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MULTICULTURALISMO. EL RECONOCIMIENTO DE LA DIFERENCIA COMO MECANISMO DE MARGINACIÓN SOCIAL archivo del portal de recursos
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José Luis Rodríguez
Regueira
Profesor Ayudante de Antropología social y cultural.
Campus Los Jerónimos, Universidad Católica San Antonio de Murcia. 30107
Guadalupe (Murcia).
"La
identidad no deja de ser una especie de juego virtual al que nos es
imprescindible referirnos para explicar cierto tipo de cosas, pero sin que tenga
nunca una existencia real, ... un límite al cual no corresponde en realidad
ninguna experiencia."
Lévi-Strauss, La identidad.
Resumen
Multiculturalismo. El reconocimiento de la diferencia como mecanismo de
marginación social
La distinción local-global en muchos casos
produce un discurso que, en su afán de denunciar las dinámicas generadoras de
desigualdades del capitalismo, y la necesidad de salvaguardar la diversidad
cultural, no acierta a la hora de "delimitar" las repercusiones de ese
capitalismo y contribuye a legitimar, mediante su visión cartográfica, la idea
de control -de lo público como político- sobre el capitalismo, cuando en
realidad son los mecanismos del mercado los que limitan las acciones desde lo
político. Debemos adoptar una perspectiva más integral que nos permita
contextualizar la problematización y las premisas a partir de las cuales
elaboramos nuestros discursos. Nuestro marco (capitalismo, democracia liberal y
una legislación que legitima y sirve de soporte a ambas) es aquel que dicta las
condiciones de posibilidad y en última instancia define la diferencia. Así,
puede que nuestro interés por la defensa de la diversidad cultural -en su
intento desesperado por generar la sensación de orden- sea un mecanismo de poder
que marginaliza, a costa de salvaguardar nuestro mundo, a un "otro" idealizado
al que se constriñe a ser diferente, obviando la posibilidad de elección, la
individuación en definitiva, como otro de los efectos de la globalización.
Abstract
Multiculturalism: Recognizing difference as a mechanism of social exclusion
In many cases, the local/global
distinction produces a discourse that, in its effort to denounce the dynamics of
inequality development in capitalism and safeguard cultural diversity, misses
the mark when defining the repercussions of capitalism. Moreover, it tends to
legitimate, by means of its cartographic vision, the idea of control - of the
population as body politic - by capitalism; in fact, what limits political
actions are the mechanisms of the market. We should adopt a more integral
perspective that allows us to contextualize the problems and the premises from
which we create discourse. Our framework (capitalism, liberal democracy and a
legislation that legitimates and supports both) is that which dictates the
conditions of possibility and that ultimately defines the difference. It may be
that our interest in the defense of cultural diversity -in its desperate attempt
to generate a sense of order- creates a mechansim of power that marginalizes, by
trying to safeguard our world, another idealized world, constrained to be
different. That is, it stands in the way of the possibility of personal
election, even as other effects of globalization do the same.
La
mistificación de la diferencia cultural. ¿El multiculturalismo es un espacio
para la diversidad cultural o una estrategia de marginación social?
Al
hablar de multiculturalismo estamos haciendo uso de una categoría que ha
transcendido el marco académico y de la investigación especializada, pudiéndonos
atrever a afirmar que se ha convertido en una moda de obligada alusión en los
medios de comunicación y los prólogos de toda publicación que se las pretenda de
actual. Aquí revisaremos precisamente este uso corriente y que establecería una
equivalencia entre la tolerancia, uno de los valores constituyentes de la
democracia liberal en lo que a los individuos se refiere, y el multiculturalismo
como espacio de libertad y convivencia entre distintos grupos culturales: Cuando
hablamos de tolerancia tomamos como referente al ciudadano, mientras que cuando
aludimos al multiculturalismo presuponemos la existencia de comunidades como
"personas morales" y, por tanto, susceptibles de derechos y obligaciones
colectivas.
En ambos casos subyace una concepción diferente de lo
público: en la primera, como espacio que posibilita la individuación sin que
ello vaya en detrimento del interés general, de la sociedad en una concepción
puramente durkheimiana. En la segunda -la del segregacionismo cultural-, estamos
asistiendo a un sistema de cuotas, o democracia "representativa", en que existen
unidades corporativas que prescriben identidad al margen de la "voluntad"
individual de sus representados, situación que ni tan siquiera viene
problematizada. Reflexionaremos, por tanto, en torno a cómo se construyen -el
contexto estructural y actores que intervienen en su definición- esas
comunidades. Otra paradoja, de hecho la sospecha que me ha llevado a reflexionar
sobre el tema, es que bajo eso que llamamos globalización y que a priori debería
desdibujar las fronteras culturales surge un interés por parte de los mecanismos
institucionales hegemónicos para mantenerlas. A la homogeneización del
capitalismo, en tanto productor de consumidores, en el orden económico, se le
contrapone en lo político (público) y la teoría del conocimiento (de lo social)
la exaltación del derecho a la diferencia cultural. Slavoj Zizek ilustra muy
bien en este párrafo el peligro o sesgo que corremos al centrarnos sólo en uno
de estos dos componentes de la relación capitalismo/diversidad cultural:
"La conclusión que se desprende de lo expuesto es que la
problemática del multiculturalismo que se impone hoy -la coexistencia híbrida de
mundos culturalmente diversos- es el modo en que se manifiesta la problemática
opuesta: la presencia masiva del capitalismo como sistema mundial universal.
