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ELEMENTOS
DE SEMIÓTICA archivo del portal de recursos
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Diego Sebastián Moraes Correa
Licenciado en Letras por la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación
de la Universidad de la República (Uruguay)
Procurador por la Facultad de
Derecho de la Universidad de la República (Uruguay)
Investigador en los ámbito
de la retórica, la semiótica, la teoría literaria y la poética del hipertexto
Redactor y colaborador en el staff cultural de las revistas La Ventana Magazine
(Salto, Uruguay), Policraticus. Notas sobre Gobierno, Política y Actualidad
(Salto, Uruguay) y Prima Cruzada.
Revista de Antropología (Montevideo, Uruguay).
Entre otros escritos y artículos de divulgación académica en el ámbito de la
literatura y de las ciencias jurídicas, es también autor de los libros "El humor
en los cuentos de Horacio Quiroga" (2005) y "Bestiario del Salto Oriental"
(2006), de inminente publicación en una editorial de Montevideo.
1. La Semiótica: aspectos
generales.
Convencionalmente se ha caracterizado a la moderna
disciplina llamada Semiótica como la ciencia o Teoría General de los Signos .
Tal definición es muy genérica, pero resulta de suma utilidad para introducir al
menos, el conjunto de problemas que dicha ciencia o teoría pretende dar cuenta:
el estudio teórico de los signos y los sistemas de significación. De hecho,
etimológicamente, el término semiótica proviene del término griego semeion, que
significa signo, y es el mismo que se encuentra, por ejemplo, en la palabra
semáforo.
Se ha discutido, sin embargo, si la Semiótica es una “ciencia” o
más precisamente un “dominio” del conocimiento.
Por una parte, hay quienes
defienden que la Semiótica –utilizando por ahora los términos “semiótica” y
“semiología” como sinónimos- es una ciencia, es decir, que consiste en un
sistema unificado de reflexiones a raíz de un método y de un objeto común de
estudio, como así también por una precisión en la terminología y nomenclatura en
ella utilizadas. Tal caracterización proviene de las reflexiones de Ferdinand de
Saussure, quien en su Curso de Lingüística General, luego de proponer los
lineamientos generales de una ciencia de la lingüística, considerada como un
sistema de conocimientos que posee un objeto de estudio y método específicos,
propuso también una “ciencia que estudie la vida de los signos en el seno de la
vida social”, y de esa ciencia, a la que llamó “semiología”, la lingüística no
es sino apenas una parte. Saussure explicó también que “Las leyes que la
semiología descubra serán aplicables a la lingüística, y así es como la
lingüística se encontrará ligada a un dominio bien definido en el conjunto de
los hechos humanos”, con lo cual queda suficientemente explícita su idea de que
la Semiología debía ser un conjunto de conocimientos unificados por su método y
su objeto .
Por otra parte, sin embargo, actualmente ha prevalecido la
hipótesis de que la Semiótica no es una ciencia, sino un dominio, esto es, como
un ámbito de conocimientos que congrega un repertorio de intereses comunes a
estudios ciertamente disímiles, y que en su conjunto conforman lo que se ha
denominado el “dominio semiótico” . Este dominio, involucra otras disciplinas de
muy diversa naturaleza, como el Derecho, la Economía, la Filosofía, la
Antropología, la Zoosemiótica, el estudio de los “sistemas olfativos”, de la
comunicación táctil y de los códigos del gusto, la Paralingüística, la Semiótica
Médica, la Cinésica, la Proxemica, los sistemas Gramatológicos, el estudio de
las lenguas naturales, la comunicación visual, la Retórica, la tipología de las
culturas, la Estética o la comunicación de masas Lo que importa recalcar es que
este dominio todavía no ha sido unificado, esto es, que no posee ni un método ni
un objeto específico de estudio, presentando actualmente desorden y
heterogeneidad en sus formas, por lo que resultaría imposible referirse a él
como una “ciencia” o una “disciplina”. No obstante, es cierto que en ella es
posible advertir un conjunto de tendencias o intereses en alguna medida comunes,
que llevó a veces a algunos autores a querer extraer de allí marcos o modelos
metodológicos universales, aunque en general se ha renunciado a toda pretensión
de validez.
2. Breve panorama histórico de la
Semiótica.
Si echamos una mirada en perspectiva al corpus de
investigaciones que históricamente han constituido el dominio semiótico,
podremos comprobar que, a grandes rasgos, puede dividirse en cuatro (4) grandes
etapas:
1) de orígenes y antecedentes;
2) de consolidación;
3)
expansión y desarrollo; y
4) de decadencia y ocaso.
2.1. Orígenes y
antecedentes.
Se ubican en esta etapa toda aquella serie de reflexiones e
investigaciones que han resultado de suma importancia en la constitución del
dominio semiótico, pero sin que existiera aún la conciencia de estar trabajando
en una disciplina independiente. Es por eso que en esta etapa los grandes
aportes a la Teoría General de los Signos se producen la mayoría de las veces
mezclados en el seno de otras discusiones filosóficas más generales, en
particular con la teoría general o filosofía del lenguaje, pues como los signos
verbales representaron siempre un papel destacado, la reflexión sobre los signos
y los sistemas de significación se confundía aquí a menudo con la reflexión
sobre el lenguaje .
Así, por ejemplo, existen ya especulaciones que pueden
hoy considerarse “semióticas” en las especulaciones de la India y la China
antigua. También en la Biblia hebrea aparecen algunas reflexiones entorno a los
problemas de los signos y la significación, como cuando, a través de la
explicación de que Dios llevó ante Adán las bestias del campo y las aves del
aire “para ver cómo las llamaría: y tal como llamara Adán a cada criatura
viviente, aquél sería su nombre en adelante” (Gén, II: 19-20), se sostiene la
tesis de una vinculación natural u original entre el nombre y su referente.
Igualmente, encontramos algunas exposiciones acerca del origen de las
diferencias entre las lenguas, cuando leemos que en Babel, Dios,
deliberadamente, confundió aquella correlación adánica entre los nombres y las
cosas que se había tenido cuando todo el mundo “tenía un lenguaje único” (Gén,
XI: 1-9) .
Igualmente, existe un gran corpus de reflexiones semióticas
presentes en la tradición filosófica occidental sobre todo en lo referente al
problema de las relaciones entre el lenguaje y los objetos. Entre los filósofos
griegos presocráticos que exploraron el problema de la motivación de los signos,
se destacan las reflexiones de Heráclito de Éfeso, quien sostenía que los
nombres y los signos mantenían una conexión “natural” con el habla, es decir,
“motivada”, y también las de Demócrito de Abdera, quien sostenía en cambio que
los nombres y las palabras responden a relaciones convencionales, es decir,
“arbitrarias” .
Posteriormente, en su diálogo el Cratilo, Platón planteó el
problema acerca de si el signo es Nomos (ley) o Physis (naturaleza), es decir,
si el nombre es consecuencia de la cosa nombrada, o un mero enlace arbitrario.
En el diálogo, Cratylus discute “la corrección inherente” de los nombres,
mientras que Hermógenes razona que ningún nombre pertenece por naturaleza a
ninguna cosa, sino sólo “por hábito y costumbre”. Finalmente, Platón adopta la
primera posición, y entonces afirma la ya conocida sentencia de que el nombre es
“arquetipo” de la cosa, tesis que coincide con la idea cristiana de una lengua
primigenia, edénica o adánica, en la que las palabras nacen por fusión última
con las cosas, en virtud de una íntima y profunda motivación . Asimismo, hay en
las doctrinas de Platón, en que las Ideas no son otra cosa que el referente
metafísico de las copias, esto es, de las cosas del mundo, una de las primeras
huellas de las llamadas “metafísicas pansemióticas”, es decir, todas aquellas
teorías filosóficas que enseñan que las cosas del mundo son signos de realidades
metafísicas y suprasensibles. Esta influencia platónica se prolongaron hasta la
época medieval, y así de ella surgieron las metafísicas teofánicas, es decir, la
tesis de que el mundo es el efecto de un designio divino que construye la
naturaleza para poder comunicarse con los hombres .
En Aristóteles
encontramos también algunas importantes reflexiones sobre los signos, como su
concepción del signo como una relación entre palabras y hechos mentales. En su
tratado Sobre la interpretación, definió las palabras como “sonidos
significantes” y dijo que las palabras habladas son “símbolos signos de
afecciones o impresiones del alma” . Dicha opinión, es decir, la idea del
“lenguaje como voz del Ser”, o más precisamente, que “la Verdad no es otra cosa
que la revelación del Ser por medio del lenguaje”, ha sido de suma importancia
para la confusión entre la semiótica y la filosofía del lenguaje en esta etapa
de los orígenes .
Posteriormente a la época clásica, los estoicos también
desarrollaron importantes teorías sobre los signos. Sextus Empiricus, por
ejemplo, fue uno de los primeros en distinguir, al interior del signo, entre
significado, significante y referente. Durante la Escolástica, santo Tomás de
Aquino, explicó que los signos de las Escrituras no son alegóricos, sino
unívocos, por lo que deben interpretarse literalmente, y que los únicos signos
alegóricos son los de la Historia que Dios dispuso como palabras de un lenguaje
cósmico, en que el hombre puede leer su deber y su destino. Asimismo, fue uno de
los precursores de la idea de una “teoría general” de los signos, cuando en su
libro De Magistro, concibió a los signos lingüísticos únicamente como un tipo de
categoría más amplia que incluye las insignias, los gestos, y los signos
ostensivos .
Posteriormente, el obispo de Berkeley enseñó que el universo es
un sistema simbólico, que incluso las percepciones tienen una pura función
sígnica, en tanto que son palabras de un lenguaje por medio del cual Dios
explica el mundo al entendimiento de los hombres .
2.2. Consolidación:
Semiótica y Semiología
Se ubican en esta segunda etapa todas aquellas
reflexiones que pertenecen al dominio semiótico y que se han producido bajo la
conciencia, aunque fuera en términos hipotéticos, de la necesidad de que
existiera una disciplina específicamente dedicada al estudio de los signos y de
los problemas teóricos de la significación. Si bien es cierto que los más
importantes desarrollos de la Semiótica se produjeron tiempo más tarde, esta
etapa es decisiva, pues aquí se marcan los parámetros básicos del gran corpus de
conocimientos que conforman el dominio semiótico moderno. Es algo así como la
“época clásica” de la semiótica.
Esta etapa se inicia con las reflexiones
del filósofo inglés John Locke, quien en la conclusión de su libro Ensayos sobre
el entendimiento humano (1690), utilizó por primera vez el término “semiótica”.
Allí explicó que las ciencias se dividen en tres especies: a) la física, como
conocimiento de las cosas espirituales y corpóreas; b) la práctica, como sistema
de reglas para las acciones; y c) la semiótica, que es el conocimiento de los
signos, es decir, de las ideas y de las palabras –en tanto que clase
privilegiada, aunque no excluyente, de los signos- como instrumento de otras
ciencias. Así, se refirió a la “semiotike” como: “la doctrina de los signos
[...] el asunto reside en considerar la naturaleza de los signos de los que hace
uso la mente para la comprensión de las cosas o para la transmisión de su
conocimiento a otro”. De este modo, pues, a partir de la obra de Locke, es que
la Semiótica queda constituida –al menos en términos hipotéticos- como una
verdadera disciplina, es decir, como un conjunto de conocimientos que, aunque no
unificados en su objeto, involucran ciertas perspectivas que podrían ser
examinadas desde criterios independientes y no confundido con otras reflexiones
.
