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Reflexiones de
Susan Sontag sobre las fotos de
torturas a los presos de la cárcel de Abu Ghraib en
Irak Traducción Aurelio Major
"Estas fotografías
somos nosotros, es decir el gobierno de EE.UU.", dice Sontag. Su descarnado
análisis del hecho fotográfico en la vida cotidiana, en la guerra y como forma
posible de erotismo, crueldad y el placer mismo de ser
fotografiado
Durante mucho tiempo —al menos seis decenios— las
fotografías han sentado las bases sobre las que se juzgan y recuerdan los
conflictos importantes. El museo de la memoria es ya sobre todo visual. Las
fotografías ejercen un poder incomparable en determinar lo que recordamos de los
acontecimientos, y ahora parece probable que en definitiva la gente por doquier
asociará la vil guerra preventiva que Estados Unidos ha librado en Irak el año
pasado con las fotografías de la tortura de los prisioneros iraquíes en la más
infame cárcel de Sadam Hussein, Abu Ghraib.
El gobierno de Bush y sus
defensores se han empeñado sobre todo en contener un desastre de relaciones
públicas —la difusión de las fotografías— más que en enfrentar los complejos
crímenes políticos y de mando que revelan estas imágenes. En primer lugar, el
reemplazo de la realidad con las propias fotografías. La reacción inicial del
gobierno consistió en afirmar que el presidente estaba indignado y asqueado con
las imágenes: como si la falta o el horror recayera en ella, no en lo que
exponen. También se evitó la palabra tortura. Es posible que los prisioneros
hayan sido objeto de "maltrato", en última instancia de "humillaciones": eso era
lo más que se estaba dispuesto a reconocer. "Mi impresión es que las acusaciones
hasta ahora han sido de 'maltrato', lo cual me parece que es distinto en sentido
técnico a tortura —afirmó en una conferencia de prensa el Ministro de Defensa
Donald Rumsfeld—. Y por lo tanto no pronunciaré la palabra tortura."
Las
palabras alteran, las palabras añaden, las palabras quitan. Que se evitara
tenazmente la palabra "genocidio", mientras más de ochocientos mil tutsis de
Ruanda eran masacrados en unas cuantas semanas por sus vecinos hutus hace diez
años, demostró que el gobierno estadounidense no tenía intención alguna de hacer
algo al respecto. Negarse a llamar tortura a lo que sucedió en Abu Ghraib —y en
otras cárceles de Irak y Afganistán, y en el "Campamento Rayos X" de la bahía de
Guantánamo— es tan indignante como negarse a llamar genocidio a lo sucedido en
Ruanda. Esta es la definición usual de tortura que consta en las leyes y
tratados internacionales de los que Estados Unidos es signatario: "todo acto por
el cual se inflija intencionadamente a una persona dolores o sufrimientos
graves, ya sean físicos o mentales, con el fin de obtener de ella o de un
tercero información o una confesión". (La definición proviene de la Convención
Contra la Tortura y Otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes de
1984, y está presente más o menos con la mismas palabras en leyes
consuetudinarias y tratados previos, desde el artículo tercero (ver)
común a las cuatro convenciones de Ginebra de 1949 y en numerosos convenios
recientes sobre derechos humanos, como el Pacto Internacional de Derechos
Civiles y Políticos y las Convenciones europeas, africanas e interamericanas de
Derechos Humanos.). En la Convención de 1984 se declara expresamente que "en
ningún caso podrán invocarse circunstancias excepcionales, tales como estado de
guerra o amenaza de guerra, inestabilidad política interna o cualquier otra
emergencia pública, como justificación de la tortura". Y todos los convenios
sobre tortura especifican que ésta incluye los tratos que pretenden humillar a
las víctimas, como abandonar a los prisioneros desnudos en celdas y
corredores.
