This article
raises some reflections on some approaches to sustainable development (SD) and
on the contributions environmental psychology (EP) can make in order to promote
sustainable communities, in the Latin American context. For this purpose: a)
some of the proposals for SD, formulated in various contexts and disciplines,
are analysed in terms of the place they assign to the psychosocial dimension and
the way they deal with it, b) some of the theoretical approaches and
methodological strategies which, in general terms, have oriented professional
practice in EP are briefly described on the basis of their potential
contributions for a SD in our continent, c) some considerations on the
requirements for an EP oriented towards producing relevant knowledge for SD are
outlined. Finally, and taking as example the articulation between urban
unplanned settlements and the "formal city", some of the challenges and
requirements for a model of SD, based on the principles suggested for an EP
oriented towards promoting sustainability are pointed out.
Introducción
Hace treinta
años se empleó por primera vez, de manera formal, el término Desarrollo
Sostenible (DS) en el informe producido por el Club de Roma, denominado
Los límites del crecimiento (Meadows, Meadows & Randers, 1972). Dicho
informe advertía sobre la amenaza del agotamiento de los recursos naturales en
virtud del manejo de un modelo de desarrollo basado en la producción y consumo
indefinidos de bienes. Ese mismo año se realizó en Estocolmo, Suecia, la primera
Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Ambiente Humano, de la cual se
derivó el documento Una sola Tierra. Ambos eventos marcaron un hito en la
evolución del modelo de DS. Hoy en día, el impacto de aquellos planteamientos
iniciales ha crecido sustancialmente, al punto que podemos afirmar que no existe
ámbito ajeno a los mismos y que las sucesivas cumbres y reuniones
internacionales realizadas en torno al tema los han nutrido y complejizado.
Ejemplo de ello son las 300 definiciones que hoy en día existen sobre el término
(Gouveia, 2002).
También la
Psicología Ambiental (PA) tiene aproximadamente treinta años de edad y a pesar
de esta coincidencia cronológica, es reciente el interés sistemático de esta
disciplina por el tema del DS. Evidencia de ello son las publicaciones recientes
sobre el tema, tales como el libro editado por Lawrence (2000), el editado por
Schmuck y Schultz (2002), dos capítulos sobre el tema, el de Bonnes y Bonaiuto y
el de Pol, en el nuevo Handbook of Environmental Psychology (Bechtel
& Churchman, 2002) y el número especial dedicado al tema editado en la
revista Environment and Behavior y coordinado por Pol (2002b). No
obstante lo reciente de estas referencias, no debemos desconocer que entre los
postulados que dieron origen a la PA se planteó, al igual que en los del modelo
de DS, la comprensión y abordaje de la problemática humano ambiental, en aras de
una relación armónica entre ambos componentes, entendidos como
totalidad.
Por otra
parte, el DS nace impulsado por organismos multilaterales, su foco de interés es
la conservación de los recursos del planeta, en aras de la preservación de la
vida de esta y de las sucesivas generaciones, e incluye, además de la dimensión
ambiental, la económica, y más recientemente la social y la institucional, a
nivel global. Por su parte, la PA nace desde la academia y su foco es
básicamente el tiempo presente, los contextos y niveles de análisis locales y
las dimensiones ambientales y psicosociales. A estas diferencias entre ambas
perspectivas se añaden las inherentes a las discrepancias dentro de cada una de
ellas con relación a la forma de definir y aproximarse a sus respectivos objetos
de interés.
No obstante
las diferencias interperspectivas y la diversidad intrapersectiva mencionadas,
resulta natural suponer que la PA es una de las ciencias humanas mas afín al
objetivo fundamental del DS y que los planteamientos de ambos requieren
reconocerse en sus semejanzas en función del bienestar de la humanidad. Veamos
entonces cuáles han sido: a) los planteamientos esenciales del DS, b) algunos de
los aportes de la PA para superar la insostenibilidad, c) las orientaciones para
alcanzarlos, d) las limitaciones de las mismas y e) algunas sugerencias para
incorporar otra perspectiva en la PA en su aproximación al DS.
Desarrollo sostenible: uno o varios?
La
definición más ampliamente difundida sobre DS proviene del Informe de la
Comisión Mundial para el Medio Ambiente y Desarrollo (World Committee for
Environment and Development, WCED), creada en 1987 y comúnmente
conocida como Comisión Brundtland. Dicho informe, denominado Nuestro
futuro común (Brundtland, 1987), concibe al DS como: "El desarrollo que
satisface las necesidades básicas y las aspiraciones de bienestar de la
población del presente, sin comprometer la capacidad de las futuras generaciones
para la satisfacción de sus necesidades y aspiraciones" (p. 22).
