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FACTORES NEUROBIOLÓGICOS DEL TRASTORNO DE PERSONALIDAD ANTISOCIAL archivo del portal de recursos
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Ángela Melissa
Garzón
Psicóloga
Universidad El Bosque
Bogotá,
Colombia
José Antonio
Sánchez González
Decano de la Facultad de Psicología,
Universidad El Bosque
Director de Trabajo de Grado
Resumen
Este artículo ha sido realizado con el objetivo de hacer una selección analítica de la literatura básica con el fin de establecer en algún grado el estado actual del conocimiento sobre los factores neurobiológicos asociados al trastorno de personalidad antisocial. Tales factores se centran en la identificación de las estructuras neuroanatómicas implicadas, así como en el funcionamiento neurofisiológico que se altera en el trastorno. De igual manera, se realiza una revisión teórica de los factores genéticos que se asocian con el desarrollo y mantenimiento de la alteración. Para ello se describe la personalidad y sus trastornos, así como la psicopatía.
Introducción
La personalidad está constituida por rasgos
característicos de pensamiento, afectividad y estilos de comportamiento que
tienden a expresarse en formas básicas, relativamente estables y
transituacionales a lo largo del tiempo. En ciertos individuos algunos rasgos
pueden ser gravemente disfuncionales, por lo que presentan alteraciones que son
descritas como trastornos de la personalidad.
Uno de esos trastornos
es el trastorno de personalidad antisocial, conocido como sociopatía o
psicopatía, que ha sido objeto de varios estudios empíricos y consideraciones
teóricas desde que Phillippe Pinel introdujo el término, hace aproximadamente
doscientos años (Clonniger, 2003). Este trastorno de personalidad antisocial se
relaciona con el crimen, la violencia y la delincuencia. Los individuos que lo
presentan tratan a los demás de manera insensible, sin preocupación aparente,
sin sentimiento de culpa, incluso cuando dañan a las personas más cercanas o a
ellos mismos, motivados por las oportunidades de manipular a los otros (Millon y
Davis, 1998). Las personas con este trastorno de personalidad son sumamente
rígidas, no pueden adaptarse a la realidad, lo cual debilita su capacidad
operacional. Sus patrones desadaptados de pensamiento y comportamiento se hacen
evidentes al principio de la edad adulta, frecuentemente antes y, tienden a
durar toda la vida (Mata, 2002).
Por lo mencionado, el trastorno de
la personalidad antisocial (TPA) es uno de los temas que más interés ha
suscitado en el campo de la psicología en los últimos tiempos, siendo entonces
de gran importancia un análisis desde diferentes perspectivas. Por ello, muchos
son los documentos, investigaciones, estudios y acercamientos que han trabajado
el tema en institutos, universidades y centros especializados en el tratamiento
de la personalidad del individuo. En este artículo se identificarán los factores
neurobiológicos y genéticos implicados, lo cual es objeto principal y básico de
interés en el presente trabajo.
La personalidad y sus trastornos
Definición del concepto de personalidad
Clonniger (1998, referenciado por Téllez, Taborda y
Burgos, 2003) define la personalidad como la organización dinámica de los
diferentes sistemas psicobiológicos del individuo que permiten una mejor
adaptación, y cuya organización depende de la maduración neurobiológica, las
experiencias interpersonales y afectivas, y la incorporación de normas
sociales. Sus investigaciones, apoyadas en el Modelo de Rasgos, expresan que los
eventos internos y externos hacen parte de un fenómeno multidimensional, donde
los aspectos del individuo se integran en dimensiones psicométricas y
neurobiológicas para realizar las descripciones categoriales y dimensionales de
la personalidad y, a partir de ello reformular los estudios con la creación de
un nuevo modelo de la personalidad (Arroyo y Roca, 1998).
Clonniger,
junto con sus colaboradores Siever y Davis (1993) proponen un Modelo
Tetradimensional de la Personalidad construido sobre los ejes de la genética y
la biología, que coinciden con los ejes clínicos que giran sobre los trastornos
de personalidad (Arroyo y Roca, 1998). Este Modelo es el que se toma como base
para esta investigación teórica, ya que tiene en cuenta los factores que afectan
la continua interacción del individuo, haciendo énfasis en el factor
disposicional de la biología sobre los diferentes escenarios. Sin embargo, se
hace necesario el entendimiento de la personalidad desde la psicología, como
constructo esencial del estudio de dicha disciplina y, desde lo social, como
elemento que diferencia al individuo del resto de las personas, en el proceso de
socialización.
Trastornos de personalidad
Pichot, et al. (1995) presentan algunos de los
criterios que se deben tener en cuenta para un trastorno de la personalidad. Los
define como un patrón permanente de experiencia interna y de comportamiento, que
se aparta acusadamente de las expectativas de la cultura del sujeto, estando
presente en una, dos o más áreas de las que se mencionan a continuación:
cognición (por ejemplo, formas de interpretarse a uno mismo, a los demás y a los
acontecimientos); afectividad (por ejemplo, la gama, la intensidad, labilidad y
adecuación de la respuesta emocional); actividad interpersonal y control de los
impulsos.