Cualesquiera que sean las acciones que emprenda este gobierno
para contener los daños a causa de las crecientes revelaciones de torturas a
prisioneros en Abu Ghraib y otros lugares —procesos, juicios militares,
inhabilitaciones deshonrosas, renuncia de altos cargos militares y de los
funcionarios del gabinete responsables, e importantes compensaciones a las
víctimas— es probable que la palabra "tortura" siga estando vedada. El
reconocimiento de que los estadounidenses torturan a sus prisioneros refutaría
todo lo que este gobierno ha procurado que la gente crea sobre las virtuosas
intenciones estadounidenses y la universalidad de sus valores, lo cual es la
esencial justificación triunfalista del derecho estadounidense a emprender
acciones unilaterales en el escenario mundial en defensa de sus intereses y
seguridad.
Incluso cuando el presidente fue al fin obligado, mientras el
perjuicio a la reputación del país se extendía y ahondaba en todo el mundo, a
enunciar la palabra "perdón", el foco del arrepentimiento aún parecía la lesión
a la pretendida superioridad moral estadounidense, a su objetivo hegemónico de
traer "la libertad y la democracia" al ignorar Oriente Medio. Sí, el señor Bush
afirmó, de pie junto al rey Abdulah II de Jordania el 6 de mayo en Washington,
que lamentaba "la humillación que han sufrido los prisioneros iraquíes y la
humillación que han sufrido sus familias". Aunque, continuó, "lamento igualmente
que la gente no comprendiera al ver estas imágenes el auténtico carácter y
corazón de Estados Unidos".
Que el empeño estadounidense en Irak quede compendiado
en estas imágenes debe de parecer, entre los que hallaron alguna justificación
para una guerra que en efecto derrocó a uno de los tiranos monstruosos del siglo
XX, "injusto". Una guerra, una ocupación, es inevitablemente un enorme entramado
de acciones. ¿Qué hace que algunas sean y otras no sean representativas? La
cuestión no es si la tortura fue obra de unos cuantos individuos (en lugar de
"todos") —todas las acciones las realizan individuos— sino si fue sistemática.
Autorizada. Condonada. Fue todo lo antedicho. El punto no es si la mayoría o una
minoría de estadounidenses ejecutan tales acciones, sino si la naturaleza de las
políticas que propugna este gobierno y la jerarquía desplegada a fin de
consumarlas hace que estas acciones resulten más probables.
Así
consideradas, las fotografías somos nosotros. Es decir, son
representativas de las singulares políticas de este gobierno y de las
corrupciones fundamentales del dominio colonial. Los belgas en el Congo, los
franceses en Argelia, cometieron atrocidades idénticas y sometieron a los
despreciados y renuentes nativos con torturas y humillaciones sexuales. Añádase
a esta corrupción generalizada la desconcertante y casi absoluta falta de
preparación de los dirigentes estadounidenses en Irak para hacer frente a las
realidades complejas de un país tras su "liberación", es decir, su conquista. Y
añádanse las doctrinas globales del gobierno de Bush, a saber, que Estados
Unidos se ha enfrascado en una guerra sin fin (contra un enemigo proteico
llamado "terrorismo") y que aquellos detenidos en esta guerra son, si el
Presidente lo decide así, "combatientes ilegales" —una política que enunció
Donald Rumsfeld desde enero de 2002— y por lo tanto en "sentido técnico", como
afirmó Rumsfeld, "no tienen derechos" que ampare la Convención de Ginebra, y se
tiene la receta perfecta para las crueldades y los crímenes cometidos contra
miles de prisioneros sin cargos y asesoría legal en cárceles gestionadas por
estadounidenses y establecidas desde los atentados del 11 de septiembre de
2001.
Así, pues, ¿la cuestión central no son las propias fotografías sino
la revelación de lo ocurrido a los "sospechosos" arrestados por Estados Unidos?