Dicha problemática multiculturalista da testimonio de la homogeneización sin
precedentes del mundo contemporáneo. Es como si, dado que el horizonte de la
imaginación social ya no nos permite considerar la idea de una eventual caída
del capitalismo, la energía crítica hubiera encontrado una válvula de escape en
la pelea por diferencias culturales que dejan intacta la homogeneidad básica del
sistema capitalista mundial. Entonces, nuestras batallas electrónicas giran
sobre los derechos a las minorías étnicas, los gays y las lesbianas, los
diferentes estilos de vida y otras cuestiones de ese tipo, mientras el
capitalismo continúa su marcha triunfal" (Slavoj Zizek 1998: 176).
Este
razonamiento puede ser mantenido tanto a nivel macro, ejemplificado en lo que
algunos han clasificado como relación local-global (Harnnerz 1998: 33) y que ha
devenido punto de mira de una parte significativa de la intelectualidad, y a
nivel micro al dirigir nuestra atención hacía las crecientes oleadas de
inmigrantes que invaden los países del llamado primer mundo. Yo voy a centrarme
en esta última relación -la que acostumbra a establecerse entre
multiculturalismo e inmigración-, tratando de hacer explícitos los axiomas en
los que se basa.
Llamamos inmigrantes a quienes por razones
estructurales -sean éstas económicas, políticas, psicológicas, bélicas, etc.- se
ven empujados a salir de sus zonas de origen en busca de mayores oportunidades
para mejorar su calidad de vida. Hoy en día también podríamos hablar de
inmigrantes estéticos para nombrar a quienes vienen a los grandes centros
urbanos seducidos por el "estilo de vida" que conlleva lo urbano; desde la
atracción que les sugieren las posibilidades de consumo y la heterotopía propia
de las grandes urbes al espíritu cosmopolita y variabilidad que ofrece la ciudad
como escenario que favorece la "individuación". Ambas dimensiones toman sentido
en un mundo globalizado y al que los científicos sociales -y especialmente los
antropólogos como guardianes de la pureza del "otro"- pretenden imponerle
límites convirtiéndose en defensores de la diversidad cultural. Ahora bien,
venir a Occidente persiguiendo un sueño -sueño capitalista no lo olvidemos- hace
partícipes a esos "otros", en cierta manera, de muchas de las dimensiones del
contexto en el que nosotros también tratamos de insertarle sentido a nuestra
vida. Pero, una vez aquí, los discursos que se producen sobre la alteridad
únicamente focalizan lo que nos diferencia, lo que les aleja de nosotros, más
que las condiciones de posibilidad -capitalistas, y no me cansaré de reiterarlo-
que les han traído aquí.
Estos discursos se construyen considerando
al inmigrante de fuera por definición, y su diferencia se define a partir de su
contraposición frente a quienes son del lugar y representan su "normalidad"
cultural. Al aplicar esta distinción a nivel colectivo fijamos una trampa:
presuponemos que existen fronteras entre nosotros y ellos y, aún más, que es
posible mantenerlas a pesar de las interacciones en un marco -que hemos
idealizado como heterogéneo y abierto- que propone la inorganicidad y
recombinación constante de sus posibilidades para vivirlo. El uso más frecuente
del término multiculturalismo y la aplicación de políticas que se nos aparecen
como cómplices de la defensa de la diversidad cultural van en contra de estas
sugerencias cosmopolitas, dibujando, antes de que el juego tenga lugar, los
límites dentro de los que el "diferente" podrá moverse. El científico social
puede contribuir a legitimar las reglas de este juego, dictadas para preservar
las diferencias entre los dos "grupos", al no denunciar las desigualdades
estructurales que convierten esas fronteras en los límites de su mundo posible.
El derecho a su diferencia como "colectivo" subsume el derecho a su igualdad
como ciudadanos.
Son muchos los científicos sociales que escriben
hojas y hojas sobre un tema en el que no consideran lo que gente más mundana,
empresarios que los explotan y fuerzas de seguridad que deportan a estos
protagonistas de la diversidad cultural -los inmigrantes- ven con absoluta
claridad: son no-ciudadanos, con menos derechos por tanto, con los que se cuenta
y a los que se les hecha una mano, pues en su país están peor. Su foraneidad
será un estigma y un atributo a la vez. El ser esencialista se impone sobre un
tener histórico. Se ocultan las relaciones de explotación que se esconden bajo
esta disimulada liminaridad mientras nuestro ego se ratifica en un narcisismo
cosmopolita y filantrópico que sitúa en su "propio bien", el de los otros, la
crueldad de su explotación.