Autores como Kaplan, Sadok y Grebb, (1994) presentan
enfoques complementarios a los que se han mencionado ya, pero en este punto, al
referenciar aquellas definiciones y planteamientos que se relacionan de manera
directa con los trastornos de la personalidad como tal. Es entonces cuando estos
autores hacen mención a la agrupación que el DSM-IV (Manual diagnóstico y
estadístico de los trastornos mentales) le da a los trastornos de la
personalidad, los cuales se dividen en la personalidad paranoide, la esquizoide
y la esquizotípica. Las anteriores pertenecen a la agrupación del grupo A. Las
del B incluyen los trastornos de la personalidad antisocial, borderline,
histriónica y narcisista, teniendo así en las personas que las padecen
comportamientos con inclinación al dramatismo, a la emotividad y a conductas
erráticas. El grupo C comprende los trastornos de la personalidad por evitación,
por dependencia y el obsesivo-compulsivo, y una categoría denominada trastorno
de la personalidad no especificado, en la cual las personas suelen ser ansiosas
y temerosas.
En síntesis, el lugar que ocupan los trastornos de la
personalidad en este contexto se presentan de tal manera que obligan a que el
patrón sea estable, inflexible y manifestable en una amplia gama de situaciones
sociales y personales, no limitados a episodios concretos. Además, los rasgos de
la personalidad causan incapacidad funcional significativa, social o laboral, y
de la misma forma, sus manifestaciones se reconocen en la adolescencia o antes
de la edad adulta, continúan a lo largo de la adultez y, a veces, se hacen menos
patentes o se atenúan en la edad intermedia o avanzada (Arroyo y Roca,
1998).
Hasta el momento se ha identificao la clasificación que se ha
intentado dar a los trastornos de personalidad, en el DSM-IV, herramienta
esencial de la psicopatología. Siendo el interés de este artículo el Trastorno
de Personalidad Antisocial (TAP), a continuación se realizará su
descripción.
Trastorno de personalidad antisocial
El trastorno antisocial es una alteración de la
personalidad que se caracteriza por imposibilitar al individuo a tener una
convivencia normal cuando intenta independizarse; sin embargo, cuando logra
cierto grado de independencia, lo consigue gracias a su sobreestimada
autovaloración, lo que demuestra intentando mantener su supremacía por la fuerza
(Astudillo, Cortes y Valdebenito, 2006)
Garrido (2000), tomando como
base los trastornos de la personalidad con características de una personalidad
antisocial, expresa que este término describe un patrón de conducta
caracterizado por la falta de remordimientos y una ausencia completa de
restricciones. Del mismo modo, y basado en la exposición de Garrido (2003),
agrega que se desarrolló, en ese tiempo, el concepto de "locura moral", en
referencia a los hombres con comportamientos y actitudes antisociales. Esta
caracterización significaba la aparición de los principios activos y morales de
la mente, en el momento en el que estos se han depravado o pervertido en gran
medida; el poder del autogobierno se ha perdido o ha resultado muy dañado y el
individuo es incapaz, no de razonar a propósito de cualquier asunto que se le
proponga, sino de comportarse con decencia y propiedad en la vida.
Para Vallejo (1980), la personalidad antisocial (trastorno
antisocial de la personalidad) refleja en los pacientes una gran frialdad y una
falta de miedo ante aquellas situaciones en las cuales cualquier otro sujeto con
las mismas características y la misma edad, podría sentir temor o "prudencia"
por su aparente peligro o situación de riesgo. Este mismo autor también menciona
que los trastornos de la personalidad antisocial se manifiestan con mayor
acentuación en aquellas personas que desde la infancia presentan alteraciones y
rechazos ante las normas y reglamentos que se les presenten para la vida
cotidiana. De este modo, el autor argumenta que desde la etapa de la niñez es
común notar este tipo de comportamiento en los pacientes que presentan
características de personalidad antisocial, además porque se suman factores
relevantes como la mentira constante, el robo, el exceso de travesuras y
conductas agresivas, que sobresalen una vez que se avanza en la etapa de la
niñez.
Desde el punto de vista de la relación directa con los
demás, los pacientes que presentan personalidad antisocial reflejan una
regulación que se basa exclusivamente en la sensibilidad ante las señales de
recompensa y la gratificación inmediata, por ello no se motivan a realizar
actividades que requieran un esfuerzo sostenido y acaban desinteresándose de
todo lo que no les provea estimulación y gratificación. Esta descripción de
Vallejo (1980) se complementa con otras observaciones tales como la presencia
continua de consumo de estimulantes del tipo de las anfetaminas o la cocaína,
que se ven combinados con el alcohol o la marihuana, características propias de
síndromes tóxicos en dichos pacientes.
Estos múltiples síntomas que
abarcan el trastorno, determinan la aparición de la alteración como un cuadro
que afecta al individuo cuando se presentan en la mayoría de las situaciones
experimentadas. Por esto, el DSM-IV ha logrado reunir los síntomas en un
conjunto de criterios diagnósticos, que facilitan la identificación de la
psicopatía. Estos se describen a continuación.
Criterios diagnósticos del trastorno de personalidad
antisocial
El DSM-IV, (Valdez, 1995) establece cuatro grupos de
criterios generales para diagnosticar Trastorno Antisocial de Personalidad, que
se expondrán en la siguiente tabla.

