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LA COMUNICACIÓN MASIVA DURANTE LA DICTADURA MILITAR Y LA TRANSICIÓN DEMOCRÁTICA EN LA ARGENTINA 1973 - 1986 archivo del portal de recursos
para estudiantes |
Heriberto Muraro: ( 1987: artículo) en Landi, Oscar (comp.), Medios, transformación y cultura política, Buenos Aires, Legasa.
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El ingreso de la Argentina en un nuevo ciclo civil trajo
aparejado la apertura del debate sobre las funciones que deberían
cumplir los medios de difusión en una etapa de transición
democrática.
El debate discurre por los enrutamientos característicos
de la política de influencias, presiones, negociaciones ocultas y
amenazas apenas veladas propias del período anterior: “Proceso de
Reconstrucción Nacional” que padecieron los argentinos entre 1973
y 1983.
Sin embargo, esa sorda controversia tiene una importancia política
considerable. Los dirigentes partidarios han descubierto en los últimos
tres años el papel que pueden llegar a desempeñar los medios,
especialmente la televisión, para contrarrestar las fricciones que
la transición democrática necesariamente provoca o para triunfar
en las contiendas electorales que son propias de un régimen parlamentario.
Los sectores mercantiles temen verse afectados en sus intereses por una
nueva ley de radio y televisión que el Parlamento podría promulgar
durante 1986 o el próximo.
A los representantes de la tradición
autoritaria y golpista el debate también les provoca aprensión.
Temen que el avance del “destape” que promueve una secularización
de la moralidad vigente y el descrédito de las ideologías
políticas integristas.
El examen de esta controversia puede revestir
una importancia que va más allá del marco local dado que son
varios los países latinoamericanos que se enfrentan hoy con el desafío
de iniciar o continuar con las tareas propias de los primeros tramos de
la transición democrática.
Tales cambios políticos
implican una revisión del funcionamiento de los medios masivos en
relación a lo que tradicionalmente se entiende como “libertades de
expresión”
Este tema presenta una dificultad teórica que
lo hace particularmente interesante para los investigadores de la Comunicación
Social: exige repensar la industria cultural con un nivel de estructuración
más elevado que el alcanzado hasta ahora por la crítica ideológica
fundada en el paradigma de la manipulación que estuviera en boga
en la década pasada.
Dicha tarea es una precondición para
formular políticas culturales compatibles con la crisis económica
que aqueja la región y para la construcción de un régimen
democrático estable que tiene vedado recurrir al uso de medios políticos
que pudieron quebrar el movimiento popular o provocar la intervención
de las fuerzas armadas tal como sucediera en el período inmediatamente
anterior en la Argentina, Chile y Uruguay.
Existen diferencias substanciales
entre el debate sobre los medios ocurrido durante los primeros años
del 70 y la actual controversia.
De acuerdo al clima político
característico en la anterior transición, los objetivos planteados
por los actores políticos para la comunicación social fueron
la ruptura de la dependencia con respecto a los países centrales,
la restauración de una cultura “nacional y popular” y el empleo de
aquélla como un instrumento para concientizar y organizar las
masas para librar una guerra permanente contra el imperialismo y sus aliados
locales.
Una constante de dichas propuestas era su carácter decididamente
estatista y su confianza en que el sector público disponía
no sólo de los recursos sino también de la idoneidad necesarias
para llevar a cabo una política cultural coherente y unitaria prescindiendo
de la colaboración de los empresarios privados.
La visión
que las vanguardias de los años 70 tenían de la comunicación
social correspondió a los principios que serían posteriormente
bautizados bajo el rótulo de “Nuevo Orden Internacional de la Información
y la Comunicación” (NOMIC).
Estaban íntimamente vinculados
a los procesos político - culturales que ocurrían en Chile
con el gobierno de la Unidad Popular o en el Perú durante la revolución
militar de orientación nacionalista encabezada por Velazco Alvarado.
En cambio, el nuevo debate en torno a los medios de difusión ocurre
dentro de un contexto substancialmente diferente. Los temas de la lucha
contra el imperialismo y la dependencia han perdido importancia con la aspiración
de crear una cultura nacional y popular o el “movimientismo” político.
Estas metas han sido sustituidas por la preocupación de garantizar
el pluralismo, proteger a los emisores y receptores de la interferencia
arbitraria de las corporaciones, especialmente de las fuerzas armadas y
la burocracia estatal. La actual etapa es muy poco favorable al desarrollo
de un proyecto de política cultural centralizado en manos del Estado;
pocos protagonistas políticos parecen convencidos de que el gobierno
civil dispone de los recursos y la capacidad técnica para coordinar
sus propias actividades culturales.
Todavía menos presuponen
que el Estado es capaz de formular una política cultural orgánica
y duradera que vaya más allá de la preservación de
las instituciones democrático - parlamentarias.
La eliminación
de la censura provocó y seguirá provocando conflictos entre
el gobierno civil y ciertos sectores enquistados en las fuerzas de seguridad,
la Iglesia Católica y otros entornos políticos y culturales
temerosos de la apertura.
La industria cultural argentina entre 1973 y 1983.
