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LOS
MONOTEISMOS DETESTAN LA INTELIGENCIA archivo del portal de recursos
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Michel Onfray
reportaje de Luisa Corradini
Para LA NACION - París, 2007
Antes
de llegar a ser filósofo, Michel Onfray tuvo que morir varias muertes. Fue
primero el hijo malquerido de una mucama y de un pobre obrero agrícola de
Argentan, un pueblo perdido de la Normandía francesa. Nacido en la pobreza,
criado en la humillación y abandonado en un orfanato salesiano a los 10 años,
Onfray fue después empleado en una fábrica de quesos, candidato fracasado a
conductor de tren y profesor en un liceo técnico de Caen. Sufrió un infarto a
los 28 años y, más tarde, dos derrames cerebrales. Pero, en vez de llevarlo a la
tumba, todas esas desventuras le inocularon una necesidad colosal de vivir, de
amar, de hablar, de escribir, de luchar, de provocar, de denunciar, de
compartir, de emocionar y -con mucha frecuencia- de exagerar, que no tiene
ningún otro pensador de su generación.
La experiencia traumática de la
infancia marcó para siempre su percepción de la realidad y selló su aversión por
las religiones. Ateo sin concesiones y apóstol del materialismo, desde que
empezó a escribir, a los 30 años, diseca con empeño de entomólogo la forma en
que el idealismo ascético platónico, después cristiano y por fin alemán, sigue
influenciando nuestra forma de pensar y relacionándonos con el mundo. Para
Onfray, no hay filosofía sin psicoanálisis, sociología y ciencias: "Un filósofo
piensa en función de los útiles de los que dispone. De lo contrario, piensa
fuera de la realidad", argumenta. El primero y más importante de esos útiles es
el propio cuerpo. "Toda teoría es reflejo del cuerpo y no el producto de una
influencia venida del más allá -escribe-. La opción, el deseo, la idea, el alma
son solo efectos de un proceso fisiológico, neuronal y nervioso, exclusivamente
ligados a los músculos y al cerebro. El libre albedrío no existe, la
trascendencia tampoco."
Tanto en sus treinta y cinco libros como en las
cátedras que dicta en la Universidad Popular de Caen, que creó y anima desde
2003, celebra el hedonismo, los sentidos, el libertinaje, el materialismo, el
individualismo y el ateísmo. Según él, las religiones son únicamente
instrumentos de dominación y de alienación. "Los tres monoteísmos profesan el
mismo odio a las mujeres, los deseos, las pulsiones, las pasiones y la
sexualidad. También detestan la libertad, todas las libertades: la de disponer
de sí mismo, de su vida y de su cuerpo sin pedir permiso a la autoridad
eclesiástica", sostiene. Onfray reivindica la herencia intelectual de Nietzche,
Freud y Marx, que tienen "la cualidad de invitar al hombre a una superación
permanente". "Lo importante no es lo que dijeron, sino el proceso que los llevó
a decirlo", asegura.
Escritor de excelente estilo, prolífico y buen
divulgador, sus libros suelen ser éxitos populares que venden centenares de
miles de ejemplares en el mundo entero. Sin embargo, este doctor en filosofía de
49 años, que vive con la misma mujer desde los 19, en una anodina casa de su
pueblo natal, rodeado de sus libros y con su gato, se parece más a un anacoreta
que al libertino que reivindica. Según Jean-Paul Enthoven, su editor en Grasset
desde que publicó su primer libro en 1989, todo el dinero que ganó hasta ahora
está bloqueado en una cuenta: "Apenas quiere recibir una suma mensual que nunca
debe superar la jubilación que percibía su padre como obrero agrícola", precisa.
"Trato de que mi vida sea coherente con mis pensamientos", resume Onfray.
La entrevista que sigue no es una conversación clásica con un filósofo,
que admite interrupciones, preguntas y derivaciones. Onfray solo aceptó dialogar
con LA NACION a condición de que fuera a través de correo electrónico. Ese
recurso eliminó la espontaneidad de la discusión, pero le otorgó quizás una
mayor precisión conceptual. Este es, en todo caso, el resultado de esa
experiencia periodística poco frecuente:
-¿Cuál es la pregunta que
usted se hace con más frecuencia: qué, cómo o por qué?
-Rara vez me
hago preguntas filosóficas existenciales, pues creo haber hallado las respuestas
que me permiten vivir una vida que me conviene, en relación íntima con mis
principios. No tengo angustias existenciales, no le temo a la muerte, vivo
tratando de que el presente y los instantes que lo constituyen sean lo más
densos posibles. Las cuestiones filosóficas que me planteo son específicas y
están relacionadas con los libros que preparo. Y las preguntas más triviales que
me hago son cómo escapar a los parásitos, a los devoradores de mi tiempo, para
poder trabajar tranquilamente.
