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LOS COMUNISTAS EN LAS TRANSICIONES ESPAÑOLA Y CHILENA: UNA COMPARACIÓN archivo del portal de recursos
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Material enviado por Jesús Sánchez Rodríguez
Doctor en Ciencias Políticas y Sociología
Profesor-Tutor UNED
El objetivo del presente ensayo es tratar de realizar una comparación entre el comportamiento de dos actores similares, el PCE y el PC CH, en dos transiciones a las democracias con muchos puntos en común, la española y la chilena.
En este análisis se buscará esclarecer aquellos elementos que determinaron el fracaso de la estrategia de estos actores y que, al cabo de la transición respectiva, terminaron condenándolos a un papel marginal. Para alcanzar este objetivo hemos considerado necesario referirnos primero a algunas de las reflexiones en torno a las teorías sobre transiciones democráticas, después, al desarrollo concreto en el caso español y chileno y, finalmente, a la trayectoria de ambos partidos comunistas para poder entender porqué adoptaron sus respectivas estrategias.
Como no puede ser de otra manera en una comunicación, que limita el espacio para el desarrollo de un tema, éste simplemente queda planteado pudiendo ser objeto de una futura mayor profundización y desarrollo.
Breve aproximación al significado de las transiciones democráticas
El estudio de las transiciones desde los regímenes autoritarios a otros democráticos ha generado una abundante literatura especializada, sobre todo en el campo de la ciencia política, desde donde se han confeccionado multitud de modelos y tipologías que intentan construir teorías explicativas para un conjunto amplio y disperso de situaciones reales[1].
Su objeto principal ha sido el análisis de las condiciones que posibilitan esas transiciones, los desarrollos de las mismas, las oportunidades y obstáculos encontrados y el resultado final alcanzado, que no siempre es el mismo. Generalmente se trata de estudios formales que dan por supuesto que la transición es exitosa cuando el modelo de democracia alcanzado es el régimen liberal- democrático[2] de los países capitalistas desarrollados en alguna de sus modalidades (presidencialista, semi-presidencialista, o parlamentarista).
O’Donnell y Schmitter son más abiertos en la consideración del término de transición y comprenden por tal el período que media desde que, de un lado, se produce la “disolución del régimen autoritario, y de otro, por el establecimiento de alguna forma de democracia, el retorno a algún tipo de régimen autoritario o el surgimiento de alguna alternativa revolucionaria”[3].
También hay un acuerdo general entre los especialistas en cuanto a diferenciar dos momentos del proceso, de un lado la transición propiamente dicha y, de otro, la posterior consolidación democrática.
Vamos a citar varios modelos distintos de tipologías de transiciones. Para el primero, las transiciones pueden ser de tres tipos, por un lado las hay que se producen debido al desmoronamiento o colapso de una dictadura (Portugal), también puede ser consecuencia de la autoexclusión (Uruguay) o, finalmente, puede originarse en un proceso de transición entre sectores de la dictadura y de la oposición. Salvo que la transición a la democracia sea fruto del colapso de la dictadura (normalmente una derrota militar, Portugal, Argentina, Grecia son ejemplos) el paso a la democracia suele ser imputado al hecho de que "todo régimen autoritario, constitutivamente, se encuentra sumido en un estado de permanente inestabilidad y precariedad"[4]. Esto puede ser al menos cierto para las dictaduras implantadas en países capitalistas en la segunda mitad del siglo XX.
En el último de los tipos señalados de transiciones, el primer paso suele consistir en el intento de liberalización de los regímenes autoritarios con objeto de "mitigar las tensiones sociales (...) a través de una ampliación de la base social del régimen”[5], siendo el fracaso de esta estrategia lo que, en teoría, puede llevar a la transición a la democracia.
Dentro de este primer modelo de interpretación también se puede situar a Alfred Stepan[6] que hace una distinción más matizada sobre los tipos de transición (diferenciando hasta diez caminos diferentes); y en su tipología, aun perteneciendo las dos transiciones, la española y la chilena, al tipo de procesos hacia la democracia impulsados desde un régimen autoritario, la española pertenecería al tipo de "transformación dirigida desde dentro del régimen autoritario" y la chilena al tipo de "transición iniciada con los militares en cuanto gobierno". Creemos que este matiz tampoco es más trascendente dado que las variables principales son similares: una dictadura más o menos desgastada pero con sus aparatos represivos cohesionados e intactos, una oposición mayoritariamente moderada dispuesta a realizar concesiones y con una extendida visión procedimental de la democracia, una situación internacional desincentivadora de alteraciones socioeconómicas profundas (en el caso español por estar situado en Europa occidental, y en el caso chileno por encontrarse en el inicio de la crisis final del socialismo realmente existente), y una derrota profunda y sangrienta de un movimiento popular revolucionario en el origen de sus respectivas dictaduras que no deja de pesar en la memoria colectiva (aunque haya sectores militantes de la izquierda que hayan superado el legado de terror parece evidente su presencia en la izquierda moderada y gran parte de la población).
Edgar Velásquez Rivera[7] cita las tipologías de otros dos autores. La de Manuel Antonio Garretón, centrada en los casos latinoamericanos, y la de Felipe Agüero, que le parece complementaria de la primera. Garretón diferencia tres tipos de transiciones en América Latina, el primer tipo es denominado “fundación democrática” y su paradigma es el régimen sandinista que acabó con la dictadura de Somoza; el segundo es la “transición” propiamente dicha, caracterizada por “la conjunción de fuerzas de las más distintas naturaleza unidas con el principal objetivo de alcanzar la vuelta a la democracia”, son los casos de Argentina, Chile y Uruguay; finalmente, el tercer tipo es lo que denomina “profundización o extensión democrática”, poniendo como ejemplos a México o Colombia.
Felipe Agüero, por su parte, diferencia entre las transiciones iniciadas por dictaduras que han tenido éxito y que, en consecuencia, controlan los ritmos y alcances de la transición, y dictaduras que fracasan y en las que la transición la inicia la oposición y aquéllas no tienen el control de los contenidos y las formas. Entre las primeras se encuentran Brasil y España, entre las segundas, Argentina.
La última interpretación sobre las transiciones que vamos a comentar está en las antípodas de las anteriores, nos referimos a la de algunos autores trotskistas que defienden una tipología distinta de las transiciones[8]. Son dos los puntos de partida en los que se apoyan; el primero es una tesis de Trotsky según la cual las salidas democráticas burguesas de las dictaduras son consecuencia de un aborto de revolución proletaria, son contrarrevoluciones democráticas; segundo, una visión según la cual estas contrarrevoluciones democráticas serían "la culminación del recorrido histórico de la utilización por parte del imperialismo norteamericano de las banderas "democráticas" a lo largo de todo el siglo XX para cubrir su carácter rapaz”, que pasaron de ser "una táctica defensiva en un momento de aguda debilidad por la derrota en Vietnam” a convertirse en "una ofensiva estratégica contra el movimiento de masas en los 80”.