A pesar de
su amplia difusión y uso, ésta definición ha sido criticada por ser
antropocentrica, por no especificar las necesidades a las cuales hace referencia
(además de las básicas como agua, alimentación y reproducción sexual), por no
aclarar cómo se pueden anticipar las necesidades de las generaciones futuras si
las mismas son cambiantes, por no abordar el tema de la injusticia
intrageneracional y por ser ambigua respecto a quién está incluido dentro de los
límites de la sostenibildad, entre otras (Munasingue & McNeely,
1995).
Modelos más
recientes para alcanzar la estabilidad ecológica incluyen aspectos económicos,
sociales, ambientales e institucionales. Al respecto, Munasinghe y McNeely
(1995) sostienen que "un sistema es sostenible o está balanceado si la actividad
en él ocurre dentro de sus límites" (p. 6).
A lo largo
de su historia e independientemente de la aceptación de las definiciones y de
los planteamientos del modelo de DS derivados de las cumbres internacionales y
de gestiones locales, gubernamentales o no, existe acuerdo en torno de la
gravedad de los problemas ambientales del planeta y de su repercusión radical e
implacable en un futuro no muy lejano, sobre todos sus componentes. Los
problemas más frecuentemente mencionados son: el calentamiento de la tierra, el
cambio climático por el efecto invernadero, la pérdida de la capa de ozono, la
deforestación, la extinción de especies, el agotamiento del agua y de tierras
para la agricultura, la lluvia ácida, la contaminación tóxica del aire y del
agua, la exposición humana a químicos tóxicos, entre muchos otros. Muchos
sintetizan este listado responsabilizando a los países del Norte por el
sobreconsumo y a los del Sur por la superpoblación (Oskamp, 2000).
Las causas
de la problemática expuesta son complejas e involucran diferentes aspectos que
corresponden a los principales componentes del modelo, a saber: económicos,
ambientales y sociales. Veamos brevemente a qué se refiere cada uno y algunas
críticas formuladas respecto a la manera de concebirlos.
El
componente económico
Este
componente, central en la noción de desarrollo, sugiere una idea progresiva,
evolutiva del mismo, de manera que a mayor crecimiento económico (inversión y
producción), mayor desarrollo. Esta noción de crecimiento ha sido criticada
porque no considera los efectos colaterales e indeseados que ella implica, no ha
contribuido a resolver los problemas de los países mas pobres, supone el
incremento constante de producción con el consecuente incremento de los recursos
y su correspondiente amenaza de agotamiento, y no cuestiona los patrones de
consumo, directamente vinculados con el impacto ambiental que el propio sistema
genera. Además, esta concepción no contempla la superación de la pobreza,
condición necesaria para un DS. De allí, que se requiere una reformulación del
indicador económico que implique equidad en las condiciones de vida de la
población.
El
componente ambiental
El mismo ha
estado orientado fundamentalmente por una noción conservacionista del ambiente,
entendido como contexto natural, la cual enfatiza la conservación de recursos
subestimando otros aspectos tales como la contaminación provocada por los modos
de producción y de consumo, obviando en el análisis del deterioro ambiental, sus
verdaderas causas. Tampoco incorpora otros ambientes, tales como los ambientes
construidos, ni elementos del mismo (además de los recursos naturales), tales
como la actividad humana, sin la cual el ambiente como tal pierde su sentido.
Tal es el caso de los asentamientos humanos, el entorno más investigado en PA
por constituir un contexto central en la vida de las personas.
El
componente social
Esta
dimensión se ha ido incorporando, aunque de manera gradual y poco precisa en el
modelo de DS, gracias a la intervención de actores ajenos a los organismos
multilaterales, esto es, movimientos ecologistas, defensores de derechos
humanos, organizaciones no gubernamentales, sectores académicos, entre
otros.
No obstante,
el componente social ha tenido poca presencia en el modelo, siendo sus
referencias a aspectos tan generales como a la satisfacción de necesidades o a
actitudes o conductas proambientales. Es a raíz de dos eventos, la Cumbre de Río
92 y la Conferencia de Naciones Unidas sobre Asentamientos Humanos, Habitat II
(Conferencia de Estambul, 1996), que se introduce formalmente en el
modelo.
En Río 92
encontramos menciones directas al tema social expresadas en torno a tres
elementos: 1) procesos que involucran aspectos sociales: lucha contra la
pobreza, salubridad y dinámica demográfica, 2) grupos involucrados: mujeres,
niños, poblaciones indígenas, y asentamientos humanos; 3) mecanismos para la
puesta en práctica del modelo: educación, concientización y
organización.
