La transferencia
del poder a los núcleos criollos se concretó
pacíficamente. Un cabildo abierto resolvió
deponer al virrey y nombrar en su lugar una junta compuesta
mayoritariamente por criollos. Aunque este cambio se concretó
en Buenos Aires, se aceptó en el resto del virreinato,
no sin alguna resistencia que fue sofocada.
Empezó,
entonces, el proceso emancipador, que quedaría homologado
en 1816, en la ciudad de Tucumán, con la declaración
de la independencia de estas tierras, que se denominarían
“Provincias Unidas en Sud-América”. Para su logro
se libraron batallas en el norte y en el Alto Perú,
Paraguay y la Banda Oriental, con diversa suerte. Se adoptó
una bandera propia, se acuñó moneda con el
escudo nacional y se dictaron leyes de carácter liberal.
Sin embargo, cundía el malestar en el interior del
país, donde se acusaba a Buenos Aires de llevar adelante
una política centralista. En 1820 las fuerzas federalistas
derrocaron al gobierno nacional, que logró reconstituirse
en 1826 para hacer frente a la guerra contra el Imperio
del Brasil, que había ocupado la Banda Oriental.
Cuando terminó este conflicto, el antiguo virreinato,
ahora República Argentina, había perdido el
Alto Perú (convertido en Bolivia), el Paraguay y
la Banda Oriental (reconocida como República Oriental
del Uruguay). Al mismo tiempo, una larga guerra civil entre
federalistas y unitarios concluyó con el triunfo
de aquellos y la elevación al poder de Juan Manuel
de Rosas, que a su cargo de gobernador de la provincia de
Buenos Aires agregó tales poderes durante los dieciocho
años de su hegemonía que virtualmente convirtió
su dictadura en un gobierno nacional.