Esta tipología incluye tres tipos de transiciones. Las primeras serían producto de desvíos de procesos revolucionarios, buscando evitar salidas revolucionarias de los regímenes dictatoriales, sus dos ejemplos más notorios serían las transiciones en España y Sudáfrica en los años 70 y 80. Las segundas son denominadas transiciones post-contrarrevolucionarias, y en ellas se incluyen las producidas en el cono sur latinoamericano tras los golpes militares que segaron diversos ascensos revolucionarios de la izquierda. Las terceras son las “transiciones democráticas” utilizadas como fachada de la restauración capitalistas en los antiguos países del socialismo real en Europa del este y Rusia.
En esta tipología, las transiciones chilena y española son situadas en dos tipos distintos por el hecho de suponer que en España a mediados de los años 70 existía un proceso de ascenso revolucionario abortado por el papel de las direcciones reformistas que permitieron la supervivencia del régimen burgués. Esta interpretación nos parece carente de fundamento real, se trata más bien de una sobreestimación de las movilizaciones de masas en la primera parte del decenio de los 70 al caracterizarlas como un movimiento de carácter revolucionario. Una cosa es constatar la pérdida de base social del franquismo, su abandono por la burguesía a favor de un proyecto de integración en Europa, de un ascenso de las luchas reivindicativas de la clase obrera y otros sectores populares, y otra muy diferente es concluir que se estaba en presencia del derrumbe del franquismo y de sus aparatos represivos y una crisis del sistema de dominación burgués junto con una actitud revolucionaria en el seno de las masas. La facilidad con que maniobraron los sectores reformistas del régimen, el marginal peso de las opciones de extrema izquierda y el propio resultado electoral del PCE ilustra claramente sobre la correlación real de fuerzas en presencia. Veremos que, incluso, parecía más realista un desborde radical en el Chile de mitad de los 80 que en la España de mitad de los 70.
Insistimos en considerar las transiciones chilena y española como dos procesos originados en el deseo de tratar de dar una mayor estabilidad y apoyo social a un sistema de dominación que había superado el desafío de un movimiento popular revolucionario y que se encontraba con las condiciones históricas internas e internacionales para regresar a un régimen liberal-democrático. Es evidente que los sectores más intensamente vinculados a la dictadura y los sectores económicos hegemónicos son los más temerosos en estas transiciones y que, guiados por el temor a tener que rendir cuentas o perder sus diversos privilegios, intentan limitar la extensión de los cambios, pero, finalmente, el carácter del régimen democrático en que desemboca la transición (puede que al cabo de bastantes años) tiende a ser semejante a los regímenes de su entorno. Esto actuó de manera más decidida en el caso español que en el chileno. Precisamente por considerar que ambas transiciones pertenecen al modelo basado en la negociación entre sectores de la dictadura y de la oposición es lo que nos facilita la comparación que vamos a realizar.
Refiriéndose a los motivos que pueden llevar a los regímenes autoritarios a plantear un proceso de reformas que acabe en una transición democrática Juan J. Linz[9] recuerda algunos de los alegados por los estudiosos de la redemocratización: la presión y amenaza desde abajo, las presiones internacionales, el fracaso de los regímenes autoritarios para implementar una política económica que termina llevando a la quiebra del bloque hegemónico, o, la duda de los líderes autoritarios sobre su legitimidad y la viabilidad de continuidad de su régimen. Pero detrás de todo ello pensamos que subyace una razón básica, las causas que estuvieron en el origen de estas dictaduras, el desafío de un movimiento popular revolucionario en el caso chileno y español, habían desaparecido
Que estas transiciones adquieran características y matices diferentes de una a otra tiene que ver con las peculiaridades propias de cada caso: la pervivencia o no del dictador, la mayor o menor lejanía en el tiempo del golpe militar y el período de intensa represión, la actitud de las respectivas burguesías y de las fuerzas de la oposición en general, el entorno internacional, etc.
Pero lo que tienen en común es lo fundamental, el movimiento popular queda destruido de manera profunda y traumática, de manera que se vuelve realmente difícil la repetición de un nuevo desafío transformador del sistema de dominación. No es ninguna casualidad, ni tampoco una ley inexorable. Simplemente, el recuerdo del terror y el precio por la derrota se mantiene por generaciones, impidiendo reconstruir un nuevo movimiento popular sustentador del viejo proyecto emancipador derrotado al menos por un lapso de tiempo muy largo.
Esto puede ser definido de otra manera como hace Carlos Durán[10] cuando habla de cuatro actores principales en la transición, los moderados y radicales en el bloque opositor y los reformadores e intransigentes en el bloque autoritario en el poder, y de que la transición sólo es posible cuando moderados y reformadores hegemonizan el proceso político, es decir cuando no pueden imponer sus objetivos los continuistas del régimen y cuando están marginadas aquellas fuerzas que representan algún tipo de continuidad con los proyectos alternativos populares frente a los cuales precisamente se levantó la dictadura que se quiere ahora sustituir.
El PC CH frente a la dictadura pinochetista
Fruto ambas dictaduras de sendos golpes militares, uno seguido de una guerra civil y el otro sin encontrar una resistencia importante, ambas conocieron un proceso de institucionalización de diferentes características. La represión ejercida por ambas fue muy disimilar, mucho más intensa y extensa la ejercida por el régimen franquista tanto durante la guerra civil como posteriormente, sin embargo este hecho no fue un problema fundamental en la transición española, pero sí en la chilena. La explicación de esta paradoja se encontraría en tres razones que jugaron en contra de la dictadura chilena en el momento de la transición: la menor distancia temporal respecto de los hechos represivos más intensos, la mayor valoración mundial alcanzada por el tema de los derechos humanos y la situación de los llamados detenidos- desaparecidos[11].
Las transiciones en ambos casos van a originarse en un hecho desencadenante de carácter interno, la muerte de Franco en el caso español, la derrota de Pinochet en el plebiscito de 1988 en el caso chileno, pero ello sólo actuó como desencadenante porque la función que tenían que cumplir estaba consumada, la derrota profunda del movimiento popular con el abandono de todo proyecto alternativo al de la clase dominante, además, el entorno internacional también estaba estabilizado para el status quo capitalista. Es evidente que, aun dándose estas condiciones, no tiene por qué ser inmediata la sustitución de la dictadura, pues ésta genera sus propios intereses y apoyos además del peso de todo el tema relacionado con la posible rendición de cuentas derivadas de la sublevación y la represión.