Sin embargo, la verdadera consolidación de la Semiótica como una disciplina
independiente, llega con la obra de dos autores principales: el lingüista Suizo
Ferdinand de Saussure y el lógico-filósofo norteamericano Charles S. Peirce,
fundadores de la Semiología y la Semiótica respectivamente, y que son las dos
grandes vertientes en que se sub-dividen todas las investigaciones producidas en
el dominio semiótico.
La Semiología es una vertiente de corte netamente
lingüístico, proveniente de la tradición europea. Fue fundada, al menos en lo
que respecta a sus lineamientos generales, por el lingüista suizo Ferdinand de
Saussure (1857-1913), en su Curso de Lingüística General, que es un conjunto de
notas y apuntes de clase publicados post mortem por sus alumnos. Su pensamiento
lingüístico forma parte de una reorientación general, que se aleja de las
preocupaciones del historicismo del siglo XI.X en torno a lo temporal e
histórico –por ejemplo, en la dialéctica de Hegel, el materialismo dialéctico de
Marx o el evolucionismo de Darwin-, en dirección a una preocupación por lo
espacial, lo sistemático y lo estructural, y es por eso que Saussure es la
figura esencial no solamente del estructuralismo, sino también de gran parte de
los desarrollos del dominio semiótico en Europa .
En el Curso de Lingüística
General, al momento de referirse a la necesidad de ubicar con mayor precisión el
lugar que le concierne a la Lingüística como disciplina y, sobre todo, el lugar
que corresponde a la lengua, en tanto que objeto de estudio de aquella, en el
contexto de las demás instituciones de la vida social, Saussure declaró la
necesidad de fundar una “ciencia que estudie la vida de los signos en el marco
de la vida social”, y esta ciencia, la llamó “Semiología”. Dicha ciencia, tiene
por objeto, para Saussure, “decirnos en qué consisten los signos y cuales son
las leyes que los gobiernan. Puesto que todavía no existe, no se puede decir lo
que ella será; pero tiene derecho a la existencia y su lugar está determinado de
antemano”. Asimismo, consideró la Semiología como “una parte de la psicología
social y, por consiguiente, de la psicología general” -y esto en virtud de su
concepción del signo como un artificio comunicativo . Por otra parte, y además
de ser el padre de la Semiología, corresponde a Saussure haber introducido
algunos de los problemas básicos que se plantean en el dominio semiótico. Así,
por ejemplo, la teoría del signo, los caracteres de los signos, la noción de
sistema, y la diferencia entre el código y su aplicación, problemas éstos a los
que dio soluciones pioneros y que repasaremos luego más detenidamente.
La
Semiótica, por el contrario, es una vertiente de corte lógico-filosófico,
perteneciente a la tradición anglo-americana. Su fundador fue el filósofo
pragmático Charles Sanders Peirce (1839-1914), quien dejó sus enseñanzas en los
ocho volúmenes de sus Collected Papers, una serie de papeles que, al igual que
los de Saussure, fueron reunidos y publicados póstumamente, por lo cual no es
posible alcanzar una exposición coherente y ordenada de su doctrina. Su teoría
de los signos debe considerarse como parte de una perspectiva mucho más amplia,
pues, en sus propias palabras: “Nunca me ha sido posible emprender un estudio
–sea cual fuere su ámbito: las matemáticas, la moral, la metafísica, la
gravitación, la termodinámica, la óptica, la química, la anatomía comparada, la
astronomía, los hombres y las mujeres, el whist, la psicología, la fonética, la
economía, la historia de las ciencias, el vino, la metrología- sin concebirlo
como un estudio semiótico” . Peirce llamó “Semiótica” a “la doctrina de la
naturaleza esencial y de las variedades fundamentales de cualquier clase posible
de semiosis”, a la vez que definió semiosis como “una acción, una influencia que
sea, o suponga, una cooperación de tres sujetos, como, por ejemplo, un signo, su
objeto y su interpretante, influencia tri-relativa que en ningún caso puede
acabar en una acción entre parejas”. Además de establecer los lineamientos
generales de esta “doctrina”, corresponde a Peirce haber alcanzado una serie de
nociones que se consideran clásicas en los estudios tradicionales de semiótica,
como su definición tripartita del signo, o la clasificación de éstos en índices,
íconos y símbolos.
Sin embargo, y a pesar de ciertas afinidades notorias,
resulta de suma importancia no confundir, como se ha hecho en ocasiones muy
apresuradamente , la Semiología con la Semiótica, pues se trata de dos
perspectivas o de dos modos muy diferentes de posicionarse teóricamente ante los
hechos de la significación. La distinción entre ambas resulta capital para
comprender el desarrollo ulterior de las investigaciones del dominio semiótico.
Aún a riesgo de simplificar demasiado, podemos resumir las más importantes
diferencias teóricas entre la corriente europeo-continental de la Semiología
iniciada por Ferdinad de Saussure, y la corriente angloamericana de la Semiótica
iniciada por Ch. S. Peirce en tres (3) puntos fundamentales:
1. La
Semiología es una perspectiva de corte netamente lingüístico, es decir, que su
estatuto científico está sustancialmente determinado por el estatuto de otra
ciencia: la lingüística. En efecto, los lineamientos generales de todos los
estudios desarrollados en el “dominio semiótico” por parte de la corriente de la
Semiología, poseen una estrecha correspondencia con aquella relevante
observación de Saussure: que si bien es cierto que la Lingüística es apenas una
parte o una rama de la Semiología, es, empero, la parta más importante, pues es
la que determina el estatuto general de esta última: “nada más adecuado que la
lengua para hacer comprender la naturaleza del problema semiológico” . Es por
eso que, en términos generales, todas las observaciones desde la perspectiva
semiológica poseen los caracteres generales de la ciencia lingüística, y esta es
la razón por la que, igualmente, es la Semiología una ciencia. La Semiótica, en
cambio, no es una ciencia, ni una perspectiva lingüística, sino que, por el
contrario, se trata de una perspectiva lógico-filosófica de alcance
infinitamente más amplio, y es por eso que se ha preferido, a partir de ella,
definir a la Semiótica como un “dominio” del conocimiento. Así, pues, a
diferencia de la Semiología, la Semiótica no posee un único método de análisis,
ni está unificada por un objeto único de estudio, ni mucho menos por una
nomenclatura universal.
2. Para la Semiología, el signo es un artificio
comunicativo, lo cual la convierte en una ciencia de la “comunicación”. Tal
postura surge claramente de las observaciones de Saussure. En su opinión, la
Lengua, desligada de los restantes hechos del lenguaje (habla), posee un
carácter análogo al de otros sistemas de signos, en tanto “comunica” ideas: “La
lengua es un sistema de signos que expresan ideas, y por eso comparable a la
escritura, al alfabeto de los sordomudos, a los ritos simbólicos, a las formas
de la cortesía, a las señales militares, etc., etc.”. Es por eso que la
Semiología es una disciplina de la comunicación, es decir, que presupone una
noción del signo como una producción “artificial” que ha sido emitida
“intencionalmente” de alguien para alguien y que como tal afecta a dos seres
humanos que, en el seno de la convivencia social, se dedican intencionalmente a
comunicar y expresar algo. En efecto, Saussure se limitó a subrayar con
insistencia la idea de que el significado (uno de los aspectos que conforman esa
unidad llamada signo) es un elemento importante en la actividad de los seres
humanos en el seno de la “vida social”, con lo cual la disciplina que pretendió
fundar era de corte netamente comunicativo, circunstancia que le permitía
relegar fuera del ámbito de la Semiología como ciencia un gran número de
fenómenos significativos que, no obstante, no pueden considerarse literalmente
como “signos”, en la medida en que no poseen el elemento de “intencionalidad” en
su producción. En cambio, la Semiótica de tradición peirceana, posee un marco
mucho más amplio de considerar lo fenómenos de la significación, pues para ella
el signo es un artificio no (necesariamente) comunicativo. En efecto, la
definición de Peirce del signo como “algo que está en lugar de alguna cosa para
alguien en ciertos aspectos o capacidades” , propone una visión de los signos
que tiene una perspectiva muchísimo más amplia que la determinada por la
Semiología, en el sentido de que no reduce su examen únicamente a los aspectos
comunicativos de aquellos, sino que, por el contrario, al poner el énfasis en el
aspecto pragmático del los hechos sígnicos, y en que el elemento de
“voluntariedad” en la emisión del signo es irrelevante ya que basta únicamente
la presencia (metodológica, no empírica) de un interpretante que interprete el
signo como signo de algo, integra toda suerte de desarrollos y perspectivas
significativas no-intencionales. Es por eso que la “Semiótica” no es una
semiótica de la comunicación sino de la significación, pues permite incluir como
signos otros comportamientos, incluso no humanos, en los cuales el destinatario
infiere algo sobre la situación de un emisor que no es consciente de estar
emitiendo mensajes en dirección de alguien .
3. La Semiología, reconoce
únicamente dos caracteres de los signos: la linealidad y la arbitrariedad, y que
son los caracteres de los signos linguisticos. Esta perspectiva surge también
muy claramente de las formulaciones saussureanas. En efecto, en el Curso de
Lingüística General, Saussure explica que el signo (definido anteriormente como
una unidad de dos caras: “significante” y “significado”, que luego retomaremos)
posee dos caracteres fundamentales, y que se corresponden con los caracteres del
signo linguístico:
a) “arbitrariedad”: Sauusure explica que el lazo que une
el significante con el significado es arbitrario, es decir, que no existe nada
en el significado que exija ser vehiculizado en una determinada forma
significante en lugar que otra, por lo que lo único que fija estos dos términos
es una mera convención.
b) “linealidad”: el signo lingüístico, dice
Saussure, por ser de naturaleza auditiva, se desenvuelve en el tiempo
únicamente, por lo que posee sus dos caracteres. Primero, representa una
extensión. Segundo, esa extensión es mensurable en una sola dimensión, esto es,
en una línea
En cambio, para la Semiótica, los signos arbitrarios no son
sino apenas una de las tantas especies existentes de signos. Corresponde a
Peirce el haber desarrollado esta perspectiva de la Semiótica al haber postulado
una de las más importantes clasificaciones o tipología de los signos –que más
tarde veremos más detenidamente- en :
a) Índices: “Un signo determinado por
su objeto dinámico en virtud de estar en relación real con él”.
b) Íconos:
“Un signo determinado por su objeto dinámico en virtud de su propia naturaleza
interna”.
c) Símbolos: Un signo no-determinado, sino completamente
convencional entre signo e interpretante, tal como es el caso paradigmático de
la mayoría de los signos que forman parte de las lenguas naturales.