El contexto en el que se desarrolla la
elaboración de discursos sobre el multiculturalismo creo que viene bien
ilustrado en este fragmento que pertenece a uno de las "autoridades"
intelectuales sobre el tema, Manuel Castells. Antes, pero, les advierto y
sugiero que centren su atención en como intenta conceptualizarse la relación
globalización-diversidad:
"Nuestro mundo es étnica y culturalmente
diverso y las ciudades concentran y expresan dicha diversidad. Frente a la
homogeneidad afirmada e impuesta por el Estado a lo largo de la historia, la
mayoría de las sociedades civiles se han constituido históricamente a partir de
una multiplicidad de etnias y culturas que han resistido generalmente las
presiones burocráticas hacia la normalización cultural y limpieza étnica.
Incluso en sociedades, como la japonesa o la española, étnicamente muy
homogéneas, las diferencias culturales regionales (o nacionales, en el caso
español), marcan territorialmente tradiciones y formas de vida específicas, que
se reflejan en patrones de comportamiento diversos y, a veces, en tensiones
interculturales.
La gestión de dichas tensiones, la construcción de
la convivencia en el respeto de la diferencia son algunos de los retos más
importantes que han tenido y tienen todas las sociedades. Y la expresión
concentrada de esa diversidad cultural, de las tensiones consiguientes y de la
riqueza de posibilidades que también encierra la diversidad se da
preferentemente en las ciudades, receptáculo y crisol de culturas, que se
recombinan en la construcción de un proyecto ciudadano común".
En
los últimos años del siglo XX, la globalización de la economía y la aceleración
del proceso de urbanización han incrementado la pluralidad étnica y cultural de
las ciudades, a través de procesos de migraciones, nacionales a internacionales,
que conducen a la interpenetración de poblaciones y formas de vida dispares en
el espacio de las principales áreas metropolitanas del mundo. Lo global se
localiza, de formas socialmente segmentada y especialmente segregada, mediante
los desplazamientos humanos provocados por la destrucción de viejas formas
productivas y la creación de nuevos centros de actividad. La diferenciación
territorial de los dos procesos, el de creación y el de destrucción, incrementa
el desarrollo desigual entre regiones y entre países, e introduce una diversidad
creciente en la estructura social urbana" (Jordi Borja y Manuel Castells, La
ciudad multicultural, 1).
La distinción local-global en muchos casos
produce un discurso que en su afán de denunciar las dinámicas generadoras de
desigualdades del capitalismo, y la necesidad de salvaguardar la diversidad
cultural, no acierta a la hora de "delimitar" las repercusiones de ese
capitalismo y contribuye a legitimar, mediante su visión cartográfica, la idea
de control- de lo público como político- sobre el capitalismo, cuando en
realidad son los mecanismos del mercado los que limitan las acciones desde lo
político. Debemos adoptar una perspectiva más integral que nos permita
contextualizar la problematización y las premisas a partir de las cuales
elaboramos nuestros discursos. Nuestro marco (capitalismo, democracia liberal y
una legislación que legitima y sirve de soporte a ambas) es aquel que dicta las
condiciones de posibilidad y en última instancia define la diferencia. Así,
puede que nuestro interés por la defensa de la diversidad cultural -en su
intento desesperado por generar la sensación de orden- sea un mecanismo de poder
que marginaliza, a consta de salvaguardar nuestro mundo, a un "otro" idealizado
al que se constriñe a ser diferente, obviando la posibilidad de elección, la
individuación en definitiva, como otro de los efectos de la globalización.
Frente al estatus adquirido que constituía al individuo libre, en
tanto sujeto de derechos y obligaciones que le ponían en pié de igualdad con sus
compatriotas, la extensión de la lógica liberal le impone a quienes no son los
que homogeneizan (los locales) y a quienes vienen al primer mundo (inmigrantes)
una marca (¿estatus adscrito?); ellos llevan otra cultura, convirtiéndoles en
héroes de la resistencia contra un mundo que obviamos que ya llevan dentro y que
no pueden acabar de digerir pues nosotros les obligamos a conservar una
liminaridad que ni les permite disponer de libertad para disfrutar de las
ventajas de nuestro mundo (desigualdades estructurales socioeconómicas y
legales) ni les es posible eludir un marco en el que están inmersos y en el que
su diferencia actúa como un estigma que les recuerda su anomalía: ser diferentes
para no poder llegar a ser ellos mismos en sus propios términos.
En
lugar de las tendencias universalistas que hacían de la mistificación de la
razón un argumento de legitimación del capitalismo y el colonialismo, resurge
ahora un nuevo colonialismo autorreferencial, en donde la desterritorialización
de los centros de poder no niega la consolidación de un capitalismo que más que
inscribirse en los límites de la relación local/global, vuelve sobre sus focos
originarios desligado del control y límites sociales que desde lo político le
fijaba el Estado-nación. Lo político, ahora garante de la no intervención
neoliberal (de lo económico y no de lo social), pretende mantenerse aquí y ahora
con su nueva función de proteccionista cultural. La teoría del conocimiento, así
como la nueva concepción neoliberal de lo político, proyecta su nostalgia de un
desfasado orden de lo público como colectivo para marginalizar a quienes son
también producto de un orden del mundo inscrito en un "capitalismo total".
