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ANCIANIDAD Y POBREZA archivo del portal de recursos
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La vejez de las sociedades modernas
Esta realidad social ha provocado la irrupción
de una problemática novedosa, con conflictos y desequilibrios particulares,
que requirieron y requieren de continuas adecuaciones prácticas,
tanto por parte de los Estados como de los diferentes sectores de la sociedad.
En los orígenes de la gerontología, a investigar la vejez
desde las categorías de la psicología evolutiva, enfatizando
la búsqueda de generalizaciones a partir de ciertas características
que, se suponen, son propias de todos los individuos que pasan por determinados
estadios de su ciclo vital.
Por otra parte, en el caso de la Sociología,
la sociología del Envejecimiento se constituyó, desde sus
recientes orígenes, como un campo de aplicación. Una sociología
aplicada no se caracteriza sólo por su orientación hacia los
problemas prácticos de su campo, sino también por establecer
una relación unilateral con el cuerpo teórico general.
La falta de una adecuación conceptual a la nueva problemática
planteada por el aumento de la proporción de ancianos en el seno
de las sociedades se evidencia aún en temas centrales de la teoría
sociológica, como lo es, por ejemplo, el de las clases sociales.
Surge entonces el interrogante respecto a .cómo definir la situación
de clase de las personas que han dejado el sistema productivo.
La solución
más simple, y de hecho la que se utiliza con mayor frecuencia, es
asignar continuidad hasta después de la jubilación, a la posición
de clase prevaleciente durante el transcurso de la vida laboral.
Tal
continuidad no existe, por lo menos, en la esfera económica (nivel
de ingresos), ni en el plano de las relaciones sociales.
Tampoco parece
satisfactoria la alternativa opuesta de considerar a todas las personas
mayores como una categoría social única caracterizada por
la desinserción del sistema productivo y la tributación de
la seguridad social.
Para abordar la problemática social de la
vejez debe considerarse el curso de vida como una dimensión general
de la estructura social.
A lo largo de años de labor profesional
se han podido percibir prácticas sociales diferenciadas y aún
contradictorias, en ancianos de un mismo grupo etario. La explicación
causal de dichas prácticas no podía ser atribuida a características
generales, determinadas para cada edad, sino más bien a la historia
de vida que cada anciano atesoraba.
Los aspectos materiales de la vida
cotidiana, las formas de organización familiar, el desarraigo de
la migración, los hábitos, la “cosmovisión” forjada,
condicionan y dan significado a la conducta social del sujeto envejecido.
Debe realizarse la remisión al pasado que condiciona el presente.
La relación pasado - presente debe hacerse a los hechos de la historia
social , económica y política del país.
Por lo
expuesto, en enfoque del curso de vida, al rescatar el estudio de la relación
entre fenómenos macrosociales y microsociales, entre el nivel individual
y el proceso de cambio macrosocial, combinando el tiempo histórico
del desarrollo de la sociedad con el tiempo biográfico del ciclo
vital de las personas, resulta sumamente apto para encarar estudios sobre
la vejez.
Desde la perspectiva de este estudio, la ancianidad es una
de las grandes transiciones del curso de vida individual, la última,
la antecesora de la muerte, y se halla impactada por el conjunto de dimensiones
que afectan a la biografía personal.
Debe señalarse que
la vejez se caracteriza por la pérdida creciente de las capacidades
físicas y psíquicas.
El proceso de envejecimiento corporal
comienza tempranamente en el transcurso de la existencia y se extiende en
forma gradual e inexorable hasta el final de la misma, siendo difícil
establecer un punto de corte cronológico.
La vejez, como las
otras etapas del ciclo de vida, es también una construcción
social e histórica y posee el significado que el modelo cultural
vigente da a los procesos biológicos que la caracterizan.
Aceptar
la relatividad histórica de la noción de ancianidad implica
preguntarse inmediatamente qué significa ser anciano en las sociedades
modernas, con sus poblaciones altamente envejecidas, y cómo se redefine
la identidad en esta etapa de la vida, de acuerdo a las pautas que proporciona
la normatividad social.
En efecto, en las actuales sociedades industrializadas
un hecho decisivo que marca uno de los puntos de inflexión entre
la adultez y la vejez es el cese de la inserción laboral, materializado
a través de la jubilación.
La entrada y la salida del
mundo laboral plantea importantes cambios en el ciclo de vida contribuyendo
a establecer las grandes transiciones en la biografía personal.
Los cambios físicos objetivos podrían hacer que a una persona
le resulte más difícil seguir trabajando a medida que envejece,
pero la respuesta individual a estos procesos es tan diversa, que parecería
muy improbable que sea correcto establecer una edad fija para la jubilación.
El mundo público impone, de este modo, una modificación abrupta
y más o menos uniforme en la práctica social de los adultos,
prescribiendo el momento del cambio hacia la última gran transición
en el ciclo de vida individual.
En la unidad doméstica, por su
parte, el casamiento de los hijos, el reencuentro en soledad de la pareja
conyugal - “el nido vacío” - marca otro momento decisivo de cambio.
El casamiento de los hijos coincide, generalmente, con la conclusión
de la etapa de reproducción biológica.
La disminución
de las obligaciones, el estrechamiento en el rango de las decisiones, la
alteración de la estructura jerárquica, son los aspectos más
salientes .