Política comunicacional del tercer gobierno peronista:
Los sucesivos gobiernos civiles que conociera ese país
entre 1973 y 1976 no lograron establecer un régimen relativamente
estable, tanto en el aspecto político, económico y cultural.
Aún antes de producirse el traspaso de poder formal de los militares
a los civiles, el movimiento popular quedó atrapado entre los fuegos
cruzados de dos facciones extremas: una que procuraba imponer el denominado
“socialismo nacional” con métodos violentos y otra que buscó
eliminar a la anterior. A pesar de los múltiples esfuerzos ensayados
por diversos sectores del espectro político argentino ellos no pudieron
evitar que el país sufriera un proceso de anarquización luego
de la muerte de Perón en 1974, que fue aprovechado por la fuerzas
armadas para justificar un nuevo golpe de Estado.
Durante ese período
(sólo tres años) las diferentes corrientes internas del peronismo,
no obstante sus diferencias ideológicas y violentos conflictos, participaron
de la convicción de que los medios de comunicación masiva
debían ser primordialmente controlados por el Estado.
En consecuencia,
impulsaron la introducción de importantes modificaciones al régimen
legal, relaciones de propiedad, funcionamiento económico y control
político de aquéllos.
Hacia 1973 el gobierno civil canceló
las licencias de los tres principales canales privados de la ciudad de Buenos
Aires y de otros dos del interior del país debido a que ellas ya
se habían vencido. Un año más tarde el Sindicato Argentino
de Televisión ocupó las productoras vinculadas a esos canales
metropolitanos , los cuales fueron declarados de interés público
y expropiados por el Poder Ejecutivo Nacional. Paralelamente la Secretaría
de Comercio emitió una reglamentación calificando a las erogaciones
en publicidad como parte de las ganancias empresarias y sujetas a tributación.
Esa medida afectó considerablemente a la actividad de los medios
masivos y las agencias de publicidad.
Represión y censura durante el “Proceso”.
Las primeras medidas adoptadas por el gobierno de facto
nacido del golpe militar de 1976 en el ámbito de la comunicación
social estuvieron destinados a desmantelar el ordenamiento que limitaba
a las agencias internacionales de noticias y a la actividad publicitaria.
Estas últimas tuvieron efectos inmediatos.
Las autoridades militares
reiteraban públicamente sus convicciones favorables a la libertad
de prensa y al régimen privado de posesión de los medios pero
imponiendo a aquéllos la obligación de cumplir con los postulados
de la doctrina de seguridad nacional.
Una de las primeras directivas
producidas por la junta estableció penas de reclusión por
tiempo indeterminado para el director de cualquier medio que divulgara comunicados
pertenecientes a asociaciones subversivas o ilícitas y de prisión
por diez años a quien difundiera noticias que pudieran “perjudicar”
a las fuerzas armadas.
Los gobernadores militares del Proceso aplicaron
un verdadero régimen de terror en el área de las comunicaciones
sociales: asesinatos de periodistas, cierre de diarios, censura previa,
etc. (La Opinión - Timmerman)
Estas medidas represivas fueron
aceptadas sin resistencia por la mayoría de los medios privados de
importancia comercial, los cuales limitaron sus críticas a la gestión
de las autoridades de facto exclusivamente a su política económica
o a cuestiones administrativas menores.
En cuanto a la televisión,
la dictadura militar mantuvo en manos del Estado a los canales de la Ciudad
de Buenos Aires que habían sido expropiados durante el período
anterior a despecho de las presiones , los juicios comerciales y sus propias
declaraciones en contra de la intervención estatal en cualquier sector
de la economía. Sólo se decidió devolver uno de ellos
a sus antiguos dueños - el canal 9 de Buenos Aires - en razón
de que ellos se negaron a aceptar las indemnizaciones previstas y la justicia
se vio obligada a fallar en contra del régimen. Durante todas esta
etapa estas emisoras de televisión fueron manejadas por interventores
militares de una manera que bordeó la corrupción administrativa.
Estos nuevos “zares de la televisión” no introdujeron modificaciones
substanciales a la programación. Se limitaron a ejercer una férrea
censura sobre noticias y otros programas periodísticos siguiendo
así la doctrina oficial en la materia según la cual un canal
de comunicación social es tanto más peligroso cuanto mayor
puede ser su audiencia. Los más importantes cambios ocurridos fueron
la difusión de la práctica de reventa de los “espacios” publicitarios
y la incorporación de la televisión color. (Mundial ‘78)
A pesar de la docilidad demostrada por los empresarios privados de los medios,
el régimen militar no podía permitir que el control de los
canales de televisión heredados de la administración anterior
escapara de sus manos. Para las autoridades militares los empresarios privados
podían sentirse tentados a adoptar posturas críticas frente
a la política económica del régimen.
El manejo
de los canales de televisión y radioemisoras estatales representaban
prebendas importantes para el amplio estamento de oficiales de las fuerzas
armadas que en su condición de “héroes de la guerra
sucia” estaban convencidos de que podían apropiarse de los dineros
del Estado con total impunidad.
Las autoridades de facto apelaron reiteradamente
a la televisión para montar campañas publicitarias destinadas
a defender su política económica, justificar los operativos
militares, etc.