Desfocalizado el capital, invalidado el Estado-Nación como estructura de
mediación en una realidad plenamente neoliberal hemos sustituido al
universalismo racionalista como legitimación de la dominación sobre "los países
pobres" -siempre primitivos y más allá de nuestras fronteras culturales y,
entonces, también geográficas- por el relativismo estético- desligado de las
condiciones materiales- y la exaltación de la diversidad cultural. Amin Maalouf
ilustra con este párrafo esta situación en la que modernización (capitalismo) y
diferenciación cultural se mueven en planos paralelos, aunque ¿no es una falacia
aislar la particularidad cultural del marco capitalista -este sí universal- que
dicta sus condiciones de posibilidad?:
"Para los chinos, los
africanos, los japoneses, los indios o los americanos, y también para los
griegos y los rusos, ... , la modernización siempre ha implicado el abandono de
una parte de sí mismos. Incluso cuando ha suscitado entusiasmo, siempre ha ido
acompañada de una cierta amargor, de un sentimiento de humillación y renuncia.
De una interrogación incisiva sobre los peligros de la asimilación. De una
profunda crisis de identidad" (Maalouf 1999: 95).
Esta frontera, en
cierta manera, devuelve a sus propios protagonistas el peso del concepto
resistencia que hasta hace unos años la izquierda veía en muchas de las
manifestaciones culturales de la llamada "cultura popular". Frente a la
intención de las clases hegemónicas de imponer una cosmovisión favorable a sus
intereses y de la que participasen todos (una concepción hegemónica del mundo),
las clases subalternas trazaban límites a estas pretensiones, invirtiendo en
ocasiones el orden simbólico establecido y, en otras ocasiones, simplemente
manteniendo elementos en sus discursos incompatibles con el ideal hegemónico,
siempre con el fin de dotarle de cierto orden a su existencia. La falacia
consiste en creer que existe un discurso subalterno al margen del discurso
hegemónico, en pretender organicidad en las contradicciones que ilustraban su
resistencia. Se había romantizado su autonomía, trazando una línea que
proyectaba el optimismo de una izquierda que creía que era posible un cambio del
orden social a partir de la vitalidad que representaban esas clases subalternas
en su resistencia (Angelini 1977). Al igual que en nuestro caso, era el
intelectual quien construía una cultura descontextualizada de la que exaltaba su
autonomía, considerando sólo fragmentos de la existencia de quienes únicamente
tratan de vivir (usar sobrevivir es una falta de respeto).
La
película Rocco y sus hermanos, de Luchino Visconti, es otra manera de ilustrar
el tema, sin romper del todo con muchos de los pre-supuestos de esta
intelectualidad. Contextualizada en la Italia de los años cincuenta presenta la
desilusión de una intelectualidad que ha visto como sus agentes revolucionarios
-los campesinos meridionales- emigran al norte industrial para mejorar sus
condiciones de existencia, y cómo, si el nuevo contexto se lo ofrece, no dudan
en aceptar toda mejora existencial -nosotros ahora le llamaríamos mejora de la
calidad de vida- que le ofrezca ese nuevo medio. Sus relaciones sociales se
rehacen en una nueva realidad, llegando a cuestionar -más que a maximizar, que
es como normalmente se nos suele presentar- el nivel de solidaridad más
"primordial" como es el de la familia. La relaciones sociales son recursos a
través de los cuáles discurren experiencias, expectativas y desengaños,
conforman redes de ayuda y de explotación, y la ciudad, haciendo buena la
dicotomía entre sociedad y comunidad, ofrece a las mismas un marco mucho más
denso y complejo. Los procesos de individuación resultantes no son ni malos ni
buenos, sino fruto de un nuevo contexto que posibilita de una manera sin
parangón la fragmentación de las esferas de actuación en las que interaccionan
sus moradores. ¿Es Rocco, por ejemplo, un esclavo de su "cultura meridional"?
Una vez más, y de eso va este artículo, de lo que se trata es de problematizar
el contexto estructural, es decir, ese capitalismo total escondido bajo esa
"globalización" -como problematización cultural y productor de legitimaciones
del mismo- y las dinámicas que contribuye a generar.
Volviendo al
multiculturalismo, y ahí radica mi tesis que espero que ya haya emergido, puede
que con nuestra actuación más que contribuir a la convivencia multicultural, al
reafirmar nuestra deformación profesional por la preservación de la diferencia,
estemos trazando fronteras a partir de las cuáles se les presuponen ciertos
rasgos culturales a las "comunidades" que visualizamos que coaccionan el resto
de su vida social. La mistificación romántica de su diferencia no sólo
contribuye a esta visualización sino que desplaza el centro de atención sobre la
reivindicación de su igualdad estructural como ciudadanos -como mínimo legal y
con posibilidades de intervenir políticamente de cara a velar por sus intereses-
para problematizar y concentrarse únicamente en una dimensión colectiva que
actúa como telón de acero para quienes quieren "vivir" gozando de todas las
libertades posibles a las que les da acceso el escenario en que viven.