Es entonces de gran importancia mencionar que este
trastorno se inicia con comportamientos sutiles en la niñez y se exhiben de modo
intenso después de la adolescencia y durante la etapa de adulto joven, para
luego disminuir cuando se llega a la edad de 40 años (Garrido, 2003). Asimismo,
este autor explica que el TPA presenta rasgos de personalidad compartidos o
parecidos con otros trastornos de la personalidad, como:
- Antisocial
(solo): presentar historia de trastorno disocial (menor de quince años),
impulsividad, agresividad, comportamiento delictivo y mentiras.
- Narcisista
(solo): donde la persona busca despertar admiración y envidia en los demás.
-
Antisocial-Narcisista: al igual que el antisocial, presenta historia de
trastorno disocial (menor de quince años), impulsividad, agresividad,
comportamiento delictivo, mentiras, más características como ser explotadores
con poca sinceridad y empatía.
- Antisocial-Histriónico: se observan
conductas como la impulsividad, la superficialidad, imprudencia, manipulación y
búsqueda de sensaciones.
También pueden presentarse de forma asociada
trastornos de ansiedad, trastornos depresivos, trastornos relacionados con
sustancias, trastornos de somatización, juego patológico y otros trastornos del
control de los impulsos (DSM-IV, 1995).
Factores neurobiológicos del trastorno de personalidad
antisocial
Factores neuroanatómicos
Del-Bel
(2005) menciona que la agresión (comportamiento característico de la psicopatía)
puede llegar a ser clasificada como reactiva versus operativa. La reactiva
(afectiva) se da cuando el individuo se encuentra temeroso y siente la necesidad
de defenderse de los estímulos desconocidos, potencialmente peligrosos. Por otro
lado, la operativa (depredatoria) es aquella planeada y ejecutada de manera
calculada, para eliminar un objeto claramente específico. Estas diferencias de
categorías del comportamiento agresivo se pueden identificar claramente en los
diferentes procesos neuronales. Las estructuras donde se encuentran estas
diferencias de la agresión, la depredadora, han sido ampliamente estudiadas y
numerosas estructuras filogenéticamente muy antiguas han sido implicadas,
incluyendo el hipotálamo, el tálamo, el mesencéfalo, el hipocampo y el núcleo
amigdalino. La amígdala y el hipotálamo trabajan en estrecha armonía y el
comportamiento de ataque puede ser acelerado o retardado, según sea la
interacción entre estas dos estructuras. Por lo tanto, la inhibición o
desinhibición de la agresión puede ocurrir entre dos elementos neuroanatómicos,
en los sitios más primitivos o en las estructuras "superiores" sobre otras
"inferiores" (Del-Ben, 2005). A continuación se describen los sistemas
implicados en la desinhibición e inhibición de la conducta
agresiva:
1. La desinhibición comportamental
Todas las alteraciones, incluidas las comportamentales, tienen elementos comunes. La desinhibición comportamental se vincula, según Mata (2002), con el Sistema de Activación Comportamental (SAC) como opuesto al Sistema de Inhibición Comportamental (SIC). El SAC se activa en respuesta a incentivos gratificantes o placenteros, en tanto el SIC lo hace frente a la posibilidad de castigo o frustración, y se piensa que es el substrato de la ansiedad. Se ha sugerido que en la psicopatía habría una hiperrespuesta del SAC, con baja reactividad del SIC. Esto ha sido demostrado por medio de pruebas. Algunos autores encontraron que los altos buscadores de sensaciones, especialmente aquellos que puntúan alto en desinhibición, tienden a mostrar baja desaceleración cardiaca a los tonos de moderada intensidad, en tanto que los bajos buscadores de sensaciones responden a la inversa. Estos resultados sugieren que los altos buscadores atienden más a los estímulos novedosos, aún si éstos carecen de significado desde el punto de vista de la recompensa o el castigo (Mata, 1998).
La teoría del bajo nivel de alerta, la cual tendría que ver
con la frialdad afectiva, se apoya en que los psicópatas tienen baja
responsividad fisiológica, evidenciada por el gasto cardíaco bajo, desde muy
temprana edad, exceso de ondas lentas en el electroencefalograma (EEG) y baja
conductividad eléctrica de la piel. En un sentido directo, esta baja
responsividad puede hacer al individuo menos sensible a claves sutiles
requeridas para el aprendizaje de claves prosociales y puede deteriorar el
condicionamiento clásico de respuestas emocionales que se cree son importantes
para la formación consciente del aprendizaje de la evitación (Howard,
1986).
2. La inhibición comportamental
Para Mata (2002) una falta de alerta autonómica podría
explicar el déficit en el aprendizaje de la evitación pasiva en psicópatas,
debido a que el arousal puede inhibir la respuesta en las personas más ansiosas.
Los psicópatas tienden a exhibir menos alertabilidad de acuerdo a las mediciones
de resistencia eléctrica de la piel, pero muestran alta respuesta cardiaca a los
estímulos que han sido condicionados al castigo, ocurriendo a la inversa cuando
tal condicionamiento no existe la respuesta cardiaca es bifásica, esto es,
puede mostrar tanto aceleración como desaceleración en respuesta a los
estímulos.