Esta
última clasificación es decisiva, pues se corresponde con aquello que Saussure,
genéricamente llamaba “signo”, es decir, los signos arbitrarios. Así, pues,
vemos que además de los signos arbitrarios, la Semiótica comercia también con
los índices y los íconos, que son signos motivados (en el primer caso por
contigüidad, en el segundo, por semejanza), que involucran problemáticas mucho
más complejas respecto de algunas fenómenos significativos. En efecto, el
concepto de signo, según la Semiótica, no tiene porqué ser comprendido como un
préstamo conceptual y terminológico de la lingüística, pues existen hechos
significativos, articulados o no en forma de lenguajes, irreductibles a aquello
que llamamos como “lengua natural”.
Así, pues, luego de estas
diferencias, ya no nos resultará difícil comprender que la Semiología de
Saussure debe ser considerada una sub-especie de la Semiótica de Peirce, si bien
ambas son las dos fórmulas principales a que se reducen la gran parte de las
investigaciones semióticas ulteriores.
2. 3. Expansión y
desarrollo.
Posteriormente a las formulaciones de Saussure y de Peirce,
muchos otros autores han intentado formular observaciones semióticas bajo la
conciencia de estar trabajando en un dominio determinado e independiente del
conocimiento, a veces continuando las investigaciones de los padres de la
Semiótica, y a veces aventurando, por su cuenta, modelos o esquemas semióticos
generales. A continuación, proponemos un repaso muy fugaz de los principales
representantes de la Semiótica y la Semiología.
2.3.1.
Semiología.
En lo que respecta a la “Semiología”, hay que recordar que
esta ciencia no fue creada por Saussure, sino que éste únicamente delimitó sus
lineamientos generales, por lo que, debe considerarse simplemente su “padre”.
Aquella tarea, en cambio, fue realizada más tarde por otros autores
continuadores de su tradición. Citaremos, a continuación algunos de los autores
más destacados en esta primera línea del dominio semiótico:
Un intento
importante de constituir una disciplina o ciencia de la semiótica debe
atribuirse a Eric Buyssens, quien en su libro Los lenguajes y el discurso
(1943), e inspirado en las categorías saussureanas, creó un modelo resueltamente
funcionalista, pues para él todo sistema no posee otro orden que aquel que
organiza su propia sintaxis. Si bien las tesis de Buyssens no tuvieron un
desarrollo definitivo, muchas de sus premisas fueron de gran influencia
posterior, como fue el caso de cierto número de nociones y distinciones: sema y
acto sémico, semías intrínsecas y extrínsecas, semías directas y sustitutivas,
etc., a las que el autor llegó apoyándose por un lado en el lenguaje verbal y
por otro en sistemas semiológicos no verbales .
Asimismo, corresponde
destacar en la Semiología el nombre de Louis Hjelsmlev, quien, en sus
Prolegómenos a una teoría del lenguaje, explicó que el estudio de las lenguas
naturales puede describirse con base en una teoría de mayor alcance, constituido
por un esquema o mecanismo de aplicabilidad universal a otros sistemas de signos
que, en su forma y estructura, sean análogos al de una lengua natural. Así,
desarrolló, mediante la definición de los principios estructurales del lenguaje,
una teoría general (formal o tipológica) cuyas categorías son los distintos
tipos de lenguajes, verbales o no, como la literatura, el arte, la música, la
historia, la lógica o las matemáticas. A esta teoría tipológica –heredera de la
tradición de Saussure de considerar una ciencia de la pura forma- la denominó
semiótica, a la que define formalmente como: “una jerarquía, cualquiera de cuyos
componentes admite su análisis ulterior en clases definidas por relación mutua,
de modo que cualquiera de estas clases admite su análisis en derivados definidos
por relación mutua”. A esta semiótica, Hjemslev la opuso a lo que llamó
semiología: “una metasemiótica que tiene una semiótica no científica como
semiótica objeto”, es decir: que diferenciaba entre un universo que reagrupa
fenómenos significativos homogéneos y organizados en clases definidas por
sistemas de relaciones (semiótica), y una instancia de nivel superior que habla
de una semiótica no científica (semiología). Hay que decir, por lo demás, que si
bien Hjelmslev utilizó el término “semiótica”, puede sin embargo ubicarse en la
Semiología porque, al igual que Saussure, creía que esa teoría general debe
tomar como modelo estructural la lengua: “En la práctica, una lengua es la
semiótica a la que pueden traducirse todas las demás semióticas [...] Esto es
así porque las lenguas, y sólo ellas, se encuentran en condiciones de dar forma
a cualquier sentido, sea cual fuere; en una lengua y sólo en una lengua podemos
ocuparnos de lo inexpresable hasta expresarlo” , idea recogida de Kierkegaard, y
que más tarde habría de repetir Roland Barthes. Sin embargo, corresponde a
Hjelmslev haber introducido al dominio semiótico algunas nociones fundamentales,
como las de “semiótica connotativa” y “metasemiótica”, que han sido de gran
provecho también a las perspectivas no solamente de la Semiología sino también
de la Semiótica.
Igualmente de corte semiológico puede considerarse los
estudios de algunos de los representantes de la corriente del Formalismo ruso,
movimiento que se inició antes de la revolución rusa con las actividades del
Círculo lingüístico de Moscú (1915) y con la Sociedad para el Estudio de la
Lengua Poética u OPOJAZ (1916), y que floreció aproximadamente hasta 1930. Por
ejemplo, Víctor Shklovsky, en su ensayo “El arte como artificio” (1916), intentó
explicar algunas de las diferencias entre los códigos de la lengua oral y de la
lengua poética, explicando que ésta no se encontraba en el uso que la poesía
hace de las imágenes, como se creía vulgarmente, sino en aquello que llamó
ostrenanie (“extrañamiento” o “desfamiliarización”), es decir, aquel mecanismo
utilizado para la disposición y el procesamiento de la materia verbal, que
desvía a la lengua de las dimensiones expresivas y representativas de la
práctica cotidiana. Para Shklovsky, la función esencial del arte poético es
elevar la percepción y cortocircuitar las respuestas automatizadas y devolvernos
a la conciencia mediante la subversión de la percepción rutinaria, a través de
mecanismos formales basados en desviaciones de la norma y del estilo del
lenguaje establecido .
También hemos de referir en la línea Semiológica los
aportes de la llamada “translinguística” propuesta por Bakhtin y su escuela, el
“círculo de Bakhtin”, que marca una intervención importante no solamente en las
primeras fases de la lingüística rusa, sino también dentro de la tradición de la
semiología saussureana de la Rusia de los años veinte. Aquel, en su obra El
marxismo y la filosofía del lenguaje, publicado bajo el nombre de Volosinov
hacia 1929, partiendo de las dicotomías fundacionales de Saussure
(sincronía/diacronía; lengua/habla), cambió sin embargo su dirección, y puso el
énfasis en la diacronía y en el habla como medio de contestar a la reducción del
sistema de la lengua a un modelo abstracto e incapaz de dar cuenta de a dinámica
esencial de la vida social, al que catalogó como rasgo sintomático de una
especie de “necrofilia linguística”. En efecto, la translinguística, tal como la
consideró Bakhtin, era una teoría general sobre el papel de los signos en la
vida y en el pensamiento humano, que no cree, como lo hizo Saussure, que el
signo posee una estabilidad basada en la combinación ordenada de significante y
significado, sino que por el contrario, la estabilidad del signo es una
mistificación por anticipado del “objetivismo abstracto”, ya que la
multiplicidad del significado es la característica constitutiva de una lengua,.
Y el dinamismo social e históricamente generado anima la noción de signo . Sin
embargo, y pese a estas críticas al modelo saussureano, la translinguística de
Bakhtin es igualmente clasificable en la Semiología, pues no renuncia a
considerar al signo bajo sus aspectos comunicativos, ni admite para el signo
otros caracteres que aquellos señalados por el signo lingüístico.
Asimismo en
la Semiología podemos ubicar la obra de los representantes del estructuralismo
de Praga, también llamado la Escuela de Praga o el Círculo Lingüístico de Praga,
y que puede considerarse una prolongación del estructuralismo ruso, en el
sentido de que también consideraba la literatura como parte de una concepción
social o teoría general más amplia. Si bien es cierto que sus aportes se
encaminan más hacia las investigaciones literarias, también es cierto que
trabajaron en teatro, cine, música y pintura, insertando estas investigaciones
en una perspectiva teórica más genérica que, en sus grandes rasgos, responde a
la Semilogía saussureana. Entre sus integrantes, destaca la obra de Jan
Mukarovsky, quien describió al arte como un signo autónomo autorreferencial, es
decir, como un discurso pleno de sentido que no necesita denotar objetos o
referir a situación alguna, en el que deben distinguirse dos aspectos: el del
símbolo externo o significante que es el soporte del significado, y el del
contenido representado o significado. En este sentido, y anticipando el ya
clásico esquema de Jakobson de las “funciones del lenguaje”, explicó que el
mismo soporte artístico podía tener múltiples funciones desde la estética a lo
social o epistemológico, y así, en su artículo “El arte como hecho semiótico”,
escribió que: “es el contexto total de los así llamados fenómenos sociales, por
ejemplo, filosofía, política, religión y economía, lo que constituye la realidad
que el arte debe representar”. Si bien es cierto que aquí habla de “semiótica”,
en otra parte definió al arte como “un hecho semiológico”, y estudió en
particular la obra de arte literaria como parte de aquel proceso comunicativo y
social. Esto último es lo correcto, pues aunque en términos generales las
fórmulas de Mukarovsky se sostienen en una crítica radical a algunas fórmulas
sussureanas, y en especial la noción estática del sistema de la lengua en tanto
que hecho sincrónico, el conjunto total de sus tesis comparten los nódulos
esenciales de la Semiología, como la idea del signo (artístico) como un fenómeno
comunicativo y representativo.
Entre los estructuralistas checos
continuadores de la Semiología saussureana se destaca también el nombre de Roman
Jakobson. Éste, en un ya clásico ensayo, “Poética y Lingüística”, resumen de una
conferencia recopilada posteriormente en el volumen Ensayos de Lingüística
General(1974), refiriéndose al debatido problema de las relaciones entre la
“poética” y la “lingüística”, retomó una vieja idea de K. Buhler y propuso un
esquema o paradigma comunicativo, estructurado en seis elementos, y que permite
analizar por separado cada una de las funciones del lenguaje, y así aislar la
función poética de las restantes funciones del lenguaje. Según Jakobson, en el
esquema de los “factores” que constituyen todo hecho discursivo, cualquier acto
de comunicación verbal, pueden destacarse estos términos: a) destinador: es
decir, la fuente original del mensaje; b) contexto: es decir, los sistemas de
referencia invocados en cualquier tipo de comunicación; c) mensaje: es decir, la
expresión enviada y recibida; d) contacto: es decir, el soporte físico en que es
articulado el mensaje; e) código: es decir, el conjunto de convenciones y reglas
en que está estructurado el mensaje y que deben ser comunes a destinador y
destinatario; y f) destinatario: es decir, el sujeto receptor del mensaje. Al
mismo tiempo, cada uno de estos términos determina una función diferente del
lenguaje: a) emotiva: aquella función que pone el acento en el destinatario del
mensaje; b) referencial: es decir, aquella que pone el énfasis en el contexto;
c) poética: aquella que pone el acento en la estructuración del mensaje; d)
fática: aquella función que pone el acento en el canal que articula la
comunicación; e) metalingüística: aquella función que pone el acento en el mismo
código del mensaje; y f) conativa: aquella función que pone el acento en el
destinatario del mensaje. Además de haber heredado de Saussure el modelo de la
lengua como un hecho estrictamente comunicativo, Jakobson tomó también de aquel
una serie de nociones importantes, como la dicotomía sintagma/ paradigma, que en
el contexto general de el anterior esquema, fue el punto de partida para su
formulación de lo que entendía era lo característico de la “comunicación”
literaria: “La función poética proyecta el principio de la equivalencia del eje
de selección al eje de la combinación”. Es por eso que, aunque explicó que
muchos rasgos poéticos no pertenecen únicamente a la ciencia del lenguaje, sino
a la teoría general de los signos, a la que llamó “semiótica general”, debe
incluirse e Jakobson en la Semiología .