No: el horror mostrado en las fotografías no puede aislarse del horror del acto
de fotografiar, mientras los perpetradores posan, recreándose, junto a sus
cautivos indefensos. Los soldados alemanes en la Segunda Guerra Mundial
fotografiaron las atrocidades cometidas en Polonia y Rusia, pero las
instantáneas en que los verdugos se colocan junto a las víctimas son muy
infrecuentes, como puede apreciarse en un libro de reciente publicación,
Photographing the Holocaust ("Fotografiar el Holocausto") de Janina
Struk. Si existe algo comparable a lo expuesto en estas imágenes serían algunas
de las fotos de las víctimas negras de linchamientos efectuados entre 1880 y los
años treinta, que muestran la sonrisa de estadounidenses pueblerinos bajo el
cuerpo desnudo y mutilado de un hombre o una mujer colgados de un árbol. Las
fotografías de linchamientos eran recuerdos de una acción colectiva cuyos
participantes sintieron su conducta del todo justificada. Así son las
fotografías de Abu Ghraib.
Si hubiera alguna diferencia, sería la
diferencia creada por la creciente ubicuidad de las acciones fotográficas. Las
imágenes de los linchamientos correspondían a su carácter de trofeo: efectuadas
por un fotógrafo cuyo fin era reunirlas y almacenarlas en álbumes; convertirlas
en tarjetas postales; exhibirlas. Las fotografías que hicieron los soldados
estadounidenses en Abu Ghraib reflejan un cambio en el uso que se hace de las
imágenes: menos objeto de conservación que mensajes que han de circular,
difundirse. La mayoría de los soldados poseen una cámara digital. Si antaño
fotografiar la guerra era terreno de los periodistas gráficos, en la actualidad
los soldados mismos son todos fotógrafos —registran su guerra, su esparcimiento,
sus observaciones sobre lo que les parece pintoresco, sus atrocidades—, se
intercambian imágenes y las envían por correo electrónico a todo el mundo.
Cada vez hay más registros de lo que la gente hace, por su cuenta. Al
menos, o sobre todo en Estados Unidos, el ideal de Andy Warhol de rodar hechos
reales en tiempo real —si la vida no está montada ¿por qué debería montarse su
registro?— se ha vuelto la norma de millones de transmisiones por Internet, en
las que la gente graba su jornada, cada cual en su propio reality show. Aquí me
tenéis: despertando, bostezando, desperezándome, cepillándome los dientes,
preparando el desayuno, enviando a los chicos al colegio. La gente plasma todos
los aspectos de su vida, los almacena en archivos de ordenador, y luego los
envía por doquier. La vida familiar acompaña al registro de la vida familiar;
incluso cuando, o sobre todo cuando, la familia está en medio de la crisis y el
descrédito. Sin duda la incesante entrega a la videograbación doméstica mutua,
en conversación o en monólogo, durante muchos años, fue el material más
asombroso de Capturing the Friedmans (2003), el documental de Andrew
Jarecki sobre una familia de Long Island implicada en acusaciones de pederastia.
La vida erótica es, cada vez para más personas, lo que se puede capturar
en las fotografías o el video digital. Y acaso la tortura resulta más atractiva,
a fin de registrarla, cuando tiene un cariz sexual. Sin duda es revelador, a
medida que más fotografías de Abu Ghraib se presentan a la luz pública, que las
fotografías de las torturas se intercalan con imágenes pornográficas: de
soldados estadounidenses manteniendo relaciones sexuales entre ellos, así como
con prisioneros iraquíes, y de la coerción ejercida sobre estos presos para que
ejecuten, o simulen, actos sexuales recíprocos. De hecho, el tema de casi todas
las fotografías de torturas es sexual. (Salvo la imagen, ya canónica, del
individuo obligado a permanecer de pie sobre una caja, encapuchado y al que le
brotan cables, quizás advertido de que si cae será electrocutado.) Con todo, las
imágenes de prisioneros atados muchas horas en posiciones dolorosas, o forzados
a permanecer de pie otras tantas, con los brazos en alto, son más o menos
infrecuentes. No hay duda de que se consideran como tortura: basta ver el terror
en el rostro de la víctima. Pero casi todas las imágenes parecen formar parte de
una más amplia confluencia de la tortura con la pornografía: una joven que guía
a un hombre desnudo con una correa es clásica imaginería de dominación. Y cabe
preguntarse en qué medida las torturas sexuales infligidas a los internos de Abu
Ghraib hallaron su inspiración en el vasto repertorio de imaginería pornográfica
disponible en Internet y que pretenden emular las personas que hoy se transmiten
a sí mismas por red
Vivir "es ser fotografiado", poseer el registro de
la propia vida, y, por lo tanto, seguir viviendo, sin reparar, o aseverando
que no se repara, en las continuas cortesías de la cámara; o detenerse y posar.