Estudios de neuroimágenes
Debido a la
necesidad de estudiar las estructuras cerebrales implicadas en los diferentes
procesos de la psicopatía, la ciencia médica ha utilizado los avances técnicos
de neuroimagen funcional, como la Tomografía por Emisión de Positrones (TEP), la
Tomografía Computarizada por emisión de Fotón Único (SPECT) y la Resonancia
Magnética Funcional (fMRI) para hallar relaciones entre las regiones cerebrales
y los criterios diagnósticos del TPA.
En un estudio de neuroimagen
estructural con fMRI, se encontró que las personas diagnosticadas con TPA
presentaban una reducción en el volumen de la masa prefrontal que se
correlaciona positivamente con una reducción en la respuesta autónoma frente a
un evento estresor (Del-Ben, 2005). Chiana- Shan, Kosten y Shinha, (2006),
refieren que los individuos con TPA no tienen una adecuada respuesta emocional
ante las situaciones de estrés y no logran aprender de las asociaciones cuando
se enfrentan a situaciones similares. Estos autores encontraron en la fMRI una
activación de la corteza prefrontal y del área de Brodman (BA) 10, en personas
antisociales para suprimir el dolor emocional que se puede experimentar ante una
situación de estrés, siendo estas estructuras las que controlan el sufrimiento
del individuo en conjunto con la disminución de la actividad del cíngulo
posterior izquierdo. Tal argumento es confirmado en otra investigación realizada
por Edens, et al. (2006), donde hallaron que las personas con un alto puntaje en
la escala PCL-R (Psychpathic Checklist-Revised, ver anexo 1) tienen una
actividad electrotérmica menor ante estímulos lingüísticos y no lingüísticos
agresivos, con lo cual lo correlacionan los autores con una baja sensibilidad
para llevar a cabo un proceso de aprendizaje ante las señales de castigo.
Estudios más recientes con la fMRI demuestran que en el TPA se implican las
regiones prefrontales y el sistema límbico, donde según los investigadores se
presenta una disminución en la actividad del complejo amígdala-hipocampo, giro
parahipocampal, estriado ventral y giro del cíngulo posterior y anterior
(Del-Ben, 2005).
Según García y Téllez (1995), el déficit que se
presenta a nivel límbico en personas con alteraciones en el control de la
impulsividad les genera dificultad para tener un aprendizaje significativo.
Estos mismos autores también mencionan que los psicópatas tienen alterado el
mecanismo del núcleo peduncular cerebeloso, el cual integra la acción motora,
recibe aferencias de los ganglios basales y del sistema nervioso autónomo, por
lo cual en el TPA, el individuo no se percata de sus acciones, presentando
frialdad afectiva con incapacidad de tener memoria sensorial y aprender de las
experiencias.
Laasko (2001) describió que existe una relación entre
la psicopatía y las reducciones bilaterales del volumen del hipocampo posterior.
Por su parte, Raine (1994), utilizando el TEP en la actividad de la corteza
prefrontal de 41 asesinos y 41 sujetos de control, encontró que los asesinos
tenían menor actividad en esa zona. En relación con las regiones del córtex, la
reducción del funcionamiento prefrontal puede traducirse en la pérdida de la
inhibición o control de las estructuras subcorticales; esto, dentro del plano
neuropsicológico, se traduce en alteraciones en los sentimientos agresivos; en
el plano neurocomportamental, se han identificado comportamientos arriesgados,
irresponsables, trasgresores de las normas, con arranques emocionales y
agresivos que pueden predisponer a la violencia; en el plano de la personalidad,
se asocian con impulsividad, pérdida de autocontrol e inmadurez y, finalmente,
en el plano cognoscitivo, causan una reducción de la capacidad de razonar y de
pensar (Raine, 1997 citado por Garrido, 2003).
Este mismo autor
también explica que el giro angular izquierdo registra una actividad menor del
metabolismo de la glucosa, lo que favorece la conducta violenta. Identificó,
además, que el cuerpo calloso tiene una actividad menor que facilita que el
hemisferio izquierdo tenga dificultades en la inhibición de las emociones
negativas. En otros estudios con PET y SPECT se hace evidente la reducción del
metabolismo en regiones frontales (córtex prefrontal) especialmente, en áreas
medias y en el núcleo caudado en el comportamiento antisocial (Blair, 2004). Del
mismo modo, se pudo estipular que la actividad de la corteza prefrontal (PFC)
más alta se asocia con baja excitación fisiológica, hallando así una
correlación positiva entre la activación de PFC y menos cambio en la proporción
del corazón, así como menor cambio en la ansiedad, presentando como agravante,
el hecho que los individuos antisociales pueden comprometer el PFC a una
magnitud mayor, al evaluar el dolor en la tensión de manera positiva (Chiang-
Shan, Kosten & Shinha, 2006). Por último, Chiang- Shan, Kosten & Shinha
(2006) manifiesta que su estudio muestra una correlación entre la actividad de
MPFC y la personalidad antisocial que hace pensar en la baja excitación
fisiológica durante situaciones de estrés.
En particular, se ha
observado la pérdida del control de los impulsos y conductas agresivas en los
sociópatas (APA, 1999). Para concluir esta parte, a continuación se resume lo
expuesto sobre las bases neuroanatómicas del trastorno de personalidad
antisocial.

