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EL FILÓSOFO QUE INSPIRÓ A FREUD Y ANTICIPÓ LAS NEUROCIENCIAS archivo del portal de recursos
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de origen
Diana Cohen Agrest
Para LA NACION
BUENOS AIRES 2007
Baruj Spinoza
En el siglo XVII, el sabio holandés vislumbró que la experiencia de vida deja marcas en el cuerpo humano. Trescientos años después, el padre del psicoanálisis postuló que el cerebro evoluciona guardando las huellas de los hechos vividos
En el artículo "La ciencia se reconcilia con Freud", firmado por Xavier
Pellegrini y publicado en adn CULTURA el 15 de septiembre último, Pierre
Magistretti y François Ansermet, neurobiólogo el primero y psiquiatra y
psicoanalista el segundo, señalaban que los descubrimientos de las neurociencias
finalmente confirman la hipótesis de que el cerebro, lejos de ser un órgano
estático, evoluciona durante el transcurso de la vida guardando las huellas de
las experiencias vividas. Y cuando el psicoanálisis parece trastabillar por los
sucesivos embates provenientes de frentes diversos, estos científicos, en un
gesto reconciliatorio, nos advierten que esta hipótesis, tradicionalmente
conocida como "hipótesis de la plasticidad" y diseñada como tal en los inicios
del siglo XX por Freud, hoy es validada por una serie de investigaciones en el
campo de las neurociencias, una de las cuales le ha valido el Premio Nobel a
Eric Kandel, en 2000.
Pero si se trata de hacer justicia a la historia
de la ciencia, deberíamos retroceder aún más en el tiempo. Pues Sigmund Freud, a
su vez, fue un lector de Baruj Spinoza tan atento como ingrato. En cierta
oportunidad, uno de sus contemporáneos spinozistas con inclinaciones
psicoanalíticas instó al maestro a que declarara su deuda nunca suficientemente
mencionada con Spinoza. Sincerándose, el médico vienés le respondió: "Admito
inmediatamente mi dependencia de la doctrina de Spinoza. No hay razón de por qué
debería mencionar expresamente su nombre, puesto que concebí mis hipótesis a
partir de la atmósfera creada por él, más que del estudio de su obra. Por lo
demás, no procuré una legitimación filosófica" (carta a Lothar Bickel del 28 de
junio de 1931). La clave de su omisión se descifra en sus últimas palabras. Al
fin y al cabo, el espíritu de la época retrataba a un Spinoza inventor de una
sustancia infinita, con un vuelo metafísico del que Freud, en su aspiración a
que el psicoanálisis se instaurara como un modelo científico, prefería
mantenerse distante. Y algo de razón tenía: en franca oposición a las creencias
monoteístas, Spinoza -judío holandés de origen marrano hispanoportugués, que
vivió entre 1632 y 1677-, postuló una única Sustancia divina que, en un mismo
acto infinito, se produce a sí misma y produce la totalidad de las cosas. Dios
ya no es concebido como una especie de Padre que cuida de sus criaturas, sino
como un Dios tan necesario e impersonal que se identifica con la totalidad de la
Naturaleza. Estas opiniones por demás heterodoxas le valieron a Spinoza no solo
ser excomulgado en vida por la comunidad judía de Ámsterdam sino ganarse el
estigma de filósofo maldito hasta bien entrado el siglo XIX.
Lo cierto
es que este pensador que, para más datos, solía ganarse la vida ejerciendo el
oficio de pulidor de lentes - magnífica metáfora de su aspiración a observar lo
infinitamente grande y lo infinitamente pequeño-, fue una suerte de visionario
de los descubrimientos posteriores de la neurobiología y de la teoría freudiana:
trescientos años antes que una y otra, Spinoza vislumbró que la experiencia deja
sus marcas en el cuerpo, que en ese gesto sella su impronta en el individuo
siempre susceptible de transformación y que esa experiencia única, personal e
intransferible configura la identidad en su devenir. Esta concepción
spinozista , curiosamente, resuena hoy con una fuerza inimaginable en la
cultura en que el filósofo la acuñó.
En lo que concierne al ser humano,
Spinoza sostuvo que cuerpo y alma son dos aspectos de una única entidad. En el
enfoque cartesiano, que sería frontalmente rechazado por Spinoza, mente y cuerpo
permanecían como dos reinos separados, sin puente alguno: según Descartes, la
mente incorpórea se conoce a través de un acto de introspección, mientras que la
naturaleza de los cuerpos se explica por los principios de la física. Este
dualismo de espíritu y materia impidió explicar científicamente cómo, cuando
deseo alzar la mano, esta aparece en alto, y cómo, si la acerco a una llama, la
sensación de ardor provoca que la retire de inmediato; en términos filosóficos,
cómo interactúan la mente (o como también la denomina el filósofo, el alma) y el
cuerpo, permanece como un enigma insondable. Pero en el siglo XX, con la
aparición de la neurobiología, el modelo científico desplazaría las
observaciones alcanzadas por introspección y al desplazarlas, el enfoque
dualista cartesiano del problema de la relación entre la mente y el cuerpo
perdería su atractivo: los fenómenos mentales se revelaron como dependientes de
la operación de numerosos sistemas de circuitos cerebrales.
Antecesor de
estos desarrollos de la neurobiología, Spinoza ilumina una miríada de conceptos
apenas explorados por la ciencia contemporánea. Por empezar, inaugura una teoría
unificada donde ya se esboza un abordaje del cuerpo humano considerado como
objeto teórico que es experimentado vivencialmente. No se trata de que
simplemente existimos como un cuerpo: somos un cuerpo. Pero además, somos un
cuerpo que hace de mediador entre la subjetividad y la objetividad a la que
testimonia, tal como se expresa en la Segunda Parte de su ...tica demostrada
según el orden geométrico , en particular en la Proposición 16, donde
Spinoza declara que "las ideas que tenemos de los cuerpos exteriores indican más
la constitución de nuestro cuerpo que la naturaleza de los cuerpos exteriores".