La evolución de la industria de la televisión
durante los años de la dictadura militar no difiere mucho de la experiencia
en Chile bajo el régimen de Pinochet.
Crisis en la Industria Cultural durante el “Proceso”.
Aunque la censura afectó considerablemente a la
producción cultural masiva y no masiva de la Argentina durante el
período 1976 - 1980, todavía mayor fue el impacto negativo
que tuvo en ella la política económica de corte neoliberal
emprendida por el régimen militar.
La conducción económica
se propuso desarmar todo el sistema de subsidios y protecciones que según
su punto de vista monetarista habían condenado al país al
estancamiento y atraso tecnológico.
Con la ayuda de un aparato
militar y policial que no titubeó en aplicar a los activistas gremiales
los mismos procedimientos que se empleaban contra los supuestos guerrilleros,
el “Proceso” se abocó a disciplinar al sector laboral y más
tarde a los restantes agentes económicos incluyendo los empresarios
industriales y los consumidores.
El régimen militar restringió
las posibilidades de acceso a los sectores populares a la educación
secundaria y terciaria en tanto que la crisis económica incrementaba
la deserción escolar en el ciclo primario. Esta política acentuó
la desigualdad cultural iniciando un proceso de regresión educacional
cuyas consecuencias recién empiezan a manifestarse en la actualidad.
Tanto en el aspecto educacional como en relación al perfil industrial
del país, los propósitos “purificadores” o liquidacionistas
del gobierno autoritario se vieron frustrados en parte por las maniobras
defensivas de la población.
Las consecuencias de dichas políticas
culturales y económicas del “Proceso” fueron funestas para la industria
cultural.
Baja considerable de la producción y circulación
de diarios y revistas y afectó también la producción
de filmes. (Tato: el censor)
La modernización conspicua.
Entre 1976 y 1980 se introdujeron en la industria cultural
argentina algunas innovaciones técnicas o industriales aunque la
mayoría de ellas tuvieron consecuencias tan lamentables como el resto
de la política cultural de las autoridades militares.
1) En primer
lugar hacia mediados de la década del 70 se puso en marcha una industria
capaz de producir papel de diario y librar al país de las fuertes
erogaciones en divisas que demandaba la importación de ese insumo.
El desarrollo de ese sector ha contribuido a robustecer la situación
de los diarios asociados a él - “Clarín” y “La Nación”.
2) Las autoridades del “Proceso” decidieron introducir la TV color, eliminando
así un importante rasgo de retraso de la industria de las comunicaciones
de la Argentina con respecto a los demás países latinoamericanos.
Hacia 1980 se inician las transmisiones regulares de la TV color. Hacia
junio - agosto de 1980 en el área metropolitana de Buenos Aires existían
191.000 hogares con TV color. En agosto de 1985 el número de unidades
familiares con TV color llegaban a 1.828.000, el 60,3% del total.
Un
proceso similar se verificó en el entorno de las compañías
telefónicas. Aunque la Argentina es uno de los países latinoamericanos
mejor dotados en cuanto a telefonía, las tendencias de largo plazo
en este aspecto no son favorables en comparación con otros países
de la región como México o Brasil.
Las autoridades de
ENTel durante el “Proceso” impulsaron una activísima política
de renovación del equipamiento en materia de telecomunicaciones.
Una de estas innovaciones es la difusión de los canales de TV cerrados
o cable - televisión. En 1980, once; en 1984, noventa.
Otra modificación
potencialmente importante es la difusión de los video grabadores
y su correlato.
Normas y funcionamiento de los medios.
Fracaso de las leyes de radiodifusión:
Con excesiva frecuencia la legislación sobre medios
ha sido burlada en los hechos o produjo resultados diferentes a los perseguidos
por los legisladores.
La causa de estos fracasos reside generalmente
en una falta de comprensión por parte de los legisladores de la dinámica
de la Industria Cultural, de la estructura propia del sistema de medios
y en especial de sus aspectos económicos.
El resultado fue que
hacia 1965, cinco años después que se iniciara la televisión
privada en el país sobre un total de 22 canales no estatales 20 de
ellos estaban afiliados a las grandes productoras encabezadas por Canal
13, Canal 11 y Canal 9 de Buenos Aires y por su intermedio asociadas a las
cadenas norteamericanas CBS, NBC y ABC.
Otra de las causas que dificultan
la tarea del legislador y el control del cumplimiento de las leyes al respecto
reside en la multiplicidad de las demandas que los diversos sectores formulan
acerca del contenido que deberían tener los medios.
Existe en
la Argentina una manifiesta disconformidad con respecto a la comunicación
de masas, en especial con la televisión y la publicidad, que suele
expresarse a propósito de su bajo nivel cultural; de dirigentes políticos
que expresan su preocupación por la posibilidad de que manipulen
totalitariamente a la masa.
La mayoría de las leyes de radiodifusión
de la Argentina han sido hasta el presente la resultante una suma de intenciones
de los más variados orígenes, que corresponden a los más
variados niveles. Por ejemplo: la Ley de Radiodifusión de 1972, una
de las más completas, incluía en relación a los contenidos
normas referidas a: la necesidad de producir programas que favorecieran
la unidad nacional, elevaran el nivel cultural del público, fueran
formativos e informativos, respetaran la moral pública y la dignidad
humana, etc.