Las dos transiciones se enfrentaron a escollos políticos que salvaron con más o menos éxito: el papel de los militares y el tratamiento de las responsabilidades de la dictadura en el caso chileno, el tipo de régimen y la distribución territorial del poder en el caso español, pero en ninguno de los dos casos se puso en tela de juicio el régimen socioeconómico subyacente: el capitalismo.
Por tanto, es pertinente distinguir entre las condiciones que la convierten en innecesaria e incluso disfuncional a las clases dominantes y las condiciones propias de la dictadura que dificultan una abandonó del poder sin más.
El golpe de Pinochet no dividió al ejército y la resistencia que encontró fue muy escasa. Frente a la política de repliegue del resto de las organizaciones, sólo el MIR planteó la batalla frontal al golpe y pagó un precio muy alto en represión.
En Chile, la junta militar se propuso tempranamente crear una nueva institucionalidad que, en 1977, Pinochet definiría como una nueva democracia cuyas características serían las de autoritaria, protegida, integradora, tecnificada y de auténtica participación social[12]. Esta institucionalización preveía tres etapas; en la primera, que debía culminar en 1980, se elaboraría una nueva Constitución, le seguiría una transición a la "democracia protegida" compartida por militares y civiles, y concluiría con una devolución del poder a los civiles[13]. Fruto de esta previsión fue la Constitución aprobada en el referéndum de 1980, realizado sin ninguna garantía democrática, que otorgaba la Presidencia a Pinochet por un plazo de ocho años. A comienzo de los años 80 la oposición, por su parte, intentó sin éxito acabar con la dictadura a través de movilizaciones pacíficas e insurreccionales. Este fracaso llevó al sector moderado de la oposición englobada en Alianza Democrática a buscar un retorno negociado a la democracia. Sin embargo, la derrota de Pinochet en el plebiscito que 1988 y las posteriores victorias de la Concertación no pudieron cambiar los elementos autoritarios que subsistieron en la Constitución impuesta por la dictadura debido a su rigidez.
Tras el golpe, se mantuvo la alianza anterior de la izquierda en la UP. Pero pronto ésta entró en crisis como consecuencia de tres factores concurrentes[14], los enfrentamientos que dividieron al socialismo chileno, las nuevas condiciones políticas derivadas de la aprobación de la Constitución de 1980 y, la influencia de Estados Unidos sobre diversos partidos y personalidades de la oposición para que llegasen a un acuerdo con la dictadura y se evitase la deriva a situaciones similares a la de Nicaragua o El Salvador. También Igor Goicovic Donoso[15] se refiere a como las movilizaciones populares y la creciente insurgencia armada hacía temer al gobierno estadounidense una repetición del escenario centroamericano o colombiano, razón por la cual, y por intermedio de la cúpula de la Iglesia Católica, buscó el Acuerdo Nacional entre la oposición moderada y representantes de la dictadura que aislase a los sectores radicales y encauzara la transición a la democracia.
En 1974 el PC CH se ratificó en su rechazo histórico a las formas violentas de lucha y consideró la derrota de septiembre de 1973 como expresión del aislamiento de la clase obrera, siendo el carácter de la derrota más política que militar; se ratificó en la unidad comunista- socialista; e hizo un llamamiento a la Democracia Cristiana a la unidad patriótica antifascista.
Con el objetivo de acabar con la dictadura, el PC CH propuso desde el mismo momento del triunfo del golpe militar que una vez derrotada aquélla se instaurase un gobierno basado en la UP y la DC. Sin embargo, y a la vista de que esta propuesta no era aceptada por la DC, en 1979 el PC CH realizó un “paso táctico “ y declaró que este partido no exigía estar presente en el gobierno que sucediese a la dictadura. En un documento de ese mismo año titulado “Nuestro proyecto democrático” el PC CH se pronunció sobre cual era el tipo de régimen que debía suceder a la dictadura, rechazó que estuviese al orden del día alcanzar un régimen socialista, pero tampoco uno típicamente burgués, también descartó regresar a la situación del período de la UP ni a su antecesor. Estaba claro todo lo que no debía de ser, pero no tanto lo que debía ser: “El futuro régimen político deberá retomar las mejores tradiciones democráticas de Chile, pero también incorporar nuevos valores y edificarse con materiales más sólidos. Nos pronunciamos, entonces, por un nuevo régimen democrático popular”.[16]
En un Pleno que los comunistas celebran en 1977 se van a reafirmar en la línea mantenida por el partido y reconocen lo que pasa a denominarse "el vacío histórico " de su política militar. Mientras, la crisis interna del Partido Socialista no deja de agravarse, culminando en 1979 con la división entre dos sectores que encabezarán respectivamente Almeyda y Altamirano, más otros sectores socialistas en el interior al margen de la disputa y la posterior subdivisión del sector “altaminarista”.
En 1979 se producirá un hecho que va a influenciar en la estrategia del PC CH, el Frente Sandinista de Liberación Nacional alcanza la victoria contra la dictadura somocista tras un largo período de lucha armada y movilización popular apoyado en un amplio frente político. Pero será 1980 el año de los cambios importantes para la dictadura y la oposición. De un lado, la junta militar apoya un proyecto de Constitución y convoca un plebiscito en el que es aprobada. La dictadura se institucionaliza en el momento en que la UP como frente político unitario entra en un declive definitivo. Y es también en ese momento cuando el PC CH, ante la proyectada institucionalización de la dictadura, anuncia su giro hacia la política de "rebelión popular" con el recurso a todas las formas de lucha, que lleva asociada formas de lucha armada y que se plasmarán en la creación posterior del Frente Patriótico Manuel Rodríguez. Así comienzan a deslindarse dos estrategias en la izquierda, aquélla que se inclina por utilizar todas las formas de lucha y la gradualista. Estos dos sectores de la UP enfrentados son de un lado el PC CH y el PS Almeyda, y, de otro, la Convergencia socialista.
El modelo económico neoliberal implantado por la dictadura provocó el inicio de un período de grandes protestas sociales que se abrió con la jornada de protesta nacional de mayo de 1983 a la que la siguieron otras más ese mismo año convirtiéndole en uno de los más críticos para la dictadura. Pero también va a decantarse una articulación de alianzas separadas en la izquierda, rompiéndose definitivamente la larga alianza socialista- comunistas iniciada con el FRAP en 1957.