En Hábitat
II, el componente social cobró especial relevancia a partir de la consideración
de los asentamientos humanos, en tanto entorno y relaciones humanas, como un
tipo de ambiente central en la vida de las personas. En dicho evento, el diálogo
entre experiencias innovadoras en el contexto del hábitat y la vivienda, que
inadvertidamente incorporaban en su concepción muchas de las propuestas del DS,
resultó de gran utilidad para enriquecer los planteamientos del DS,
particularmente en lo que a la dimensión social respecta y paralelamente, para
incorporar la noción de DS en un ámbito común y vital para todos los seres
humanos, como el del habitat, el cual abarca los distintos niveles del entorno
residencial, desde el más micro y privado (la vivienda) hasta el más macro y
público (la ciudad). Se incorporó igualmente la actividad humana, como elemento
constitutivo del hábitat lo cual a su vez trajo como consecuencia un cambio en
la forma de concebir el componente ambiental del DS, superando la perspectiva
conservacionista que hasta ese entonces lo había acompañado. Otro logro del
evento fue el compromiso de los Estados representados en el mismo de resolver
los problemas de vivienda de gran parte de sus respectivas poblaciones, bajo los
criterios del DS, así como la generación de propuestas para la superación de la
pobreza, que es sin duda el mayor problema del planeta, y por ende ineludible en
el modelo del DS. Se reconoció, asimismo, la importancia de la participación de
los diversos actores, incluyendo para ello el fomento y el fortalecimiento de
las capacidades de planificación, decisión y gestión del desarrollo en cada uno
de ellos, así como de su disposición de articular esfuerzos para incorporar los
respectivos puntos de vista y necesidades.
A pesar de
la reivindicación de este componente y de su progresiva complejización, debemos
reconocer que los temas contenidos en el mismo no han sido precisados
conceptualmente ni se han formulado las estrategias metodológicas para su
abordaje, lo cual a nuestro juicio corre el riesgo de reducir este componente
esencial a un elemento discursivo y por ende inviable. Se requiere, en
consecuencia, un desarrollo conceptual y metodológico que garanticen su
incorporación y aplicación.
Por otra
parte, las causas de la problemática expuesta son complejas y diversas, de modo
que para superarla, se requiere promover cambios estructurales en los distintos
niveles y ámbitos (ej: causas y patrones de producción y de consumo,
distribución desigual de la riqueza, injusticia). Estos cambios además, deben
ser pertinentes a la especificidad de los contextos particulares en los que se
plantean, en virtud de su diversidad. Evidentemente, no tiene sentido diseñar e
implementar programas de control de natalidad en ciertos países europeos, al
igual que no lo tiene estimular cambios en patrones de consumo de bienes
superfluos en poblaciones depauperadas de países en desarrollo.
Aunque, como
ya dijimos, se han realizado diversas cumbres con sus correspondientes
documentos y acuerdos, a los cuales la mayoría de los gobiernos se han suscrito,
sobre todo en la Cumbre de Río en 1992, con la famosa Agenda XXI, el progreso ha
sido demasiado lento para la gravedad de la situación. Por cierto que en estos
días se está celebrando una «Nueva Cumbre de la Tierra», cuyo propósito es
examinar en qué medida se implementaron los lineamientos de la agenda XXI y ello
probablemente redundará en criticas y nuevos planteamientos para el DS.
Adicionalmente, gran parte de los programas y acciones dirigidas a la población
han estado orientadas por criterios técnicos, sin nutrirse de los conocimientos
que las ciencias sociales, en particular la PA y la psicología social
comunitaria (PSC) pueden aportar al respecto. Esto evidencia el desconocimiento
de, precisamente, aquellos procesos psicosociales que estarían en la base de los
cambios estructurales requeridos, a pesar del creciente acuerdo en considerar el
componente humano y por ende social como determinante para el DS. Aquí es donde
entra la psicología. Veamos entonces cómo ha enfocado la PA el DS.
Qué ha
aportado y qué podría aportar la PA al DS?
La entrada
de los psicólogos ambientales al tema de la sostenibilidad se enraíza en el
convencimiento de estos profesionales sobre la responsabilidad individual y
colectiva en el desarrollo de acciones que atentan contra la sostenibilidad del
planeta y en la pertinencia de su dominio de experticia para aminorar, e incluso
revertir esa tendencia. La fe en esta posibilidad de cambio radica en suponer
que si la información, las creencias y las actitudes han contribuido a construir
sistemas sociales basados en la producción y en el deterioro, también pueden
fomentar su opuesto, o sea, patrones de vida sostenibles (Howard, 2000). Para
enfrentar este enorme desafío, que involucra nada menos que transformar la
manera como pensamos, actuamos y sentimos con relación al ambiente, diversos
autores han asumido distintas aproximaciones y han destacado diferentes
aspectos, cónsonos con sus propias concepciones del asunto.