La variedad de temas cubiertos por la legislación
ha servido para distraer la atención de los ciudadanos de los problemas
de fondo de la industria cultural, convirtiendo los debates al respecto
en discusiones sobre problemas estéticos o acerca de los efectos
de los medios que son extraordinariamente complejos y que por el momento
carecen de una solución empírica confiable.
En cambio
aspectos cruciales de esta actividad que sí caen dentro del campo
de competencia de las autoridades son omitidos por la legislación.
Ejemplo:
Desde
que naciera la TV privada en este país los canales operan otorgando
a las agencias y anunciantes descuentos por volumen a los efectos
de estimular la venta de “avisos” es decir: a mayor cantidad de “espacios”
comprados menor precio unitario por ellos.
Debido a este régimen
de descuentos los fabricantes oligopólicos de artículos de
uso masivo pueden negociar campañas publicitarias con menores costos
por contacto que los obtenidos por los empresario marginales.
A partir
de 1976 ese sistema derivó en la aparición de revendedores
de “espacios” o “bolseros” que produjeron una manifiesta desorganización
del sector publicitario, un relajamiento evidente de los controles a los
que estaban sometidos los funcionarios al frente de los canales del Estado
y también el incremento del déficit de esas emisoras.
No obstante este aspecto de la política comercial de los canales
privados y públicos ha pasado desapercibida. Rara vez se lo menciona
en los debates sobre leyes de radiodifusión a pesar de que condiciona
el tipo de programación que las emisoras estatales y privadas difunden.
Pocas veces suele repararse en el hecho de que en tanto canales privados
y estatales se financian por medio de la compra de agencias y anunciantes,
un régimen estable de radiodifusión requiere de un mercado
publicitario bien organizado y relativamente transparente.
Otro ejemplo
que se considera significativo: la ley de radiodifusión promulgada
por el gobierno de la “Revolución Libertadora” (1955 - 1957), que
dio paso al desarrollo de la televisión privada en este país,
incluía un artículo prohibiendo la transmisión en cadena,
para evitar la concentración de los medios en un número limitado
de manos y el consabido monopolio informativo.
Se trataba de una restricción
técnica sin mayor importancia en ese momento puesto que el país
carecía de una red de vínculos que posibilitara el transporte
de señales de video a un precio relativamente bajo.
Pero, como
los canales del interior carecían de capacidad económica para
generar sus propios programas y se abastecían de ellos en las productoras
de Buenos Aires, en la práctica existió una suerte de sistema
de transmisión en cadena diferido, con un retraso de una semana (el
tiempo necesario para grabar en video tape - récord las emisiones
metropolitanas y enviarlas por correo).
Esta restricción fue
dejada de lado cuando la Empresa Nacional de Telecomunicaciones (ENTel)
inauguró el primer cable coaxil con capacidad para transportar señales
de TV haciendo factible a los canales de la ciudad de Buenos Aires transmitir
los noticieros en simultáneo con el interior.
El marco legal y los medios como sistema.
Las características y la evolución de cualquier
sistema de comunicación de masa, dependen de factores ligados a su
estructura social de difícil modificación a corto o mediano
plazo:
¨ características demográficas de su población
¨ educacionales
¨ macroeconómicas
El conjunto de
los medios conforma un todo interrelacionado de tal manera que un cambio
en uno de ellos afecta a todos los demás.
A estos fenómenos
se debe agregar una característica propia de la industria cultural:
el carácter precario de sus liderazgos, la imposibilidad de prever
los gustos y preferencias del público, que suele hacer difícil
la planificación a largo plazo de inversiones en este campo.
La complejidad propia de este sector condena por adelantado cualquier intento
de regulación “parcelaria” que atienda a sus síntomas sin
formular un proyecto global acerca de su funcionamiento.
Durante mucho
tiempo los críticos de izquierda y de inspiración nacionalista
de la televisión local presumieron que los propietarios de
este medio, en tanto era manejado por empresarios privados ligados a capitales
norteamericanos estaban interesados en difundir programación “enlatada”
y bloquear el surgimiento de una industria local de la televisión.
No faltan todavía hoy quienes propongan la adopción de medidas
similares a las aplicadas años atrás por el primer gobierno
peronista en relación al cine y la radio, es decir, porcentajes mínimos
de producción y difusión nacional mínima.
Este enfoque ignora que:
a) El grueso del público
local suele apreciar más los programas “en vivo” de producción
nacional que los enlatados o películas extranjeras.
b) Los enlatados
y películas extranjeras son significativamente más baratos
que los de producción local.
En cambio, hacia comienzos de la
década del 70 cuando en Buenos Aires competían fieramente
entre sí los canales 13, 11 y 9 por el rating y las inversiones publicitarias
representaban más del %
del PBI del país, canal 13, a despecho de continuar siendo una empresa
asociada a través de Proartel a la Columbia Broadcasting System,
llegó a emitir programación local “en vivo” alrededor de un
70% del tiempo, más que en la actualidad
En Síntesis:
La oposición entre producción local vs. importada
no puede resolverse meramente a nivel ideológico. Inclusive las leyes
peronistas sobre mínimos nacionales en la industria del cine, nunca
pudieron cumplirse del todo por falta de producción local, dificultades
para la importación de equipos y por la estrechez del mercado interno
provocado por el reducido tamaño de la población argentina.