En agosto de 1983 se constituye la Alianza Democrática que va a englobar a la oposición moderada de los grupos de centroderecha y sectores socialistas vinculados a la renovación y que incluye a la DC, el PR, el PS Núñez y el PL. Después de la cuarta protesta nacional en agosto de 1983, la AD inicia negociaciones con la dictadura; el PC CH muestra interés en integrarse en la AD pero ésta considera que sería un obstáculo en la negociación con el gobierno. No obstante, este primer encuentro negociador es desautorizado por Pinochet. Un mes después el PC CH, el PS Almeyda, el MIR, el MAPU y el Partido Radical Socialista crean el Movimiento Popular Democrático, con ello el PC CH termina de abandonar su concepción de frente amplio sostenido desde el comienzo de la dictadura. También a finales de ese año aparece el FPMR como un destacamento armado vinculado al PC CH. El objetivo es alcanzar un grado de ingobernabilidad tal que derrumbe al gobierno, apoyando para ello una sublevación nacional de masas. Esta estrategia se basa en un análisis de la coyuntura que no es hegemónica en el PC CH, pues mientras la dirección interior considera la situación como revolucionaria, el exterior no la ve así.
Las jornadas de protesta continúan durante 1984 y llevan a la dictadura a cancelar los intentos aperturistas y a intensificar la represión.
En 1986, el PC CH ratifica su estrategia de sublevación nacional y considera que ese año será decisivo en el enfrentamiento con la dictadura, pero lo que ocurre en realidad son dos graves golpes al FPMR con su fracaso en acabar con Pinochet y la desarticulación de su arsenal de armas. Estos dos fracasos provocan un cambio profundo en la situación. Los partidos de centro y algunos de la izquierda empiezan a marcar claramente sus diferencias con el MDP y el PC CH, que empieza a quedar aislado, y ganan terreno en el seno de aquellos partidos las tendencias partidarias de una salida negociada con la dictadura al margen del PC CH y sus aliados.
En el “Manifiesto al Pueblo de Chile” de 1986, el PC CH rechaza cualquier posible acuerdo con Pinochet, pero no con las Fuerzas Armadas, con objeto de desplazarlo. Su objetivo sería sustituir la dictadura por un gobierno democrático avanzado, pero reconoce que sí la sucediese un régimen de simple orientación burguesa, el PCH tendría hacia él una actitud abierta y seguiría luchando por sus objetivos. Es decir, el PC CH no rechazaba una salida política que condujese a un régimen democrático limitado, en el sentido de ser de simple orientación burguesa.
La sensación es la de que la posibilidad de una insurrección que acabe con la dictadura se aleja y ello agudiza las discrepancias internas en el PC CH que llevarán al año siguiente a la escisión del FPMR, y mientras el sector que se mantiene fiel al PC CH cesa las actividades armadas, el otro las continúa de manera autónoma y decreciente. Entretanto, en el plano de las alianzas, el MDP se amplía para la crear Izquierda Unida a la que se suman la IC y el MAPU.
Las diferencias entre los dos sectores de la oposición van a hacerse patentes en 1988 cuando se plantea el plebiscito sobre la continuidad de Pinochet. Mientras la parte mayoritaria de la oposición acepta inscribirse y participar en el plebiscito pidiendo el no, el PC CH va a remolque de los acontecimientos, termina aceptando como un "paso táctico" el llamamiento a inscribirse en los registros, pero rechaza inicialmente participar y llamar a votar por el no. Su posición era la de que esta participación legitimaba a la institucionalidad de la dictadura, además, sigue aferrándose a la tesis de que la política correcta es la de la lucha de masas en la perspectiva de una rebelión popular pero, finalmente, se termina sumando a los partidarios de apoyar el no. Su postura le va aislando crecientemente, los partidarios del no habían creado la Concertación de partidos por el no que engloba a la AD más el PS Almeyda y la IC. Tras la derrota de Pinochet en el plebiscito, la Concertación se plegó a aceptar una Constitución con importantes enclaves autoritarios. Y éste es precisamente el núcleo de la crítica que el PC CH hace a la Concertación, el que la transición “lejos de haber conducido a un proceso de democratización del sistema político, en la práctica se convirtió en un elemento estabilizador del orden social, económico y político diseñado por la dictadura”[17]
En 1989 el PC CH celebró su XV Congreso en el cual ratificó su política de rebelión popular. En el plebiscito de 1988 y en las elecciones presidenciales y parlamentarias de 1989 el PC CH aún votó con el resto de la izquierda (en las parlamentarias, los candidatos comunistas fueron junto a una parte de la izquierda en uno de los dos partidos instrumentales creados para esas elecciones, el PAIS (Partido Amplio de Izquierda Socialista)), luego ya quedará en la oposición. Sin embargo el desarrollo del proceso interno chileno, su creciente aislamiento y la caída del socialismo real le terminan llevando a una grave crisis en los años 90. Su estrategia radical de los años 80 había fracasado y se impuso, en cambio, la línea de negociación de la transición, y el PC CH tuvo que incorporarse a un camino que había cuestionado abiertamente.
En el balance que hace uno de los principales dirigentes del PC CH[18] desde la etapa de la UP, por una parte insiste en hipótesis imposibles de demostrar, como la de que “desde que comenzaron las grandes protestas estaba echada la suerte de la dictadura”, o la de que si no hubo ruptura fue debido a que todos los partidos de la oposición excepto el PC CH y el MIR decidieron pactar con la dictadura; pero, por otra parte, reconoce que los comunistas cometieron un grave error cuando se opusieron inicialmente a participar en el plebiscito y fueron los últimos en sumarse a la participación y pedir el no.
El período post-dictatorial (sería demasiado optimista hablar de período democrático) en Chile viene a confirmar la hipótesis central de este trabajo. La Concertación derrotó primero a Pinochet en el plebiscito y luego puso en la Presidencia a su candidato Patricio Aylwin. La democracia entendida procedimentalmente comenzó a funcionar, las elites se elegían de otra manera, pero el resto de los cambios fueron aplazados. Arrate y Rojas expresan claramente el cambio de la izquierda en el gobierno: “El fantasma del retorno utópico de la revolución invitará a más de un izquierdista a la moderación de los objetivos de cambio social clásico y a una deriva hacia el centro político cuyo objetivo declarado es la gobernabilidad del sistema”[19].