Posteriormente, la línea de la
Semiología puede rastrearse también entre los representantes del estructuralismo
francés, es decir, en la proliferación de “estructuralismos” desarrollados a
partir del ejemplo del estructuralismo lingüístico, y basados en nociones
básicas de la herencia semiológica saussureana, como las dicotomías sincronía /
diacronía y lengua / habla. En efecto, si bien es cierto que Saussure nunca
utilizó el término “estructuralismo”, fue suya la visión de la lengua como una
estructura y con propiedades estructurales: más que un ensamblaje de bloques
preexistentes, el lenguaje existe únicamente como una unidad estructural, y es
la estructura misma la que crea las unidades y sus múltiples interrelaciones
.
Entre los nombres más destacados del estructuralismo francés, figura el de
Vladimir Propp, considerado uno de los padres de la “narratología”. En su libro
Morfología del cuento (1929), Propp defendió un concepto diacrónico de
relato-estructura, es decir, que no podía clasificarse dentro de los moldes
sincrónicos clásicos del estructuralismo. Su idea fue la de establecer una
estructura narrativa embrionaria, una especie de matriz universal de la
narración, y en este sentido analizó la morfología o estructura genérica del
cuento fantástico ruso mediante la determinación de los elementos que eran
constantes y aquellos que eran variables. Descubrió así que virtualmente todos
los hechos y personajes de los cuentos (el Villano, la Mediación, etc.),
responden a regularidades y tenían características estructurales idénticas,
repitiéndose en cada cuento en el mismo orden. Si bien es cierto que Propp
limitó su análisis a los cuentos maravillosos rusos, muchos otros autores
intentaron tomar su ejemplo y así crear un modelo de estructura narrativa
universal .
Precisamente, un continuador destacado de Propp, y un gran
difusor de su obra, fue Lévy-Strauss y su “antropología estructural”, a la que
en una conferencia en el Collége de France ubicó explícitamente dentro del campo
más amplio de la “semiología”. Precisamente, en su libro Antropología
estructural (1961), Lévy-Strauss transportó los métodos de la lingüística al
estudio de las culturas, y en particular de los mitos. Allí explicó que los
verdaderos constituyentes del mito no son los elementos implicados aislados ni
tienen un significado en sí mismos, sino antes bien “haces de relaciones”
completos con otros mitos, basados en la idea del binarismo universal como
principio organizador del sistema. Por eso, y dadas estas analogías,
Lévy-Strauss defendió que la función última del mito era la de representar la
resolución aparente de un conflicto social .
Otro autor importante de la
vertiente de la Semiología en el estructuralismo francés fue Algirdas J.
Greimas, quien , junto a Lévy-Strauss, es considerado uno de los pilares del
desarrollo de la “narratología”. Éste, en Du sens, partiendo de una terminología
de base hjelmsleviana, reservó el nombre de “semiótica” para aquellas
disciplinas que analizan la teoría general del plano de la expresión de los
signos, mientras que llamó “semiología” a la teoría general del plano del
contenido. Asimismo, dividió las semióticas en cualitativas (que corresponden a
las ciencias humanas) y discriminativas (que corresponden a las ciencias
naturales). Las disciplinas que, a su vez, tratan de la semiótica y la
semiología son metasemióticas y metasemiologías. Además, y en un intento de
reformular algunas de las observaciones de Propp, propusieron un nuevo modelo de
estructura narrativa profunda que se basaba en las claves de la lingüística de
Saussure, pues mantenían que los relatos estaban estructurados del mismo modo
que lo estaba el signo lingüístico. Por una parte, explicaron que las unidades
elementales de los relatos no eran referenciales, y por lo tanto comparables a
los fonemas, pues ninguna conexión necesaria (sino arbitraria) unía el
significado aparente y el sentido real. Por otra parte, explicaron que el
sentido de las unidades elementales de la narración se podían poner al
descubierto mediante un modelo de oposiciones mutuas, que formaban un núcleo
semántico invisible, y que servía como base al texto visible y daba a la
narración su significación esencial .
Pero tal vez el más reconocido
semiólogo del estructuralismo francés fue Roland Barthes, uno de los primeros en
llevar hasta las últimas consecuencias la aplicación del modelo saussureano al
estudio de hechos no lingüísticos. En su libro Elementos de Semiología (1964),
explicó que toda vez que se instaura una forma observable e interpersonal de
comportamiento sígnico visible, es posible hablar de la existencia de lenguaje.
Indicó también que este lenguaje es antes que todo verbal, que la verbalización
es la forma misma del pensamiento, y que no se puede pensar sin hablar. Creía
por eso que la semiología no es otra cosa que un capítulo de la lingüística, y
que la ciencia del lenguaje verbal es la única que puede explicarnos tanto la
estructura de la mente como del inconsciente . Así, para Barthes, la teoría de
la significación y la teoría de la comunicación tienen un objeto primario que es
la lengua verbal, mientras que todos los otros sistemas llamados también
“lenguajes” (como la moda o la cuisine) no son otra cosa que aproximaciones
imperfectas al lenguaje verbal. Es por eso, afirma, que cualquier clase de
experiencia humana, así como cualquier otra clase de contenido expresable
mediante otros artificios semióticos, debe poder ser traducido en términos
verbales, sin que sea posible lo contrario .
Asimismo, en la línea de la
Semiología, hemos de ubicar la obra de Yuri Lottman, quien, pese a su gran
originalidad en el ámbito de la semiótica soviética, es también en gran medida
un continuador del formalismo ruso, en la medida de que el modelo lingüístico es
para él el patrón de análisis de los textos literarios. Por ejemplo, en su libro
Estructura del texto artístico (1973), Lottman explicó que la necesidad del arte
es afín a la necesidad del conocimiento, y que el arte es una forma de
conocimiento de la vida, es decir, un eslabón de la lucha del hombre por la
verdad. Explicó que el arte se inscribe en las formas de interacción del hombre
con el medio que lo rodea, y que se puede representar esta interacción como: “la
obtención y desciframiento de una cierta información”, pues el hombre se ve
inevitablemente inserto en un intenso proceso de desciframiento de las señales
que le envía la vida. En este contexto, y valiéndose de una lista larga de
autores y poetas que han creído ver a las cosas del mundo, es decir, al
Universo, como una forma de oscuro lenguaje, Lottman explicó que el arte es una
forma de lenguaje, si bien es cierto que de un tipo muy peculiar: “Al crear y
percibir las obras de arte, el hombre transmite, recibe y conserva una
información artística de un tipo particular, la cual no se puede separar de las
particularidades estructurales de los textos artísticos en la misma medida en
que el pensamiento no se puede separar de la estructura material del cerebro”.
Así, no es extraño que acabe manifestando expresamente su adhesión a la
Semiología, es decir, a la idea de que todo sistema de significación está
organizado bajo la forma de un lenguaje: “El arte es un medio peculiar de
comunicación, un lenguaje organizado de un modo peculiar (dando al concepto de
lenguaje el amplio contenido que se le confiere en semiología: “un sistema
organizado que sirve de medio de comunicación y que emplea signos”. Más
adelante, refiere más explícitamente esta idea, al explicar que el arte es uno
de los medios de comunicación, pues realiza una conexión entre el emisor y el
receptor. Igualmente, que todo sistema que sirve a los fines de comunicación
entre dos o numerosos individuos, puede definirse como lenguaje, y por eso es
que podemos hablar de “lenguas” no sólo al referirnos al ruso, al francés o al
hindi, sino también al referirnos a las costumbres, rituales, comercio, ideas
religiosas, o también de “lenguajes” del teatro, del cine, de la pintura y de la
música .
2.3.2. Semiótica.
Por haber determinado el estatuto
general de la corriente que inaugura, el padre de la corriente “Semiótica” puede
decirse que ha sido Peirce. Sin embargo, además de él, en la línea de la
Semiótica es posible ubicar otros cuantos autores.
Entre ellos, destacan los
trabajos realizados por el filósofo alemán Ernest Cassirer, cuyo mérito consiste
en haber planteado algunas interrogantes filosóficas acerca de las leyes y
reglas específicas que gobiernan todos los sistemas simbólicos, y sobre sus
diferencias específicas con los sistemas lógicos, que en Peirce estaban todavía
con límites bastante difusos y poco indiferenciados. En tal sentido, en su
importante obra Filosofía de las formas simbólicas, Cassirer formuló estos dos
principios: 1) que el lenguaje posee una función netamente instrumental, pues no
existe para denominar una realidad preexistente, sino para articularla y
conceptualizarla. Esta capacidad de los simbólico, explicó, es la que distingue
al hombre de los animales, que sólo poseen sistemas de recepción y de acción; y
2) que, en tal sentido, el lenguaje verbal no es en modo alguno el único que
disfruta de dicha condición, pues ese carácter lo comparte con muchos otros
sistemas simbólicos o, más precisamente, con otras “formas simbólicas” de la
actividad humana y que no coinciden estrictamente con el dominio lingüístico,
como el mito, la religión, el arte, la ciencia y la historia .
Otro autor
importante en la línea de la Semiótica, venido de las filas de la Lógica, con
herencia en Frege, Russel y Carnap, es el lógico y filósofo norteamericano
Charles Morris: Este autor debe clasificarse en la línea Semiótica en virtud de
que, al igual que Peirce, a partir de su definición del signo sin tener en
consideración el elemento de “intencionalidad” en su producción, declaró –por
ejemplo, en su Foundations of the Theory of Signs (1938)- que “la semiótica no
tiene nada que ver con el estudio de un tipo de objetos particular, sino con los
objetos comunes en la medida en que (y sólo en la medida en que) participan en
la semiosis”. Morris formuló claramente una serie de distinciones, como la
diferencia entre designatum y denotatum: “El designatum no es una cosa, sino una
especie de objetos o una clase de objetos; ahora bien, una clase puede tener
muchos elementos, o un solo elemento, ningún elemento. Los denotata son los
elementos de una clase”. Asimismo, corresponde a Morris haber aportado al
“dominio semiótico” una de las clasificaciones fundamentales de los niveles de
análisis semiótico de todo signo, y que ha sido ampliamente aceptados entre los
medios científicos. En su libro Signs, Language and Behavior (1946), explicó que
el signo puede considerarse en tres dimensiones: 1) el nivel semántico:
relaciones de los signos con los designata o denotata; 2) el nivel sintáctico:
relaciones de los signos entre sí, en el sentido de integrar el signo en
secuencias complejas compuestas e integradas por otros signos, según ciertas
reglas combinatorias; y 3) el nivel pragmático: relaciones de los signos con sus
usuarios, emisor y receptor .