Si se atiende a esta descripción, aquello que se conoce no es la causa, sino el
efecto de los cuerpos exteriores sobre el cuerpo humano propio (en un día
estival, siento el efecto del sol sobre mí, su calor que actúa sobre mi cuerpo,
pero de la constitución de ese cuerpo, de la constitución de mi propio cuerpo y
de la relación causal que ejerce el sol sobre mi cuerpo, de todo eso, si me
remito a mi experiencia personal, subjetiva e ingenua de las cosas, no sé nada).
A fin de cuentas, nuestro acceso al mundo es un acto indisociable de nuestra
corporalidad y limitado por ella, y nuestro conocimiento inmediato es, por así
decirlo, egocéntrico.
Por añadidura, según una teoría de corte
mecanicista, cuando vemos, oímos, palpamos, gustamos u olemos otros cuerpos
-desde la visión de una rosa hasta la percepción multisensorial de otra piel en
la intimidad amorosa-, tanto la flor como ese cuerpo sellan sus impresiones en
nuestro cerebro.Spinoza declara que estas impresiones sensoriales dan lugar a la
formación de ciertos registros inconscientes de los acontecimientos que la
ciencia posterior caracterizaría como huellas mnémicas. Y, anticipando
íntegramente la hipótesis freudiana-neurobiológica de la plasticidad, Spinoza
observa que, idénticamente a como se conservan las huellas mnémicas en el
cerebro, se conservan para siempre las asociaciones mentales que se han formado
en ocasión de encuentros pasados del propio cuerpo con otros cuerpos. Esta
ausencia de caducidad da lugar a que dichas asociaciones persistan aun cuando
hayamos perdido todo contacto con el cuerpo que selló su impronta en el nuestro.
Y dada esta persistencia, una vez que las impresiones originales se han tornado
huellas inscriptas por las cosas que cierta vez afectaron el cuerpo, la mente es
capaz de reactivar dichas huellas, aun cuando estas no nos indiquen el verdadero
ser de las cosas sino las condiciones vividas imaginaria y subjetivamente en las
cuales el cuerpo propio ha estado en relación con ellas. Esta capacidad salva a
la conciencia de perderse en el flujo donde todo se olvida: en cada encuentro,
el yo, valiéndose de esas huellas, puede reproducir una y otra vez las mismas
asociaciones mentales.
Así pues, aquello que va configurando nuestra
identidad es la capacidad de proyectarnos a partir de la interrelación de
nuestros cuerpos con otros cuerpos. Esa capacidad expresa nuestra irreductible
singularidad. Testimonio de la presencia del mundo, el cuerpo revela en sus
huellas la historia de esos encuentros y desencuentros, que no es sino su propia
historia.
En ese itinerario, sostiene Spinoza, todo buen encuentro se
expresa en una mayor energía y capacidad de obrar, todo desencuentro es una
merma de dicha energía. En ese mismo itinerario, pasado, presente y futuro no
son sino dimensiones del tiempo en las que nos revelamos como un núcleo
existencial de todos los acontecimientos vividos retenidos en el cuerpo. Basta
con reactivar esas huellas para retornar una y otra vez a nuestros recuerdos.
Pero también nos reconocemos como una existencia desplazándose hacia el futuro.
Ese movimiento nos permite resignificar el pasado en cada presente. Pues ese
pasado, aunque irreversible en su carácter de acontecimiento, puede ser
transformado operando sobre el recuerdo. En el marco de una ética que opera al
servicio de esa potencia vital que es el yo, recordar y olvidar, a través de un
mecanismo de disociación y nueva asociación con otros contenidos, permite
transformar aquello que fue. Ya no está en juego aquel vuelo metafísico del que
Freud prefirió mantenerse distante, pues estos mecanismos psíquicos anticipados
por Spinoza son hoy confirmados por un novedoso campo de la neurobiología
conocido como "neuroética". Según este modelo científico, nuestro cerebro es una
especie de máquina que se beneficia con cierto estado de equilibrio entre la
actividad de excitación y la de inhibición. En busca de ese equilibrio, tanto
los buenos como los malos recuerdos contribuyen a la formación de nuestra
identidad. Los propulsores de este modelo han extendido las investigaciones
sobre la memoria -en un principio limitadas a la consolidación, retención y
recuperación de los recuerdos- hasta incorporar el estudio de las disociaciones
entre los recuerdos y las emociones. Tan lejos se ha llegado que ya se vislumbra
la posibilidad del olvido voluntario y selectivo: borrar, como si se tratara de
un delete del teclado de una PC, todo recuerdo que todavía nos lastima.
De manera en algún aspecto semejante al sugerido por el modelo spinoziano
, a veces inhibimos la reaparición de ciertos recuerdos y otras tantas
borramos de nuestra memoria ciertos acontecimientos que preferimos olvidar.
Así pues, la neurobiología y, más recientemente, la neuroética se
consagran, sin saberlo, a confirmar esas ¿geniales? intuiciones de Spinoza,
quien nos enseña que si somos diferentes de los demás, lo somos porque poseemos
una historia, porque llevamos, para siempre, las marcas que los otros han
sellado en nuestro cuerpo, las mismas marcas que, latentes, pueden ser
resignificadas para dotar a cada instante de un sentido renovado y, por qué no,
finalmente liberador.