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EL "COMPLEJO DE DIOS" DE LA MODERNIDAD archivo del portal de recursos
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de origen
Leonardo Boff
Teólogo brasileño
Nacido
en 1938 Concórdia, Estado de Santa Catarina, Brasil, conocido por su
apoyo activo a los derechos humanos.
Es uno de los fundadores de la
Teología de la Liberación. Esta nota fue publicada por el Servicio de
Prensa Ecuménica Ecupres.
Apocalipsis bélico y ecológico
A partir de Bacon y Descartes el aura del “progreso”, una especie de recuperación del paraíso, en otro tiempo perdido, se convirtió en algo reconstruido y ofrecido a todos. Al mismo tiempo un monoteísmo estricto suprimió el carácter sagrado de todas las cosas y lo concentró sólo en Dios. Para el teólogo Leonardo Boff, entre la monstruosa destrucción de la Naturaleza y las trágicas guerras del presente permiten pensar que no necesitamos al Señor Creador para hacer realidad el Apocalipsis bíblico.
La crisis actual no es solo una crisis de escasez creciente de
recursos y de servicios naturales. Es fundamentalmente la crisis de un
tipo de civilización que ha colocado al ser humano como “señor y dueño”
de la naturaleza (Descartes). Ésta, para él, no tiene espíritu ni
propósito y por eso puede hacer lo que quiera con ella.
Según el
fundador del paradigma moderno de la tecnociencia, Francis Bacon, el ser
humano debe torturarla hasta que nos entregue todos sus secretos. De
esta actitud se ha derivado una relación de agresión y de verdadera
guerra contra la naturaleza salvaje que debía ser dominada y
“civilizada”. Surgió así también la proyección arrogante del ser humano
como el “Dios” que domina y organiza todo.
Debemos reconocer que el
cristianismo ayudó a legitimar y a reforzar esta comprensión. El Génesis
dice claramente: “llenad la Tierra y sujetadla y dominad sobre todo lo
que vive y se mueve sobre ella” (1,28). Después se afirma que el ser
humano fue hecho “a imagen y semejanza de Dios” (Gn 1,26).
El sentido
bíblico de esta expresión es que el ser humano es lugarteniente de
Dios, y como Éste es el señor del universo, el ser humano es el señor de
la Tierra. Él goza de una dignidad que es solo suya: la de estar por
encima de los demás seres. De aquí se generó el antropocentrismo, una de
las causas de la crisis ecológica. Finalmente, el monoteísmo estricto
suprimió el carácter sagrado de todas las cosas y lo concentró sólo en
Dios.
El mundo, al no poseer nada de sagrado, no necesita ser
respetado. Podemos modelarlo a nuestro gusto. La moderna civilización de
la tecnociencia ha ocupado todos los espacios con sus aparatos y ha
podido penetrar en el corazón de la materia, de la vida y del universo.
Todo venía envuelto con el aura del “progreso”, una especie de
recuperación del paraíso, en otro tiempo perdido, pero ahora
reconstruido y ofrecido a todos.
Esta visión gloriosa empezó a
derrumbarse en el siglo XX con las dos guerras mundiales y otras
coloniales que produjeron doscientos millones de víctimas. Cuando se
perpetró el mayor acto terrorista de la historia, las bombas atómicas
lanzadas sobre Japón por el ejército estadounidense, que mataron a miles
de personas y destruyeron la naturaleza, la humanidad se llevó un susto
del cual no se ha repuesto hasta hoy. Con las armas atómicas,
biológicas y químicas construidas después, nos hemos dado cuenta de que
no necesitamos a Dios para hacer realidad el Apocalipsis.
No somos
Dios y querer serlo nos lleva a la locura. La idea del hombre queriendo
ser “Dios” se ha transformado en una pesadilla. Pero él se esconde
todavía detrás del “tina” (there is no alternative) neoliberal: “no hay
alternativa, este mundo es definitivo». Ridículo. Démonos cuenta de que
«el saber como poder” (Bacon) cuando se realiza sin conciencia y sin
límites puede autodestruirnos.
¿Qué poder tenemos sobre la
naturaleza? ¿Quién domina un tsunami? ¿Quién controla el volcán chileno
Puyehe? ¿Quién frena la furia de las inundaciones en las ciudades
serranas de Río? ¿Quién impide el efecto letal de las partículas
atómicas de uranio, de cesio y de otros elementos, liberadas por las
catástrofes de Chernobyl y de Fukushima? Como dijo Heidegger en su
última entrevista a Der Spiegel: “sólo un Dios podrá salvarnos”.
Tenemos
que aceptarnos como simples criaturas junto con todas las demás de la
comunidad de vida. Tenemos el mismo origen común: el polvo de la Tierra.
No somos la corona de la creación, sino un eslabón de la corriente de
la vida, con una diferencia, la de ser conscientes y con la misión de
“guardar y cuidar el jardín del Edén” (Gn 2,15), es decir, de mantener
las condiciones de sostenibilidad de todos los ecosistemas que componen
la Tierra.
Si partimos de la Biblia para legitimar la dominación de
la Tierra, tenemos que volver a ella para aprender a respetarla y a
cuidarla. La Tierra generó a todos. Dios ordenó: “Que la Tierra produzca
seres vivos, según su especie” (Gn 1,24). Ella, por lo tanto, no es
inerte; es generadora, es madre. La alianza de Dios no es solo con los
seres humanos. Después del tsunami del diluvio, Dios rehizo la alianza
“con nuestra descendencia y con todos los seres vivos” (Gn 9,10). Sin
ellos, somos una familia menguada.
La historia muestra que la
arrogancia de “ser Dios”, sin nunca poder serlo, sólo nos trae
desgracias. Bástenos ser simples criaturas con la misión de cuidar y
respetar a la Madre Tierra.
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