Se aceptó una democracia tutelada con importantes incrustaciones autoritarias, se aceptó el sistema económico neoliberal implantado por la dictadura, y se buscó una salida al tema de la violación de los derechos humanos (ley Aylwin y ley de punto final con Ruiz Tagle) que fue rechazada por los organismos de derechos humanos y parte de la izquierda. Antes de las reformas constitucionales de julio de 2005 aún persistían once factores que impedían poder hablar de un sistema mínimamente democrático e Chile, tras esas reformas el sistema se aproximo a los estándares liberal-democráticos aún quedando tres importantes asuntos pendientes. Tomando los criterios de la Concertación, y no de otros sectores de la izquierda mucho más críticos, la transición habría durado 16 años durante los cuales “las fuerzas armadas intimidaron en reiteradas ocasiones y de modo creciente al gobierno recién establecido y en la vida política de Chile ejercieron una enorme influencia la cual se fue diluyendo hasta quedar limitado su poder mediante la reforma constitucional de 2005”[20]
El PC CH no consiguió rentabilizar la situación, su crisis no se estabilizó hasta mediados de los años 90: sufrió el impacto de la derrota de su línea radicalizada para acabar con la dictadura, de su error de posicionamiento inicial en el plebiscito de 1988, de su empecinamiento en sostener la línea de sublevación nacional después del plebiscito e incluso de las elecciones de 1989, de la ruptura definitiva de la vieja alianza comunista-socialista cuando estos últimos se inclinaron por las alianzas con el centro, y de la debacle del socialismo real. Además, el sistema electoral binomial contenido en la Constitución heredada de Pinochet le deja fuera del Parlamento sistemáticamente.
Tal como señala Carlos Durán[21] la transición chilena fue posible al cumplirse dos condiciones, en primer lugar, el reconocimiento mutuo entre el gobierno militar y la oposición, política moderada que reconoce y legítima así de pasó la institucionalidad autoritaria, en segundo lugar, al aceptar que la transición quede acotada a la dimensión político-formal, con la exclusión de los aspectos sociales, lo que sólo es posible lograr si se alcanzan los dos objetivos de controlar la explosión de las demandas sociales y neutralizar la presencia de los sectores radicales. Concluye este autor señalando que el carácter de la democracia surgida de la transición chilena es el de instancia procedimental de sistema político, y que, además, si bien Pinochet fue derrotado en el plebiscito de 1988, sin embargo, esto no evitó que el itinerario fuese el impuesto por la dictadura.
El Partido Comunista de Chile era un actor principal de la izquierda chilena cuando la victoria presidencial de Salvador Allende en 1970 dio paso a tres años de gobierno popular durante los cuales este partido marcó la línea hegemónica, junto al sector socialista próximo a Allende, en el seno de la Unidad Popular y el gobierno.
El golpe militar de Augusto Pinochet acabó con el gobierno popular, sin encontrar la resistencia que 37 años antes encontraría Franco en España, y estableció una dictadura de duración más cortas y, tras una transformación contrarrevolucionaria, inició un período de transición controlada que daría lugar a una democracia recortada y vigilada que tardaría aún muchos años en poder liberarse de la tutela militar.
El PC CH también se convirtió en la principal oposición a la dictadura, pero su estrategia seguiría un camino contrario al del PCE, radicalizando su resistencia cuando la dictadura buscó su institucionalización siete años después de su golpe originario. A pesar de su estrategia gradualista durante el período de la UP, el PC CH siguió siendo un partido ortodoxo en el universo de los partidos comunistas durante la lucha antidictatorial y la larga transición chilena. Con características y estrategia diferente en la lucha contra la tiranía, sin embargo, el PC CH también saldría marginado de la transición en Chile, aunque en este caso la calidad de la democracia alcanzada sería muy inferior a la española.
El PCE frente a la dictadura franquista
En 1936 el levantamiento militar del general Franco contra el legítimo gobierno democrático de la II República española encontró una fuerte resistencia popular y desencadenó una guerra civil de tres años que dio paso a una dictadura que duraría hasta 1976, cuando comienza un proceso de transición que desemboca en una democracia finalmente homologable a las existentes en su entorno geográfico, Europa occidental.
La dilatada duración de la dictadura franquista provocó que tanto la propia dictadura como la oposición pasasen por etapas diferentes en las que variaron sus estrategias, composición o correlación de fuerzas y que, por razones de espacio es imposible describir aquí[22].
Al iniciarse la guerra civil el PCE era un pequeño partido sin gran influencia, pero durante el transcurso de la guerra consiguió convertirse en un factor político importante en el campo republicano, si bien sus relaciones con el resto de las organizaciones republicanas y de izquierda terminaron en un grave enfrentamiento.
Durante el largo período dictatorial que siguió a la derrota republicana en la guerra civil, el PCE se terminó convirtiendo en la principal organización de la resistencia antifranquista. Su estrategia de lucha contra el franquismo pasó por diferentes etapas y cuando llegó el momento de la transición los comunistas eran el partido más articulado y extendido de toda la oposición, con una enorme influencia social. Sin embargo, este potencial y su estrategia elaborada para acabar con la dictadura sufrieron una grave derrota durante el período de transición que terminó reduciendo enormemente el peso político y la influencia del PCE. El partido había conocido un proceso de transformación interna en los años inmediatamente anteriores y durante la propia transición que le convirtieron en uno de los principales puntales de la corriente conocida como eurocomunismo. Ni estos cambios, ni su trayectoria de principal organización en la resistencia antifranquista, ni su potencial acumulado le libraron de una debacle desarrollada durante el período de transición y que culminaría en 1982, cuando su rival en la izquierda, el PSOE, consiguió una histórica victoria electoral, en tanto los comunistas quedaron reducidos a la marginalidad parlamentaria y se dividieron en tres partidos. El resultado final del proceso transitorio fue una democracia homologable a la de su entorno europeo y un Partido Comunista marginal y con escasa influencia en la sociedad española que inició un largo trayecto, aún hoy no acabado, por encontrar la manera de ser un factor influyente en dicha sociedad.
Podríamos decir que el itinerario seguido por el PCE durante la dictadura y la transición siguió en cierto sentido una línea inversa a la del PC CH. Tras la derrota de la República en la guerra civil, el PCE aparece aislado del resto de las fuerzas republicanas y de izquierda como consecuencia de los enfrentamientos que mantuvo con ellas durante la guerra civil, especialmente en su fase final. La ruptura de este aislamiento será uno de los objetivos perseguidos por el PCE durante la larga travesía dictatorial. Su estrategia de lucha contra el franquismo pasó por varias fases, primero impulsó una política guerrillera, al calor de las victorias aliadas en la Segunda Guerra Mundial con el objetivo de derrocar a Franco, y que se prolongó hasta 1951. Cuando se hizo evidente que este objetivo no iba a ser alcanzado porque entre las potencias vencedoras de la II Guerra Mundial no existía una voluntad decidida de poner fin al último de los vestigios del fascismo en Europa, el PCE dio un giro táctico y promovió la política de Reconciliación Nacional a partir de 1956, buscando aglutinar a todos los sectores opuestos al franquismo, intentando cancelar la divisoria de la guerra civil, con el objetivo de acabar con la dictadura de manera pacífica, lo que requería como condición necesaria lograr el entendimiento entre las diversas fuerzas de la izquierda y la derecha antifranquista[23].