Actuar es participar en la comunidad de las acciones registradas como imágenes.
La expresión de complacencia ante las torturas infligidas a víctimas indefensas,
atadas y desnudas, es sólo parte de la historia. Hay una complacencia primordial
en ser fotografiado, a lo cual no se tiende a reaccionar hoy día con una mirada
fija, directa y austera (como antaño), sino con regocijo. Los hechos están en
parte concebidos para ser fotografiados. La sonrisa es una sonrisa dedicada a la
cámara. Algo faltaría si, tras apilar a hombres desnudos, no se les pudiera
hacer una foto.
Al mirar estas imágenes, cabe preguntarse ¿cómo puede
alguien sonreír ante los sufrimientos y la humillación de otro ser humano?
¿Situar perros guardianes frente los genitales y las piernas de prisioneros
desnudos encogidos de miedo? ¿Violar y sodomizar a los prisioneros? ¿Forzar a
prisioneros con capucha y grilletes a masturbarse o a cometer actos sexuales
entre ellos? Y da la impresión de que es una pregunta ingenua, pues la respuesta
es, evidentemente: las personas hacen esto a otras personas. La violación y el
dolor infligido a los genitales están entre las formas de tortura más comunes.
No sólo en los campos de concentración nazi y en Abu Ghraib cuando lo gestionaba
Sadam Hussein. Los estadounidenses, también, lo han hecho y lo siguen haciendo,
cuando se les dice o se les incita a sentir que aquellos sobre los cuales
ejercen un poder absoluto merecen el maltrato, la humillación, el tormento.
Cuando se les lleva a creer que la gente a la que torturan pertenece a una
religión o raza inferior y despreciable. Pues la significación de estas imágenes
no consiste sólo en que se ejecutaron estos actos, sino en que sus perpetradores
no supusieron nada condenable en lo que muestran las imágenes. Y lo más
detestable, pues se pretendía que las fotos circularan y mucha gente las viera,
es que todo eso había sido divertido. Y esta noción de esparcimiento es, por
desgracia —y contrariamente a lo que el señor Bush le cuenta al mundo—, cada vez
más parte "de la verdadera naturaleza y el corazón de Estados Unidos".
Es
difícil evaluar la creciente aceptación de la brutalidad en la vida
estadounidense, pero las pruebas están por doquier, desde los videojuegos de
asesinatos que son el espectáculo principal de los chicos —¿cuánto tardará el
videojuego "Interroga a los terroristas"?—, hasta la violencia ya endémica en
los ritos grupales de la juventud en un acceso de euforia. Los crímenes
violentos están en baja, si bien ha aumentado el fácil regodeo en la violencia.
Desde los rudos vejámenes infligidos a los alumnos recién llegados en numerosos
bachilleratos de las urbanizaciones estadounidenses —retratadas en la película
de Richard Linklater "Dazed and Confused" (Jóvenes desorientados, 1993)—, hasta
las novatadas rituales con brutalidades físicas y humillaciones sexuales
institucionalizadas en las escuelas, universidades y equipos deportivos, Estados
Unidos se ha convertido en un país en el que las fantasías y la ejecución de la
violencia se tienen por un buen espectáculo, por diversión.