Otro ejemplo: Periódicamente se escuchan voces que expresan su preocupación
por el elevado nivel de exposición de la población argentina
a la televisión (jóvenes y niños especialmente).
Se supone que este elevado consumo de televisión puede provocar la
“internacionalización” de pautas de conducta violentas o desviadas,
provocar un deterioro de los intereses culturales del público apartándolo
de la lectura de revistas y libros.
También aparecen voceros
que pronostican un creciente abandono de la televisión por parte
del público, ya sea por aburrimiento o por rechazo de la chabacanería
de algunos de sus programas o por resistencia a un medio que durante el
“Proceso” ocultó la realidad económica y social del
país.
Estas formulaciones ignoran las características
estructurales de los hábitos de exposición del público
a los diversos medios reduciendo su dinámica a una mera cuestión
psicológica o de gustos.
Este razonamiento ignora que la audiencia
de televisión no depende de su contenido meramente sino del costo
de ese medio y de la capacidad adquisitiva de la población.
Un
estudio realizado sobre este tema hacia fines del 83 determinaba que el
alza de la exposición a la televisión estaba relacionada con
la introducción del color y la crisis económica que obligaba
a muchos a “quedarse en sus casas”.
El examen de la distribución
de diarios y revistas demuestra que la exposición a este medio -
a diferencia de la televisión - está estrechamente ligado
al nivel de ingresos y educacional de la población; de tal manera
que incrementar su consumo en detrimento de la televisión requeriría
de un plan a muy largo plazo destinado a elevar no sólo el nivel
cultural sino sus ingresos.
La opción entre “privatismo” y “estatismo”.
Otra fuente de dificultades que deben enfrentar los legisladores
en materia de radiodifusión es el dilema “privatismo” vs. “estatismo”
.
El debate sobre la radio o la televisión escapa del estrecho
entorno relacionado con los efectos culturales, ideológicos o morales
de los medios sólo para empantanarse después en la controversia
cuasi eterna sobre las virtudes abstractas de entregar al Estado o a los
particulares, tal o cual parcela de la radiodifusión.
Este plano
de la discusión pública es más espinoso que el anterior
puesto que las entidades empresariales suelen responder a cualquier dirigente
político que no apoye el privatismo acusándolo de “totalitario”
y llamar en su auxilio a poderosas instituciones internacionales.
Debe
tenerse en cuenta que el bloque de poder centrado en los medios privados
conforma actualmente un todo relativamente orgánico, especialmente
sensibilizado para defender sus intereses desde el momento que la UNESCO
propusiera a los estados nacionales la formulación de políticas
de comunicación e información similares a las que ellos vienen
llevando a cabo en el campo económico o educacional.
¨ Cuando
en la Argentina se habla de un medio en manos del Estado la mayoría
del público piensa automáticamente en una radio o un canal
de televisión manejado discrecionalmente por funcionarios del Poder
Ejecutivo o del partido gobernante.
¨ Cuando se hace referencia
a un medio radiofónico en manos privadas se da por sentado que se
trata de una empresa que elude todo choque con las corporaciones - especialmente
fuerzas armadas - y sólo atiende a sus intereses mercantiles, haciendo
oídos sordos a las demandas de la comunidad civil.
Desde esta
perspectiva se interpretan los sistemas legales existentes en otras latitudes.
Se dice que el régimen legal de los medios de radiodifusión
en Europa es “estatista” en tanto que en los Estados Unidos es francamente
“privatista”.
Sin embargo, si se considera un caso cualquiera - por
ej. Inglaterra - se descubrirá que la red estatal de televisión
de la British Broadcasting Corporation (BBC) no monopoliza la televisión
desde 1954 y tampoco la radio desde 1972, coexistiendo ella con emisoras
que también son públicas pues operan asociadas a productoras
privadas.
El sistema inglés es en realidad un entretejido de
relaciones y actividades del sector público y privado que ha registrado
cambios periódicos en las últimas cinco décadas en
cuanto a la distribución del poder económico y de decisión,
entretejido que no puede resumirse apelando a caracterizaciones tales como
“estatismo” y “privatismo”.
La BBC a diferencia de los medios en manos
del Estado en la Argentina, tiene por detrás una larga historia de
luchas por la defensa de su independencia ante las presiones del Ejecutivo,
conflictos de los que pudo salir gracias al apoyo del Parlamento.
La
RAI italiana o las empresas televisivas que hasta 1974 integraban la ORTF
francesa son organismos estatales pero en tanto corresponden a países
dotados de partidos políticos poderosos y bien organizados, pocos
funcionarios al frente de esos complejos comunicacionales gozaron del poder
que los argentinos asocian con la imagen del directivo de un canal público.
En cuanto al modelo norteamericano, debe señalarse que, aunque el
sistema adoptado por la CFC es absolutamente liberal y los directivos de
algunos de sus principales cadenas de radio y televisión han enfrentado
en algunas ocasiones al Poder Ejecutivo, ellos saben muy bien que operan
en un entorno caracterizado por audiencias bien organizadas y entidades
intermedias dotadas de gran capacidad de presión.