El antropólogo, algunos dicen que impropiamente, se ha apropiado de
la "cultura" -la cultura del "otro" principalmente- como dimensión disciplinaria
que nos diferencia del resto de las ciencias sociales. Y resulta que es esa
dimensión, la identidad cultural, la que sirve de eje sobre el que problematizar
la convivencia; o bien su distinta naturaleza cultural se convierte en la base
de un supuesto "conflicto" a regular o bien pensamos que requieren
compensaciones institucionales que contribuyan a la protección de quienes son
portadores de "estilos de vida" diferentes al hegemónico (discriminación
positiva). Esta situación lleva a algunos autores (Touraine 1995) a recuperar la
distinción entre sociedad, considerándola como al grupo máximo compuesto por
ambos sexos y todas las edades que mantienen entre sí una amplia gama de
interacciones sociales (Harris 1981), y cultura, entendida ésta "simplistamente"
como código transmitido de generación en generación a través de los procesos de
socialización y a partir del cual se regulan las relaciones sociales y maneras
de pensar de una comunidad, apareciendo lo económico y lo legal como las
dimensiones sobre las que es posible la convivencia entre estas "comunidades"
que comparten un mismo espacio social. Si bien es cierto que no se incide
directamente sobre la problematización de la diversidad, sino sobre la
construcción de un marco en el que ésta sea posible, se presupone la existencia
de "comunidades" sin reflexionar sobre las razones estructurales de su
aparición. Esta situación reproduce una vez más la paradoja que contiene en sí
el multiculturalismo: en un presente abierto, en donde el cambio es lo
característico, la genealogía -el parentesco clásico y en oposición a la
sociedad durkheimiana- se convierte una vez más en el continuador de la
tradición, de la multiculturalidad (Bestard 1999).
La identidad
cultural se convierte en límite corporativo, en transmisora de estatus en
sociedades aparentemente más fundamentadas que nunca en el contrato y la
individuación. Lo privado se convierte en generador de diversidad, en
constructor de comunidades, mientras el rol de lo público- alejado de las
pretensiones modernas de centralismo, unicidad, universalismo, etc..-
consistiría en regular la convivencia entre esas comunidades. La libertad -hasta
ahora vista por el mito moderno como individuación sin que ello fuera en
detrimento de su contribución al interés general- se ha corporativizado,
debiendo ser el individuo, antes que tal, en primer lugar uno mismo -alguien
definido por su pertenencia a un determinado grupo étnico- y después ciudadano.
Sorprendentemente -como afirmamos al inicio- la idea de "comunidad" en un mundo
globalizado y deslocalizado se impone a la idea de "sociedad". Aunque, también
es cierto que el término sociedad ya no tiene razón de ser en un mundo en el que
los Estado-nación ya no son estructuras dentro de las cuales se concretiza un
determinado tipo de interacciones sociales, pese a la peripecias de quienes
hablan de lo local -paradójicamente reproduciendo la misma dicotomía comunidad
(cara a cara)/sociedad (Hannerz1998)-.
En este mundo deslocalizado,
en el que todo es posible, pues la "identidad" -identidad cultural si sólo
queremos entender como tal "esa"- ya no depende tanto de aquello implícito que
hemos interiorizado desde nuestra más tierna infancia, sino que el acceso a todo
tipo de información y de interacciones -que rompen con esos mundos conocidos
ligados a una coordenadas espacio temporales localizadas- hacen de la identidad
algo explícito, algo reflexivo que la convierte en elección más que en algo
dado. Sin embargo, ante la pérdida de consistencia de la identidad, más aún si
hablamos de identidad cultural, muchos científicos sociales se empeñan en fijar
un orden natural, precisamente porque ya no lo es. La teoría social del
conocimiento que sigue definiendo -construyendo- la existencia de comunidades se
convierte así en reaccionaria.
Otros autores, sin embargo, siguen
hablando del mito de la libertad, redefiniendo un neo-individualismo en el que
desaparece la estructura -las comunidades orgánicas de Durkheim- como fin último
al que contribuirían los individuos. La era posmoralista (Lipovetski 1994) en la
que nos encontraríamos inmersos apuntaría hacia el final de los deberes hacia
esas totalidades externas -familia y patria- con las que nuestros coetáneos
-pudiendo ser definidos como narcisistas- ya no se sienten comprometidos si ello
conlleva sacrificar parte de sus sueños individualistas. Una vez más
comunitaristas y individualistas representan discursos antagónicos, siendo los
primeros más afines a la manipulación reaccionaria de sus enunciados, si bien
los primeros pueden ajustarse mejor a la legitimación de las nuevas dinámicas de
ese mismo capitalismo global.