Esta vía pacífica para acabar con el franquismo se expresa en la visión del PCE en una lucha de masas y manifestaciones que debían culminar en una Huelga Nacional, esta política se concreta en una serie de jornadas de lucha sin éxito entre 1958-60. Esta línea es acompañada de una confianza permanente en el inminente hundimiento de la dictadura y el papel determinante del PCE en dicho fin. Con su nueva estrategia el PCE va a alcanzar un éxito importante al vincularse e impulsar el crecimiento de la nueva expresión organizativa de movimiento obrero nacida durante la dictadura sobre las ruinas del sindicalismo histórico, Comisiones Obreras.
En el plano interno el PCE inicia una serie de transformaciones en su discurso que le va alejando crecientemente de Moscú. Las discusiones internas se centran en trono a tres problemas, como caracterizar el capitalismo existente en España, como puede desarrollarse el proceso y las etapas de la revolución española y que tipo de alianzas son necesarias, y cual debe ser la posición del PCE respecto a Moscú y el socialismo realmente existente, buscando una creciente autonomía en el diseño de su política.
Su estrategia de lucha contra la dictadura se basó en dos supuestos que se demostrarían erróneos, el primero era la confianza en que con el fin de la dictadura en España se abriría un periodo similar al que aconteció con la derrota de los fascismos europeos, el segundo era el convencimiento en la imposibilidad de que pudiera asentarse en España una democracia bajo hegemonía de la burguesía monopolista. El primer supuesto era comprensible que fuese sostenido por el PCE, era el modelo histórico más próximo de cambio de régimen; es verdad que fallaban dos premisas, ni el franquismo era en la primera mitad de los años setenta un clásico régimen fascista, ni iba a ser derrotado militarmente. Justamente la transición española crearía un nuevo modelo histórico de transición desde un régimen autoritario a otro democrático. Así, con este análisis de referencia, para el PCE la única posibilidad de salida democrática al franquismo sería en clave de ruptura y con peso fundamental de la clase obrera. Esta situación no se plasmaría en la práctica porque al no producirse el hundimiento de la dictadura, las clases dominantes fueron capaces de maniobrar e impedir que la dirección del cambio político fuese encabezada por la clase trabajadora.
En la fase final de la dictadura, la política del PCE para acabar con ella es recogida en el Pacto para la Libertad como programa mínimo dirigido al resto de la oposición[24]. Su carácter es rupturista en el sentido de considerar el fin de la dictadura como una revolución política y también porque “el PCE piensa que su estrategia de acabar con la dictadura mediante una huelga nacional es posible, lo que significaría que la iniciativa política en la transición estaría del lado de la oposición con un papel fundamental de los comunistas”[25]. Esta propuesta le lleva a alcanzar parcialmente uno de sus objetivos, el de romper su aislamiento, con la creación de la Junta Democrática en julio de 1974 que engloba a una parte de la oposición. Este organismo unitario recogía la estrategia del PCE de la necesidad de una huelga nacional (acción democrática en el nuevo lenguaje) para acabar con la dictadura. Sin embargo, otra parte de la oposición, nucleada alrededor del PSOE, creó la Plataforma de Convergencia Democrática orientada por objetivos negociadores con los reformistas del gobierno. Los dos organismos terminaros fusionándose en Coordinación Democrática en abril de 1975, pero con la imposición de la línea negociadora de la Plataforma y el abandono de cualquier alusión a una acción huelguista para forzar el final de la dictadura, lo que pasó a conocerse como reforma pactada. El significado para el PCE de la victoria de esta línea es que iniciada la transición toda la línea política que guiaba su actuación naufragó. El Estado franquista fue desmantelando lentamente y las clases dominantes consiguieron mantener intacto tanto su poder político como económico, y el proyecto de democracia avanzada que sostenían los comunistas se terminó alejando definitivamente en el horizonte.
Sin tiempo para analizar y articular otra nueva estrategia de largo aliento de cara a las nuevas condiciones, la dirección del PCE maniobró rápidamente para sumarse al proceso negociador en marcha, desprendiéndose de sus propuestas anteriores y buscando que su legalización no fuese pospuesta y pudiese estar presentes sin limitaciones en el proceso electoral[26], confiando en que sus resultados le situasen como un factor político de peso en la vida nacional, al estilo del que jugaban en aquellos momentos en sus respectivos países el PCF y el PCI. En términos políticos esto significaba la aceptación de la vía reformista a cambio de evitar la marginación. Pero el fracaso de las expectativas electorales será la segunda gran frustración que precederá a la crisis interna que se abrirá en el PCE. Con los modestos resultados electorales cosechados en las legislativas de 1977 (9% de los votos) el PCE se lanza a una política de concentración democrática que, a través de una serie de pactos para la democratización del Estado, la Constitución y la estabilización de la situación económica, llevado a cabo con el instrumento de un gobierno de concentración, estabilizase la democracia. Los pactos se gestaron y se llevaron a cabo, pero no el gobierno de concentración. El proceso democrático consiguió estabilizarse en medio de graves problemas, pero la factura se endosó a las clases populares y el PCE no consiguió su objetivo de obtener una influencia política que le negaban los votos.
La posición de los comunistas españoles durante el proceso de transición fue la de total compromiso con la consolidación democrática, tal como está fue definida por el proyecto reformista, lo cual quedó evidenciado en tres momentos: primero en la postura moderada y responsable adoptada durante los graves momentos críticos por los que atravesó la transición, segundo en la política de consenso aceptada y defendida por el PCE para redactar la Constitución y alcanzar otros acuerdos, tercero en la realización de concesiones cuyo significado último era la desmovilización de la clase trabajadora y el apuntalamiento de las posiciones de las clases dominantes. El PCE ayudaba generosamente a la consolidación de un régimen liberal-democrático, pero se hundía en unas contradicciones que estallarían más tarde.
En España, la muerte del dictador llevó al punto más alto la crisis del franquismo (cuya etapa final, entre 1966 y 1975, se caracterizó de un lado, por la coronación del proceso de institucionalización del régimen y, de otro lado, por su crisis definitiva), en la que confluían factores como la obsolescencia del régimen frente a los cambios internos e internacionales que se habían producido y que habían hecho que le retirasen el apoyo antiguos sectores sociales e instituciones afectas como la Iglesia, o que fuese un régimen en cuarentena en su entorno internacional más próximo (rechazo a su entrada en la CEE). Además, la contestación interna iba en aumento, planteándole el clásico dilema en estos casos de calcular los costes de la represión en términos de mayor marginación y por tanto más debilidad y menor legitimidad. Esta situación posibilitó que los sectores reformistas del régimen terminasen llevando las riendas de la transición y que ésta avanzase más rápidamente hacia una democracia homologable a su entorno europeo una vez superados algunos escollos clave como el tipo de régimen político, con la renuncia de la izquierda a cualquier reivindicación republicana, el tipo de distribución territorial del poder con el acuerdo autonómico, o, también la contención de la izquierda en reivindicaciones socioeconómicas aceptando sacrificios para enfrentar la crisis económica en los Pactos de la Moncloa.