Lo que antaño
se apartaba como pornográfico, como ejercicio de extremos anhelos
sadomasoquistas —como en la última y casi insoportable película de Pasolini,
Saló (1975), que exhibe orgías de suplicios en un reducto fascista del
norte italiano en las postrimerías de la época de Mussolini—, en la actualidad
se normaliza, por los apóstoles de los nuevos Estados Unidos belicosos e
imperiales, como una animada travesura y desahogo. "Apilar hombres desnudos" es
como una travesura de fraternidad universitaria, afirmó un oyente a Rush
Limbaugh y a veinte millones de estadounidenses que escuchan su programa
radiofónico. Cabe preguntar si el que llamó había visto las fotografías. No
importa. La observación, ¿o acaso la fantasía?, es muy acertada. Lo que tal vez
aún pueda escandalizar a algunos estadounidenses fue la respuesta de Limbaugh:
"¡Exacto! —exclamó—. Justo lo que digo. No es muy distinto de lo que ocurre en
una iniciación de Skull and Bones. Vamos a arruinar la vida de unas personas por
eso y a entorpecer nuestros esfuerzos militares y luego vamos a cascarlos a
ellos en serio porque se lo pasaron bomba". "Ellos" son los soldados
estadounidenses, los torturadores. Y Limbaugh continuó: "Vamos, a esta gente le
están disparando todos los días. Estoy hablando de estas personas, de gente que
lo está pasando bien. ¿Qué nadie recuerda lo que es una descarga
emocional?"
Es probable que buena parte de los estadounidenses prefiera
pensar que está bien torturar y humillar a otros seres humanos —los cuales, en
calidad de enemigos putativos o presuntos, han perdido todos sus derechos— que
reconocer el disparate, la ineptitud y el timo de la aventura estadounidense en
Irak. En cuanto a la tortura y la humillación como diversión, parece que hay
poco que oponer a esta tendencia mientras Estados Unidos se convierte en un
Estado de guarniciones, en el que los patriotas se definen como respetuosos
incondicionales del poderío militar y en el que se necesita el máximo de
vigilancia en el interior. Conmoción y pavor fue lo que nuestros militares
prometieron a los iraquíes que se resistieran a los libertadores
estadounidenses. Y conmoción y horror es lo que han transmitido los
estadounidenses según pregonan al mundo estas fotografías: una pauta de conducta
criminal que desafía y desprecia manifiestamente las convenciones humanitarias
internacionales. Hoy día los soldados posan, con pulgares aprobatorios, ante las
atrocidades que cometen, y envían fotografías a sus compañeros y familiares.
¿Debería sorprendernos siquiera? La nuestra es una sociedad en la cual antaño
habríamos hecho lo imposible por ocultar los secretos de la vida privada, pero
que en la actualidad clamamos por una invitación para revelarlos en un programa
de televisión. Lo que estas fotografías ilustran es tanto la cultura de la
desvergüenza como la reinante admiración a la brutalidad contumaz.