El reconocimiento de la diferencia
como mecanismo de marginación social
Intentaremos llevar ahora esta
reflexión a ese mundo interconectado y globalizado tomando como punto de
referencia esa relación entre multiculturalismo e inmigración a la que aludimos
al principio del ensayo. La inmigración es un fenómeno social que conviene a
receptores (mano de obra) y dadores de inmigrantes (receptores de divisas
internacionales). Esto no es algo nuevo, si tomamos como ejemplo Cataluña -que
es el que mejor conozco- nos daremos cuenta que difícilmente hubiera podido
incrementar su población en casi cuatro millones de habitantes entre 1939 y 1990
sin la incorporación de primeras y segundas generaciones venidas de todo el
estado. Esta situación, traducible a muchos otros contextos, haría bastante
difícil el uso de grupo étnico para referirse a los catalanes ¡Ni que fueran una
tribu! En todo caso se hace referencia a la existencia de dos comunidades
lingüísticas diferenciadas, la castellana y la catalana. Aquí, el de fuera
(aunque sea nacido en el lugar), el castellanohablante en este caso, es
visualizado y participa de una liminaridad que no le permitirá ser catalán en
los términos de los puristas del nacionalismo catalán. Para el nacionalismo
local, los "auténticos" catalanes serían los catalanohablantes, mientras la
barbarie del resto se visualizaría en el registro lingüístico utilizado. Sin
necesidad de polemizar acerca de un bilingüismo que sí funciona en la calle, lo
que resulta falaz del enunciado anterior es su concepción inventarial de la
cultura. El registro lingüístico se aísla del conjunto de espacios y dimensiones
en los que se produce la vida social y se inscribe en una totalidad que sirve
para dotar de identidad y delimitar dos grupos diferentes, el de aquí y el de
fuera. Es una estrategia de exclusión social. Todos, castellanohablantes y
catalanohablantes, disponen del abanico de posibilidades que ofrece el escenario
en que diariamente representan y reformulan el halo de significados que dan vida
y constituyen la realidad del mismo.
El ejemplo del caso catalán
creo que ilustra muy bien los límites de una concepción inventarial de la
cultura, así como los riesgos que los científicos sociales corremos al tratar de
identificar los referentes a partir de los cuales definimos -construimos- una
comunidad. En los años setenta era posible dibujar en el área metropolitana de
Barcelona un mapa en el que visualmente era fácil distinguir a catalanohablantes
y castellanohablantes, mayoritariamente inmigrantes que por su condición social
se habían establecido en el área periférica de la ciudad y en numerosas
ocasiones, en agrupamientos en los que coincidían gentes venidas de la misma
zona y que mantenían entre ellos relaciones de reciprocidad y solidaridad. Las
fronteras lingüísticas tal y como llegaron a percatarse muchos intelectuales,
eran además de clase y geográficas. Un peligro nada despreciable podría ser el
que lleva a considerar a algunos demagogos esta situación como la constatación
de la existencia de dos culturas diferentes coexistiendo en Cataluña, cuya
principal diferencia residiría en el registro lingüístico, como referente de
tradiciones diferentes. En sintonía con un más elaborado determinismo
lingüístico la lengua sería el garante de la tradición, condensando en sí misma
una manera particular de concebir el mundo. Las fiestas rocieras y la fiesta
nacional -los toros- serían marcadores étnicos de esa diferencia que, si bien se
habían adaptado a un nuevo contexto estructural, expresaban su naturaleza
foránea. Ni ellos eran considerados catalanes, ni lo que hacían sería nunca
tratado como catalán, pues la genealogía de la autenticidad catalana venía
preservada por un idioma catalán que más que medio de comunicación se nos
aparecía como límite a la catalanidad. Esa liminaridad, en otra escala, es una
metáfora que ilustra muy bien esas fronteras que constriñen a "los diferentes" a
reproducirse dentro de las límites de la no plena ciudadanía.
Han
pasado unos años y ya tenemos otra generación de hijos de esos primeros
inmigrantes, gente nacida y educada en Cataluña. Pese a las limitaciones a las
que hemos hecho mención, muchos de esos primeros inmigrantes hicieron fortuna y
se han trasladado a otros barrios que se ajustan más a su nuevo estatus social.
Igualmente, y la especulación urbana ha contribuido paradójicamente al
desvanecimiento de esos límites geográficos, muchas parejas catalanohablantes se
han desplazado a núcleos que la inmigración había convertido en
castellanohablantes, pero que ahora ofrecen un precio e incluso una calidad de
vida que las convierte en alternativa al centro urbano. La escolarización en los
dos idiomas ha favorecido el conocimiento por parte de todos de ambas lenguas.
En definitiva, ya no es posible trazar esas fronteras sociales, lingüísticas y
mucho menos geográficas. Por tanto, podemos preguntarnos, ¿existen o han
existido nunca esas comunidades? Lo que resulta evidente es que son
circunstanciales y, muchas veces, el resultado de la marginación social más que
de su propia voluntad y, sobretodo, de la falta de libertad para participar de
todas las posibilidades que ofrece el escenario en que viven.