Pérdidas de las obligaciones laborales, disminución
de las obligaciones domésticas, signan, pues, la última gran
transición de la biografía personal; ponen a disposición
del sujeto una enorme masa de tiempo libre cuya ocupación ( o no
ocupación) constituirá el eje de su nueva práctica
social.
La declinación de las responsabilidades y el usufructo
del tiempo ocioso entran en contradicción con la normatividad implícita
en las “sociedades de trabajo”.
Surge entonces un punto central de tensión,
los cambios demográficos que acompañaron al crecimiento económico
occidental fundamentado en esta ética, han generado un fenómeno
sin precedentes: el envejecimiento de las poblaciones, que implica la existencia
de una amplia proporción de personas mayores desvinculadas definitivamente
del trabajo organizado.
¿En qué condiciones se redefine
la identidad de esta última etapa de la vida tomando en cuenta que
el desarrollo de la nueva práctica social resulta contradictoria
con los valores vigentes?
La integridad versus la desesperanza. La integridad
permite la emergencia de la sabiduría.
Como contrapartida a la
sabiduría aparece el desdén “una reacción ante el sentimiento
de un creciente estado de acabamiento, confusión, desamparo”.
Las innovaciones tecnológicas y la creatividad no sólo son
el eje de la competitividad económica, sino que se trasladan a las
distintas esferas del cuerpo social, determinando la conocida ecuación
de saber - poder, en la que el saber se revoluciona permanentemente.
Se quiebra de este modo la recuperación social del valor social de
todo anciano: su sabiduría.
Tras el discurso del “merecido descanso”
parecería que las sociedades modernas esconden un espacio subordinado
destinado a sus ancianos, dentro de una jerarquía de edades que coloca
a la adulta (productiva) en su cúspide. La redefinición de
la identidad en esta etapa del ciclo de vida implicaría, pues, incorporar
este rol subalterno dentro de un orden social homogeneizado a partir de
la ética del trabajo y del altísimo valor conferido a la permanente
transformación del conocimiento.
Seguridad Social y familia constituyen
las dos instituciones centrales para la vejez contemporánea, siendo
necesario detenerse en las articulaciones entre una y otra.
A lo largo
de la historia, jóvenes y ancianos, eran mantenidas dentro de los
vínculos familiares.
En la fase capitalista, la participación
familiar en el sostén económico de los ancianos tiende a desaparecer.
La población inactiva consiste por definición en consumidores
no productivos. Ellos viven de los bienes puestos a su disposición
por los miembros trabajadores de la población.
La carga sigue
sostenida por los adultos productivos - no podía ser de otra forma
- pero mientras la de los jóvenes permanece acotada dentro del ámbito
familiar, la de los ancianos se ha socializado.
La dependencia es, como
se ve, un rasgo fundamental a incorporar en el análisis de la problemática
social de la vejez.. La salud es otra gran determinante y la invalidez,
la amenaza más seria.
La atención de un enfermo crónico
demanda un monto considerable de recursos, tanto monetarios como de servicios.
La ecuación sintetiza la tensión entre seguridad social y
familia: en la medida que se amplían las políticas de bienestar
por parte del sistema, disminuye la presión sobre el esfuerzo familiar
y viceversa.
La dependencia - económica o de cuidados - constituye,
desde la óptica de este trabajo uno de los aspectos fundamentales
en el análisis de la subordinación social de la vejez.
La pobreza en la vejez
Los ancianos constituyen uno de los sectores más
pobres de sus respectivas sociedades. Un pequeño capital, la vivienda
propia, la inversión realizada en educación de los hijos que
se traduce luego como ayuda familiar, atemperan las carencias de la vejez.
No todos los ancianos han tenido durante su vida adulta la opción
de guardar.
Las estrategias individuales se ven acotadas dentro del
margen impuesto por la estructura de opciones que se abren según
un estadio en el ciclo vital, su posición social y el momento histórico
que le toca vivir.
Se considera pobre a quien no obtiene o no
puede procurarse recursos suficientes parta llevar una vida mínimamente
decorosa, de acuerdo con los estándares implícitos en el estilo
de vida predominante en la sociedad a la que pertenece.
Las necesidades
consideradas básicas incluyen: alimentación, vestimenta, alojamiento
y equipamiento doméstico para el funcionamiento del hogar, disponibilidad
de agua potable y sistema de eliminación de excrementos, condiciones
ambientales sanas, acceso a medios de transporte apropiados, a servicios
de salud, educación y cultura.
Ni las generaciones anteriores
gozaron de tal extensión de los beneficios de la Seguridad Social,
ni lo harían las posteriores a menos que se opere una modificación
del actual sistema contributivo.
Pero aún cuando se constate
la existencia de una amplísima cobertura previsional en los ancianos
de localización urbana, el sistema de nuestro país entró
en crisis y los ingresos que el mismo proporciona son exiguos.
Se deben
incorporar entonces las otras fuentes posibles de recursos: la búsqueda
de reinserción en el mercado de trabajo - si la salud lo permite
-, prestaciones suplementarias de instituciones públicas e intermedias
y, finalmente, las transferencias informales que se materializan a través
de la ayuda familiar y las relaciones de amistad y vecinales.
Agotada
la perspectiva del trabajo productivo y suponiendo una historia de vida
laboral que no permitió una acumulación importante de excedentes
monetarios para su ahorro e inversión, el sostén de estos
mayores dependería del Estado, a través de la Seguridad Social
y de las relaciones de ayuda - que no siempre pueden ser mutuas - entre
familiares y vecinos