En la línea de la Semiótica hemos de ubicar
también al italiano Ferruccio Rossi-Landi, quien en su libro Il linguaggio come
lavoro e come mercato (1968) discriminó entre “semiótica” como teoría general de
los signos, y “semiología” como ciencia de los signos ya codificados.
Posteriormente, en su libro Semiótica e ideología (1973) profundizó más aún en
la distinción, y reservó así el nombre de “semiología” a aquellas reflexiones
relacionadas con el área de la semántica y la lingüística, en tanto se oponen a
la “semiótica” como una teoría general de alcance más amplio .
En esta línea
también se ubica Umberto Eco. Éste, en su libro El Signo (1976), planteó la
disyuntiva entre dos maneras de considerar la “semiótica”: 1) como “la forma más
técnica de una filosofía de la significación (que pone en crisis las filosofías
ingenuas del lenguaje)”, y 2) como “una técnica de investigación de la que se
apropia la filosofía del lenguaje para hablar de los signos”. Finalmente, acabó
definiendo a la semiótica como: “La disciplina que estudia las relaciones entre
el código y el mensaje, y entre el signo y el discurso” .
Ocaso y
decadencia.
Finalmente, y luego del auge estructuralista de los años
sesenta, corresponde hablar de una última etapa de la Semiótica, una etapa de
decadencia y ocaso, es decir, una etapa en que comienzan a manifestarse algunas
de las críticas más radicales a muchos de los supuestos teóricos fundamentales
del legado clásico de la Semiótica, como las nociones de estructura y de signo.
Esta etapa encuentra su contexto en el clima político y cultural de los sesenta,
y fundamentalmente en el giro hacia la “izquierda” de las perspectivas del
dominio semiótico, y forma parte de un movimiento heterogéneo que ha sido
determinado bajo el nombre genérico de “posestructuralismo”.
El
posestructuralismo ha sido diversamente definido, una veces como una
continuación y extensión del estructuralismo, otras veces como un rechazo y
crítica de éste, y otras veces –tal como su nombre lo indica- como un movimiento
que existe al mismo tiempo como continuación y ruptura del estructuralismo. pero
existe sin embargo el consenso de que lo característico en él es siempre un
desplazamiento del interés del significado al significante, de la expresión a la
enunciación, de lo espacial a lo temporal y de la estructura a la
“estructuración”, y que manifiesta una desconfianza radical hacia cualquier
teoría totalizadora, es decir, un escepticismo hacia la posibilidad de construir
–tal como se proponía al menos en la Semiología- un metalenguaje universal que
pudiera estabilizar y explicar todos los otros discursos, ya que tanto los
signos del metalenguaje como los de su objeto, están en sí mismos animados por
un proceso de deslizamiento e indeterminación. El posestructuralismo, así,
supone una crítica de los conceptos de signo estable, de sujeto unificado, de
identidad y de verdad .
En cierta medida, esta etapa de ocaso puede encontrar
su comienzo en algunas de las observaciones del marxista-estructuralista Louis
Althusser, especialmente con su teoría de la ideología. En efecto, a partir de
la relectura estructuralista que éste realizó a la teoría de Marx, consideró la
ideología como un “sistema” (con su propia lógica y rigor) de “representaciones”
(imágenes, mitos, ideas o conceptos) que existen y desempeñan un papel histórico
dentro de una sociedad dada. Así, en For Marx, definió la ideología como: “Una
representación de relación imaginaria de los individuos con las condiciones
reales de su existencia”, y explicó que esta funciona a través de la
“interpelación”, es decir, a través del papel en las prácticas sociales y las
estructuras que los individuos aceptan sin reflexionar, constituyendo así su
condición de sujeto social. Esto es una novedad, pues considera a la ideología
no como una forma de falsa conciencia derivada de unas perspectivas parciales y
deformadas por las diferentes posiciones de clase, sino más bien como una
característica objetiva del orden social que estructura la misma experiencia .
Estas perspectivas semióticas críticas de la noción clásica de estructura llevó
adelante un trabajo subversivo, cuestionando las nociones convencionales de la
historia, sociedad, significación y subjetividad humana, que no habían sido
jamás puesta bajo la lupa en el dominio semiótico y se aceptaban
pasivamente.
Decisiva a los efectos de una crítica general del signo ha sido
también la obra de Jacques Lacan en nombre de la experiencia psicoanalítica,
crítica situada, en su caso, no al nivel del signo en su conjunto, sino antes
bien al nivel de la cadena significante. Para Lacan, el descubrimiento del
inconciente es el descubrimiento de un sujeto cuyo lugar, excéntrico para la
conciencia, no puede determinarse sino mediante ciertas reiteraciones del
significante y las leyes de los desplazamientos del mismo. Así, la definición
del signo que propuso involucraba tres puntos:
1. La idea de que la barra
del algoritmo “/” de la fórmula del signo (significante / significado) debe ser
entendida literalmente, es decir, como aquello que se opone a la significación,
una barrera resistente a la significación y que no indica un paso, sino el
funcionamiento propio del juego formal del significante, irreductible a leyes
combinatorias de elementos diferenciales y a leyes de “contenido” o “sentido”,
aunque paradójicamente son éstas mismas leyes, en sí mismas carentes de sentido,
las que rigen el orden del sentido.
2. Al hablar de “significación”, la
unidad pertinente ya no es el signo mismo, sino la cadena significante, que
engendra un efecto de sentido, en el momento en que vuelve sobre sí misma y su
final permite interpretar retroactivamente su comienzo. Así, el significado para
Lacan se desliza bajo el significante, sin que se pueda establecer de manera
válida una correspondencia a cada instante, ya que la significación aparece
entonces en momentos de puntuación.
3. Finalmente, y desde que la discusión
se desplaza del el signo hacia la cadena significante, la definición del
significante se articula en un sistema regido por tres términos vinculados entre
sí: A) la Vacilación: pues si el significante solo cumple su función de
engendrar constantemente significación, al eclipsarse para dejar su lugar a
otro, con el cual hará cadena, llegar a la significación es llegar a la
condición de un rasgo diferencial y combinable oscilante o batiente, y que será
impulsado hacia atrás por otros rasgos que se suman a él. Así, Lacan designa al
significante no con un término, sino con una fórmula que involucra al menos dos:
S2, la cadena de significantes desarrollada hasta un momento dado; y S1, el
significante agregado que la proyecta hacia delante. B) el Sujeto: pues la
autonomía y la primacía del significante se demuestra destacando, en su
registro, un discurso inconsciente cuyo sujeto está en posición de enunciación ,
pero que no está en ninguna parte antes del significante, ni fuera de él, sino
que es una “función de ausencia” cuyo lugar, descentrado, ocupa el significante:
“El registro del significante se instituye por el hecho de que un significante
representa un sujeto para otro significante”. C) Objeto: aquello hacia lo cual
avanzan lo escrito o el discurso: aquello sin lo cual no habría cadena en
movimiento, y que también está descentrado con relación a aquello que el
enunciado designa.
Pero tal vez el mayor representante del llamado
“posestructuralismo” ha sido Jacques Derrida, con su deconstrucción, movimiento
que tuvo como uno de sus pilares principales la idea de que el giro típico del
estructuralismo hacia la sistematicidad debía ser confrontado con todo aquello
reprimido y excluido de ésta, y que proponía así una crítica situada al interior
del signo . Derrida, es cierto, adoptó palabras claves dentro del vocabulario
saussuriano, como “diferencia”, “significante” y “significado”, pero las
desarrolla al interior de una estructura transformada.
El énfasis de Saussure
en los contrastes binarios como la fuente del significado en el lenguaje, da
lugar a la visión de Derrida de la lengua como un lugar de “juego semiótico”, un
campo indeterminado de infinitos deslizamientos y sustituciones. Así, la noción
de Saussure de la relación diferencial entre los signos, es reescrita por
Derrida como una relación en el interior de los signos. En efecto, los signos no
sólo se diferencian, como decía Saussure, los unos de los otros, sino que
también se diferencian de sí mismos, en la medida en que su propia naturaleza
constitutiva es de un constante desplazamiento. Contra el rumbo tradicional de
la semiótica que consideraba el signo como la unión indisoluble de dos términos,
“las dos caras de una sola y única producción”, Derrida propuso la idea de que
esas distinciones suponen que, al menos por derecho, el significado (como puro e
inteligible) es pensable en sí mismo independiente de lo que expresa, inmediato
y trascendental. Más aún Derrida estableció que una distinción del tipo
interior-exterior, como fundamento del signo, aparece superada, desde el exacto
momento en que todo proceso de significación es un juego formal de diferencias,
pues para que se instituya tal juego es absolutamente necesaria la existencia de
un sistema de las diferencias, la producción sistemática de la diferencia. Es
preciso tener en cuenta que en el nivel del signo, la distinción
significante-significado sigue siendo indispensable, pues si la primacía del
significante quisiera decir para Derrida que no hay lugar para una diferencia
entre significado y signifcante, la palabra msima significante carecería todo
posible significado. Lo que él indica, en cambio, es que algo funciona como
significante hasta en el signo mismo, “el significado ya está siempre en
posición de significante”, conforme al funcionamiento de la huella. Así, el
signo, en perfecta simetría de dos términos, no pasa de ser un “artificio
estructural” que es sumamente difícil evitar, y que es preciso en todo tiempo
deconstruir.
Asimismo, corresponde a Derrida proponer algunos cuantos
conceptos importantes del dominio semiótico:
- El de huella, es decir: la
marca dejada por una cadena infinita de resignificaciones inestables dentro del
contexto ilimitado de la intertextualidad, término que para Derrida significaba
la dependencia de cualquier texto con una gran cantidad de figuras,
convenciones, códigos y otros textos anteriores.
- El de différance: término
que en francés existe en suspensión entre “diferenciar” y “aplazar”, y cuya
diferencia ortográfica –con “a”, en lugar de la convencional “e” de
“différence”- resulta inaudible y, por lo tanto, solo existe como visible en la
escritura, y remite así simultáneamente al sentido saussuriano de diferencia
como elemento espacial constititutivo de la significación, y a un proceso
temporal activo de producción de diferencia a través de aplazamientos en el
tiempo. Así, la différance puede determinarse como el proceso mediante el que
una oposición se reproduce dentro de términos constituyentes, instalando una
alternancia no resulta entre la estructura y aquello que es reprimido ésta.
-
El de logocentrismo, es decir, aquella tradición que asigna los orígenes de la
verdad al logos: bien como palabra hablada autopresente, o la voz de la
racionalidad, o Dios, como reflejo de verdad internamente coherente y
originaria. El logocentrismo asume la existencia de un terreno ontológico o una
matriz estabilizadora fuera de la cual se genera el significado, y que supone un
acceso no mediado a ala verdad y al conocimiento. Por eso, según el pensamiento
de Derrida, mantyener –como hizo Saussure- la distinción esencial entre el
significado y el significante, contenido y expresión, equivale a mantener la
distinción entre lo inteligible y lo sensible, y su trasfondo: la oposición
consciencia-exterior que, históricamente, está unida al privilegio acordado al
hablar (a la voz) sobre la escritura, tal como el discurso
idealista-logocéntrico de la metafísica proponía.