Contraponemos un "nosotros" histórico y cultural versus un "ellos"
exógeno que contiene en sí y para sí su propia naturaleza cultural. Incluso
"comunidades" que llevan muchos años viviendo entre nosotros se han visto
confinadas, y ellas a su vez han instrumentalizado su naturaleza
histórico-cultural exógena para legitimar sus reivindicaciones de reconocimiento
social. Esta frase ilustra toda la violencia simbólica que el científico social
en su defensa de la diversidad y reconocimiento de derechos de los diferentes
encierra. Es posible que los gitanos, que es el grupo que mejor queda
conceptualizado en este enunciado, proviniesen originariamente de la India, algo
de lo que muchos de los diferentes miembros de a pié de quienes agrupamos bajo
la comunidad gitana no tienen conciencia ni les importa. Ellos, junto al resto
de gentes venidas con la inmigración, constituyen minorías étnicas cuyo
reconocimiento no es más que una visualización de su naturaleza externa y, por
tanto, legitimación de su subordinación con respecto a los límites que impone la
sociedad mayoritaria.
Desde el punto de vista del discurso
hegemónico las dos distinciones cognitivas más significativas a la hora de
construir y delimitar la identidad del "otro" son su procedencia y su cultura,
ésta última entendida en su concepción inventarial y genealógica. Es posible que
quienes informan (dan conciencia y construyen realidad), legislan (dan la base
estructural a la aplicación y legitimación de esa realidad) y aplican (para
nuestra desgracia materializan esa realidad no "académica") medidas en favor de
la convivencia multicultural estén incurriendo, en defensa del reconocimiento de
la diversidad, en una contradicción flagrante con la definición liberal y
democrática de igualdad. Recordemos que el antónimo de diversidad es identidad,
al mismo tiempo que el de igualdad es desigualdad. La segunda dicotomía suele
centrar los debates que toman como matriz las condiciones y constricciones
sociales, mientras la primera sí vendría marcada por matices de naturaleza
cultural, incluyendo las dimensiones existenciales y las trayectorias vitales de
quienes definimos y contraponemos como diferentes. Nosotros hemos formado una
pareja extraña, diversidad-igualdad. ¡Ellos tienen el derecho a ser diferentes!
Pero, ¿no tienen acaso también el derecho a ser invisibles al igual que los
miembros, estos sí individuos con todo el peso del término, de la sociedad
hegemónica?
Podemos añorar y reconstruir imaginariamente un tiempo y
espacio social en el que, como si de un puzzle se tratara, "la diferencia" no
fuera algo conflictivo, pues cada "grupo" contaría con su propia parcela para
exteriorizarla. Los nuevos tiempos, la famosa globalización, han roto esa
tranquilidad armónica empujándonos a reflexionar y tratar de construir un nuevo
marco de convivencia en que las "diferencias" son más bien algo que identifica y
estructura las nuevas formas de sociabilidad de nuestro paisaje cotidiano ¿Está
amenazada la convivencia? ¡Por que yo sí que creo en una sociedad multicultural
y plural contestaré negativamente! Los procesos de individuación se benefician
de esta creciente heterogeneidad que engloba lo urbano y que se alimentaría
precisamente de incorporaciones culturales de lo más diverso, recombinadas
siempre de forma ecléctica. Pero, ¿este tipo de libertad es compatible con lo
que estamos diciendo acerca del uso que se hace de lo multicultural? ¡No!
Problematizamos al grupo, a aquello que lo caracteriza (identifica) y percibimos
como amenazado o conflictivo (a eso le llaman su cultura). Sin llegar a debatir
acerca de sus derechos como ciudadanos, pues no lo son en numerosas ocasiones,
¡son inmigrantes! se intenta compaginar su identidad como grupo, su diferencia
con respecto a la sociedad hegemónica, con los principios democráticos
entendidos interesadamente como capacidad de expresar libremente su estilo de
vida. Este planteamiento, en términos únicamente colectivos, añade límites
internos, aquellos principios consuetudinarios que conforman su cultura y a
quienes han nacido en su seno, a sus desigualdades socioeconómicas y legales con
respecto a su situación en la sociedad hegemónica en la que viven. Se olvida que
si se tiene derecho a reivindicar "la pertenencia" a un determinado grupo, sea
político o folklórico, también se tiene el derecho a salir de él cuando el
afectado en cuestión lo crea pertinente. Eso no es posible si por el hecho de
venir de "fuera" son ya portadores de una tradición que les constituye en su
esencia, que marca su diferencia y su estilo de vida, que debe pasar
genealógicamente a las siguientes generaciones.
