no configuraba las capas. Lo que sí hacía este astro era configurar la estructura general del Universo, al viajar por los tres grandes niveles del mundo, como se desprende de la iconografía del Monstruo Cuadripartido. En este sentido y en última instancia, el Sol sí fijaba la dimensión vertical del mundo en la cosmología maya del periodo Clásico.
Conclusiones
A lo largo del presente trabajo traté de realizar una interpretación diacrónica de algunos aspectos fundamentales de la dimensión vertical del Universo en la cosmología maya. En contraposición con algunos paradigmas dogmáticos, consagrados como los únicos verdaderos y que frecuentemente mezclan todo con todo, nutriéndose, a veces, de los modelos evidenciados como falsos, intenté vislumbrar los aspectos esenciales de la organización vertical del universo maya en los diferentes momentos de la historia prehispánica de este pueblo, incluyendo, como datos de apoyo, la información referente a los mayas modernos. Aunque algunos de mis planteamientos pueden parecer demasiado especulativos y, sin duda, requieren de investigaciones más fundamentadas y amplias (así como de las críticas constructivas, y no de aquellas que son motivadas por una conducta antiacadémica del rechazo apriori), creo que he logrado un pequeño acercamiento al pensamiento cosmológico maya relacionado con la configuración específica de los diferentes estratos de la estructura vertical del Universo y su relación con el movimiento solar. En otras palabras y en términos propios para la metodología de investigación, considero que los datos empíricos, extraídos de las fuentes primarias y críticamente analizados, apoyan los planteamientos hipotéticos presentados. Si efectivamente es así, entonces resulta que la realidad analizada era mucho más compleja de lo que establecen los modelos interpretativos vigentes: en contra de lo que muchos opinan, n o existió, a lo largo de toda la prehistoria y la historia prehispánica maya, un patrón único de la estructuración vertical del Universo. Había patrones diferentes en los periodos distintos o, lo que es lo mismo, el concepto evolucionaba conforme evolucionaba la cultura maya.
Quizá la conclusión más importante de todo este ejercicio de investigación es que estamos muy lejos de comprender cabalmente el pensamiento cosmológico de esta maravillosa cultura, poseedora de una historia de una extraordinaria duración temporal mayor a dos mil quinientos años. Decir “dos mil quinientos años” resulta bastante fácil, pero comprender la totalidad de los cambios gestados a lo largo de estos más de veinticinco siglos resulta ser una tarea casi imposible de cumplir. Basta recordar la compleja evolución cultural del mundo prehispánico en el Altiplano Central (Cuicuilco – Teotihuacan – los toltecas – los mexicas), en el Golfo de México (los olmecas – El Tajín – los huaxtecos) o, incluso, en Europa (Grecia – Roma – época de los grandes movimientos – la Edad Media Temprana – la Edad Media Tardía – el inicio del Renacimiento) para darnos cuenta de que el tiempo equivalente al desarrollo de la antigua cultura maya tenía, como su principal característica, el cambio. Es cierto que, en la zona maya, los cambios se daban en el contexto de una sola civilización, formidable por su homogeneidad cultural y con un innegable “núcleo duro” de su religión; pero es igualmente cierto que hasta las culturas más homogéneas y conservadoras (como la del Antiguo Egipto o la de China Antigua) han experimentado cambios evolutivos constantes, a veces, bruscos. Entonces, considerar a los mayas como una excepción de esta regla, o sea, plantear que durante todo este largo tiempo la religión maya (con su cosmología, cosmogonía, panteón, mitología y ceremonialismo ritual) era esencialmente igual y que, además, poco ha cambiado en el transcurso de la Colonia y los tiempos actuales, equivale a mantener un mito imposible y engañoso. Este mito resulta simplemente insostenible ante la evidencia disponible, como lo intenté mostrar en este texto en relación con la estructura vertical del Universo. El lector juzgará si lo logré.
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Episteme No. 6 Año 2, Octubre-Diciembre 2005
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