- El de fonocentrismo:
relacionado con el anterior, pues la creencia de que los sonidos fonéticos
pueden representar de forma adecuada aquella serie de significados que están
presentes en la conciencia del hablante, mientras que la escritura constituye un
segundo grado de mediación de habla autoparlante. Ambos conceptos, explica
Derrida, han generado una matriz de binarismos clásicos (voz-escritura;
sonido-silencio; presencia-ausencia,; etc.), en los cuales el primer término de
cada par resulta siempre privilegiado. Asimismo, corresponde a Derrida el haber
demostrado el modo en que ambos conceptos ilustran a la perfección la matriz
general de las posturas saussurianas, que es el patrón más difundido de toda la
Semiótica.
- El de archiescritura: es decir, una forma de rescribir la
relación entre el lenguaje, habla y la escritura, y que quiere significar una
conceptualización de la escritura ampliamente extendida mediante la cual se
convierte en modelo de todas lñas operaciones linguísticas como prácticas de
articulación y diferenciación, una potencialidad general que garantiza la
posibilidad de ambas lenguas: la hablada y la escrita.
- El de Gramatología,
es decir: un proyecto que se opone al modelo saussuriano, y que significa
aquella disciplina que estudiará la ciencia de la escritura (en su nuevo
sentido) y de la textualidad en general.
Sin embargo, tal vez la verdadera
crítica a la Semiótica ocurrió con la obra de Julia Kristeva, quien trajo la
crítica de la matriz del signo al interior mismo de la disciplina. En su libro
Semiótica, propuso definir la “semiótica” como un discurso técnico, surgido de
una aspiración a convertirse en una ciencia empírica que tiende a construir el
modelo de las prácticas significantes con ayuda de fórmulas lógicas, matemáticas
y lingüísticas, como así también del concepto de “texto” entendido como
productividad. Este concepto de texto le posibilita abrir la semiótica, como
ciencia de la significación, hacia la significancia (signifiance), concepto de
herencia psicoanalítica con el que se quiere significar el trabajo específico de
la lengua ocurrido antes que todo acto enunciativo estructurado, y en un nivel
de alteridad con respecto a todo uso de la lengua. Al mismo tiempo, el concepto
de “práctica significante” es un instrumento generalizable a todas las
modalidades del sentido, por lo que estableció un modelo semiótico diferente a
los existentes, al que llamó semanálisis. El semanálisis, es una “reflexión
sobre el significante que se produce en el texto”, por lo que aplicar dicha
teoría consistirá en saber demostrar de qué manera se manifiesta el proceso de
generación del sistema significante (geno-texto) en el texto específico
(feno-texto). A esta ciencia, Kristeva le adjudica dos tareas o dos partes
principales: 1) el estudio de los presupuestos de sus formulaciones tomadas de
ciencias anexas y la necesidad de su aplicación al sistema significante
estudiado, y 2) el estudio de su propia emergencia al margen de la ideología.
Teóricamente, el semanálisis tiene el propósito de atravesar el enunciado, su
organización, su gramática y su ciencia, para “llegar a esa zona donde se reúnen
los gérmenes de lo que significará en la presencia de la lengua”, por lo que
tiene también el propósito de producir una apertura en conceptos clásicos como
los de signo y estructura. En cambio, Kristeva reservó el nombre de “semiología”
para el punto de partida de la elaboración de un discurso crítico y autocrítico
nuevo que, desde el interior de aquella cientificidad, denunciara su teoría a
través de dos caminos: 1) pensando las prácticas significantes a partir de las
armas que le suministran las disciplinas científicas o filosóficas que tratan de
la actividad significante, y 2) abordando sus elementos (conceptos, unidades,
fórmulas) como otros tantos signos enlazados a ideas cuyo funcionamiento
ideológico hay que descifrar .
3. Los grandes temas de la
Semiótica.
Sin embargo, y pese a sus diferencias teóricas, entre
Semiología y Semiótica es posible reconocer una serie de problemas y cuestiones
en común, y que en su conjunto, conforman aquello que hemos denominado el
“dominio semiótico”. Umberto Eco, en su Tratado de Semiótica General, explica
que estos problemas pueden clasificarse, en términos genéricos, en dos grandes
grupos :
1) una Teoría de los Códigos; y
2) una Teoría de la
Producción se signos.
A su vez, incluía en cada una de estas
perspectivas una serie de problemas y debates característicos. Naturalmente,
cuestiones de espacio nos impiden proponer siquiera un panorama aproximado de
ambos conjuntos de problemas. Así, hemos optado por repasar a continuación,
algunos de los más importantes en cada una de esas líneas, así como también las
diferentes soluciones que se han dado sobre ellos, sin intentar distinguir
–salvo que expresamente se indique otra cosa- si estas soluciones provienen de
la Semiótica o de la Semiología: las Teorías del Signo, y la Tipología de los
Signos.
3.1. Las teorías del signo.
Según Anonio Tordera Sáez, del
repaso de la mayor parte de trabajos hasta hoy realizados en el dominio de la
Semiótica, es posible recuperar, a grandes rasgos, tres modelos o tres grandes
vertientes al momento de conformar el concepto de signo : 1) como una unidad
binaria; 2) como un mensaje; y 3) como una praxis. Repasaremos brevemente, a
continuación, estas tres perspectivas.
1º) Primeramente, es posible
reconocer un modelo, que partiendo desde una perspectiva estructural, considera
el signo como un entidad definida por la unión arbitraria de la pareja de lo que
hoy, a partir del ejemplo de Saussure, reconocemos como “significante” y
“significado”. Es decir, considera al signo como una estructura
binaria.
Dicha definición estuvo presente en muchos autores. Así, por
ejemplo, Hobbes, en su Leviatán, refiere que un signo “es el antecedente
evidente del consecuente, o, al contrario, el consecuente del antecedente,
cuando se han observado antes otras consecuencias semejantes; y cuantas más
veces se han observado, menos incierto es el signo” . Igualmente, Wolf, en su
Ontología, explica que un signo “es un ente del que se infiere la presencia o la
existencia pasada o futura de otro ente”. También entre los estoicos, Sexto
Empírico había dicho que un signo es “una proposición constituida por una
conexión válida y reveladora del consecuente”. Posteriormente, Husserl, en sus
Investigaciones lógicas, proporcionó una definición muy similar a la que los
formalistas dieron del término “estructura”: si dos elementos, dice Husserl, se
ubican juntos y constituyen entre sí una relación, esos dos elementos son la
materia frente a la forma de esa relación .
Sin embargo, éste modelo del
signo encuentra su pleno desarrollo en las observaciones de Ferdinand de
Saussure. Éste, según reza el Curso de Lingüística General, dio una definición
del signo cuyo último sentido se da en el interior de un sistema sincrónico
previa abstracción del nivel histórico o diacrónico, modelo que ha sido
construido en base al deseo de aislar el objeto de la lengua y constituir a la
lingüística en una ciencia específica. El signo, tal y como lo concibió Saussure
(en respuesta al nomenclaturismo que creía que el signo es la unión de una cosa
y un nombre) es una entidad, esto es, un objeto, compuesto por dos términos: un
concepto y una imagen acústica. De allí que Sauussure dice: “Llamamos signo a la
combinación del concepto y de la imagen acústica”, aunque más adelante se decide
por una modificación en la nomenclatura y señala: “proponemos conservar la
palabra signo para designar el conjunto, y reemplazar concepto e imagen acústica
respectivamente con significado y significante” . Puesto que el signo, tal como
lo concibe Saussure, únicamente se concibe en tanto que signo “lingüístico”, es
que establece los dos caracteres fundamentales de los signos que ya hemos
referido: la “arbitrariedad” y la “linealidad”.
Posteriormente a Saussure,
otros autores han seguido esta perspectiva. Así, por ejemplo, Louis Hjelsmlev,
en sus Prolegómenos, desarrolló su idea de una semiótica como la interacción
entre un plano de la expresión y un plano del contenido, pero que, al centrarse
en los aspectos puramente formales y haciendo abstracción del contenido,
concluye en una teoría del signo que “se basa en la interacción entre la forma
de la expresión y la forma del contenido” . En este sentido, pues, como
decíamos, Hjelmslev se inscribe en la tradición saussureana al considerar al
signo bajo una naturaleza bilateral. Hay que señalar, sin embargo, que la
definición del signo establecida por Hjelmslev no es idéntica a la establecida
por Saussure. En efecto, de las formulaciones de Saussure se desprende que éste
consideraba al signo como un objeto, es decir, como una unidad compuesta de
otros tantos elementos: el significante y el significado. Hjelmslev, en cambio,
considera que el signo es, antes que un compuesto resultante de la reunión de
dos elementos, el artificio de la reunión en sí mismo, es decir, la articulación
que une los dos planos (el de la expresión y el del contenido). Es por eso que
Hjelmslev prefiere comenzar paulatinamente a dejar de lado la noción de signo,
tal como la recibió de Saussure, para atender más especialmente a lo que llamó
la “función signo”, la función articuladora entre los dos planos de que se
compone el signo, camino que, más tarde, retomaría Eco .
2º) Por otra
parte, es posible hablar de un segundo modelo que parte del concepto de
“mensaje” que es posible trasmitir, entre un emisor y un receptor, gracias a un
código en común. Esta concepción del signo parte de la Teoría Matemática de la
Información propuesta por Shannon y Weaber hacia 1949 para el análisis de la
comunicación en el ámbito de la ingeniería eléctrica. Este modelo –que también
aparece en las formulaciones de Saussure, aunque éste rechazó su pertinencia
científica- comparte con el anterior la idea de abordar todo texto como un
sistema autónomamente significativo, basado en un conjunto estable de
relaciones, que suele representarse, a partir del ejemplo de Jakobson en su
estudio de las funciones del lenguaje, de este modo :
fuente ---
transmisor ---- señal ---- canal ----- señal --- receptor ---- mensaje ---
destinatario.
------------------------ código
-------------------------------
La lectura de éste esquema es el
siguiente: un suceso determinado es considerado como fuente de una información a
transmitir; la información, así, comienza a circular desde el momento en que un
transmisor emite una señal a través de un determinado canal, hasta que es
recibida por un receptor; al final de la cadena, aparece la imagen de un
destinatario, capaz de convertir la señal que le llega en un mensaje, merced al
artificio de decodificación que realiza. En este modelo, Eco llama, pues,
código, al “artificio que asegura la producción por parte de determinada señal
eléctrica de determinado mensaje mecánico capaz de provocar una respuesta
determinada” . Así, los códigos, en una perspectiva comunicativa como la que
estamos considerando, los códigos se presentan como estructuras: “sistemas (i)
en que los valores particulares se establecen mediante posiciones y diferencias
y que (ii) se revelan sólo cuando se comparan entre sí fenómenos diferentes
mediante la referencia al mismo sistema de relaciones” .