También
suele decirse en la Argentina que el canal 7 ATC de Buenos Aires es un canal
estatal, lo cual es formalmente innegable debido a que por ley el “propietario”
de esa entidad es el Secretario de Cultura de la Nación.
Raras
veces se toma en cuenta que esa emisora en cuanto comercial está
obligada a competir por el rating y las inversiones publicitarias con los
demás canales, lo cual limita sus posibilidades de encarar planes
educacionales o culturales de largo plazo.
Y una parte sustancial de
la programación de Canal 7 es producida por empresas privadas, por
lo tanto la controversia en torno del “estatismo” y el “privatismo” suele
recaer en ideologismos fáciles que escamotean el hecho de que los
medios dependen de las características estructurales del sistema
político vigente en el país donde operan, del poder o debilidad
de sus audiencias y entidades intermedias, de la organización y peso
recíproco de sus partidos políticos.
Si se repasa la historia
de los medios masivos durante las últimas tres décadas se
verificará que, salvo el confuso interregno que se abriera con la
expropiación de las tres grandes productoras de televisión
durante el tercer gobierno peronista, los más preocupados por limitar
el poder de los emisores privados, quienes defendieron con mayor celo a
las emisoras del Poder Ejecutivo de cualquier intento de privatización
no fueron los dirigentes políticos o los representantes de las entidades
intermedias, sino la burocracia estatal y los dirigentes militares de los
gobiernos de facto.
Sólo hacia el final de su período,
en 1973, el gobierno del general Lanusse promulgó una Ley de Radiodifusión
y Televisión, cuyo contenido dista mucho de ser privatista, en tanto
que el “Proceso” demoró años toda discusión sobre el
destino de los canales y productoras que heredara del pasado.
Durante
el gobierno de Onganía (1966 - 1970) las esferas gubernamentales
ejercieron fuertes presiones sobre la industria de la radio y la televisión
local para frenar su expansión.
Pero tampoco cabe establecer
como principio general una ecuación del tipo:
gobiernos autoritarios
= desarrollo de los medios en manos del Estado + atraso del sector privado
de la radiodifusión
aunque ésta pueda haber sido válida
para el caso argentino debido a la debilidad del conjunto del empresariado
para influir en las decisiones de la corporación militar.
De
igual manera la radio y televisión mexicana, que alcanzara muy alto
grado de desarrollo bajo un sistema privatista, contó con el apoyo
de sus principales círculos de poder estatal y del aparato del Partido
Revolucionario Institucional (PRI).
Debe observarse que cuando se habla
de “empresarios privados” esta categoría suele ser considerada
como homogénea.
Sin embargo, entre el conglomerado Proartel de
fines de los 60, controlando una red de diez canales privados, con vinculaciones
directas con la industria de la televisión en el resto de América
Latina y Estados Unidos y el pequeño empresariado que edita un periódico
de provincia de menos de 3.000 ejemplares, existe una distancia mucho
mayor que la observable entre la primera de esas empresas y un canal estatal
de televisión.
Una dificultad adicional que enfrenta el legislador
en relación a los medios es que la industria cultural tiende necesariamente
a concentrarse a largo plazo, aunque la posibilidad de cerrar a largo plazo
el acceso a la competencia por parte de los productoras de mayor poder económico
es mucho menor que en otros sectores de la industria.
Esta tendencia
a la concentración afecta al funcionamiento, tanto de las entidades
burocráticas del Estado como a las organizaciones intermedias planteando
dilemas a menudo difíciles de solucionar.
Algunos países
latinoamericanos (caso México) han optado por evitar que el Estado
interfiera el proceso espontáneo de concentrar.
El criterio básico
aplicado allí ha sido desarrollar una poderosa industria local, capaz
de abastecer a un amplísimo mercado interno con los servicios de
la radio y la televisión al precio de que ella opera monopólicamente
y asociada a intereses externos.
En cambio en la Argentina, la barrera
impuesta por la burocracia estatal - especialmente durante los gobiernos
de facto y durante el “Proceso” - ha debilitado el poder del sector empresarial
privado aún a riesgo del atraso con respecto a otros países
de la región.
Queda por resolver de qué manera se pueden
contrarrestar los efectos de la tendencia a la concentración propia
de la industria cultural y estimular el desarrollo de un sistema de medios
tecnológica y culturalmente adecuado a las necesidades del país.
Hasta el presente, la historia de la radiotelevisión argentina demuestra
que el sector estatal burocrático y el privado aparentemente han
evitado interferirse mutuamente, a largo plazo se han trabado el uno al
otro, condenando al país al estancamiento.
Esto en la Argentina
se agudiza en la actualidad debido a la irrupción (a espaldas de
los funcionarios públicos y legisladores) de las denominadas “nuevas
tecnologías”.
Ellas, desde el videograbador hasta el cable -
TV, tienden a producir una creciente segmentación de los públicos
y una suerte de“reprivatización” de los auditorios masivos
del pasado.