-En uno de sus libros usted inventó el
concepto de "hápax existencial". Es decir, ese momento fundamental en el que, en
un segundo, la vida cambia para siempre. ¿Cuál fue ese hápax para usted?
-Hubo un hápax extremadamente violento que fue mi infarto, cuando
tenía 28 años. Una experiencia que conté en el prefacio de El arte del placer
. Pero creo que hubo otro, casi tan violento como el primero y probablemente
más constructor, más determinante, que relato en La fuerza de existir :
haber sido abandonado por mi madre en un orfanato a los diez años. Creo, en todo
caso, que ambos acontecimientos tienen una relación íntima, compleja y
particular.
-Justamente, ese libro comienza diciendo: "Morí a los
diez años, una hermosa tarde de otoño, en una luz que provocaba deseos de
eternidad " ¿Murió para siempre? ¿Qué sucedió después? ¿Algo consiguió salvarlo?
-Esa frase evoca el momento en que fui abandonado en el orfanato.
¿Qué pasó después? Digamos, siete años de sufrimientos. Y después, el
descubrimiento de la filosofía que, efectivamente, me salvó, al proponerme cómo
dar un sentido a mi existencia que, de lo contrario, no tenía ninguno o, por lo
menos, lo había perdido.
-Usted afirma que no fue el orfanato lo que
lo convenció de que Dios no existe porque a los diez años ya lo sabía. Sin
embargo, suele decir también que los adultos que creen en Dios se equivocan.
¿Qué tenía usted a los diez años que un adulto -incluso analfabeto- no tenga a
los cuarenta? ¿No es un poco pretencioso de su parte?
-No veo por
qué debería ser pretencioso o qué es lo que yo tendría de más. Yo no hablo en
esos términos. Son los suyos y es su propio juicio de valor. Para ser claro:
creí en Dios mientras creía en el Papá Noel. A partir de cierta edad, todo eso
me pareció irracional, sin sentido. Eso no quiere decir que fuera un superhombre
o un genio precoz. Probablemente solo se trate de temperamento, de carácter
inadaptado a las fábulas.
-Usted escribe "los monoteísmos detestan la
inteligencia". Pero entonces, ¿qué hacer con todos los genios de Occidente que
practicaron alguna de las tres religiones del Libro?
-Yo hablo de
"monoteísmos" y no de "monoteístas". El monoteísmo es una ideología que, en sus
principios, detesta que la gente piense o reflexione y prefiere que obedezca y
que se someta a la Ley, a la palabra de Dios y a sus Mandamientos. Que hay
monoteístas inteligentes, no esperé su pregunta para saberlo. Y tampoco he
dudado de la inteligencia de ciertos monoteístas cuando son inteligentes.
-Dejemos a un lado la Iglesia como institución e incluso la Biblia.
¿Cómo sabe usted que, en verdad, Dios no existe? Podría perfectamente existir.
¿Cómo saberlo? ¿No cree que aceptar la duda sería una actitud más filosófica?
-La duda no es filosófica, es metodológica y prepara el terreno a la
solución filosófica. En otras palabras, se duda un momento en un movimiento que
debe concluir en una certeza. Descartes solo utilizó la duda de esa forma.
Conformarse con la duda es detenerse a mitad de camino. Además, la duda es una
deshonestidad intelectual. Aquellos que reivindican la duda no tienen problemas
en reivindicar la certeza de esa duda. La coherencia del escéptico debería
llevarlo hasta a dejar de hablar. Un filósofo tiene la obligación de hacer
llegar su pensamiento a algún lado. En todo caso, aquellos que afirman algo (por
ejemplo, la existencia de Dios) son quienes deben demostrarlo. De lo contrario,
bastaría con afirmar cualquier cosa (que los unicornios existen, por ejemplo),
pedir a su interlocutor que pruebe que lo que uno dice es una necedad y, frente
a su incapacidad para demostrarlo, concluir que lo que se está diciendo es
verdad. De esa forma se podría afirmar que las mesas giran solas, que los platos
voladores existen, que los horóscopos dicen la verdad.
-Usted critica
a "los hombres que se embriagan de ilusiones". ¿Está mal? ¿Y si eso les permite
ser menos infelices? Usted escribe: "El camino de la verdad filosófica es largo
y difícil". Pero hay muchísima gente que nunca tendrá la posibilidad de hacer
ese camino. ¿Por qué negarles su propia forma de consuelo a aquellos que creen
en algo superior?
-Prefiero una verdad que duele a una mentira que
calma. Pero cada uno puede preferir el opio de la ilusión a la realidad. Yo le
reprocho a la ilusión enemistarnos con la única certeza que tenemos: la vida es
aquí, aquí y ahora. Las religiones nos invitan a vivir en la expiación, con el
pretexto de que vivir como si uno estuviera muerto aquí nos abrirá la vida
eterna una vez muertos. Yo consagro gran parte de mi tiempo -sobre todo cuando
creo universidades populares abiertas a todos-, a ofrecer una alternativa
filosófica a la propuesta religiosa. Creo que es necesario popularizar la
filosofía para reconciliar al hombre consigo mismo, con su cuerpo, su vida, los
otros y el mundo, sin que tenga que pasar por todas esas ficciones religiosas.