Coherente
con este propósito, los trabajos se han inclinado hacia la identificación,
comprensión y/o intervención para el cambio de variables psicológicas y/o
sociales y aunque el foco de acción ha sido el individuo, también han incluido
procesos en agrupaciones como organizaciones, corporaciones (Oskamp, 2000),
comunidades (McKenzie-Mohr, 2000; Pol, 2002a, 2002b) y hasta la propia cultura
(Winter, 2000).
La
investigación sobre DS en PA
Entre las
investigaciones realizadas, podemos mencionar los estudios dirigidos a:
comprender las actitudes, hábitos y actividades humanas dañinas para el ambiente
(Gouveia, 2002), sus causas y la manera de cambiarlas (Stern, 2000); analizar
las fortalezas y acciones humanas proambientales (Seligman & Cziksmakhilayi,
2000); examinar, además de las conductas individuales, las dimensiones
culturales del DS (Ribeiro, 2000), entre otros.
Por ejemplo,
Degenhardt (2002) exploró, a través de cuestionarios y del método biográfico,
las motivaciones para un estilo de vida sostenible en personas con
conocimientos, actitudes y conductas consistentes con el DS. Destacó la
importancia de la recepción y reflexión sobre las emociones propias, como
factores importantes para la motivación hacia estilos de vida sostenibles y la
experiencia directa con la naturaleza. También encontró que la biografía, el
modelaje, los valores morales y la discusión sobre alternativas de actuación
propician este estilo de vida.
Algunos
estudios han reivindicado el papel de dimensiones hasta ahora relegadas en el
análisis del tema, tales como la emoción (Kals & Maes, 2002) y el género
(Winter, 2002). Por otro lado, aunque el foco de acción ha sido el individuo,
hay estudios que han incluido corporaciones y organizaciones, por considerar que
éstas son las que más deterioran y porque sus decisiones restringen las opciones
individuales (Oskamp, 2000; Stern, 2000) y también se han incorporado
comunidades, en virtud de la variedad de hallazgos que revelan la relevancia de
procesos comunitarios como la identidad urbana, para la conciencia y
conservación ambiental (Jiménez, 2002; Pol, 2002a; Valera & Pol,
1994).
Otro
objetivo de las investigaciones ha sido el desarrollo de modelos tales como el
modelo de conexión con la naturaleza, que integra elementos cognitivos,
afectivos y conductuales (Schultz, 2002), el modelo de ciudad, identidad y
sostenibilidad, desarrollado a partir de una investigación transcultural
coordinada por Sergi Valera y Enric Pol (1994), en la que participaron seis
países.
En general,
gran parte de las investigaciones han estado orientadas por la perspectiva
conductual y cognitiva de la Psicología, enfatizando procesos psicológicos
individuales, en tanto que la orientación hacia los problemas, con base en
factores sociales y niveles de análisis grupales, ha tenido menor presencia.
Stern (2000) ha criticado ese tipo de investigaciones, por fundamentarse en lo
que considera un conjunto de mitos acerca de la relación humano ambiental,
particularmente su énfasis en variables personales antes que situacionales.
Presenta evidencia sobre la falta de relación directa entre la conducta y los
valores y actitudes, reivindicando a su vez el impacto que sobre ésta tienen las
variables del contexto (leyes, cambios tecnológicos). Cita como ejemplo la falta
de correlación entre la conciencia ambiental y la conducta en ambientes
generales o específicos (Degenhardt, 2002; Gardner, 2001). Adicionalmente,
considera que los principales focos de deterioro son las organizaciones, de allí
que es en ellas donde deben orientarse los esfuerzos que permitan diseñar
estrategias basadas en la solución de los problemas antes que en el cambio
personal. Así por ejemplo, considera que el reciclaje es más viable si se
facilita su ejecución que si se cambian conductas o actitudes.