En esta línea se
ubican varios autores. Por ejemplo, debe incluirse la concepción de los signos
que insistía en las formulas de pensadores como Buyssens y Segre. Cuando Eco,
por ejemplo, estableció la diferencia entre un señal -“unidad pertinente de un
sistema que puede convertirse en un sistema de expresión correlado a un
contenido, pero que podría también seguir siendo un sistema de elementos físicos
carentes de función semiótica”- y un signo -“constituido por uno (o más)
elementos de un PLANO DE LA EXPRESIÓN colocados convencionalmente en correlación
con uno (o más) elementos de un PLANO DEL CONTENIDO”-, indicó que la diferencia
entre ambas sólo puede plantearse en el seno de una teoría de la información en
sentido restringido, pues desde una teoría semiótica general, no existen entre
ellos sensibles diferencias . En cambio, pensadores como Buyssens y Segre, al
momento de referirse acerca de si los llamados “signos naturales” deben ser
considerados desde una perspectiva semiótica y, más específicamente, acerca de
si realmente corresponde clasificarlos dentro de la categoría de los “signos”,
concluyen resueltamente que no, puesto que en los “signos naturales” –signos sin
emitentes intencionales, que proceden de una fuente natural y que son llamados
síntomas o indicios-, no cumplen las condiciones de los verdaderos signos, es
decir, que sean emitidos por un emisor (humano o animal), concientemente, a base
de convenciones precisas, para comunicar algo a alguien .
También es similar
la concepción del signo (en particular del signo artístico, o del texto
artístico como un signo autónomo) que desarrolló Yuri Lottman. En uno de sus
trabajos, La estructura del texto artístico, parte de la idea, ya desarrollada
por otros autores, de que el mundo que rodea al hombre habla muchas lenguas, y
que es propio de la sabiduría del hombre comprenderlos a todos. Así, explica, el
arte representa un generador magnífico y organizado de un tipo muy particular de
lenguaje, que sirve para transmitir al hombre determinados conocimientos, y que
la frecuencia con que el arte ha sido comparado con el lenguaje, con la voz, es
una “prueba” de que los vínculos de comunicación social son el fundamento mismo
de la actividad artística. Aclara, sin embargo, que la particularidad del
lenguaje artístico debe buscarse, precisamente, en el tipo de información que
transmite: una información artística, que no puede ser separada de las
particularidades estructurales de los textos artísticos que la proyectan. Por lo
demás, hay que recordar que Lottman entiende por “lenguaje” aquello que se
reconoce como tal en semiología: “cualquier sistema organizado que sirve de
medio de comunicación y que emplea signos”, lo que le permite analizar el
lenguaje artístico (literario) como un texto .
3º) Finalmente,
también es posible reconocer una tercera línea o un tercer modelo que se
fundamenta en la Semiótica de Ch. S. Peirce, quien a diferencia de las demás
propuestas no define el signo en términos de “entidades” y “relaciones”, sino
que pone especial énfasis en la tarea de describir las condiciones necesarias
para que cualquier hecho, objeto o situación funcione como signo, lo cual
implica dar primacía a la praxis como una dimensión desde la que es concebida la
significación. Se trata de aquella teoría que distribuye el proceso
significativo, y en especial el signo, en sus reales dimensiones como un proceso
social compuesto no por dos, sino por tres elementos, y que es la línea tal vez
más fecundamente trabajada por los semiólogos, de la cual solo ofreceremos los
autores más importantes.
El gran aporte de Peirce fue haber advertido, entre
el signo y el objeto, una tercera unidad, a la que llamó interpretante. Éste
definió así el signo: “Un signo o representamen es algo que está en alguien por
alguna cosa, en algún aspecto o capacidad. Se dirige a alguien, es decir, crea
en la mente de esta persona un signo equivalente, o quizás un signo más
complejo. A este signo que crea lo llamaré interpretante del primer signo. El
signo está por algo que es su objeto. Está por este objeto no bajo todos los
aspectos, sino con referencia a una especie de idea que tal vez he llamado el
fundamento del representamen”
Para comprender esta definición, hay que
vincularla con la idea que Peirce tenía de la experiencia, la que entendía se
organiza siempre en tres niveles, pues para Peirce el signo es una de esas
relaciones de tres términos, y de allí que también haya definido al signo
también de esta otra manera: “Un Signo, o Representamen, es un Primero que
mantiene con un Segundo, llamado su Objeto, tan verdadera relación triádica que
es capaz de determinar a un Tercero, llamado su Interpretante, para que éste
asuma la misma relación triádica con respecto al llamado Objeto que la existente
entre el Signo y su Objeto” .
1. La Primeridad: .
2. La Secundaridad:
3. La Terceridad:
De estos tres elementos (representamen,
interpretante y fundamento) el llamado “interpretante” es el que ha generado los
mayores problemas. Unas veces, suele confundírselo equivocadamente con la figura
del intérprete; otras veces, se simplifica el problema utilizando una
nomenclatura más convencional, diciendo que aquello que Peirce denomina
interpretante se corresponde al significado (así como el signo se corresponde
con el significante; y el objeto con el referente). Sin embargo, el
interpretante es un problema lógico y filosófico: el interpretante no es el
intérprete del signo, sino lo que garantiza la validez del signo aun en ausencia
del intérprete: el Interpretante es aquello que provoca el proceso de
eslabonamiento entre las instancias, es decir, el objeto y el efecto que el
signo produce. Para decirlo de otro modo, el interpretante es aquello que el
signo produce en la mente del intérprete, y por eso puede concebirse como la
definición del representamen, y así el interpretante es otra representación
referida al mismo objeto.
De este modo, pues, en la propia definición del
signo dada por Peirce se advierte un fenómeno denominado “semiosis ilimitada”:
en efecto, si para establecer el significado de un significante, se necesita
nombrar el primer significante que puede ser interpretado por otro significante,
y así sucesivamente, al final de la cadena, se llegará a un punto –que Peirce
entendía como un Signo mayor o Signo de sí mismo, que contenga su propia
explicación y la de sus partes significantes- que se identifica con el campo
semiótico en su totalidad, como una gran estructura que conecta todos los puntos
entre sí. Tal circunstancia, sirve para demostrarnos que la semiosis se explica
a sí misma, pues la significación, y también la comunicación, opera mediante
desplazamientos continuos, que refieren un signo a otros signos o a otras
cadenas de signos, en un proceso sin principio ni fin. Para ilustrar este
fenómeno, suele proponerse el ejemplo del diccionario, en que cada término se
refiere a otros términos, en un proceso sin principio ni fin. Conviene aclarar,
sin embargo, que esta teoría no tiene nada de psicologismo, pues la conversión
infinita del signo en interpretante(s) no se de en la mente del usuario, sino en
el sistema de signos que el usuario utiliza .
En esta misma línea debe
incluirse también la definición del signo dada por Charles Morris, quien a
partir de las observaciones de Peirce desarrolló su semiótica pragmática. Éste,
en efecto, en su Foundations of the Theory of Signs (1938), desarrolló una
teoría del signo también muy similar a la de Peirce, en la medida en que, en su
opinión, “algo es un signo sólo porque un intérprete lo interpreta como signo de
algo” . De allí que la tricotomía que establecía para el concepto de signo como
una entidad distribuida en tres dimensiones: a) vehículo sígnico (significante);
b) designatum (significado); y c) denotatum (referente) , pone el acento en la
tarea interpretativa del signo, y no en su propia naturaleza. La diferencia es,
sin embargo, que en la pragmática de Morris, se pone el acento menos en la
relación que el interpretante tiene con otros interpretantes en la cadena sin
principio ni fin de la semiosis, cuanto en la tarea y la praxis que el usuario
hace de este dispositivo.
En esta línea puede incluirse también a Umberto
Eco. Éste, explicó que la definición que da la lingüística del signo como si
fuera un mensaje, y que reduce como tal su campo de estudio únicamente a
aquellos artificios que permiten de alguna manera una interacción entre dos
sujetos –como las palabras, o algunas siglas y convenciones de señalización-, es
demasiado restrictiva del verdadero “dominio semiótico”, que está también
compuesto, en gran medida, de elementos no meramente comunicativos, sino también
significativos, como los fenómenos naturales. Dice –criticando la teoría del
signo únicamente como un elemento del proceso de comunicación- que no solamente
el hombre que vive en el seno de una sociedad industrializada propia de la época
contemporánea está inmerso en un universo de símbolos, sino que también alguien
que, por ejemplo, estuviera abandonado en una isla desierta, no podría dejar de
advertir que está rodeado de símbolos –por ejemplo: ve las nubes en el cielo y
puede predecir el tiempo que hará; el color de las hojas le anunciaría los
cambios de estación; el movimiento del sol le ilustraría sobre los puntos
cardinales; una huella en el terreno le indicaría sobre la presencia de algunos
animales; etc.-, pero esto no porque las cosas de la naturaleza posean
cualidades significativas intrínsecas, sino porque ese hipotético Crusoe (al que
Eco llama Sigma) vive en la sociedad incluso cuando está solo, es decir, porque
participa de una tradición que le ha enseñado a leer las cosas como signos de
otras . De ahí, pues, su definición del signo: “Existe signo siempre que un
grupo humano decide usar una cosa como vehículo de cualquier otra” , o: “Hay un
signo cuando, por convención previa, cualquier señal está instituida por un
código como significante de un significado”, criterio amplio que le permite
incluir:
a) los procesos de comunicación, esto es, los casos en que “un
emisor transimte intencionalmente señales puestas en código por medio de un
transmitente que las hace pasar a través de un canal”; y
b) los procesos de
significación, esto es, “cuando el emisor no emite intencionalmente y aparece
como fuente natural” .
En este sentido, Eco se reconoce explícitamente un
seguidor de la línea de Peirce, y es también en alguna medida su culminación
moderna, en el sentido de poner especial cuidado al proceso de ese “poner” que
insiste en el artificio de la significación, es decir, a la tarea pragmática del
estudio de la tradición en que se originan los procesos de constitución de los
signos: “una tipología de los signos deberá ceder el paso a una tipología de los
modos de producción de signos: al mostrar una vez más la vacuidad del concepto
clásico de “signo”, ficción del lenguaje cotidiano, cuyo puesto teórico debe
ocupar el concepto de función semiótica como resultado de diferentes tipos de
operación productiva” .
3.2. La tipología de los signos.
Empero
esto último, los signos han sido clasificados de muy diversas maneras.
Repasaremos, a continuación, algunas de las tipologías más frecuentemente
citadas por los autores:
1º) El Signo según el proceso del que es un
elemento.
Corresponde a Eco haber, sino introducido, al menos puesto bien
en claro esta perspectiva. En su opinión, el signo puede clasificarse en
:
a) El signo como elemento del proceso de comunicación. Esta perspectiva
ocurre toda vez que el signo se utiliza para “trasmitir una información, para
decir, o para indicar a alguien algo que otro conoce y quiere que lo conozcan
los demás también”, y que como tal se inserta en el esquema “fuente – emisor –
canal – mensaje – destinatario”, que reproduce en sus lineamientos más
generales, el esquema que los ingenieros de telefonía han elaborado para
establecer las condiciones óptimas para la transmisión de las informaciones.
b) El signo como elemento del proceso de significación. Esta perspectiva se
presenta toda vez que el signo es utilizado en el seno de una relación, a la vez
estructural y funcional, entre tres elementos: a) un significante (aquello que
los estoicos llamaban semainon, esto es, el signo propiamente dicho, como
entidad física del mundo) ; b) un significado (el semainomenon, es decir, lo que
es dicho por el signo y que no representa una entidad física) ; y c) un
referente (o pragma, es decir, el objeto al cual se refiere el signo y que
vuelve a ser una entidad física, o bien un acontecimiento o una
acción).