Factores neurofisiológicos
Además de los estudios que se han realizado sobre las
estructuras anatómicas, también es importante resaltar los estudios sobre el
funcionamiento de estas y las sustancias que intervienen, no sólo a nivel
cerebral, sino en todo el cuerpo y que influyen en el desarrollo del TPA. Con
tal finalidad a continuación se expondrá dicho funcionamiento.
1. Agentes hormonales
Las conductas violentas se han asociado a
endocrinopatías tipo enfermedad de Cushing, hiperandrogenismo, hipertiroidismo,
hipoglicemia y tensión premenstrual, asociaciones que han sido objeto de
intensas controversias.
Históricamente, los hombres presentan mayor
frecuencia de conducta antisocial en la infancia y en la adolescencia que las
mujeres, en proporción de 4:1. En la edad adulta, los hombres muestran mayor
prevalencia de trastorno de personalidad antisocial y conductas delictivas con
relación de 7:1. La tipología del delito por género es diferente. Las mujeres
cometen con mayor frecuencia delitos menores, mientras los hombres muestran
mayor frecuencia de delitos contra la vida y la propiedad privada (APA, 1999).
La discrepancia fisiológica de género parece ser el resultado de la
diferenciación prenatal del área preóptica del hipotálamo, como resultado del
influjo de los andrógenos (García y Téllez, 1995). Mata (1998) aporta que las
diferencias de género se deben a las hormonas gonadales, en particular la
testosterona, y han sido asociadas con la sexualidad, la dominancia social y la
agresividad en animales. Estos hallazgos han sido algunas veces extendidos a los
humanos sin suficientes estudios comparativos. Altos niveles de testosterona en
prisioneros han sido relacionados con historias de agresiones especialmente
malignas, pero tanto en prisioneros como en ciudadanos sin problemas legales, la
testosterona parece estar relacionada con la dominancia social, la búsqueda de
sensaciones (desinhibición) y experiencias heterosexuales (Mata, 1998).
2. Agentes neuroquímicos
Se plantea la presencia de una relación entre conductas
agresivas y la concentración de ciertas sustancias como la serotonina (5-HIA)
a nivel cerebral. Se ha encontrado disminución o aumento de cierto tipo de
neurotransmisores (NT) en el cerebro y líquido cefalorraquídeo (LCR) de los
suicidas y personas que cometen actos violentos. Se dice que hay un déficit
serotoninérgico en los individuos con trastorno de personalidad y conductas
violentas. Algunos autores consideran que estos niveles cerebrales de NT podrían
ser predictores de las conductas de agresión física y violenta (Salín, Pascual
y Ortega, 1989).
3. Noradrenalina (NA)
Para Raine (1995), los estudios que vinculan la NA dan
resultados paradójicos e inconsistentes. Hay alguna evidencia de que la NA tiene
alguna participación en la agresión afectiva (defensiva, impulsiva). La
administración de Inhibidores de la Monoaminooxidasa (IMAOs) que elevan los
niveles de la NA central, aumentan la lucha inducida por shock. De manera
similar, drogas que vacían de NA al cerebro, anulan la furia inducida en gatos.
Evidencias contradictorias, sin embargo, han indicado que la inyección de NA
colocada intraventricularmente no produce agresión afectiva. En general, los
resultados a partir de estudios animales sugieren que la NA puede facilitar la
agresión afectiva, en tanto que inhibe la predadora, aunque hay mucha
inconsistencia en los hallazgos a través de las especies.
4. Dopamina
Se ha encontrado también que las drogas que aumentan
los niveles de DA inhiben la agresión depredadora. Por lo tanto, de manera
similar a la NA, la DA puede inhibir la agresión depredadora y estimular la
defensiva, o afectiva. No se ha demostrado consistentemente esta proposición
(Mata, 1995).
5. Serotonina
Funcionalmente, este NT está asociado a muchos y
diferentes efectos. Sus numerosas familias y subfamilias de receptores cumplen
en esta variedad un papel muy importante. Aunque inicialmente fue conocido su
papel en la digestión, es en realidad un NT que, en el cerebro, representa un
papel inhibitorio para la descarga de impulsos. Por lo tanto, podría esperarse
que los individuos con bajos niveles de serotonina (ST) tengan problemas en el
control de los mismos. Las pruebas de su acción en humanos, incluyen (Volavka,
1999):
- Estudios del catabolito (ácido 5-Hidroxi-indol-acético,
5-HIAA) en Líquido Cefalorraquídeo (LCR);
- Estudios del contenido de
triptofano en plasma y de la recaptación de ST en las plaquetas; y
- Desafíos
neuroendocrinos de sus receptores centrales.
Los resultados de los
estudios de Coccaro (1991) conducen a la conclusión de que una historia de actos
agresivos y la tendencia a responder a las provocaciones con violencia, covarían
con el número no con la afinidad de los sitios plaquetarios de recaptación de
ST evaluados usando paroxetina tritiada (1) . Notablemente, la correlación entre
los valores Bmax (2) para la ligadura de la paroxetina tritiada y la historia
vital de agresión eran independientes del funcionamiento global, del estado de
la depresión, o de los trastornos afectivos, alcoholismo, o abuso de drogas,
actuales o del pasado. Por lo tanto, es improbable que esta relación simplemente
represente un epifenómeno de otras condiciones psicopatológicas entre los
pacientes, en esta muestra.