La
intervención ambiental
En el plano
de la intervención se ha incidido principalmente sobre procesos
psicológicos, tomados de manera separada o conjunta, directa o indirecta. Por
ejemplo, se ha propiciado el cambio de creencias, actitudes y conductas
específicas, como la conservación de energía (Eigner & Schmuck, 2002); el
cambio de actitudes, en la dirección de asumir actitudes proambientales
(McKenzie-Mohr, 2002); la motivación para la cooperación con el futuro
(Osbaldiston & Sheldon, 2002). También se han estimulado cambios en estilos
de vida ecológica y social (Degenhardt, 2002), en patrones de consumo (Jiménez,
2002; Oskamp, 1995), en patrones conductuales individuales y en procesos de toma
de decisiones cognitivas y emocionales específicos al ambiente, para fomentar,
en lo cognitivo, la responsabilidad ecológica y la justicia ambiental y en lo
afectivo, la indignación ante decisiones contrarias a políticas ambientales
sostenibles (Kals & Maes, 2002). Asimismo se han manipulado principios
cognitivos a través de la exposición televisiva a dramas, a fin de controlar el
crecimiento poblacional (Bandura, 2002).
Adicionalmente se han formulado propuestas que trascienden las variables
individuales. Entre ellas cabe mencionar el fomento de acciones tales como: el
boicot de consumidores por la vía de la motivación (Friedman, 2002); las
estrategias que aspiran integrar discursos sobre justicia ecológica, ética
ambiental en discusiones grupales y la experiencia directa con la naturaleza
(Kals & Maes, 2002); los procesos comunicacionales que pretenden propiciar
la comunicación entre el público y los expertos (Winter, 2000); las iniciativas
para fortalecer la colaboración interdisciplinaria (Stern, 2000); la
transformación de los patrones organizacionales e institucionales deteriorantes
de la sociedad en unos de armonía con la naturaleza (Oskamp, 2000); la promoción
de alianzas entre el Norte y el Sur, de modo de nutrirse de las fortalezas
respectivas (la ecoeficiencia tecnológica del Norte y la herencia sociocultural
del Sur) (Cock, 2002); la incorporación de estrategias alternativas a las
tradicionales en Psicología, tales como la Investigación Acción, para estimular
el aprendizaje social sostenible, particularmente en las comunidades (Giuliani
& Wiesenfeld, 2001, 2002; Jiménez, 2002; Wiesenfeld, 2000, 2001).
Por su
parte, McKenzie-Mohr (2000) propuso una estrategia de mercadeo social basada en
la comunidad, en la que identificó las actividades necesarias de promover y las
creencias y actitudes que podían fungir como barreras para las mismas. Sobre esa
base diseñó una estrategia que puso a prueba en una comunidad y cuya evaluación
dió pie para su implementación sistemática en dicho contexto. Esta estrategia
considera a la comunidad como el entorno en el que este tipo de intervenciones
resultan efectivas, por cuanto se asume que comparten necesidades, niveles de
vida y otros valores (Geller, 1995).
En general,
diversos autores han concebido los procesos comunitarios como claves en la
solución de problemas (Van Vugt, Biel, Snyder & Tyler, 2000) y han sugerido
fundamentar las intervenciones orientadas a mejorar los usos de los lugares, en
procesos sociopsicológicos de la Psicología Comunitaria, como la pertenencia y
el fortalecimiento (Geller, 1995). Los hallazgos empíricos al respecto sugieren
que existe una relación entre valores, normas e identidad social y la
cooperación (Van Vugt et al, 2000); que la preocupación por el ambiente
correlaciona más con la calidad de las relaciones sociales que con el nivel de
riqueza y que la sostenibilidad es más viable cuando hay redes consolidadas de
relaciones sociales (Pol, 1998) e identidad social de lugar (Hunter, 1987;
Proshansky, Fabian & Kaminoff, 1983; Valera, 1993) que cuando predominan
estrategias individuales de supervivencia (Castells, 1996).
Ejemplo de
trabajos en entornos comunitarios, y con procesos como los mencionados, es el
Proyecto CIS (Ciudad, Identidad y Sostenibilidad), coordinado por Valera y Pol
(1994) y al que la revista Environment & Behavior dedicó
recientemente un número especial (Pol, 2002b). El proyecto consistió en la
exploración de los elementos que pudieran garantizar la viabilidad del DS en
la(s) ciudad(es). Se tomó, como categoría de análisis fundamental, la Identidad
Social Urbana, concepto integrado por dos componentes principales: la presencia
de una red consolidada de interacciones sociales de soporte informal y un
determinado nivel de identidad de lugar. La tesis central consistió en asumir
que asentamientos con fuerte identidad social urbana, contarían con mejores
condiciones para lograr un DS, ya que podrían lograr una mayor compatibilidad
entre las diferentes dimensiones que componen el concepto. Los resultados
apoyaron esta premisa.
Qué ha
aportado entonces la PA al DS?