Aunque se impusiera en la Argentina un régimen de
radio y televisión absolutamente estatal y subvencionado por el presupuesto
nacional, éste no podría evitar que porciones crecientes del
público, fueran independizándose para ingresar en circuitos
o redes semiprivadas o semipúblicas de comunicación.
Por
lo tanto, la censura moral existe en ese país exclusivamente para
los ciudadanos de menores recursos.
No se pretende significar que las
nuevas tecnologías condenen al pasado a cualquier proyecto de política
cultural, pero no caben dudas que ellas plantean problemas y dilemas nuevos
para los cuales los partidos políticos, los educadores e investigadores
de la comunicación carecen hoy de respuestas adecuadas.
Actores e ideologías en el ámbito de la comunicación social.
a) La actitud de los empresarios privados.
A lo largo del año 1986, el número de proyectos
de Ley de Radiodifusión se incrementó considerablemente. También
se han multiplicado las actividades defensivas del sector privado, bajo
la forma de campañas publicitarias destinadas a defender de manera
abstracta las ventajas del pluralismo comunicacional o de congresos, seminarios
y reuniones de representantes del sector.
Los integrantes de este bloque
han logrado un acuerdo básico que les permite actuar con verdadera
eficacia política.
Existen diferencias de enfoque y de intereses
entre los grandes propietarios de medios radiofónicos o canales de
televisión de importancia comercial y los pequeños propietarios
de emisoras del interior del país. También se manifiestan
los temores del conjunto de los empresarios locales de la radio y la televisión
hacia el posible ingreso en ese sector de grupos multinacionales que podrían
avanzar apoyándose en las nuevas tecnologías o de grupos locales
de la industria gráfica, como el poderoso conglomerado “Clarín”
de Buenos Aires, cuyo proyecto es incorporarse al negocio televisivo. (ya
lo hizo)
En general, los empresario locales se sienten amenazados por
la “revolución telemática” y aunque son privatistas
no desean que se instaure en el país un régimen ultraliberal
que pudiera desembocar en una dura competencia entre emisores; son una suerte
de “privatistas moderados” a quienes asusta el ingreso de nuevos competidores,
no sólo de las empresas públicas. Su unidad está fundada
más en el temor que les inspira que el gobierno democrático
de hoy intente repetir los experimentos de la transición del año
1973 o cualquier otro igualmente profundo, que en la formulación
de un programa alternativo para modernizar la industria cultural argentina.
La causa de ello es que tanto los propietarios de canales como de las radioemisoras,
saben muy bien que su sector de la industria cultural está atrasado
con respecto a otros países de la región.
La situación
y los proyectos del empresariado de los medios masivos en esta etapa de
transición democrática no difiere de la observable en otras
ramas de la industria o de los servicios.
Su política se funda
en la paradoja de demandar protección por parte del Estado y reclamar
la no injerencia de éste en sus actividades mercantiles.
b) La actitud del gobierno y los partidos políticos.
El gobierno y el partido gobernante (la U.C.R.) han adoptado
hasta ahora una posición ambigua y contradictoria.
El programa
presidencial del Dr. Alfonsín incluía propuestas sobre la
comunicación social tales como:
· garantizar la libertad
de expresión y prensa.
· defender la cultura y la identidad
nacional.
· modernizar el sistema de comunicaciones.
La primera
parte de esa plataforma se cumplió de inmediato: el gobierno eliminó
muchos de los dispositivos de censura montados por el “Proceso”.
En
cambio, la segunda parte, lo referido a garantizar efectivamente a la población
el acceso a la información (que implica la renovación de la
infraestructura comunicacional del país) viene chocando con un obstáculo
difícil de salvar: las limitaciones que impone a los planes de inversión
pública el pago de la deuda externa. Limitación que se manifiesta
en dos aspectos:
1.- Carencia de proyectos al respecto.
2.- Presión
ejercida por el ejecutivo sobre los administradores de las emisoras estatales
para que se autofinancien mediante la venta de espacios publicitarios.
Tampoco se advierte entre los dirigentes políticos y funcionarios
del partido gobernante una verdadera unidad de criterio en torno a qué
hacer con la radio y la televisión en los próximos años.
En tanto algunos han adoptado una posición marcadamente “privatista”
otros se resisten a abandonar las propuestas de la plataforma preelectoral.
A estas contradicciones se suman las especulaciones propias del partido
gobernante en tanto agrupamiento político que pretende articular
las aspiraciones de grupos heterogéneos.
Ese agrupamiento y el
Poder Ejecutivo han empezado a advertir la importancia que reviste el “llevarse
bien” con los medios privados y controlar las radioemisoras y canales del
sector público.
Puede pronosticarse que el oficialismo tiene
cada vez menos confianza en su propia fuerza para contrarrestar la ofensiva
de los empresario privados.
Además parece haber calculado que
una nueva Ley de Radiodifusión y el debate en torno a ella que supone
su promulgación, terminarán menguando su cuota de poder.
Es probable que el oficialismo se resigne a aceptar el privatismo imperante
y utilice los recursos que le permite allegar su condición de partido
gobernante para crear una red de medios privados manejados por empresarios
adictos favorecidos por el Estado.