De acuerdo con la teoría de Cloninger, el
sistema ST está asociado con la evitación del daño y la toma de riesgos; los
niveles bajos de ST están asociados con la tendencia a evitarlos y los altos; en
este marco, sugieren que la ST estaría vinculada a la "evitación del daño" (la
tendencia a evitar o tomar riesgos). La NA se asocia con la "dependencia a la
gratificación" (la tendencia a buscar la aceptación y recompensa social como
motivador del comportamiento), mientras que la DA estaría ligada a la "búsqueda
de estímulos" (la tendencia a buscar estímulos novedosos). Desde el momento en
que cada uno de estos sistemas influye en los demás, las necesidades y el
comportamiento de cada individuo necesitarían el análisis del estado de estos
tres niveles (Mata, 1998).
La hipótesis de Linnoila (1994) es que de
dos grupos igualmente violentos, los ofensores impulsivos podrían tener menores
niveles de 5-HIAA en el LCR en relación con los no impulsivos, que habían
premeditado sus actos. Por lo tanto, un bajo 5-HIAA es más bien un marcador de
impulsividad que de violencia. Puede señalar baja producción de ST, o ser
indicador de un alto transporte fuera del LCR, lo cual es un fenómeno de
membrana. Los autores sugieren que el temprano consumo de alcohol asociado a
bajos niveles de 5-HIAA puede desembocar en cuadros de psicopatía violenta, por
lo que sería conveniente suministrar preventivamente serotoninérgicos. Esto
apoya la hipótesis de que un control pobre de impulsos está vinculado a bajos
niveles de metabolitos de las monoaminas y con una tendencia a la hipoglicemia
en ofensores criminales.
Significativamente, niveles bajos del
metabolito de la ST, el 5-HIAA y de la enzima Monoamiooxidasa (MAO) se
encuentran en los aumentadores visuales en potenciales evocados. Los bajos
niveles de MAO se vinculan consistentemente con los buscadores de sensaciones y
son bajos en los desórdenes desinhibitorios. La MAO baja puede ser un signo de
falta de actividad serotonina (ST) o excesiva actividad dopamina (DA) (Raine,
1995). Este mismo autor explica la enzima MAO (Monoaminooxidasa) como contenida
en las mitocondrias de las neuronas monoaminérgicas y reguladora del nivel de
los neurotrasmisores (NT) disponibles en las células a través de degradación
catabólica por los NT después de la recaptación. La MAO en los humanos es
evaluada usualmente a través de las plaquetas. La MAO plaquetaria es usualmente
de tipo B, la que está primariamente asociada con la regulación de las neuronas
DA en el cerebro humano. Bajos niveles de MAO plaquetaria han sido asociados con
altos niveles del rasgo de búsqueda de sensaciones, y también con niveles altos
de actividad social, criminalidad, tabaco, alcohol y drogas ilegales.
Hasta este punto se han descrito los factores
neuroanatómicos y fisiológicos relacionados con el trastorno de personalidad
antisocial. Vale la pena aclarar que la presentación de estructuras o sustancias
que aquí se expusieron se encuentran aun en estudio y que no son las únicas
implicadas. No obstante, se logró cumplir con el objetivo de ampliar el
conocimiento en esta área. Ahora, para complementar la visión sobre los factores
biológicos se describirán a continuación los factores genéticos que se
relacionan con el TPA.
Factores genéticos del trastorno de personalidad
antisocial
1. Los factores genéticos en el trastorno de personalidad
antisocial
Los genes contienen la información que codifica varias
proteínas estructurales y regulatorias (incluyendo al ácido ribonucléico, ARN)
que conducen a diferencias en el desarrollo del ser humano. Estas diferencias
individuales se pueden expresar en cualquier sistema fisiológico, pero las más
importantes son las que se establecen en el cerebro y en otras partes del
sistema nervioso ya que son, probablemente, las que más influyen en los rasgos
comportamentales (Mata, 2002). En lo que respecta a este tema la genética del
rasgo ImPUSS se puede decir que las diferencias individuales en los sistemas
bioquímicos y neurológicos subyacen a los mecanismos básicos de los orígenes
sobre las variaciones en este campo.
Uno de los estudios que más se
ha realizado con respecto al TPA es el de las correlaciones entre gemelos
idénticos que fueron criados en forma separada. Estos estudios permiten una
estimación directa de la heredabilidad de estos rasgos, contradiciendo la
creencia común de que el ambiente familiar es el principal responsable de la
socialización del niño y que las similitudes mayores observadas en los gemelos
idénticos se deben a que son tratados de manera más parecida que los fraternos
(Mata, 2002). La pregunta sobre qué factor es más importante en el desarrollo de
la personalidad, el ambiente o la herencia, ha sido tema de muchas polémicas
durante muchos años y es por ello que las investigaciones en los diferentes
campos se han ampliado (Barnes, 1984). Se ha sugerido que hay una predisposición
genética al retraimiento social, y que esto está relacionado con las
anormalidades electrofisiológicas vistas en algunos psicópatas, lo cual sugiere
que los niños que están predispuestos biológicamente a ser psicópatas están
genéticamente predispuestos al aislamiento social; estarían también en riesgo,
debido a su hipersensibilidad a amenazas de castigo (en los que están
sobrevalorando el peligro) (Howard, 1986).