Tal como se
desprende de la exposición anterior, tanto las investigaciones como las
intervenciones mencionadas han contemplado diversos temas (específicos o
generales), contextos (locales y globales), dimensiones (género, comunitaria),
variables psicológicas y/o sociales, tales como creencias, actitudes, conductas,
estilos de vida, valores y prácticas culturales, de manera separada o conjunta y
aunque el foco de acción ha sido el individuo, también han incluido procesos en
agrupaciones como organizaciones, corporaciones (Oskamp, 2000), comunidades
(McKenzie-Mohr, 2000; Pol, 2002a, 2002b) y hasta la propia cultura (Winter,
2000). También han pretendido propiciar el intercambio entre sectores (expertos
y público), niveles (individual, institucional), disciplinas y ámbitos de acción
(local, global).
La variedad
de los aspectos tratados, revela la falta de un hilo conductor entre ellos en
cuanto a los intereses y propósitos que guían los trabajos, lo cual a su vez
podría justificar la falta de sistematización y de integración de los hallazgos
y por ende su aplicación. Suponemos que tal variedad e incluso la diversidad y
discrepancias en los resultados dentro de un mismo tema, son también sugerentes
de la complejidad del mismo.
Al respecto,
y sin desmerecer los aportes derivados de dichos trabajos, diversos autores han
manifestado su preocupación por el bajo impacto que han tenido las actividades
realizadas y en general por la poca injerencia de la PA en la temática
ambiental, particularmente en el DS (Winter, 2000). En este orden de ideas, es
notoria la ausencia de principios psicológicos en los programas y las campañas
ambientales, a lo cual McKenzie-Mohr (2000) atribuye el fracaso de las
mismas.
Por otro
lado, en general los resultados de las investigaciones no han trascendido al
plano de la aplicación, y en caso de haberlo hecho no estamos seguros de su
efectividad, en virtud de la escasa significación de los mismos. En el caso de
las intervenciones, las mismas, al igual que las investigaciones, se han basado
en principios cognitivos y conductuales cuya pertinencia ha sido cuestionada con
base en los resultados de las investigaciones realizadas. Las intervenciones
tampoco han incorporado la participación de los propios usuarios o
protagonistas, proceso cuya relevancia lo ha colocado como requisito en
prácticamente cualquier dominio y el impacto de las intervenciones, a mediano o
largo plazo, que es un requisito para la sostenibilidad, tampoco ha sido
evaluado. De acuerdo con Sánchez (2001), la participación es «...un proceso de
acción colectiva, voluntaria, e inclusiva, mediante el cual la comunidad de
manera organizada gestiona el logro de metas comunitarias, lo cual implica,
generalmente, influir en las decisiones públicas relacionadas con tales metas»
(p. 85).
Adicionalmente, a pesar del reiterado reconocimiento de la importancia
del contexto comunitario, particularmente las comunidades residenciales ubicadas
en los asentamientos humanos no controlados, porque albergan a la mayoría de las
poblaciones pobres residentes en países igualmente pobres y por la estrecha
relación existente entre pobreza e insostenibilidad, son pocos los esfuerzos
desplegados en este tipo de entornos, tanto por parte de psicólogos ambientales
como de los proponentes del DS. La comunidad a la que nos referimos ha sido
definida por Sánchez (2001) como: "...una organización social que se distingue
por la calidad de su membresía, por la influencia recíproca entre el grupo y sus
integrantes, por compartir y trabajar juntos por resolver sus problemas y porque
sus miembros se sienten afectivamente conectados..." (p. 85).
Reflexiones y propuestas
Desde
nuestro punto de vista, las limitaciones señaladas obedecen, en parte, a las
propias debilidades del paradigma positivista en PA, ya reportadas en diversos
textos y que brevemente sintetizamos como: la aproximación fragmentada antes que
holística a los procesos estudiados, la poca consideración a las características
del contexto (sociopolítico, cultural, económico), el énfasis en procesos
psicológicos individuales en las transacciones ambientales en desmedro de los
procesos grupales, etc. (Wiesenfeld, 2000, 2001) todo lo cual es contrario al
reconocimiento de la complejidad de tales procesos, particularmente el del DS y
de la consideración de los mismos como totalidad.
En términos
del análisis de los aportes de la PA al DS, pensamos que la base de las
limitaciones señaladas radica en los supuestos que fundamentan este paradigma, y
que en nuestro caso se traducen, entre otros, en suponer que los conocimientos
son universales, independientes del contexto cultural al que pertenecen los
sujetos y que estos son pasivos en la producción de dichos conocimientos. Este
supuesto sugiere una subestimación de las versiones que los propios sujetos
tienen del asunto, de allí que su participación es mas bien vista como una
pérdida de tiempo.