Una estrategia partidaria de esa
índole tiene sus precedentes: ya fue llevada a cabo por el gobierno
civil de Perón durante la década del 50, a despecho de su
orientación fuertemente estatista en otros campos.
Los mayores
partidos de la oposición han esbozado estrategias destinadas a que
se abra el debate parlamentario en torno a la ley de radio y televisión;
incluso acusan al Poder Ejecutivo de demorar su tratamiento.
El rol
confuso y reticente de los partidos políticos se explica por la historia
institucional de la Argentina durante las últimas décadas.
Entre 1955 y 1983 ese país tuvo sólo 10 años de gobierno
civil; durante todo el tiempo restante padeció gobiernos militares
de facto que limitaron o prohibieron a los partidos políticos.
A consecuencia de ello, los sectores que integran el país se fueron
paulatinamente “desenganchando” de los partidos políticos debido
a que ellos no podían representar, amalgamar y defender sus intereses.
En el caso específico de la presente transición democrática
los partidos políticos accedieron al poder formal debido a las contradicciones
internas del régimen militar precedente.
Al producirse la quiebra
del “Proceso”, los partidos estaban muy lejos de encabezar un movimiento
de masa organizado.
Todos los agrupamientos partidarios se encuentran
hoy ante los problemas y urgencias que implica atender las tareas propias
de un régimen democrático sin recursos, sin aparatos burocráticos
y carentes de una red de medios de difusión que les permita comunicarse
con la población o sus afiliados.
En esta situación de
desequilibrio entre el poder nominal y el real resulta comprensible que
el tema de la radio y la televisión sea para los dirigentes partidarios
tan importante como intratable.
Existe una cuestión urgente que
subyace: decidir cuál puede ser el futuro de los partidos políticos,
dentro de un contexto democrático “moderno” .
Las viejas fórmulas
de la década del 70 sobre los “partidos de masa” no parecen tener
hoy vigencia y en su lugar están surgiendo nuevas alternativas tales
como la “política espectáculo” que involucra directamente
a la comunicación masiva.
Cabe agregar que la mayoría
de los dirigentes partidarios argentinos tiene una concepción instrumental
y anticuada del papel de los medios de comunicación de masas en una
sociedad moderna y todavía culta.
Les resulta difícil
pensar ésto más allá del juego estratégico de
ganar o conservar votos, defenderse de las críticas o poner
a sus antagonistas en situación comprometida.
Además,
el grueso de los dirigentes políticos argentinos se ha formado operando
a través de grupos pequeños y cerrados mereciendo de los medios
notas marginales.
Recién con el retorno de la democracia ellos
descubren (con vértigo) el poder de la televisión, de las
encuestas preelectorales y de la publicidad científica.
c) La actitud del público.
Los diversos públicos de los medios masivos continúan
siendo los grandes ausentes del debate argentino sobre los medios.
Sin
embargo, existen indicios sobre las preferencias y expectativas de la población
en la actual coyuntura de la Argentina.
Ella secundó con entusiasmo
el repentino “renacimiento cultural” que produjo la quiebra del “Proceso”
después de la derrota de Malvinas a través de la multiplicación
de los programas de opinión, teleteatros unitarios sobre temas socialmente
críticos y en un incremento en la producción de películas.
Durante la agonía del régimen militar, permitieron a los dirigentes
político - partidarios empezar a comunicarse con el electorado y
denunciar las contradicciones de la dictadura. (los comentarios radiales)
Las encuestas de opinión pública indican que el grueso de
los ciudadanos esperaban del nuevo gobierno civil importantes beneficios
culturales.
Pero los sondeos de opinión indican que pocos argentinos
esperan de la democracia la realización de experimentos político
- culturales de la década del 70 y mucho menos que se genere una
“repolitización” aguda de la comunicación social.
Por
el contrario se ha difundido entre la población una actitud de desconfianza
hacia los proyectos políticos que amenacen provocar el estallido
de antagonismos sociales.
El clima social es poco o nada favorables
a las posiciones estatistas: evocarían las soluciones restrictivas
del pasado.
Lo que hagan las fuerzas sociales que operan en el campo
de la comunicación social de los medios , tiene una importancia político
- social relevante para la estabilidad del régimen democrático.
La transición requiere no sólo de un periodismo pluralista
y veloz, sino capaz de mantenerse ecuánime en medio de los muchos
conflictos que una transición en la pobreza suele generar.
Esta
tarea no puede ser llevada a cabo sólo por los medios en manos del
sector público y tampoco por aquellos medios privados que se mueven
en la crisis con proyectos de muy corto plazo o están ligados a los
intereses corporativos que hicieron posible el “Proceso”.
Sectores cuantitativamente
importantes de la población esperan mucho de los “bienes simbólicos”
que los medios pueden redistribuir. Coinciden en la tesis de E. Fox cuando
señala que
“Ante el fracaso de esquemas de desarrollo político y económico para alcanzar la democracia, la cultura y la comunicación han llegado a ser vistas como la última avanzada de la diversidad y la libertad.”
Para que esa promesa de la libertad, de la comunicación
y la cultura llegue a ser realidad cotidiana, ellas no tienen otra alternativa
que librar su batalla política y económica por la autonomía.
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