Al resumir la hipótesis
planteada por Howard, se identifica una clase de individuos que muestran un
comportamiento antisocial muy temprano, crónico, y cuya condición es
fundamentalmente evolutiva, manifestándose en la adultez como un déficit
madurativo, tanto comportamental como electrofisiológico; al crecer la persona,
estas características disminuyen, en un nivel de rasgos. Algunos de estos
individuos, especialmente los que muestran un auténtico trastorno de
personalidad, se caracterizan por un subrasgo patológico de impulsividad. Como
consecuencia de esto, hay falta de adaptación, que es la resultante del déficit
de la apreciación, tanto primaria como secundaria.
2. La genética en relación con las características del
trastorno de personalidad antisocial
Es notable la importancia de los factores genéticos en
el trastorno de la personalidad antisocial, como lo muestran los estudios que a
continuación se mencionarán. Ellos hacen evidente una relación, en especial, en
temas como sociabilidad, emotividad y nivel de actividad.
-
Sociabilidad:
La sociabilidad abarca una considerable variedad de
estilos de interacción con el ambiente social. En un estudio realizado con casi
13.000 parejas de gemelos suecos, se descubrió que en la pareja de los gemelos
monocigóticos la medida de sociabilidad se correlaciona 0.54 y, para los gemelos
dicigóticos en 0.21, lo que nos sugiere que para el desarrollo de ciertos rasgos
de personalidad se encuentra una fuerte base genética. Por ende, una persona con
TPA tiene una carga heredable desfavorable en su capacidad para relacionarse
con los demás (Liebert, R y Liebert, L, 2000).
- Emotividad:
Es la tendencia a presentar activación fisiológica en
respuesta a los estímulos ambientales. Liebert, R y Liebert, L (2000) mencionan
una investigación longitudinal realizada por Fox y Loehlin, (1989) durante
cuarenta y un años, con individuos desde su infancia. El estudio consistía en
realizar entrevistas cada tres meses a los padres, luego cada seis meses hasta
los 5 años y después, cada año a profesores, amigos y familiares. El resultado
indica que los seres humanos presentan rasgos emocionales constantes desde el
nacimiento hasta la adultez, lo que podría implicar que dichas expresiones son
heredadas, así como sus alteraciones, patrón que ocurre en el trastorno de
personalidad antisocial.
- Nivel de actividad
Este nivel es definido por Jang, Livesley, Vernon &
Jackson, (1996) como la cantidad neta de respuesta producida por un individuo,
la relación con el vigor y la velocidad. Torgeersen (1995) realizó una
investigación donde halló una correlación positiva en la heredabilidad de este
rasgo del 0.93 en gemelos monocigóticos. Menciona que era diez veces mayor la
correlación cuando alguno de los padres había presentado durante la vida
alteraciones en el control de impulsos.
3. Biología molecular y trastorno de personalidad
antisocial
Desde la genética no se pretende encontrar el gen de la
agresión ya que se presume que depende de la interacción de múltiples genes y se
entiende que en su determinación interactuan múltiples factores tanto
epigenéticos como ontogenéticos. No obstante, se ha avanzado en el
descubrimiento de genes asociados a defectos enzimáticos que modifican el
equilibrio de los neurotransmisores y que se relacionan con las características
de la sociopatía. (Jara y Ferrer, 2005).
Constantino, Morris y
Murphi, (1997) encontraron una variable predictora importante para el desarrollo
de la conducta antisocial. Ella es el que uno o ambos padres padezcan el
trastorno de personalidad antisocial. Se halló una asociación entre la conducta
hostil y agresiva en niños de 3 meses de edad con niveles bajos de 5-HTAA,
cuando alguno de los padres o ambos habían tenido un diagnóstico de TPA; esto
aumenta la probabilidad del infante de desarrollar el trastorno durante el
transcurso de su vida. Soyka, Preuss, Koller, Zill y Bandy (2003) también
mencionan la relación entre la serotonina y la conducta antisocial. Ellos en sus
investigaciones hallaron una asociación entre 5-HT 1B del gen 8g1 y el
trastorno antisocial.
Por otro lado, Saudino, Pedersen, Lichtenstein,
McCt y Plomin (1997) mencionan que toda variedad genética en los eventos de la
vida, deseable o no, está relacionada con un rasgo especifico. Ellos
identificaron correlaciones genéticas significativas entre el fracaso para
adoptar las normas sociales (el r ^sub g1, 0.85), violencia interpersonal (el r
^sub g1, 0.78) y comportamiento antisocial juvenil (el r ^sub g1, 0.45), con una
población de gemelos monocigóticos (324) y dicigóticos (335) de
Inglaterra.
Dentro de esta misma línea Capsi, et al. (2002) en una
investigación descubrieron que hay un gen ubicado en el cromosoma X que afecta
los niveles de la enzima monoaminooxidasa (MAO-A), que es la encargada de
metabolizar los neurotransmisores en el cerebro como la dopamina, la serotonina
y la norepinefrina y potencia la aparición los trastornos de conducta. Estos
autores explican que una baja actividad de esta enzima facilita el desarrollo de
conductas antisociales en la adolescencia y la adultez.
Por su parte
Shih, Chen y Ridd, (1999) apoyan los resultados de Capsi et al., (2002) en su
investigación, donde también encontraron una asociación entre el gen de la
monoaminooxidasa A (MAO-A) localizado en el cromosoma X
(Xp11.23-11.4).