En nuestra
opinión, un enfoque que puede contribuir a superar algunas de las limitaciones
señaladas es el construccionismo social. Siguiendo los postulados de este
enfoque, los involucrados son los que mejor pueden dar cuenta de las razones y
de los significados que confieren a sus acciones, por cuanto ambos, acciones y
significados, se construyen en las prácticas e interacciones sociales cotidianas
y esta cotidianidad tiene un referente espacial-temporal contextualizado. De
allí que difícilmente los principios universales puedan aprehender esta
especificidad y por tanto cualquier estrategia que desconozca dichos
significados tendrá pocas probabilidades de éxito. Además, si los mismos se
construyen en la interacción, es así como también pueden cambiar; interacción en
la que la persona juega un papel activo. De hecho, el individuo y los procesos
psicológicos son sociales en tanto somos en relación, no existe otro modo de
ser.
Consideramos
que es precisamente en este aspecto donde la PA, en conjunción con otras
disciplinas, como la Psicología Social Comunitaria (PSC), puede realizar aportes
importantes para el DS. Ello debido a que la primera destaca la presencia del
factor humano en la dimensión ambiental, preocupación esencial en el DS, pero
con escasa incidencia en la dimensión psicosocial, particularmente en contextos
pobres, y la segunda, por su compromiso con las comunidades pobres de nuestros
países (cuya problemática atenta de manera directa contra la sostenibilidad),
pero sin necesariamente centrarse en la temática ambiental (Wiesenfeld, 2001).
Adicionalmente, la comunidad, espacio privilegiado por la PSC, constituye un
ámbito idóneo para promover estrategias como las señaladas, ya que su
permanencia en el tiempo y en el lugar, constituyen garante de la sostenibilidad
de las relaciones y acciones de sus miembros y por ende del DS, tal como se
planteó en Hábitat II (Conferencia de Estambul, 1996).
En este
orden de ideas y en acuerdo con Stern (2000), proponemos un abordaje orientado
hacia la solución de los problemas, en este caso el DS, en el marco de las
comunidades o asentamientos humanos, pero con una perspectiva teórica que
reivindique las experiencias y saberes de los actores involucrados, así como la
naturaleza social de los mismos, y con una estrategia metodológica participativa
que impulse y favorezca la participación de dichos actores, tanto en la
identificación de sus recursos y fortalezas y en la formulación y negociación de
sus necesidades o problemas, como en el diseño, implementación y evaluación de
las acciones. Nos referimos al socioconstruccionismo y a la Investigación Acción
Participativa (IAP), respectivamente. Veamos brevemente en que consiste cada
uno.
El
Construccionismo Social ha sido definido como un sistema de creencias o
paradigma, para el que la realidad se elabora con base en las construcciones que
se originan de los intercambios comunicacionales o intersubjetivos entre
personas situadas en contextos culturales e históricos específicos (Guba &
Lincoln, 1994). Esta realidad así constituída no posee cualidades propias, ni es
externa e independiente de nuestro modo de acceso a ella, sino que es plural,
múltiple, en tanto es construída de distintas maneras según las experiencias y
contextos particulares de sus actores (Gergen, 1999).
Por su
parte, la Investigación Acción Participativa (IAP) se ha concebido de
diversas maneras: como estrategia metodológica (Park, 2001), como movimiento
político (Gabarrón & Hernández, 1994), como filosofía de vida (Fals Borda,
2001), como formas de práctica (Kemmis & McTaggart, 2000) y como paradigma
(Fals Borda, 2001), entre otros.
Como
estrategia metodológica, Park (2001) la define como una «...actividad de
investigación orientada a la acción, en la que la gente aborda necesidades
comunes que surgen en sus vidas diarias y en el proceso generan conocimiento»
(p. 81).
Como
movimiento político la IAP reivindica el rol del conocimiento y del
aprendizaje en las luchas de las comunidades por reivindicar los derechos de sus
miembros al respeto, la justicia, el salario, la salud, la educación (Gabarrón
& Hernández, 1994).
Como
filosofía de vida, Fals Borda considera la IAP como una forma de vida y
de trabajo que incluye la reflexión y la acción individual y colectiva de todos
los participantes, incluyendo los investigadores respecto a las cuestiones que
les competen y sobre las que desean incidir y que permite profundizar en los
diferentes problemas, necesidades y dimensiones de la realidad (Fals Borda,
1978, 1986; Fals Borda & Rahman, 1991).
Como
práctica la IAP aborda cuestiones de relaciones comunitarias y conciencia
moral, así como consideraciones técnicas que tienen que ver con condiciones
materiales (Kemmis & McTaggart, 2001).
