La presidencia
de Roca fue el comienzo de una intensa etapa de progreso.
Facilitada por el abaratamiento de los pasajes y la incorporación
de la fuerza de vapor a los navíos transatlánticos,
una copiosa inmigración empezó a llegar. Los
argentinos habían descubierto que su gran riqueza
era la tierra: la subdividieron, la alambraron, le instalaron
molinos de viento y bebederos, buscaron semillas seleccionadas
para sembrar trigo, cereales y oleaginosas y mestizaron
rodeos de vacunos para los frigoríficos, con destino
a los mercados europeos. Las inversiones externas, sobre
todo británicas, se volcaron en campos, ferrocarriles
y bancos. La nueva capital federal se embelleció
y el Estado Nacional tomó a su cargo la administración
de los territorios ganados a los indios. La política
de Roca, continuada por los presidentes que le sucedieron,
de su mismo signo político, consistió en mantener
la paz con los países vecinos y abrir las fronteras
del país a personas, mercaderías, capitales,
ideas y tendencias intelectuales, así como el posicionamiento
de la Argentina en los mercados internacionales. Fue una
política exitosa que trajo una gran prosperidad,
con la excepción de la crisis financiera de 1890
que derivó en una revolución sofocada y la
creación de un partido popular, la Unión Cívica
Radical, que reclamó, pacíficamente y por
las armas, una apertura electoral que recién se concretó
en 1912. Las leyes que establecían el sufragio universal
libre y garantido permitieron al radicalismo, con su carismático
jefe Hipólito Irigoyen, llegar al poder en 1916.
A pesar de los efectos de la guerra europea y las alteraciones
sociales que ocurrieron, los gobiernos radicales se desarrollaron
con razonable eficacia. Pero en 1930 un golpe militar frustró
este pacífico proceso.