Con respecto al polimorfismo del gen de la MAO-A,
Caspi, et al. (2002) mencionan que se ve involucrado en la conducta agresiva
cuando se presentan niveles bajos MAO-A en el cerebro, según lo hallado en un
estudio que realizó en Nueva Zelanda. Los mismos autores mencionan, además, que
la presencia de una alelo corto del promotor del polimorfismo de la MAO-A
disminuye la actividad de transferencia de las células incrementando de esta
forma el riesgo de comportamientos indeseados. Soportando lo anterior
Haberstick, et al. (2005) recientemente reportaron que el genotipo de la MAO-A
interactúa como una variable predictora para el desarrollo del comportamiento
antisocial.
Bau, Almeida y Hutz (2000) sugieren según los
resultados de su investigación, que el alelo 1 del gen DRD2 (Taq1 A
polimorfismo) se encuentra relacionado con el desarrollo del trastorno de
personalidad antisocial, ya que genera una alteración de baja actividad
plaquetaria de la monoaminooxidasa-B lo cual origina una disfunción en el
sistema dopaminérgico. La presencia de este alelo podría inducir a los
portadores a ser sensibles a los efectos de sustancias como alcohol o drogas
alucinógenas, es decir, prodopaminérgicas, en un esfuerzo por compensar las
deficiencias en el sistema dopaminérgico. (Koob y Bloom, 1998).
Dejemos en este putno la descripción de los factores genéticos en
el TPA. Es de suma importancia aclarar que siempre que se identifican elementos
genéticos asociados a alguna alteración orgánica o mental, debe tenerse en
cuenta que estos por sí solos no generan la aparición, se hace necesaria la
interacción de factores medioambientales que aumenten la probabilidad de
ocurrencia. Ahora bien, el trastorno de personalidad antisocial no se exenta de
esta regla donde la comorbilidad con ciertas condiciones de vida, generan la
diferencia para que un individuo padezca el trastorno.
Conclusiones
Hasta este punto se ha abordado la etiología del
trastorno de personalidad antisocial con referencia a los factores
neurobiológicos, lo cual ha mejorado el entendimiento de esta alteración. Se
esclarece que el TPA, al igual que otras alteraciones psiquiátricas, tiene una
base biológica que debe considerarse en todo momento que el profesional decida
trabajar. Esto genera la inquietud de si de alguna manera los trastornos de
personalidad, en especial el antisocial, obedecen a diferentes mecanismos
psíquicos, entendidos como resultantes de presiones ambientales que vivieron
nuestros antepasados y, con lo cual se podría explicar la herencia y específica
modulación del cerebro del sociópata ante una demanda ambiental (Kaplan, et al.,
1997). De esta manera sería más fácil el entendimiento del TPA como un
comportamiento de defensa y de interacción social específico.
A
manera de resumen, se reconoce dentro de las estructuras neuroanatómicas al
lóbulo frontal (estructura encargada de la ejecución y la planificación) como
uno de los más relevantes y a la serotonina y la MAO, como sustancias químicas
más importantes en el desarrollo del TPA. De igual forma, dentro de los factores
genéticos se encuentra una estrecha relación con genes que producen alteraciones
en las sustancias ya mencionadas. Esto a su vez se asocia con el modelo
tetradimensional de la personalidad, presentado en el segundo capítulo de la
investigación, donde las estructuras y sustancias se relacionan con las
características de búsqueda de sensaciones, agresión e
impulsividad.
Es oportuno aclarar en este punto que si se halla un
individuo que posea alguna alteración neurológica o genética mencionada, no
quiere decir que en un futuro llegue a ser un psicópata o criminal, como muchos
trastornos de personalidad, el antisocial necesita de la interacción de factores
ambientales adversos a lo largo de la vida tales como, estilos de crianza
inadecuados, abuso o maltrato infantil, modelos con conductas disruptivas,
alcoholismo u otros.
Recomendaciones
Uno de los primeros puntos a considerar sobre el
concepto antisocial (entiéndase sociópata y psicópata como sinónimos) es su
inadecuado uso. Desafortunadamente, se comenzó a utilizar de manera
indiscriminada entre la población en general, para referirse a personas con
bajas o inadecuadas interacciones sociales, lo cual no describe en sí el
trastorno de personalidad antisocial, pero sí etiqueta a la
persona.
El segundo aspecto hace referencia a los criterios del
DSM-IV. Ellos describen al antisocial como un criminal o delincuente,
proyectándolo más como un problema judicial y social, que de salud mental. Por
lo tanto, gran parte de los estudios que se han realizado han tomado como
población a reclusos de diferentes prisiones o a personas que ya han trasgredido
la ley. Es en ese punto donde es importante mencionar que la expresión
"trastorno de la personalidad" no implica necesariamente irresponsabilidad desde
el punto de vista penal, sino poseer patologías reconocidas por la psiquiatría y
la psicología, que incluyen la percepción de la realidad, así como el
procesamiento cognoscitivo y afectivo de la información, y de su comportamiento.
En tercer lugar, debe eliminarse también el error que el antisocial
es aquella persona que se cría en condiciones de pobreza; no deben, entonces,
mezclarse las diferentes problemáticas sociales con los trastornos de
personalidad.
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