Pero si la
tradición, el modelo cultural en que vive, atrapa a quienes han sido educados en
él no habría que preocuparse tanto por la defensa de sus derechos colectivos,
sino más bien de que, como ciudadanos en pie de igualdad con cualquier otro,
puedan recombinar y hacer el uso privado que gusten de las costumbres de sus
padres, así como de las de sus vecinos y amigos. No sólo se trata de reivindicar
el derecho a mantener determinadas pautas de su tradición de origen, como pueda
ser el de seguir siendo "ecuatorianos" en Madrid, sin que ello evite el ser al
mismo tiempo madrileño, sino cuestionarse también por qué nos limitamos a tratar
sólo esa dimensión de la identidad, ignorando que quizás sean colchoneros y fans
de Metálica, y que esas dimensiones son referentes emocionales e identitarios
tan o más importantes que su identidad ecuatoriana. No son sólo ecuatorianos,
sino amantes del fútbol y la música, además de trabajadores de una pizzería, por
ejemplo. Pero ¿por qué hemos convertido en un problema el que sean ecuatorianos?
¿Por qué sólo pintamos esa característica de entre las muchas dimensiones que
dan sentido a su experiencia vital? ¿Estamos acaso, con nuestro énfasis en esa
identidad cultural territorializada, negando su plena participación de los
recursos y posibilidades que le ofrece el espacio social de Madrid de cara a la
formación de una identidad más compleja y rica?
Lo cultural (visto
como tradición exógena), a partir de su problematización por un nosotros
virtual, deviene conflictivo y confinable. Estas son las dos caras de una misma
moneda que deben empujarnos a la reflexión. Instrumentalizando a Pierre
Bourdieu: tenemos que revisar reflexivamente tanto nuestro arsenal conceptual
como las prenociones a partir de las cuales construimos nuestros discursos, pues
sólo esta actitud nos permitirá romper con una antropología espontánea que en
sus pretensiones científicas no hace más que reproducir el discurso de poder
hegemónico. No hace falta recalcar la importancia que esta revisión adquiere
para los antropólogos, en especial, para la elaboración de discursos sobre
quienes ya de partida son diferentes y, por ello, objeto de investigación.
Ahora, para finalizar, usaré una anécdota que me ocurrió hace unos
meses y que bien merece una reflexión, pese a su cotidianidad. Estaba en la
estación de tren de Tarragona con un amigo y tres "argelinos" (vemos la fuerza
del adjetivo territorial) se nos acercaron para preguntar la vía en la que
debían coger un tren con destino a Barcelona, hacia donde nosotros también nos
dirigíamos. Mi compañero inició una conversación con ellos que se prolongó
durante todo el viaje. Eran tres hermanos que llevaban una semana en el país, y
que apenas nos hubimos sentado nos mostraron los papeles que demostraban su
legalidad. Eran francófonos, aunque uno de ellos hablaba correctamente el
español, los otros dos apenas lo chapurreaban. La conversación discurrió entre
estereotipos ¡conocían mucho mejor que yo cómo estaba la liga nacional de
fútbol! Habían venido a buscar trabajo y disponían de una fotocopia con
direcciones y teléfonos de centros de acogida y las ONG de Barcelona. Nosotros
les preguntamos por su país y ellos enseguida enfatizaron que la situación no
era tan mala como se creía en el exterior y que, a diferencia de los marroquíes,
ellos tenían democracia. Dos de ellos estaban casados y uno nos contó que ahora
podría enviar dinero a su país. ¡Argelia siempre estaría presente en España!
Pero la impresión que me dieron es que estaban bastante desconcertados en un
país del que desconocían muchas cosas. Estaban abiertos a lo que el nuevo marco
les podía ofrecer, de hecho sus rostros y la conversación reflejaba el temor e
ilusión que siempre se vislumbra en lo nuevo. No venían a resistir, así como
tampoco nadie creo que pueda obligarles a renunciar a lo que llevan y dejan
atrás, Argelia.
El desenlace le dará un vuelco a este viaje. Era un
sábado noche, así que al llegar les acompañamos hasta una cabina en donde
llamaron a varios de los teléfonos que tenían, aunque en uno les informaron que,
al ser sábado, todos los centros estarían cerrados. No conocían Barcelona y
nuestra curiosidad, más cosmopolita que comprometida, ya había satisfecho sus
inquietudes. ¿A dónde podían ir para iniciar sus andadas en Barcelona? Mi amigo
y yo les orientamos hacía la Plaza de Cataluña en donde les informamos que había
muchos más como "ellos" y que ahí obtendrían información y conocerían gente que
les podría ayudar en estas sus primeras andadas en nuestro país. Tres días más
tarde pasamos por esa plaza y ahí estaban, no nos paramos a hablar con ellos,
¡cada uno ya había encontrado su sitio! En fin, ¿a dónde quiero llegar? Ellos no
vienen necesariamente a resistir, sino a "buscarse la vida" y la vida misma
debería redefinir las coordenadas en las que su existencia toma sentido. Ahora
bien, es la interacción con ese nuevo contexto la que redefine su realidad, de
la que su origen argelino debería ser un recurso más -y no un límite que fije su
marginación- que puede ayudarles a enfrentarse a ese día a día, en Barcelona.
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