La
noción de que las "disculpas" o las profesiones de "repugnancia" o
"aborrecimiento" por parte del presidente y el Ministro de Defensa son respuesta
suficiente a la tortura sistemática de los prisioneros revelada en Abu Ghraib es
un ultraje a nuestro sentido moral e histórico. La tortura de prisioneros no es
una aberración. Es la consecuencia directa de una ideología global de lucha en
la que "estás conmigo o en mi contra" y con la que el gobierno de Bush ha
procurado cambiar, cambiar de modo radical, la postura internacional de Estados
Unidos y refundir muchas instituciones y prerrogativas nacionales. El gobierno
de Bush ha empeñado al país en una doctrina bélica seudo religiosa, de guerra
sin fin; pues la "guerra contra el terror" no es más que eso. Lo que ha sucedido
en el nuevo imperio carcelario internacional que gestiona el ejército
estadounidense excede incluso los escandalosos procedimientos de la Isla del
Diablo francesa o el sistema del Gulag de la Rusia soviética, ya que en el caso
de la colonia penal francesa hubo, primero, juicios y sentencias, y en el del
imperio penitenciario ruso cargos de algún tipo y una sentencia que duraba años
explícitos. La guerra sin fin se emplea para justificar encarcelamientos sin
fin: sin cargos, sin revelar el nombre de los prisioneros o facilidades para que
se comuniquen con sus familias o abogados, sin juicios, sin sentencias. Los
detenidos en el ilegal imperio penitenciario estadounidense son "detenidos";
"prisioneros", una palabra recientemente obsoleta, podría suponer que tienen
derechos conferidos por las leyes internacionales y la ley de todos los países
civilizados. Esta "Guerra Global Contra el Terror" —en la cual se han mezclado
por decreto del Pentágono tanto la justificable invasión de Afganistán y como el
irreducible disparate en Irak— acarrea inevitablemente la deshumanización de
todo aquel que el gobierno de Bush declara posible terrorista: una definición
indiscutible y que casi siempre se adopta en secreto.
Puesto que las
imputaciones contra la mayoría de las personas detenidas en las prisiones
iraquíes y afganas son inexistentes —el Comité Internacional de la Cruz Roja
informa que entre setenta y noventa por ciento de los recluidos no parece haber
cometido otro delito más que el de encontrarse en el sitio y momento
inoportunos, capturados en alguna redada de "sospechosos"—, la justificación
principal para retenerlos es el "interrogatorio". ¿Interrogarlos sobre qué?
Sobre cualquier cosa. Lo que el detenido pueda llegar a saber. Si el
interrogatorio es el motivo por el cual se detiene a los prisioneros
indefinidamente, entonces la coerción física, la humillación y la tortura
resultan inevitables.
Recuérdese: no nos referimos a una situación
extraordinaria, al escenario de una "bomba de efecto retardado", lo cual a veces
se aduce como caso límite para justificar la tortura de prisioneros que están al
tanto de un atentado inminente. Se trata del acopio de información no específica
o general autorizado por militares estadounidenses y funcionarios civiles a fin
de saber más del indefinido imperio de malhechores sobre el que Estados Unidos
casi nada sabe, en países acerca de los cuales es especialmente ignorante: en
principio, toda "información" cualquiera podría ser útil. Un interrogatorio que
no produjera información (no importa en qué consista) se consideraría un
fracaso. Por ello se justifica aún más la preparación de los prisioneros para
que hablen. Ablandarlos, presionarlos: éstos suelen ser los eufemismos de las
costumbres bestiales que han cundido en las cárceles estadounidenses donde están
recluidos los "sospechosos de terrorismo". Al parecer, infortunadamente, poco
más que unos cuantos fueron "presionados" demasiado y murieron.
Las
imágenes no desaparecerán. Es la naturaleza del mundo digital en que vivimos. En
efecto, parecen haber sido necesarias para que los dirigentes estadounidenses
reconocieran que tenían un problema entre las manos. Con todo, el informe
remitido por el Comité Internacional de la Cruz Roja y otros informes
periodísticos y protestas de organizaciones humanitarias sobre los castigos
infligidos a los "detenidos" y "sospechosos de terrorismo" en las prisiones
gestionadas por soldados estadounidenses, han estado circulando durante más de un año. Es
improbable que el señor Bush o el señor Cheney, la señora Rice o el señor
Rumsfeld hayan leído esos informes. Al parecer las fotografías fueron lo que
reclamó su atención, cuando resultaba ya patente que no podían suprimirse; las
fotografías hicieron todo esto "realidad" para el presidente y sus cómplices.
Hasta entonces sólo hubo palabras, que resulta más fácil encubrir, y más fácil
olvidar, en la era de nuestra reproducción y diseminación digital
infinitas.