A pesar de
las diferencias en cuanto al aspecto que enfatizan, las definiciones de IAP
expuestas convergen en su intento por construir un mundo mejor, basado en
principios de democracia, igualdad, justicia, y por desarrollar un conocimiento
que fundamente y a la vez se fundamente en tales prácticas
emancipatorias.
Desde
nuestro punto de vista, el abordaje del DS, con base en las perspectivas teórica
y metodológica sugeridas, requiere de una gestión que incorpore la organización
y participación comunitaria. Consideramos que este tipo de gestión es necesaria,
puesto que usualmente los proyectos comunitarios requieren modificar grandes
estructuras que doten a las comunidades de vialidad adecuada, plantas para el
tratamiento y suministro de agua, infraestructura para el suministro de energía
eléctrica, lo cual supone una transformación del hábitat, que de no
implementarse con la organización y participación de los miembros de las
comunidades, difícilmente logrará el apoyo y el compromiso de la
población.
Decimos esto
porque, en primer lugar, las personas requieren comprender la necesidad de
modificar su entorno, para lo cual necesitan conocer el alcance y las
posibilidades que les ofrecería este cambio para obtener una calidad de vida
mejor a la actual.
En segundo
lugar, porque el entorno o lugar, tal como lo plantean Valera y Pol (1994), ha
sido incorporado a la Identidad Social Urbana de la comunidad y una
transformación del mismo implicará inevitablemente un proceso psicosocial de
profundas repercusiones. Proceso que, si es trabajado en forma conjunta con la
comunidad, a través de la concientización y del fortalecimiento comunitario,
revertirá entonces en una reconstrucción no solamente del lugar y del entorno
físico, sino también de la propia Identidad Social Urbana. Podría emerger así,
una organización comunitaria consciente de sí misma, capaz de asumir
responsabilidades y derechos y capaz de cogestionar junto al Estado los
proyectos que aporten soluciones a sus problemas.
Adicionalmente, consideramos que de esta forma se estarían generando
condiciones de sostenibilidad, en el contexto latinoamericano, donde los
problemas urbanos y la falta de conciencia ambiental dificultan las
posibilidades de desarrollo, desde los criterios que el modelo
propone.
A juzgar por
los resultados de algunas experiencias llevadas a cabo en Venezuela (Giuliani
& Wiesenfeld, 2001, 2002; Sánchez, 2000; Wiesenfeld, 2000), los logros
derivados de proyectos realizados bajo estas orientaciones son múltiples. Por
una parte fortalecen a sus protagonistas, aumentando su autonomía y su
confianza, su poder y su control sobre sus vidas, refuerzan su sentido de
comunidad, de identidad y de apego con las personas y el lugar y, por la otra,
resuelven problemas prioritarios en sus vidas.
Conclusiones
En síntesis,
pensamos que el abordaje del DS en el contexto comunitario y basado en
principios de la PSC, contribuirían a: a) rescatar la complejidad de los
procesos involucrados, respetando la singularidad de los problemas, de las
personas y de los contextos, sin anular su diversidad; y b) reivindicar el saber
popular, el diálogo entre sectores, entre disciplinas, de modo que promuevan
acciones dirigidas, no sólo a los ciudadanos sino también a agrupaciones y a
diferentes sectores, cuya responsabilidad sobre el DS es mayor.
Entonces,
ante la pregunta formulada en el título del presente artículo: «La PA y el DS.
Cuál PA? Cuál DS ?», quiero cerrar diciendo que:
1. Se trata
de una PA contextualizada, que responde a los planteamientos que dieron origen a
la disciplina hace poco más de tres décadas, esto es, contribuir a la
comprensión y solución de la temática humano ambiental, considerando ambos
elementos del binomio de manera holística, contextualizada e interdisciplinaria.
Se trata además de una PA que reivindica la dimensión social en las
transacciones entre las personas con sus entornos, particularmente los
comunitarios y sobre todo que reivindica el papel protagónico de los actores
como intérpretes de sus situaciones, necesidades y acciones y como gestores de
las transformaciones necesarias para mejorar sus condiciones de vida. Esto es
una Psicología Ambiental Comunitaria (Wiesenfeld, 2001) basada teóricamente en
el Construccionismo (Sánchez & Wiesenfeld, 2002) y metodológicamente en la
Investigación Acción Participativa.
2. Se trata
de un DS local, contextualizado, con énfasis en sus componentes ambiental y
social y en los términos antes propuestos, esto es: con una visión holística del
ambiente e inclusiva de sus distintos tipos y manifestaciones y con una visión
amplia y compleja de la dimensión social, pero sobre todo con especial atención
a los problemas de la pobreza, incluyendo las perspectivas y aportes de los
involucrados.
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