2º) El signo según la naturaleza de la fuente que lo
emite.
Eco ha llamado la atención sobre esta clasificación . Según él, los
signos pueden clasificarse tendiendo en cuenta el grado de voluntariedad
inmanente en la construcción del mismo, y así distingue entre tres tipos de
signos:
a) Signos artificiales: son aquellos que alguien, hombre o
animal, emite conscientemente, a base de convenciones precisas, para comunicar
algo a alguien, como las palabras, los símbolos gráficos, los dibujos, las notas
musicales, etc.
b) Signos naturales: son aquellos en que no existe la
categoría del emisor, sino que emanan de una fuente natural y que como tal solo
devienen signos en virtud de la tarea del interpretante, como los llamados
síntomas o indicios: las manchas en la piel que permiten al médico diagnosticar
una enfermedad, o las nubes que anuncian la llegada de la lluvia.
c) Signos
expresivos: son aquellos de naturaleza intermedia entre los naturales y los
artificiales. Son artificiales en el sentido de que dependen de un emisor, es
decir, que son signos emitidos por alguien que no es una fuente natural. Pero
son también, en algún punto, naturales en la medida en que el emisor no los
emite voluntariamente, sino que se tornan en símbolos, básicamente, a partir de
la actividad de un interpretante. Tal es el caso, por ejemplo, del rostro de
alguien que es síntoma de su estado depresivo, o en las muestras de alegría no
voluntarias.
3º) El signo según el tipo de trabajo físico requerido para
producir la expresión.
Explica Eco que, desde esta otra perspectiva, los
signos pueden clasificarse en:
a) Reconocimiento: aquel signo que se
produce a partir de un objeto o acontecimiento o fenómeno determinado ya
existente en el mundo de los hechos (llamado huella, síntoma o indicio),
producido intencionalmente o no por la acción humana, que el destinatario
entiende como expresión de un determinado contenido, en virtud de cualquier tipo
de asociación.
b) Ostensión: se produce cuando un objeto o fenómeno existente
en el mundo de los hechos, producido intencionalmente o no por la acción humana
o por la naturaleza, resulta seleccionado por alguien y “mostrado” (ostentado)
como la expresión de la clase a la que pertenece. Un ejemplo cotidiano: levanto
una botella vacía al mozo para indicarle que quiero otra.
c) Reproducción: se
trata de producir, por combinación, unidades expresivas puestas en correlación
arbitrariamente con una o más unidades del contenido, como en el caso de los
sonidos de la lengua verbal (para algunos, este tipo de producción constituye el
único caso de semiosis verdadera).
d) Invención: se trata de un modo de
producción en que el productor de la función semiótica escoge un nuevo material
todavía no segmentado para los fines que se propone, y sugiere una nueva manera
de darle forma para transformar dentro de él los elementos pertinentes de un
tipo de contenido. Se trata, en definitiva, de instituir una correlación –hasta
entonces inexistente- entre un plano de la expresión y un plano del
contenido.
4º) El signo según su grado de especificación
sígnica.
Comentando esta categoría, Eco explica que los signos pueden
clasificarse en dos clases :
a) Signos producidos con el único objeto de
significar: tal es el caso, por ejemplo, de las apalabras, las señales de
tránsito, las órdenes militares, etc., cuyo sentido de existencia es,
precisamente, el de trasmitir informaciones entre sus usuarios.
b) Signos
producidos sin intenciones comunicativas: tal es el caso en que se encuentran
por ejemplo, con objetos tales como un automóvil, de una casa, o de un vestido,
que no fueron creados precisamente con fines comunicativos, pero que pueden sin
embargo ser signos de, por ejemplo, una marca afamada, un estilo arquitectónico,
o el último grito de la moda.
5º) El signo según el canal por el que se
da al receptor humano.
Una perspectiva pragmática de los signos, habría
llevado naturalmente a intentar clasificarlos en virtud del canal o soporte
conforme el cual se presentan a sus usuarios. Así, como explica Eco, se llegó a
algunas clasificaciones desmesuradas en virtud de la heterogeneidad que presenta
el universo material de los signos. En consecuencia, se llegó a la idea de
desplazar el centro de atención ya no hacia el canal del signo mismo, sino hacia
el canal por el que se da, se hace perceptible, a sus usuarios. Así, se ha
llegado a la clasificación de los signos en:
a) Signos olfativos:
comprende toda suerte signos (naturales o artificiales) que se perciben a través
del olfato, como el olor a comida (signo de la cercana presencia de comida), los
perfumes (signos de limpieza, rango social, buen gusto, etc.), los olores de los
animales (utilizados por ello para delimitar territorios); etc.
b) Signos
táctiles: comprende aquella serie de signos percibidos por el usuario a través
del canal sensorial del tacto, como ocurre –ejemplos paradigmáticos- con el
alfabeto Braile, o los gestos y saludos de algunas sectas por contactos
corporales.
c) Signos gustativos: son aquellos que el usuario recibe a través
del canal sensorial del gusto, como los sabores típicos (que pueden ser signos
de alguna nacionalidad) y el grado de concentración de determinados ingredientes
de una bebida (que pueden ser signos, por ejemplo, de una buena o mala cosecha
de vino).
d) Signos visuales: son aquellos que se hacen perceptibles al
usuario a través del sentido de la vista, como las letras de los alfabetos o las
señales de tránsito; y
e) Signos auditivos: son aquellos que se hacen
perceptibles a los usuarios a través del sentido del oído, como la sirena de la
ambulancia (que anuncia su presencia) o el silbato del juez (que anuncia el fin
del partido).
Hay que decir, sin embargo, que éstas categorías no son
excluyentes. En efecto, algunos signos, como los llamados “signos complejos”,
poseen una estructura sostenida en varios canales sensoriales operando al mismo
tiempo, como en el cine sonoro (que integra las dimensiones visuales y
auditivas), el teatro (que integra dimensiones visuales, auditivas) o el arte
pop (que llegó a elaborar obras artísticas que se hacían perceptibles por varios
canales, como el tacto, la vista y el oído).
6º) El signo según el grado
de univocidad de su significado.
Eco, que clasifica a los signos teniendo
en cuenta la dimensión semántica que poseen, distingue entre :
a) Signos
unívocos: son aquellos signos que deberían tener un solo significado, sin
posibles equívocos, como ocurre en los lenguajes aritméticos o en el fenómeno
retórico denominado “sinonimia”, que es un caso en que dos signos distintos se
refieren a un único significado. Eco aclara, sin embargo, que se trata de una
categoría ideal, pues es ilógico suponer que existan signos que puedan poseer,
únicamente, un solo significado.
b) Signos equívocos: son aquellos signos que
pueden tener distintos significados, todos ellos registrados como fundamentales.
Así, por ejemplo, la figura denominada “homonimia”, en que un mismo signo tiene
diferentes significados, como es el caso de algunos términos técnicos que sólo
admiten un grupo cerrado de interpretaciones (tal el caso, por ejemplo, de la
noción de “Poética”), o las teorías acerca de los diferentes sentidos en que
puede leerse los textos, como cuando Beda (refiriéndose a las Escrituras) o
Dante (refiriéndose a su Comedia) explicaban que poseen cuatro sentidos:
literal, alegórico, anagógico y moral..
c) Signos plurales: son aquellos
signos que poseen un espectro en principio ilimitado de significaciones; y
d)
Signos vagos: que son aquellos signos que mantienen una relación muy vaga y
alusiva respecto de una serie de significados.
7º) El signo según el tipo
de vínculo que mantiene con su “referente”.
Corresponde a Peirce haber
introducido está clásica tipología de los signos, que tiene que ver con las
relaciones establecidas entre éstos y los objetos que refieren, en el centro de
la atención de los problemas semióticos, al dividirlos en :
a) Signos
indicativos (o índices): “Defino un Indice como un signo determinado por su
objeto dinámico en virtud de la relación real que mantiene con él”. Así, pues,
es un signo que tiene conexión física con el objeto que indica, como es el caso
de un dedo que señala un objeto; la aparición de un síntoma de enfermedad; el
descenso de la medida del barómetro; una veleta que señala la dirección del
viento; el humo que anuncia la presencia de fuego; etc.
b) Signos analógicos
(o íconos): “Defino un Icono como un signo determinado por su objeto dinámico en
virtud de su naturaleza interna”. Así, pues, son iconos aquellos signos que
refieren a sus objetos en virtud de una relación de semejanza o analogía con las
relaciones intrínsecas y las propiedades de aquellos, como es el caso de las
onomatopeyas, de una fotografía, de un dibujo o de un diagrama . Además, Peirce
esbozaó una clasificación de los íconos en imágenes, diagramas y
metáforas.
c) Signos arbitrarios (o símbolos): “Defino un Símbolo como un
signo determinado por su objeto dinámico solamente en el sentido en que será
interpretado”. De este modo, el símbolo es un signo cuya relación con el objeto
a que refiere no está motivada ni por contigüidad ni por semejanza, sino por una
simple ley o convención, como es el caso paradigmático de los signos
lingüísticos. Esta categoría se corresponde con aquella que Saussure denominaba,
genéricamente, signos, los que, en su opinión, eran siempre arbitrarios, con lo
cual no es aventurado decir que, para Peirce, la Semiología no sería sino una
rama de la Semiótica
8º) El signo en virtud del comportamiento que
estimulan en los destinatarios.
Corresponde a Morris, (1946) haber
introducido esta clasificación, que encuentra su punto de partida en el intento
de aquel de alcanzar un concepto de signo en términos behavioristas, en lugar de
recurrir a ciertas nociones que consideraba en algún punto fantasmagóricas, como
es el caso de la idea de “significado”. Así, pues, estableció una clasificación
entre :
a) Signos identificativos: son muy parecidos a los índices de
Peirce. Se trata de aquellos signos que sirven para dirigir la respuesta del
intérprete hacia una determinada región espacial o temporal. Estos se subdividen
a su vez, en dos especies. Por una parte, los signos identificativos pueden son
llamados indicativos cuando consisten en elementos no verbales, como es el caso
de un dedo que señala un objeto. Por otra parte, los identificativos pueden ser
también descriptivos, cuando consisten en partículas lingüísticas.
b) Signos
designativos: son aquellos signos que describen las características de una
situación espacial y temporal, real o imaginaria. Su significado es un
discriminatum.
c) Signos apreciativos: se trata de aquellos signos que
significan algo que está dotado de un estado preferente respecto de un
comportamiento que se ha de elaborar. Su significado es un valuatum. Tal es el
caso, por ejemplo, de las formulas del tipo: “A es mejor que B”.
d) Signos
prescriptivos: son aquella clase de signos que no solo sugieren, sino que
también ordenan un comportamiento. Su significado es un obligatum, y pueden ser
de tres tipos: hipotéticos (por ejemplo, la fórmula: “si te llamo, ven”),
categóricos (“ven aquí”), y fundamentados (“ven, que te daré el
periódico”).
e) Signos formativos: son aquellos signos que, en apariencia,
carecen de significado, y que los antiguos habían llamado sincategorimáticos,
como es el caso de la partícula “o” en el signo compuesto: “mañana lloverá o
habrá buen tiempo”.