Así pues las fotografías seguirán "asaltándonos", como están
siendo inducidos a sentir muchos estadounidenses. ¿Se acostumbrará la gente a
ellas? Algunos afirman que ya han visto "suficiente". No, sin embargo, el resto
del mundo. La guerra sin fin: un torrente sin fin de fotografías. ¿Los editores
de periódicos, revistas y televisoras estadounidenses discutirán ahora que
mostrar otras más, o mostrarlas sin recortar (lo cual, con algunas de las
imágenes más conocidas, procura una visión diferente y en algunos casos más
horrorosa de las atrocidades cometidas en Abu Ghraib), sería de "mal gusto" o
una acción política manifiesta? Por "político" entiéndase: crítico de la guerra
sin fin del gobierno de Bush. Pues no puede haber duda de que las fotografías
perjudican, como ha testificado el señor Rumsfeld, la reputación de "los hombres
y mujeres honorables de las fuerzas armadas que con valentía, responsabilidad y
profesionalismo están protegiendo nuestras libertades en todo el mundo". Este
perjuicio —a nuestra reputación, nuestra imagen, nuestro éxito en cuanto
potencia imperial— es lo que deplora sobre todo el gobierno de Bush. Cómo es que
la protección de "nuestras libertades" —y en este punto se trata sólo de la
libertad de los estadounidenses, cinco por ciento de la población del planeta—
precisa del despliegue de soldados estadounidenses en cualquier país que le
plazca ("en todo el mundo") es algo que difícilmente se debate entre nuestros
funcionarios elegidos. Estados Unidos se ve a sí mismo como víctima potencial o
futura del terror. Estados Unidos sólo está defendiéndose de enemigos
implacables y furtivos.
La reacción ya se ha hecho sentir. Se aconseja a
los estadounidenses no dejarse llevar por una orgía de reproches. La publicación
continuada de las imágenes está siendo interpretada por muchos estadounidenses
como una indicación de que no tenemos derecho a defendernos. Al fin y al cabo,
ellos (los terroristas, los fanáticos) comenzaron. Ellos —¿Osama Bin Laden?
¿Sadam Hussein? ¿Qué importa?— nos atacaron primero. James Inhofe, republicano
de Oklahoma y miembro del Comité de las Fuerzas Armadas del Senado, ante el cual
testificó el Ministro de Defensa, confesó su certidumbre de no ser el único
miembro "más indignado por la indignación" que causó lo que exponen las
fotografías. "Se sabe que estos prisioneros —explicó el senador Inhofe— no están
ahí por sanciones de tráfico. Si estos prisioneros están en el bloque 1—A o 1—B
es porque son asesinos, son terroristas, son insurgentes. Es probable que muchos
tengan las manos manchadas de sangre estadounidense y aquí estamos preocupados
sobre el trato que se le da a estos individuos". La culpa es de "los medios"
—llamados habitualmente "medios liberales"—, que provocan, y seguirán
provocando, más violencia contra los estadounidenses en el mundo. "Ellos" se
vengarán de "nosotros". Morirán más estadounidenses. Por estas fotografías. Y
las fotos engendrarán más fotos: "su" respuesta a las "nuestras".
Sería
un error manifiesto permitir que estas revelaciones sobre la connivencia militar
y civil estadounidense para torturar en la "guerra mundial contra el terrorismo"
se conviertan en la historia de la guerra de —y contra— las imágenes. No es a
causa de las fotografías, sino a causa de lo que revelan que está sucediendo,
sucediendo por orden y complicidad de una cadena de mando que alcanza los más
altos niveles del gobierno de Bush. Pero la distinción —entre fotografía y
realidad, entre política y manipulación— se puede desvanecer con facilidad. Eso
es lo que espera este gobierno que ocurra.