Conclusiones
A pesar de la distinta evolución interna y de la estrategia de estos dos actores pertenecientes al universo comunista, a pesar de la distancia temporal, geográfica y de coyuntura histórica del origen de ambas dictaduras, y a pesar de tener lugar dos transiciones finales diferentes, sin embargo el resultado general final es similar. El motivo de tal similitud reside en el propio objetivo funcional cumplido por las dos dictaduras, la franquista y la pinochetista.
Ambas son la respuesta al desafío que un potente movimiento popular lanza al bloque dominante en la España de los años treinta y en el Chile de los años setenta. Desafío que pone en peligro la continuidad hegemónica de ese bloque y que amenaza con la transformación social. Desafío apoyado en un potente movimiento popular que se va radicalizando, aunque muestre la debilidad de estar atravesado por la presencia en su seno de diferentes estrategias y proyectos emancipadores. Este desafío a las clases dominantes corresponde, en la tipología que hace Guillermo O’Donell[27] de las crisis políticas, a una crisis de dominación social, la principal y más profunda de las diferentes crisis.
El intenso período de lucha de clases que no termina por inclinar la victoria hacia ninguno de los dos bloques es cancelado por un levantamiento militar sangriento cuyo objetivo es destruir el movimiento popular hasta sus raíces, restablecer sobre bases más sólidas el dominio de la burguesía y mantener en el recuerdo de las clases subalternas el terrible precio a pagar por intentar llevar a cabo cualquier proyecto emancipador, por desafiar el sistema dominante.
Sólo cuando estos objetivos están conseguidos es cuando las dictaduras van a dar lugar a un proceso de transición hacia una forma de dominación política más democrática y, por lo tanto, más estable. Pues como recuerda Atilo Borón el ejercicio de la democracia bajo el capitalismo requiere un delicadísimo e inestable equilibrio: "debe exigir a los de abajo que no avancen, que se abstengan de intentar transformar su emancipación política en emancipación social, y debe persuadir a los de arriba que dejen de lado toda tentativa de restaurar su amenazado predominio social cancelando los mecanismos de la democracia electoral”[28].
Hemos enfatizado los efectos traumáticos que los respectivos golpes militares y la posterior represión ejercieron sobre la memoria popular, pero también es necesario mencionar los cambios socioeconómicos que durante ambas dictaduras se produjeron en las sociedades chilena y española, especialmente esta última, cambios que necesariamente impactan en la estrategia de los partidos y las relaciones entre ellos. Estos cambios socioeconómicos se produjeron en coyunturas y con efectos diferentes en ambas sociedades. En Chile la aplicación de políticas neoliberales[29] desde el inicio de la dictadura agravó seriamente la situación de las clases populares, y la crisis económica de principios de los 80 está en el origen de las grandes movilizaciones de 1983 y de la radicalización de la estrategia del PC CH. En España, dada la mayor duración de la dictadura, ésta va a generar efectos diferentes, tras una primera etapa autárquica la sucede, después de 1959, una integración más intensa de la economía en el sistema capitalista mundial de manera que el desarrollo industrial que conoce desde entonces trasforma profundamente su estructura social; sin embargo el final de la dictadura va a coincidir con la crisis mundial de principios de los 70
Ni en España ni en Chile las viejas organizaciones o corrientes más revolucionarias en el momento de sus respectivos golpes contrarrevolucionarios volvieron a adquirir la influencia y presencia de que gozaron entonces, como mucho, si consiguieron sobrevivir o reconstruirse, fueron un pálido reflejo del pasado, sean la CNT, el POUM o la izquierda socialista en España; sea el MIR o el socialismo revolucionario en Chile. En el caso de los socialistas, a pesar de las notables diferencias en ambos países, el efecto de ambas dictaduras fue su “socialdemocratización”, en el sentido de abandonar cualquier atisbo de proyecto transformador de la sociedad capitalista, siendo el chileno el caso más espectacular, dado el carácter izquierdista del PS chileno durante el gobierno Allende. Estos partidos serían una parte esencial de los negociadores reformistas de la oposición para encauzar la salida de las dictaduras dentro de los parámetros capitalistas. Así los respectivos PC se encontraron en el momento de la transición con un campo muy limitado donde poder establecer alianzas.
Hemos visto como ambos partidos utilizaron estrategias diferentes cuyas causas se encuentran en la propia evolución interna de cada uno y en sus respectivos entornos internacionales. El PC CH siguió anclado en el universo ortodoxo comunista, a pesar de que durante el gobierno de la UP su línea se alejo de esta ortodoxia, mientras que el PCE venía experimentando una profunda transformación que le situarían en el momento de la transición dentro del eurocomunismo. Igualmente el PC CH recibió más directamente las influencias del triunfo armado sandinista, en tanto el PCE recibía influencias contradictorias más cercanas (mayo del 68, Primavera de Praga, Revolución de los claveles) que no lo apartaron de su evolución eurocomunista.
Tampoco el PCE o el PC CH parece plantearse en sus respectivas transiciones la transformación del sistema socioeconómico, sus objetivos son más realistas, aun dentro de su tendencia transformadora, tratan de alcanzar lo que denominan una democracia avanzada, lo que vendría a significar, en general, mayor peso de la clase trabajadora y sus intereses en el funcionamiento del sistema sociopolítico.
Entonces, que el PCE o el PC CH terminasen marginados por distintas vías en las respectivas transiciones de sus países no tiene que ver tanto con sus estrategias, que fueron diferentes en cada caso, como con el radical cambio de condiciones que se habían operado con las dictaduras. Si ellos sufrieron menos duramente el destino de otras organizaciones revolucionarias fue porque siguieron perteneciendo a un universo que, aún en su declive y con sus contradicciones, les había ofrecido, de un lado apoyo material y retaguardia y, de otro, la ilusión de pertenecer a una proyecto que se extendía por una parte importante del planeta y dentro del cual su derrota aparecía sólo como momentánea.
Esto les ayudó a sobrevivir a las dictaduras de sus países mejor que otras organizaciones, pero no les garantizaba contra la marginalidad a las que quedaron condenados en sus transiciones respectivas. Después vendría 1989 y se agravaría la situación.