-Cuando un creyente piensa en el universo, imagina una suerte de más
allá, donde pone a todos sus seres queridos, sus divinidades y sus ilusiones.
Esa dimensión debe de ser imposible de borrar una vez adquirida. ¿Qué hay en la
imaginación de un ateo total?
-Un mundo exactamente igual de vasto.
¡Qué extraña idea tiene usted del ateo! ¿Lo cree incapaz de imaginación? ¿De
vida espiritual? ¡Es curioso que piense en el ateo como una especie de idiota de
cerebro limitado, con escasas posibilidades estéticas, emocionales, afectivas y
espirituales!
-En todo caso, tengo la impresión de que la
desaparición de lo sagrado no es inminente. ¿Cree usted en una humanidad sin
religión?
-Siempre habrá religiones, porque las religiones viven de
la angustia y del miedo de los hombres, y porque estamos lejos de haber
terminado con los temores existenciales. El ateo está condenado a militar por
una causa perdida. Pero poco importa que esté perdida, si es una causa justa. Lo
irracional, lo irrazonable, la ilusión, las ficciones disponen de un futuro
grandioso, pues el mundo liberal que se prepara en nuestro planeta odia la
cultura, que hace retroceder a los mitos, entre ellos, la religión.
-Usted escribe: "La autoridad me resulta insoportable; la
dependencia, invivible. Las órdenes, invitaciones, pedidos, propuestas, consejos
me paralizan " ¿Cómo hace para organizar su relación con los demás, sobre todo
con sus allegados?
-Desde los 17 años, (cuando dejé mi familia para
vivir sin ayuda alguna) construí mi vida a fin de tener que obedecer -¡y
mandar!- lo menos posible. No me pida detalles porque tendríamos que consagrar
la entrevista a esta cuestión. Digamos que es necesario evitar el matrimonio y
los hijos, los honores, la riqueza y las situaciones de poder. Soy soltero, sin
hijos, me importan un bledo las condecoraciones, los puestos honoríficos en
instituciones universitarias. Vivo muy bien con o sin dinero, porque el dinero
nunca fue una obsesión en mi vida, no soy representante de esto ni de aquello.
Trato de no deberle nada a nadie. Vivo de mi pluma, y mis lectores, comprando
mis libros, hacen posible esta situación social magnífica, casi una vida de rey.
-Usted se declara a favor de un hedonismo del ser y no del tener. ¿Me
puede explicar?
-Es muy difícil en dos palabras. Digamos que todas
las cosas que tienen que ver con la posesión (dinero, situación social,
riquezas, propiedades, bienes habituales de la sociedad de consumo) no son un
fin en sí mismas. Por el contrario, lo que depende del ser (libertad, amistad,
amor, afección, dulzura, serenidad, paz consigo mismo, los otros y el mundo)
constituye el ideal de sabiduría hacia el que hay que tender. Disfrutar de una
cosa no presenta demasiado interés, disfrutar de un momento de sabiduría es uno
de los grandes instantes de la vida.
-¿Y cuál es la diferencia entre
ese hedonismo y el estoicismo?
-La oposición entre ambas escuelas
suele ser una cuestión de universitarios. Hay que leer las Cartas a Lucilio
de Séneca, el estoico. Allí hay cantidad de argumentos epicúreos. En mi
libro Contra-historia de la filosofía explico cómo esta oposición entre
dos sensibilidades filosóficas fueron instrumentalizadas por Cicerón con fines
políticos: era necesario desacreditar a los candidatos epicúreos al Senado, y
Cicerón, el estoico, los estigmatizó como voluptuosos e incapaces de ocuparse de
la cosa pública. Después, el cristianismo se apoderó de esos argumentos que
perduran hasta hoy.
-Usted es un filósofo decididamente orientado
hacia la modernidad. ¿Qué lugar reserva en su reflexión al psicoanálisis y a las
neurociencias? ¿No cree que estas últimas están terminando con Freud?
-Tengo el proyecto de escribir un libro sobre el psicoanálisis que
evitará dar poderes absolutos tanto a Freud como a las neurociencias.
Rehabilitaré el psicoanálisis como un chamanismo posmoderno, precisando que el
cuerpo no es una cuestión de inconsciente psíquico, sino de inconsciente
neurovegetativo.
-¿Está usted satisfecho de su vida? Quizás sea
ridículo preguntarle a un filósofo si es feliz, pero
-¡Pero yo soy
absolutamente feliz! De lo contrario dejaría de escribir lo que escribo, de
enseñar lo que enseño y de dar las conferencias que doy por el mundo. A menos
que fuese un estafador. Y yo sé que en filosofía también existen los
estafadores.
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