"Hay muchas más fotografías y
videos —reconoció el señor Rumsfeld en su testimonio—. Si se difunden entre el
público, este asunto, evidentemente, empeorará." Empeorará para el gobierno y
sus programas, presumiblemente, no para quienes son víctimas potenciales y
actuales de la tortura. Los medios podrían censurarse a sí mismos, como
acostumbran. Pero, según reconoció el señor Rumsfeld, es difícil censurar a los
soldados en ultramar que no escriben, como antaño, cartas a casa que los
censores militares pueden abrir para tachar los fragmentos inaceptables, sino
que se desempeñan como turistas; en palabras del señor Rumsfeld: "Nos sorprende
que vayan por ahí con cámaras digitales tomando fotografías increíbles, y luego
las pasen, al margen de la ley, a los medios". Los esfuerzos del gobierno por
detener la marea de fotografías se desarrollan en varios frentes. En la
actualidad, el argumento está adoptando un cariz legalista: las fotografías se
clasifican ahora como "pruebas" en causas futuras, cuyo resultado podría verse
afectado si son dadas a conocer al público. Siempre se sostendrá que las
imágenes más recientes, que según se informa contienen horrendas imágenes de
violencia ejercida contra los prisioneros y humillaciones sexuales, no han de
difundirse. El presidente del Comité de las Fuerzas Armadas del Senado, el
republicano John Warner, después de examinar con otros legisladores la muestra
de diapositivas del 12 de mayo con más horrendas imágenes de humillación sexual
y violencia contra los prisioneros iraquíes, dijo que en su "enérgica" opinión
las fotografías más recientes "no deberían hacerse públicas. Me parece que
podrían poner en riesgo a los hombres y mujeres de las fuerzas armadas mientras
están prestando su servicio en medio de grandes peligros".
Pero el
impulso más decidido para restringir la disponibilidad de las fotografías
provendrá del empeño incesante en proteger al gobierno de Bush y encubrir el
desgobierno estadounidense en Irak; en equiparar la "indignación" a causa de las
fotografías con una campaña para socavar el poderío militar estadounidense y los
propósitos a los que sirve en la actualidad. Del mismo modo en que muchos
tuvieron por una implícita crítica de la guerra la transmisión televisada de
fotografías de soldados estadounidenses muertos en el curso de la invasión y
ocupación de Irak, se tendrá cada vez más por antipatriota la propagación de las
nuevas fotografías que mancillen aún más la reputación —es decir, la imagen— de
Estados Unidos.
Con todo, estamos en guerra. Una guerra sin fin. Y la
guerra es el infierno. "No me importa lo que digan los abogados internacionales,
vamos a machacarlos." (George W. Bush, 11 de septiembre de 2001) Vaya, sólo nos
estamos divirtiendo. En nuestra sala de espejos digital, las imágenes no se
desvanecerán. Sí, al parecer una imagen dice más que mil palabras. E incluso si
nuestros dirigentes prefieren no mirarlas, habrá miles de instantáneas y vídeos
adicionales. Incontenibles.
(*) S Sontag es
escritora estadounidense nacida en
Nueva York en 1933. Estudió en las universidades de California, Chicago, París y
Harvard. Su artículo -Notas sobre el Camp-, publicado en la revista Partisan
Review (1964) y reseñado en numerosas publicaciones, llamó la atención nacional
sobre su nueva definición de "camp" como "el amor hacia lo antinatural,
artificioso y exagerado". Sontag está considerada una autoridad en lo referente
a las costumbres estadounidenses de la década de 1960. Sus ensayos se han
publicado bajo el título de Contra la interpretación (1966), Estilos radicales
(1969) y Bajo el signo de Saturno (1980). También escribió El benefactor (1963),
Equipo mortal (1967) y El amante del volcán (1992), todas ellas novelas, además
de ensayos como Sobre la fotografía (1977), El sida y sus metáforas (1987) y
relatos recopilados en Yo, etcétera (1978). Asimismo ha escrito sobre cine y
teatro y editado textos escogidos de Roland Barthes y Antonin Artaud. En el año
2003 recibió junto a Fátima Mernissi el Premio Príncipe de
Asturias.
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