Bibliografía
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Velásquez Rivera, Edgar, Visiones sobre la transición a la democracia en Chile
Notas
[1] Puede consultarse un resumen de las teorías elaboradas para intentar explicar los procesos de cambio de régimen en: Marti í Puig, Salvador, ¿Promesas incumplidas?. Un balance crítico de las teorías del cambio político y su aplicabilidad en América Latina.
[2] Empleamos la expresión de régimen liberal-democrático por ser probablemente la de uso más frecuente, pero la que propone Atilio Borón se ajusta más a la realidad: “Por eso una expresión como "capitalismo democrático" recupera con más fidelidad que la frase "democracia burguesa" el verdadero significado de la democracia al subrayar que sus rasgos y notas definitorias –elecciones libres y periódicas, derechos y libertades individuales, etc. – son, pese a su innegable importancia, formas políticas cuyo funcionamiento y eficacia específica no bastan para eclipsar, neutralizar ni mucho menos disolver la estructura intrínsecamente antidemocrática de la sociedad capitalista”. Boron, Atilio A. Tras el búho de Minerva. Mercado contra democracia en el capitalismo de fin de siglo. CLACSO, Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina. 2000. pág. 79
[3] O’Donnell, Guillermo y Schmitter, Philippe, Transiciones desde un gobierno autoritario. Tomo IV. Citado por Pilowsky Greene, Jaime, La Transición Política a la democracia: Chile y España, una perspectiva comparada, pág. 6
[4] Durán Magliardi, Carlos, Transición y consolidación democrática. Aspectos generales. En Gerardo Caetano [coordinador], Sujetos sociales y nuevas formas de protesta en la historia reciente de América Latina, Argentina, Buenos Aires, Clacso, 2006, Pág. 214
[5] Ibidem, pág. 215
[6] Citado por Linz, Juan J., Del autoritarismo a la democracia, pág. ¿¿, www.cepchile.cl/dms/archivo_1333_1052/rev23_jlinz.pdf
[7] Velásquez Rivera, Edgar, “Visiones sobre la transición a la democracia en Chile”, págs. 1,29 y 30. http://www.2csh.clio.pro.br/edgar velazquez rivera.pdf
[8] Lif, Laura y Chingo, Juan, Transiciones a la democracia. Un instrumento del imperialismo norteamericano para administrar el declive de su hegemonía. Estrategia Internacional, Nº 16, 2000.
[9] Linz, Juan J., Del autoritarismo..., op. cit., pág. 32
[10] Durán Magliardi, Carlos, Transición y consolidación..., op. cit. págs. 215-16
[11] Pilowsky Greene, Jaime, “La transición política a la democracia: Chile y España, una perspectiva comparada”, Pág. 18, http://www.bibliojuridica.org/libros/5/2116/9.pdf
[12] Ibídem, pág. 44.
[13] Edgar Velásquez recoge las etapas señaladas por Pinochet para la transición en el “Discurso de Chacarrillas” pronunciado en julio de 1977.
[14] Velásquez Rivera, Edgar, Visiones sobre la transición..., op. cit. pág. 18
[15] Goicovic Donoso, Igor, “La refundación del capitalismo y la transición democrática en Chile (1973-2004)”, HAOL, Nº 10, (Primavera 2006), http://www.historia-actual.com/hao/Volumes/Volume1/Issue10/esp/v1i10c2.pdf
[16] Corvalán, Luis, De lo vivido y lo peleado. Memorias, LOM ediciones, Santiago, 1997, pág. 257
[17] Velásquez Rivera, Edgar, Visiones sobre la transición..., op. cit. pág. 19
[18] Corvalán, Luis, De lo vivido..., op. cit. Págs. 313-4 y 324
[19] Arrate, Jorge y Rojas, Eduardo, Memoria de la izquierda chilena 1850-2000., pág. 483
[20] Velásquez Rivera, Edgar, Visiones sobre la transición..., op. cit. pág. 1
[21] Durán Magliardi, Carlos, Transición y consolidación..., op. cit. Pág. 216-21, 236
[22] Son muchos las obras y trabajos que tratan estos temas, para una visión resumida puede consultarse Sánchez Rodríguez, Jesús, El franquismo, http://www.rebelion.org/docs/22842.pdf
[23] La desaparición de las esperanzas en un rápido fin de la dictadura hizo que la mayoría de las organizaciones de izquierda y republicanas entrasen en un período de desconcierto y postración que duraría hasta finales de la década de los 50. En este período se hizo una criba de la anterior oposición, solamente el PCE volvería a mantener una actividad digna de tal nombre, el resto de las organizaciones de izquierda apenas harán poco más que mantener las siglas.
[24] El programa es condensado en cuatro puntos mínimos fundamentales: Un gobierno provisional de la más amplia coalición posible. Amnistía total para los presos y exiliados políticos. Libertades políticas sin ninguna discriminación. Elecciones libres a Cortes Constituyentes que decidirán el futuro régimen político de España. Declaración del Comité Ejecutivo del PCE, “Huelga Nacional y Pacto para la Libertad”, Nuestra Bandera, Nº 68, 1º trimestre 1972
[25] Sánchez Rodríguez, Jesús, Teoría y práctica democrática en el PCE, 1956-82, FIM, 2004, pág. 190
[26] La dirección del PCE parecía ser consciente en este asunto de la importancia de estar presente desde las primeras elecciones con sus propias siglas y sin cortapisas. Un experto en transiciones democráticas reconoce meridianamente la importancia de estos primeros momentos para el sistema de partidos que se establezca en la nueva democracia: “una comparación sistemática entre los resultados de la primera elección y otras posteriores en democracias nuevas o restablecidas, mostraría que la primera elección no sólo identifica a los principales partidos del nuevo sistema, sino que también muchos votantes habrán establecido a través de su primer voto una lealtad política que será difícil de cambiar en elecciones subsecuentes. En efecto, el mapa electoral mostraría en elecciones posteriores exactamente el mismo esquema; si bien puede cambiar la intensidad del apoyo prestado a los diversos partidos, con bastante probabilidad se mantendrá la situación electoral en las respectivas plazas fuertes y también en las áreas débiles.... Es por esto que la autorización de partidos y la proscripción de otros por un gobierno provisional, así como el apoyo inicial gubernamental o financiero para determinados partidos durante la transición, son tan decisivos para el posterior desarrollo del nuevo régimen.” Linz, Juan J, Del autoritarismo..., op. cit., pág. 49.
[27] O’Donell Guillermo, “El Estado burocrático-autoritario”, Pág. 8,
[28] Borón, Atilio, Tras el búho de Minerva..., op. cit. pág. 30
[29] Se puede consultar las cifras sobre el impacto negativo de las políticas neoliberales en Chile en Borón, Atilio, Tras el búho de Minerva..., op. cit., pág. 85
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